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   Colaboración

De ángeles y monstruos
  Una reflexión sobre lo contemporáneo
   
  Por Teresa  Traynor
   
 

Antes que el gótico haga su entrada en la noche oscura de los iluminados pensadores, voy a intentar una nueva relectura sobre el congelado, vacío y ya desusado término postmodernidad para articularlo ahora con otro de raigambre anterior pero de proyección más actual.
El vocablo al que me refiero es el neologismo neobarroco, parido en la cocina de las lecturas semiológicas, las críticas literarias y estéticas en general. Designa la modalidad de inserción de los paradigmas de la época barroca en el ámbito de la cultura contemporánea.

Sabemos que el postmodernismo intentó abarcar bajo sus incumbencias fenómenos disímiles y, al mismo tiempo, ligados por cierto hilo conductor. Así en la arquitectura de los años ‘50 en América del Norte, se desplegó una disputa contra el funcionalismo y el racionalismo que regían hasta el momento los diseños arquitectónicos, lo que dio por resultado una suerte de combinatoria de elementos estéticos, que desarmonizaban entre sí. Con la habitual mirada dirigida hacia lo foráneo, posteriormente y en nuestro cercano viejo Palermo, casas de cien años fueron recicladas con mixturas de estilos, que supieron poner en evidencia la mostración del pastiche, como única legalidad de la factura edilicia. Hacia los setenta, los Almacenes Bell´s en EEUU denotaron una tendencia no ya de combinatoria arbitraria, sino de impacto visual, construidos en su fachada exterior, como estructuras a punto de derrumbarse, con paredes carcomidas por la humedad, provocaban en el espectador una inestabilidad perceptual programada.

También la literatura y el cine americanos intentaron desarmar su patrimonio previo, no en el sentido de una experimentación moderna, sino como deconstrucción de lo anterior. Tiene lugar entonces en la Universidad de Yale, el nacimiento del New Criticism, corriente literaria fundada por J. Derrida.
Pero las más sólidas reflexiones sobre el supuesto fin de lo moderno, las leemos en el filósofo francés J. F. Lyotard quien inauguraba la idea de la “crisis de las narraciones” en las sociedades occidentales. Definiendo así a la “condición posmoderna “como la incredulidad frente a las metanarraciones.1

¿Será entonces que la simple “reacción contra el proyecto moderno” puede conceptualizar fenómenos tan complejos como los del arte o la ciencia de una época como la contemporánea?
Inicialmente, algunos ensayistas y críticos de arte, como por ejemplo G. Dorfles2, S. Sarduy3 y O. Calabrese4 aplican el término “neobarroco” para tipificar ciertos fenómenos culturales de nuestro tiempo. Lo “neo” no implica ni un después ni un en contra, ni tampoco la reanudación de aquel período, sino que determinados aconteceres contemporáneos expresan una actitud y una cualidad formal propia de barroco del siglo XVII.
Se sabe que ese siglo se caracterizó por el lujo, el exceso, la fastuosidad en la ornamentación plástica, literaria y hasta musical, instrumentada por la Iglesia Católica para recaptar la mirada de los fieles, perdida a causa de la Reforma o el cisma que produce Martín Lutero hacia el l500.

El concilio de Trento, utilizó la argucia y el cálculo para la propaganda de su nueva política que restablecería el orden perdido. Pero lo que los sacramentos reprimían, retornaba sintomáticamente en arquitectura, pintura, escultura, etc.
Trastocamientos de los espacios estéticos, exhibición excesiva de rostros y cuerpos gozosos, el juego desconcertante de las luces y las sombras, los pliegues, las fugas musicales, las figuras retóricas que remedan los movimientos de los astros: elipsis, hipérbole, parábola, etc. Ciencia, arte y religión amalgamadas en un barroco furioso.
La mirada, en tanto es lo que se da a ver, causa al sujeto dividiéndolo y metiéndolo de lleno en el campo escópico. Por esto, Lacan quiere definir el barroco “como la regulación del alma por la escopia corporal”5. descubrimiento casi obsceno de los cuerpos en las iglesias cristianas del siglo XVII que en su “darse a ver” no hacen más que velar la imposibilidad de la cópula.
¿Cuál es la lógica que rige nuestra contemporaneidad neobarroca, y cuáles sus efectos sobre la subjetividad? ¿Cómo se configura el cuerpo que en la modernidad fue marcado por el significante del nombre del padre que en estos tiempos parece tambalear?

Para esclarecer algo de esta interrogación me remitiré al polémico texto de G. Pommier, Los cuerpos angélicos de la posmodernidad e intentaré hacer un breve recorrido y algunas acotaciones sobre sus postulados.
La idea de “progreso” era en la época moderna una forma de redención para un sujeto que se creía hijo del pecado original. Se construían historias que prometían un final feliz, como el acceso al edén o la llegada a la tierra prometida. La revolución ofrecía cambiar un amo por otro, eso no importaba, lo que importaba era el cambio. Feudalismo, capitalismo, comunismo o monoteísmo se instituían para proporcionar un mundo por venir.
La posmodernidad escapa a esas grandes narraciones, ya lo dijo Lyotard, y Pommier agrega que también escapa a la “nostalgia de esas narraciones”. La pregunta que aparece en el texto es inquietante: ¿Cuál es el destino de un cuerpo sin ideal? Fuimos cuerpos alimentados por el Ideal. El cuerpo no crece si alguien no le habla, fuimos cuerpo gracias a la mirada de los otros, gracias a su mediación; la subjetividad necesita de las narraciones del Otro. Pero en la post, el lazo que ataba al otro se deshizo y el sujeto flota como en un sueño angélico, es espectador de su propia vida: “el sueño me televisa, me celulariza, me internetiza, me webiza... saco fotos, grabo, filmo, lo pongo en un diskette... recorro el museo de mi propia vida... miro el universo con una mirada que me excluye de él”.6 Entonces pregunto ¿se trata otra vez del campo escópico, en este espacio de la pura virtualidad?

Creo que la formulación de Pommier nos permite leer un cierto viraje en la constitución subjetiva: la pérdida de los ideales no es más que un retroceso en el desarrollo pulsional del sujeto. El Ideal de los tiempos pasados es el Ideal del Yo, esa función que Freud supo ubicar en el super-yo.
La caída de los ideales, es la caída de ese Ideal del Yo, aquel que nos contaba historias, el que nos hacía posible construir nuestra novela familiar, y ahora sin historias y sin Ideal, sólo nos queda una regresión al Yo Ideal, no hay quien nos salve, (en todo el sentido de la palabra “salvación” recalca Pommier).
Las neurociencias tienen por objetivo transformar el cuerpo en un cuerpo que se autoabastece a sí mismo, como totalidad cerrada, hermética, sin intercambio, sin lazo. La neurociencia cambió el espíritu por los neurotransmisores.
Ante el descalabro de una sociedad sin dueño y sin sueños, todo se vuelve parcial y fragmentario: consecuencia del ejercicio del poder por algo que no es la función del padre, temido o pacificador, de la novela neurótica. No se trata del padre en el sentido del nombre del padre, sino de aquél que dice no a la castración, el de la excepción a la Ley, sujeto mítico del goce. ¿Será esta vertiente obcena y feroz del superyo, la que debe aparecer para operar sobre esa regresión incestuosa hacia el Yo Ideal?

En el espejo moderno estaba la imagen virtual del cuerpo, ahora la virtualidad está al alcance del teclado de la máquina. El ciber-espacio nos conecta con el poder de un saber maquinal, un saber que no se hace preguntas, así como antes tampoco se hacía preguntas la fe religiosa.
El sujeto suturado por el binarismo verdadero-falso de la ciencia queda del lado de la pulsión de muerte, transformado en objeto. Las neurociencias nos alejan del terreno de la culpa; si el alcohólico quiere pagar sus culpas en una confesión grupal donde se reconoce como alcohólico, el consumo de psicofármacos recetados por el médico disuelve el sentimiento de culpa, neurótico por excelencia. Es una ciencia que hace triunfar la inocencia. Es una ciencia que hace triunfar al ángel pero no sin consecuencias.

La tecnociencia que según Pommier ha reemplazado al nombre del padre, ha hecho del sujeto, su objeto: calculado genéticamente, estimulándole los hemisferios cerebrales que “están en déficit”. Manipulando o manipulado por el saber omnímodo de la máquina, realizando la imposibilidad de la fantasía sadeana de “completar toda la lista” (de torturas), el sujeto de la Web cree poder saberlo todo, todo sobre sí, todo sobre el Otro. La cigüeña cibernética portará el bebé del color que tú lo pidas, con ojos y pelo que sean acordes con tu Ideal. Las penas del corazón, ya no las calmará el buen vino del dios Baco, o el de la sangre de Cristo en el sacramento de la misa, sino que un conjunto de fármacos destinados a reinstalar la sinapsis neuronal del hombre posmoderno, a evitar que se oxide como una máquina, a que la impotencia se desvincule del deseo y se resuelva con un vasodilatador coronario, terminarán por suturar la pregunta moderna por la angustia devolviendo al sujeto a su funcionamiento maquinal. Voy a llamar nuevos monstruos a los hijos de este sueño angelical y neobarroco.

Los monstruos se “muestran”, son mediáticos, forman parte del discurso estético y hasta de la literatura. Existieron en todos los tiempos: minotauros, efigies, cíclopes, jorobados en una Iglesia, fantasmas en un teatro de Ópera. Se salían de la norma, desafiaban la regularidad. Ahora como en el barroco, el exceso en la desmesura se repite, pero no tan vinculado con pliegues, volutas y oropeles, sino al modo de la combinación, sumatoria o yuxtaposición de partes heteróclitas que no guardan una relación entre sí. Apuntan a la inestabilidad del sistema, a la catástrofe. Los fragmentos cobran autonomía, se pierde el referente. Esta legalidad en la era neobarroca, une fenómenos tan disímiles como por ejemplo la literatura latinoamericana, la transvanguardia italiana en pintura, la cosmología del Big Bang, o lo efímero de las noticias en los medios de comunicación. Diseminación, expansión, inestabilidad, “hacia los límites del pensamiento, imagen de un universo que estalla hasta quedar extenuado, hasta las cenizas”.7

Me parece oportuno citar el cine y sus productos, porque adhiero a E. Grüner quien sostiene que “el cine es el lugar de encuentro entre el fetichismo de la mercancía y el proceso primario del inconsciente”.8
Producto posmoderno por excelencia, el cine nos ha mostrado desde “las replicantes” de Blade Runner, los Gremmlims, los Alliens , los Terminators, y las Mujeres Perfectas, (fabricación en serie del modelo mujer en el pueblito de Stepford: escalón al fordismo), sin excluir a Michael Jackson, sujeto cyborg9 si los hay, ni a la Matrix ni al bueno de Robocop. Ciencia y organismo se han unido para dar como resultado esta suerte de parodia estética, donde eso que se nos muestra, que es lo mismo que fabricamos y que consumimos, ya no produce el efecto siniestro de la muñeca Olimpia, autómata moderna, ni de un Frankestein, ni de “un corazón delator”.
Y ya que de pantalla se trata, tomo un producto cibernético paradigmático como los video-juegos, que permiten salir y entrar de la escena siendo víctimas y victimarios, narradores o narrados, conductores o conducidos. El espacio virtual es oscilante, es bimodal. Velásquez fue un adelantado cuando se pintó dentro del cuadro y generó la inestabilidad de la narración. (Ejemplo mayúsculo del retorno del barroco, al igual que el cuadro Los embajadores de Holbein, en el que la calavera se recorta del resto de la escena, en una sorprendente operación manierista).

La yuxtaposición blanco-negro, hombre-mujer, máquina-cuerpo, etc., perdió la característica de lo monstruoso o de lo siniestro, ahora es parte de nuestro ser cotidiano, somos nosotros mismos.
Desde que la muerte perdió su dimensión trágica, desde que da lo mismo que los aniquilados en Irak sean diez mil o cien mil, o que un asesino serial de niños no haya cumplido los 15, podemos decir también que la vida a su vez perdió la ilusión de hacer historia, por lo tanto nuestro ojo arrastrado por una posición apática, ya no se asusta de nada. Vida, muerte, da lo mismo. ¿Será el panic attack un intento de volver a creer en los cuentos de terror? El clonazepán no dará tiempo a formular la pregunta, y de la inmediatez se trata. No te detengas, no pienses, sólo consume y duerme tu sueño angelical, que los nuevos monstruos no tienen el poder de hacerte despertar como sí lo hacía en otros tiempos la angustia en el durmiente.

Si el Barroco del siglo XVII era todo veladura, podía Lacan hablar de obscenidad porque había una escena previa respecto de la cual algo se recortaba; el neobarroco por el contrario parece sustraerse a esta lógica. Es pura presentación de la parcialidad, inestabilidad, estética del detalle, objeto puro. Si el barroco velaba, la no relación, el neo-barroco al evidenciar el pastiche, la disarmonía, la no correspondencia entre las partes, parece poner sobre el tapete el desencuentro entre los sexos, que entre los seminarios 17 y 20 Lacan formaliza. El programa televisivo, Sex and machines, nuestra cómo una máquina puede suplir al partenaire sexual, sin los inconvenientes que la relación humana connota.
¿Qué ha pasado? Entiendo que al caer el nombre del padre nos excluimos entonces de las operaciones producidas por el significante fálico como divisor del sujeto, ganado el terreno por las neurociencias: el sujeto descuartizado y devenido en objeto, no es más que otra oferta en la mesa de las mercancías. En un mundo de parcialidades, ¿deberemos los analistas intentar reprimir, acotando el goce, para que alguna historia vuelva a ser tamizada por el cedazo de las neurosis? ¿O simplemente haremos pasar a nuestro consultorio con un gesto dudoso y apático al NN+1 que se acumula en la sala de espera?

Apuesto, en todo caso, a que ya es tiempo de reformularnos la pregunta que Freud se hiciera hacia 1910: ¿cuál será el “Porvenir de la terapia psicoanalítica”? A lo cual agrego ¿cómo pensar un final de análisis en una cultura donde el patriarcado ha muerto? Y en consecuencia ¿qué queda entonces de nuestro “Trastorno de la memoria en la Acrópolis” que nos develó la encrucijada de ir más lejos que el padre?

1. Lyotard, J. F, La condición posmoderna, Cátedra, Madrid, 1987
2. Dorfles, G., Architetture ambigue, Dédalo, Bari ,1985 y Elogio della disarmonia, Garzanti, Milán ,1987
3. Sarduy, S., Ensayos Generales Sobre el Barroco,FCE, Buenos Aires, l987
4. Calíbrese, O., La Era Neobarroca, Cátedra, Madrid, 1994
5. Lacan, J., El Seminario, Libro XX, Aún, Paidós, Bs. As., pag.
6. Pommier, G., Los cuerpos angélicos de la posmodernidad, Nueva Visión, Buenos Aires, 2002.
7. Sarduy, S., ob. cit., p. 41.
8. Gruner. E., El sitio de la mirada, Editorial Norma, Bs.As., 2002, pág. 226
9. Nos referimos al concepto cyborg mezcla de organismo y máquina, creado por D. Haraway, en su libro Ciencia, cyborgs y mujeres, Cátedra, Madrid, 1995.

 
 
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