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El alogaritmo de la implicación significante
  Por Oscar Lamorgia
   
 

“Se ve que si el psicoanálisis consiste en el mantenimiento de una situación convenida entre dos partenaires que se asumen en ella como el psicoanalizante y el psicoanalista, sólo podría desarrollarse a costa del constituyente ternario que es el significante introducido en el discurso que se instaura, el cual tiene nombre: el sujeto supuesto al saber (…)”
                                                                                    Jacques Lacan

I. Transferencia/s. Tomemos una conocida fórmula de Lacan, a la que se nomina de modo habitual como el “algoritmo de la transferencia”, también –reduccionismo lenguajero mediante– como “significante de la transferencia”. En ningún lugar Lacan, hasta donde pude investigar, lo llama de ese modo. Trascendió así –vía la contumaz ecolalia de algunos de sus comentadores–, pero Lacan no lo designó de esa forma.

En la Proposición del 9 de octubre de 1967 se refiere al tema en los términos que dan título al presente escrito. Veremos que no se trata de abundar en un preciosismo meramente semántico, sino que su correcto despliegue nos lleva a comprender que el “Sujeto supuesto al Saber” (S.s.S.) es un concepto desprovisto de la dimensión imaginaria que –en ocasiones– se le adjudica de un modo tan frecuente como equívoco. Equívoco siempre subsidiario de (con)fundir las transferencias en juego en los diferentes momentos del análisis como si se tratase de una sola dimensión.

Aunque para algunos resulte una obviedad, prefiero proceder a efectuar una simple enumeración orientativa:
Transferencia Imaginaria (a – a´): jugada en términos de fascinodios, idealizaciones, etc.

Transferencia Simbólica ($ -- A): donde el amor se dirige ya no a la persona del analista, sino al saber textual que, del espacio analítico, hace su “sala de obstetricia”. Aquí la mayéutica socrática queda elevada a su función de apólogo.

Transferencia Real (objeto a -- $): como pura presencia del analista, agente de la suscitación del objeto, a la vez que portadora de un tácito convite al analizante: el de confrontarse con la soledad radical que estructuralmente lo determina… a la vez que lo libera.

II. Sujeto Supuesto (al) Saber. Se trata de sostener férreamente la siguiente hipótesis: el algoritmo de la implicación significante da cuenta –cuando es leído con cierto rigor– del Sujeto supuesto al Saber.
Llegado el caso, no faltará quien diga que una mera pregunta, aún deslizada con ingenua liviandad en la vida cotidiana y hasta por fuera del terreno del análisis, implica la suposición de un saber a un sujeto (de la subjetividad). Sólo que aquí se trata de algo bien distinto: la suposición que nos ocupa a los analistas es la de un sujeto (de la sujeción) a un saber a producir-se. Para ello es menester que un sujeto surja a través del dispositivo formalizable –al estar de Lacan– como unidad mínima de significación. Esto es, en el intervalo producido entre dos significantes.

Nos topamos aquí con la aparición del sujeto ($) en tanto evanescencia a la vez que con un saber en souffrance. Con un saber insabido, en espera, sufriente y –en el mejor de los casos– cuyo acto de (a)parición habrá de depender de la detección de algo que el maestro francés denomina “significante cualquiera” (Sq).

Denominarle de ese modo, y según se verá más adelante, conlleva la idea de que no se trata de que el analista se ubique en una situación de espera de un reconocimiento ratificante de saberes previos. Tampoco se trata de ningún fenómeno ligado a la apercepción que operando como protocolo o grilla de lectura, permite a la vez que impide escuchar lo nuevo, debido (precisamente) a la contaminación de lo previo.

III. El algoritmo. Los analistas, es de esperarse, deberíamos estar prestos a que cada analizante pueda –si se me permite la expresión– venir a “rompernos el himen de la oreja”.
En tal sentido, el encallecimiento propio de quienes llevamos algunas décadas en esto, a veces nos sitúa en desventaja en relación con los practicantes más nóveles, normalmente más proclives a dejarse sorprender por la maravilla de lo novedad.



El cambio de posición subjetiva que da inicio a un análisis requiere –o por lo menos se evidencia como termómetro– en la aparición de las siguientes cuestiones, si bien no son las únicas ya que cada quien, tamizando la clínica por su propia experiencia, podrá enriquecer con holgura los presentes ejemplos.

1. En el viraje que va del juego espejado de miradas que en tanto obstáculo del discurso, narcotiza el deseo ante el fragor de aquello que Lacan denominaba “el cuerpo de la morcilla”, que no es otro que el cuerpo libidinal.
2. Ante la aparición en un sueño en el que algún significante puntuado por el analista tenga lugar. Evidencia palmaria, si las hay, de cómo el analista forma parte del concepto de Inconsciente.
3. En un recuerdo (encubridor) suscitado como fruto de un señalamiento.
4. En la confesión de cuestiones sexuales “non sanctas”, y que hasta ese momento habían sido puntillosamente esquivadas. En esta línea, podría pensarse en las fantasías que animan los actos masturbatorios del analizante, cuando empieza a verbalizarlas aún capturado por una evidente incomodidad.
5. Cuando el síntoma abandona su dimensión de mera queja, para dar lugar al modo en que el (ahora analizante) puede subjetivarse en la enunciación de su sufrimiento. Enunciación abierta a la permeabilidad polisémica del discurso, y no abroquelada en la consolidación dialectal de quien se encuentra tomado por la posesión unívoca de sentido.

Se trata, en consecuencia, de un instrumento de lectura que permite “entre-escuchar” que se operó un cambio de posición, y como tal, revela la fugacidad impactante de un efecto-sujeto. Fugacidad que trastrueca (por corresponder a una nomenclatura de linaje bastardo y en extremo sustancialista) la posibilidad de sostener amalgamas cuasi-nosográficas de la siguiente factura: sujeto histérico, sujeto psicótico, etc.
Quisiera añadir a esto último que, entre la –así llamada– “nosografía psicoanalítica” y el juicio de valor, algunas veces parece no existir distancia alguna.
Baste como prueba de ello un joke, que cual sintagma cristalizado, hace años escuché de un colega, a quien cito de memoria: “Sabés Oscar, a veces parecería que algunos proceden como si la neurosis fuese para el psicoanálisis; la psicosis para la psiquiatría y la perversión… para la policía”.

IV. El significante de la transferencia (St). Si sólo hacemos hincapié en él, con justicia podríamos llamarlo significante de la transferencia imaginaria, dado que la misma puede ser simplemente transferencia al psicoanálisis debido al efecto pregnante que, para mal de muchos y contra las ingentes campañas propiciadas por sus detractores, nuestra praxis sigue teniendo en la cultura. Ello no se debe en modo alguno a que el psicoanálisis goce de alguna forma de valoración prestigiada, más bien todo lo contrario, sino porque hay síntomas y los mismos requieren un escriba in situ. He ahí, la función del analista.

V. Un significante cualquiera (Sq). Es el que aparece en situaciones inéditas durante las entrevistas preliminares, cuando algo viene a conmover esta dimensión del sentido –a predominio imaginario– que el paciente trae habitualmente cuando se encuentra bajo el imperio del narcisismo de las pequeñas diferencias.
También tenemos un indicador clínico cuando el analizante empieza a esquivar la mirada del analista. Mirada en la que otrora supo hallar sostén mientras las entrevistas preliminares tuvieron lugar. Es decir que cuando la mirada comienza a ser un estorbo en lugar de funcionar como un holding; cuando el analizante habla mirando el piso, mirando al techo –en suma– mirando cualquier cosa menos al analista, el diván encuentra allí su razón de ser. Previamente a ello, el analizante se sostenía de un modo preeminente en la reciprocidad visiva, por lo que se hubiera tornado en un despropósito sugerir un prematuro pasaje al diván, dando posiblemente origen a una conmoción no deseable por el solo hecho de haberlo realizado a destiempo.

Entonces, hasta ahora pudimos ilustrar varios ejemplos de lo que es el significante cualquiera (Sq) que, unido al significante de la transferencia (St) organizan lo que –en ocasiones– determina la entrada en análisis. Un “entre dos” (significantes) que abre camino a la aparición del sujeto ($), a la suposición (s), y al Saber textual y no meramente libresco. Todos ellos elementos que permiten ubicar que se ha producido el cuarto de giro cuyo viraje desplazará la transferencia imaginaria hacia la transferencia simbólica.

Esta es una manera de ilustrarlo, por eso es correcto llamarlo algoritmo de la implicación significante y no de la transferencia, ya que transferencia puede haber desde el inicio, pero no por ello implicación del sujeto en el significante que allí emerge.
No se trata de que el S2 retrosignifica al S1, sino que lo funda. Digamos a modo de ilustración que lo traumático en Edipo no fue matar a Layo y copular con Yocasta, sino enterarse de que, tanto el parricidio como el incesto, fueron inaugurados al tomar conocimiento de que se trataba de sus progenitores.
Lo enunciado líneas arriba nos lleva a pensar en la dimensión “transubjetiva” de lo Inconsciente como discurso del Otro. Es precisamente en el plano de la interpretación psicoanalítica donde constatamos (para decirlo con Nasio) “el retorno en el analista, de lo reprimido por el analizante”.

Referencias bibliográficas:
AA.VV.: Acerca del sujeto supuesto saber. EOL. Paidós.
Etinger, Diana: Descifrando. Psicoanálisis con Lacan. Lugar Editorial.
Harari, Roberto: Del corpus freudo-lacaniano. Editorial Trieb.
Lacan, Jacques: Proposición del 9 de octubre de 1967 acerca del psicoanalista de la Escuela. En: “Momentos cruciales de la experiencia analítica” – Manantial.
Nasio, Juan David: Cómo trabaja un analista. Paidós.
Nasio, Juan David: Los ojos de Laura. Amorrortu Editores.

 
 
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