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   Clínica de las discapacidades

Los niños del otro espejo:
  La imagen corporal sin cuerpo
   
  Por Esteban  Levin
   
 
¿Quiénes son los niños denominados discapacitados?
El estudio de mapeo electro-cortical computarizado de Darío lo considera anormal, “... con dominancias lentas durante el estudio, actividad focal de puntas y ondas octrotemporales derechas, y salvas generalizadas condominancias alternantes. El estudio fonaudiológico afirma: perdió temporalmente la masticación, se observaban dificultas al tragar, el marcado brucsismo hizo que se le colocara una placa dental. Hay ausencia de palabra, sílabas o sonidos con sentido”. Darío con sus 6 años deambula sin otro interés más que golpearse. Camina golpeando las cosas (paredes, ventanas, estufas, muebles, vidrios...) y su cuerpo, en especial el rostro: no se lo puede detener. No registra al otro, no habla, permanece inalterable, escéptico. Vive en un cuerpo sin dolor, indescifrable. La presencia de lo anónimo insiste, se hace patente, se impone en la desmesura que desborda el lenguaje capaz de aprehenderlo.
Al verlo por primera vez, me conmueve: me duele su falta de dolor y la indiferencia.

A los 6 años María no puede sostenerse de pie. Su diagnóstico neurológico lo confirma, posee una ataxia cerebelosa con hipoplasia de vermis. No camina ni habla, los temblores le repercuten en todo el cuerpo, tornándolo inestable. Al moverse se cae, babea, tiembla, gesticula en la tristeza. Su mirada vivaz alumbra y alienta el contacto con ella. Mirándonos en silencio, en la demora, registro la vibración de mi cuerpo.
¿Sería posible conectarse con ella sin vibrar frente al desamparo?

Cristina desde los 2 años fue estigmatizada con el diagnostico de trastorno general del desarrollo (TGD). Ella no se mueve, está parada en el cuerpo, endurecida sin gestualidad, se balancea inclinando el peso del cuerpo en una y otra pierna. Da la imagen de una estatua pétrea, inexpugnable e inconmovible. Frente a ella me inmovilizo, registro el profundo exceso de la letanía que dura sin pausa. Desde esa opacidad consistente busco una fisura, una variable, una intuición para encontrar lo diferente.

Martín a los 10 años no se comunica, el diagnostico orgánico indica esclerosis tuberosa progresiva, gira objetos y realiza movimientos estereotipados. Cuando lo veo por primera vez está tirado en el piso, la mirada se dirige al suelo. Totalmente hipotónico, aplastado, se queda profundamente dormido. El rostro en el suelo, el cuerpo desvencijado, aplanado en el piso, tal vez su único sostén. Procuro moverlo, hablarle, hacerle algo, pero no hay respuesta. Por unos instantes, quedo perplejo, desolado, comparto con él la caída, la agonía de un dormir sin sueño.
¿Será eso lo imposible de representar? Y entonces... la angustia. ¿Qué hacer, cómo actuar?
A sus 6 años, Ariel es catalogado por su discapacidad como perteneciendo al grupo del denominado “espectro autista”. Se presenta estereotipando todo el tiempo, con una soga, con sus manos y aleteando. El rostro asustado y triste delimita el exceso de sufrimiento que se enuncia porque habla escuetamente, tenuemente en tercera persona. No sonríe, continuamente (con la cabeza agachada) mueve la soga, la agita, tengo la sensación de que habla con ella. Decido comenzar a dialogar con la soga. ¿Será éste un modo de armar una relación con él y la tristeza?

Alberto es un niño que tiene 4 años, que llega a la consulta con un diagnostico de “síndrome de Asperberg” ya que cumplía con los items A, B, C, y F de DSMB IV. Muy temeroso, está atento a todo lo que pasa, tenso en la postura corporal, está muy angustiado, repite palabras y frases que parecen no tener sentido ni hilación una con otra. No entra en el juego, se queda mirando objetos o se aisla en ellos. Alberto reproduce cuentos de memoria, los narra con todos los detalles, sin emocionarse ni conmoverse. Siento que no puede entrar en el cuento, lo bordea sin salida, pero ¿cómo entrar y salir del cuento para que un acontecimiento se inscriba?
Necesito encontrar la respuesta en la misma escena del cuento que no cuenta, salvo el hastío de lo mismo siempre. ¿Podré entrar en la irrepresentable escena para contar otro cuento?

Carla, es una niña de 11 años, se autoagrede, golpea puertas, tira del pelo, pellizca, no habla. A veces grita, no se comunica con sus compañeros, no esgrime ninguna demanda. El sonido inmóvil del dolor se presentifica drásticamente en sus gritos anónimos. ¿Cómo abrir un eco distinto si Carla no demanda? ¿Podré encontrarme con ella respondiendo a su grito?

¿Cómo encontrar a Pablo en las caóticas estereotipias?
Daremos un breve ejemplo clínico del comienzo de un diagnóstico: Pablo es un niño de 7 años cuyo diagnóstico neurológico es de Síndrome Mioclónico Severo de la Infancia. Este cuadro provocó en él gran cantidad de episodios convulsivos que se desarrollaban día a día, los cuales han sido controlados recién en los últimos meses.
Pablo no habla, tampoco mastica y realiza estereotipias, se golpea, gira, mira poco sin detenerse mucho tiempo en los otros, muerde, deambula, se babea, toma objetos y los arroja sin sentido o los saca de un lugar y los coloca en otro. ¿Cómo establecer un lazo con él? ¿Cómo otorgarle un sentido a esos movimientos estereotipados?
En el comienzo, Pablo entraba al consultorio y tomaba objetos de una canasta o de los estantes y los tiraba para todos lados, yo intentaba tomar alguno, hablarle, saludarlo, comunicarme con él. Así noté que a algunos objetos (juguetes) él se detenía a mirarlos más, los tocaba, los babeaba o los arrojaba con más fuerza. A ese desborde caótico de objetos, movimientos, estereotipias que inundaban todo el consultorio, comencé a procurar colocarle un borde escénico. Así fue como me detuve en esos juguetes que más tiraba y más babeaba (un auto, una nena, un nene y un pajarito) y empecé a colocarles vida, a crear un enigma, o sea, a transformarlos en títeres o personajes, que comenzaban a tener un sentido para ambos y nos permitían establecer una primera relación entre nosotros.

Entonces Pablo llegaba, tocaba y tiraba objetos, pero al tomar a la nena, o al pajarito o al auto, yo comenzaba a hablar como si fuera uno de ellos, cambiaba el tono de la voz y hablaba como un auto o una nena que, por ejemplo decían: “¡Hola Pablo! No me tires al suelo... me duele, no quiero... ay, ay, llevame con Esteban”.
Ante estas palabras del personaje, a veces Pablo se detenía y me miraba entregándome el juguete, al que por supuesto yo saludaba y hablaba. Al hacerlo, incluía a Pablo en el diálogo imaginario y ficcional que construíamos.
Otra veces, Pablo no me miraba y, como si no escuchara a los personajes (títeres, juguetes), los tiraba sin ningún sentido... En ese momento, yo como personaje, por ejemplo como auto o nene, gritaba: “¡Ay no, me duele! ¡Ay me lastimé!, ¡Esteban ay qué dolor!, ¡Pablo ayudame, tengo miedo!”
Esperaba en silencio la reacción de Pablo, él a veces volvía a tomar al nene o al auto y me lo daba, con lo cual continuaba la escena, pero otras veces esto no ocurría, entonces yo como Esteban recogía el juguete y dialogaba con él acerca de lo que le había pasado. En esos momentos de gran intensidad dramática, tal vez Pablo estaba tirando otros objetos o golpeándose, era allí donde el juguete (personaje) y yo lo llamábamos, insistíamos hasta que, finalmente, Pablo venía.
La escena se retomaba y podía continuar su rumbo, desplegándose en un nuevo escenario ficcional y lúdico. Lo importante a destacar de esta breve secuencia, es que a partir de las estereotipias y el desborde de Pablo la escena que pudimos construir fue configurando un escenario transferencial que comenzó a colocarle un borde, un sentido posible frente a lo imposible del quehacer estereotipado.
Pablo entraba en la escena, miraba y tocaba a los personajes, a Esteban, se babeaba menos, se sonreía, aparecían algunos sonidos y gritos al entregar o al tomar a los personajes, se acercaba más a mí (antes me ignoraba), acrecentaba su gestualidad. Al terminar la sesión, no quería salir del consultorio, ni dejar a sus juguetes-amigos-personajes.
Al escribir estas líneas, recuerdo un momento en el cual estaba abrazando a todos los juguetes-personajes, Pablo me mira, se detiene por primera vez, se inclina hacia mí y quedamos todos abrazados por un ínfimo e íntimo instante.

En este recorrido, la estereotipia como pura presencia que no se representa, comienza incipientemente a representarse para él. No es ya una pura acción sin significación, sino que empieza a orientarse en función del Otro y a articularse como gesto significante escénico.
A los niños del otro espejo generalmente se los clasifica, tipifica, selecciona e institucionaliza en prácticas terapéuticas, clínicas y educativas especiales de acuerdo con pautas, pronósticos y diagnósticos que estigmatizan la estructuración subjetiva y el desarrollo.
Desde nuestra perspectiva pretendemos incluirnos en el otro espejo, apartándonos de lo que supuestamente estos niños no pueden hacer, ni crear, ni decir, ni representar, ni simbolizar, ni jugar, para ubicarnos fervientemente a partir de lo que sí pueden construir, pensar, imaginar, hacer, decir y realizar aunque parezca extraño, desmedido, intraducible, caótico o imposible.

Desde esta posición se nos abre la posibilidad de encontrarnos con el otro espejo, con la otra infancia sufriente, aquella que en su desmesura permanece en la impermanencia de lo inmóvil. Ella se agota en el mínimo desplazamiento, en ese movimiento ínfimo consume su significado.
El mundo del niño del otro espejo es desértico en su esencia, siempre idéntico a lo que no es, persiste cercenándose. Construye definitivamente una escena fija, desguarnecida del Otro, en ella ocupa el tiempo todo.
Estamos persuadidos de que existe una estructura sin sujeto constituido como tal. Los niños del otro espejo no hacen más que confirmarlo, crean huellas en el agua, por lo tanto, no hay registro de ellas a menos que, en una increíble parodia, nos metamorfoseemos en agua para recuperarla como acontecimiento significante propio de un decir aún no dicho y de una relación no concluida ni develada.

La imagen del cuerpo no perdura en el anonimato del agua, más bien se ve arrastrada por ella a las profundidades de un abismo sin pausa, ni fronteras, donde terminan evaporándose. La imagen corporal sin cuerpo ligado a la discapacidad nos remite a lo siniestro de un cuerpo cuya imagen no llega a reflejarlo.1
Muchas veces me encontré estereotipando con el niño, fue la única ventana de entrada, mirando ciegamente con él una luz, el blanco de la nada, moviendo un objeto, gritando, girando en el vacío, balanceándome mecánica, rítmica, locamente. Y sólo desde allí, en la extravagancia, dejándome desbordar por la plenitud gozoza y sufriente, en esa soledad y estatismo obscenamente indiferente, pude anticipar un sujeto e iniciar un lazo transferencial.
Al creer que había un gesto en la estereotipia, suponer en una mirada la demanda, percibir en la desmesura del grito la alteridad de un detalle, al captar lo insignificante en el estereotipar, una otra escena aparecía a través de la cual nos (des)conocíamos del mudo y tedioso otro espejo, para re-conocernos en otra imagen.

En este escrito me acompañan el asombro y la perplejidad del registro corporal-sensorial de esos intensos y dramáticos momentos, cuando el niño que sólo miraba la luz por primera vez se demora y en esa intensidad me mira. Cuando la niña que nunca había llorado (sin registro del dolor), al despedirnos de una sesión se lanza al estrépito del llanto. Llora porque nos despedimos, llora en y por la existencia del otro. Cuando la niña que sólo rompía plantas se detiene ante el grito de dolor que, como personaje planta, encarnaba (suponiendo la otra escena) y reacciona tomando el borde de la hoja, parpadea, me mira, se sonríe y corre a otra planta para darme a leer otro gesto en la infinidad del encuentro. En esos vértices, desde esos ángulos, el espacio otro que invade al niño deshabitándolo se resquebraja, aparece una fisura, el hastío sofocante de lo mismo se desvanece y en esa pérdida emerge una nueva imagen, tal vez el primer y efímero secreto.

En la re-escritura del encuentro con el niño el espacio-tiempo se ensancha, proponiendo un nuevo juego cuyas huellas ya no se asientan en el agua; por el contrario, marcan el cuerpo en el artificio móvil de la otra escena. En la sensible complicidad íntima, el despertar de lo infantil del niño acontece jugando el otro espejo, guiados ahora por las huellas secretas del cuerpo, aquellas que en el niño del otro espejo siempre se pierden, si uno no está dispuesto a crearlas, recogerlas y recuperarlas junto a él.
Los niños del otro espejo nos abren las puertas para pensar el universo infantil más allá del malestar en las aristas, litorales y acertijos cuyos laberintos secretos no dejan de conmovernos. Introducirnos en ellos es el digno desafío al cual les proponemos no renunciar.

Por mayor información acerca del autor: www.lainfancia.net

1. De allí que consideramos fundamental realizar un diagnóstico diferencial de la imagen del cuerpo. Sobre esta temática véase Levin, Esteban, La función del hijo, Espejos y laberintos de la infancia. Buenos Aires, Nueva Visión, 2000. Discapacidad, Clínica y educación, Los niños del otro espejo. Buenos Aires, Nueva Visión, 2003.
 
 
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