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¿Dora viene al hospital hoy?
  Por Élida E Fernández
   
 
Parece proiciatorio pensar otra vez a Dora, para replantearnos la histeria de nuestros días y preguntarnos asimismo quien recibiría hoy a Dora, (seguramente no un señor fumando un habano cuyo humo va a formar parte del sueño de la joven.)
Creo que no podemos pensar que sólo las histéricas adaptan su patología a las modas de cada época sino que nosotros, los analistas, ya no somos lo que eran nuestros precursores. También nos toma la época, las modas, no sólo en los vestidos, el lenguaje, los giros del idioma, sino además en los cambios propios de cada escuela psicoanalítica, su técnica y el modelo de psicoanalista que cada uno tome para medirse.

Es decir que en el encuentro con la histérica hoy deberíamos consignar los cambios en el analista de hoy.
Pero vayamos primero a Dora y a sus coetáneas.
Quizás han leído el artículo de Félix Deutch “Una nota al pie de página al trabajo de Freud ‘Análisis fragmentario de una histeria’”. Este título muy modesto esconde una bomba de tiempo que estallará en los ojos de cada lector. Hete aquí que a los 42 años hecha ya una histérica insufrible, Dora consulta a Félix y éste la reconoce.

La descripción que hace de ella es abominable, pero aún peor es su necrológica:
“Su muerte pareció una bendición a todos aquellos que estaban cerca de ella. Dora había sido, en las palabras de mi informante, una de las histéricas más repulsivas que había conocido”. (Revista de Psicoanálisis tomo 27 N ° 3, 1970, Buenos Aires, Argentina)
Ya Lacan en el seminario 5 Las Formaciones del Inconsciente dice (pág. 376):
“Hay que decirlo antes del análisis, está muy equilibrada la vida de Dora. Hasta el momento que estalla el drama, ha encontrado una solución muy feliz a sus problemas. Es a su padre a quien dirige la demanda, y las cosas van bien porque su padre tiene un deseo, tanto mejor cuanto ese deseo es un deseo insatisfecho. Dora, Freud no nos lo disimula, sabe muy bien que su padre es impotente y que su deseo por la Sra. K es un deseo tachado.
Pero lo que también sabemos nosotros –Freud sólo llegó a saberlo un poco demasiado tarde– es que la Sra. K es el objeto de deseo de Dora porque es el deseo del padre, el deseo tachado del padre.

Una sola cosa es necesaria para el mantenimiento de este equilibrio, que Dora consiga realizar en alguna parte una identificación a sí misma que le proporcione equilibrio y le permita saber dónde está, y ello en función de su demanda que no está satisfecha, su demanda de amor al padre”.
Podemos concluir que para Dora el análisis no trajo muchos beneficios, pero sí lo aportó, y mucho, para las histéricas que le siguieron en esta vía de plantear al otro el enigma de su deseo. Porque en esto la histérica sabe –es una maestra–, su deseo no sólo es enigmático y oscuro para ella sino que nos lo transfiere así, y cuantas veces, cuando la histérica se va, nos preguntamos ¿pero, qué quiere? Y después le tiramos con varios tomos en la cabeza y hasta podemos elevarle un poco la voz y nos saca y volvemos a tirarle y a consolarnos con más teoría, pero lo cierto es que ella en esta contienda se las trae.
Freud dijo: “Yo llamaría histérica sin vacilar a toda persona sea o no capaz de producir síntomas somáticos, en quien una ocasión de excitación sexual provoca predominante o exclusivamente sentimientos de displacer”.

No creo que hoy pudiéramos diagnosticar tan contundentemente –por el asco frente a lo que debería producir excitación sexual– una histeria.
Pero quizás podríamos decir que la estructura deseante de esto que descubre Freud, y lo sorprende, es lo que va más allá de las épocas: la histérica nunca está donde la esperan.
Si la suponen caliente ella estará muerta de asco y si la suponen contenta porque sus sueños parecen cumplirse ella estará inexplicablemente angustiada y desasosegada.

Y así como lo sorprende a Freud todo el tiempo, así como sorprende a Felix Deutch, a Jones y a todo aquel que se asome a ella, las histéricas de hoy también nos sorprenden, y si no ocurriera eso deberíamos constatar si estamos despiertos.
Cuando todo nos hace pensar que nuestra histérica ha hecho un cambio tan importante que podemos presentar su caso con orgullo, ella vomita en el consultorio.
Al mismo Freud logró hacerlo caer en la ilusión.
Vayamos al final del epílogo de Dora:
“Han pasado de nuevo varios años desde su visita. La muchacha se ha casado, y por cierto con aquel joven a quien, si todos los indicios no me engañan, aludían las ocurrencias que tuvo al comienzo del análisis del segundo sueño.
Si el primer sueño dibujaba el apartamiento del hombre amado y el refugio en el padre, vale decir, la huida de la vida hacia la enfermedad, este segundo sueño anunciaba que se desasiría del padre y se recuperaría para la vida.”
¡Error!

Es verdad que fue poco el tiempo de la escucha y equivocada la dirección dada a la cura, pero era mucha la ilusión que despertaba la joven: lo había seducido aunque él no se diera cuenta y había logrado hacerle creer una escena romántica donde el amor ganaba.
La histérica nos pone a mirar, y para ello hace brillar en el escenario todo lo que ella supone que atiza el deseo del Otro, se propone allí donde sí sabe que nos encuentra mientras ella se escabulle sigilosa preservando su secreto.
Nos enredamos con su deseo que no es lo que demanda y menos que menos lo que quiere y cuando nos logra confundir (y lo logra muchas veces), nos muestra nuestra renquera. Porque su especialidad es descubrir, señalar y decir sobre lo que le falta al otro. Y no es que no esté acertada en su señalamiento, el problema es que es lo único que registra –y además no sabe que es lo único ya que ella cree en la universalidad de sus juicios–.

Las Doras en todo este acontecer sufren. Y sufren mucho. Y tanto rompieron la paciencia de su entorno que ahí viene la venganza y no se les cree o se las ridiculiza o se las minimiza. Cruel vuelta de aquello que generan.
Tradicionalmente seguimos usando el “histérica” como un insulto o una ridiculización con la que se intenta echar por tierra la credibilidad o la seriedad del que es acusado con ese epíteto.
Pero hay otra peculiaridad que hace a su estructura: la histérica es infatigable en su búsqueda, en esa búsqueda en la que ella misma pondrá mil objeciones pero que sigue intentando: tenaz y laboriosa, apasionada y perseverante. La histérica persevera.

Hablamos de la búsqueda del amor del padre. Padre más o menos impotente, más o menos desatento, más o menos borrado, pero siempre, en relación a ella, ajeno a su demanda.
Y ella lo ensalzará hasta los altares, allí depositará sus flores, allí dirigirá sus plegarias y sus sacrificios, allí su erotismo y sus humedades, allí su secreta agonía: hacer que este padre le señale lo que su madre no ha podido darle en el espejo ni ha podido hacer cuerpo, un objeto de deseo con el cual identificarse. Una mujer con un cuerpo blanquísimo a quien imitar, aprehender, incorporar. Otra en quien especularizarse.
Las histéricas se identifican con la máscara, con las insignias del Otro.
Quizás sea esto lo que a veces nos confunde, nos interroga a los analistas, esto mismo que al sujeto histérico lo lleva a desnortearse, a no lograr ser un verdadero histérico, a que en lugar de identificarse al deseo del Otro, como el Otro no señala nada allí, la forclusión parcial lo haga parecer más loco que neurótico.

Ese cuerpo que se desgarra, que a veces no se reconoce en el espejo, que duele, somatiza, hace cosas raras, se paraliza o se mueve solo, ese cuerpo que pesa, que todos esperan humectado y lustroso en el lecho, ese cuerpo no se termina de armar y clama a gritos o mudo ese armado que le devuelva una imago con la que reconocerse.
Porque esta labilidad que hace de ella ese Zelig que va adoptando el perfil de su interlocutor con total maleabilidad, esa posibilidad de estar siempre de acuerdo con el otro, a tiro de su deseo, esta posibilidad de sumergirse en cada época y tomar sus ropajes, que nos hace preguntarnos ¿Vendría Dora hoy al hospital?, este poder camaleónico de la histérica es de lo que sufre, de lo que padece, es su marca en el orillo.

Que ella se pueda camuflar hasta desaparecer en el otro es lo que evidencia este cuerpo mal armado, esta cáscara que no recubre sino el agujero, agujero que no puede simbolizarse establemente como castración porque remite a un alojamiento precario en el deseo del Otro. Porque la esperaban otra, porque nunca satisfizo a su madre lo suficiente como para constituir ese “somos una” de la célula narcisista imaginaria, de la que todo esbozo de sujeto tendrá que caer pero habiendo estado.

La histérica es una niña perversa que contempla la falta de sus otros significativos tratando de encontrar ese lugar que nunca existió. El dolor más intenso, el duelo más difícil es por lo que nunca se tuvo, no por lo que se perdió.
Fairbain instaba a encontrar similitudes entre la histeria y la esquizofrenia. Lacan recoge el guante y las retoma en este desarmado del cuerpo, esta despersonalización, esta genitalidad atascada, sólo simulada, profundamente ajena.
Hemos avanzado mucho desde aquel historial de Dora, desde el primer atisbo de Freud de referir la histeria a sentir asco en lugar de excitación.
Quiero resaltar dos citas de Lacan, una del Seminario 5 y la otra del 17:
“Confiemos decididamente en esta función de significante que le concedemos al falo y digamos lo siguiente –al igual que no se puede ser y haber sido–, tampoco se puede ser y no ser. Si es preciso que lo que no se es sea lo que se es, lo que queda es no ser lo que se es, es decir, rechazar lo que se es en el parecer, lo cual es con toda exactitud la posición de la mujer en la histeria. En cuanto mujer, se hace máscara. Se hace máscara para precisamente detrás de esa máscara, ser el falo.”
Lacan Seminario Las formaciones del Inconsciente. Paidós Argentina 1999 –pag388.

“Ella quiere un amo, que el otro sea su amo, que sepa muchas cosas. Pero sin embargo que no sepa tanto como para no creer que es ella el premio supremo de todo su saber, quiere un amo sobre el cual ella reine: ella reina y él no gobierna.”
Seminario El reverso del Psicoanálisis. Clase 10.

Con lo cual concluyo que más allá de los ropajes, más allá que la joven histérica no se encierre hoy a leer una enciclopedia sino que se cuelgue horas por Internet, más allá de que ya no se queje de su tos ni de su flujo blanco sino quizás de cómo la mambea la droga o cómo sin droga le pasan cosas rarísimas en el cuerpo, la histérica sigue llegando al consultorio a decirnos de su insatisfacción, que a pesar de que no estará dispuesta a cederla la hace sufrir más allá de los tiempos y de su búsqueda de la otra, esa que ella admira en secreto, mientras ama, a veces hasta la locura, a algún Maestro que no le corresponde, porque si lo hiciera se rompería el encantamiento.
También creo necesario no olvidar que es la histérica la que nos sigue haciendo analistas. A ella le debemos, entre otras cosas, que estemos preguntándonos por si vendrá o no.
 
 
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