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La competencia narcisista
  Por Manfredo Teicher
   
 
Edipo concretó el deseo incestuoso de la criatura humana y eliminó al molesto rival. Todo varón tiene la opción de elegir entre emular a Edipo o identificarse con Hamlet que venga al padre, asesinado por la madre en complicidad con su amante, tío de aquél y hermano de la víctima. Historia que ilustra un dato universalmente conocido: que esa institución imprescindible que constituye el crisol familiar, no carece de riesgos. Quizás pueda identificarse en algún momento con Narciso, el que, abusando del poder que le otorgan su juventud y su belleza, desprecia sus conquistas, se autosugestiona, convenciéndose de que su imagen reflejada, es aquél otro significativo, tan necesitado. Así puede prescindir del otro, real.

La fantasía es un arriesgado terreno muy útil como defensa pero resulta muy peligroso cuando atrapa al sujeto fascinado y encandilado con la magia que es capaz de realizar. La fantasía compite con la realidad, tan imprescindible como aquella para conservar una frágil y delicada salud mental. El animismo primitivo aún muestra la profundidad de sus raíces en toda manifestación humana. Coloca en el centro de la escena social la competencia narcisista, una lucha por el poder de todos contra todos, que también atrapó en sus redes incluso al padre del psicoanálisis. Encontramos importantes variaciones de ese “deporte” en la lucha de clases, conformando religiones que rinden culto a padres ideales, o en sagradas soberanías nacionales representando madres ideales. Que al final resultan excelentes excusas para el juego de la guerra.

Narciso, Edipo, Hamlet, Ofelia, Layo, Yocasta y tantos otros, son productos fantásticos de una mente humana que enfrenta un eterno conflicto heredado de la filogenia: el deseo de usar al otro, convertido en objeto significativo, cómo, cuándo y dónde se le antoja al sujeto; y la necesidad de convivir con él (que desea lo mismo). Como transacción dialéctica surgieron las normas culturales donde la prohibición del incesto y del homicidio puso las bases de una legislación que incluye en su motivación altos ideales utópicos de libertad, igualdad y fraternidad.

La historia de la humanidad obliga a pensar que nuestros ideales pretenden modificar una naturaleza que insiste en oponerse a que la utopía se concrete. En los momentos que nos detenemos a reflexionar sobre ellos, nos quedamos fascinados con la belleza de estos ideales. Pero del choque con una realidad que los desmiente surge un amargo despertar. A pesar de ello, el ingenio del ser humano seguirá proyectándolos en un hermoso futuro mientras felices fantasías nos permiten disfrutarlos soñando con mundos, quizás imposibles; mientras compiten con otras fantasías, no tan felices, de un cercano Apocalipsis.
La retribución de la naturaleza al trabajo de la reproducción es un intenso placer cuya búsqueda es suficiente aliciente para su realización. La conveniente solidaridad con los otros no recibe la misma recompensa y el placer que obtiene, cuando lo obtiene, es llamativamente menor que un ataque de furia destructiva.

El miedo a la soledad, al desprecio y al desamparo, nos lleva a elaborar el complejo de Edipo y a someternos a la cultura. Pero el miedo a la soledad se supera en la relación con muy pocos de los semejantes.
Pretendemos integrarnos en algún grupo de pertenencia donde buscamos el reconocimiento de otros semejantes para sentirnos humanos. En el grupo, la identificación entre los miembros ayuda a superar el miedo. Se crean hábitos, adornos o uniformes que eliminan las diferencias, elevando a los miembros a la categoría de “Señores” con derecho divino, con lo que se intenta recuperar un narcisismo perverso, ahora diluido en el grupo. La ilusión de la omnipotencia de un grupo, diluye los controles sociales necesarios y permite descargar las tensiones acumuladas en la guerra, pudiendo hacerlo en la competencia deportiva. La guerra, al permitir mayor destrucción y crueldad, parece satisfacer una necesidad que no debería alentar el orgullo de nuestra especie.

El desarrollo de la cultura se empeña en encontrar una ética que haga la convivencia agradable para todos. Pero el obstáculo insalvable está en el poder que puede adquirir un narcisismo infantil que quiere a los demás siempre y cuando éstos estén dispuestos a satisfacer sus arbitrarios deseos.
Que la manifestación patológica de la hostilidad se limite en su exteriorización contra los miembros de otro grupo y a duras penas se mantenga controlada dentro del grupo de pertenencia, es un esforzado logro no muy habitual ni duradero; lo que convierte en utopía la pretensión de una justicia social para la especie.
Es nuestra conducta cultural y no nuestro discurso cultural, la que delata nuestras intenciones.
 
 
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