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   Psicoanálisis y Tecnociencia

El goce de nada en
  Por Héctor López
   
 
¿Quién no leyó en su juventud Un mundo feliz de Aldous Huxley? Aún recuerdo el efecto posesivo de esa novela, imposible de dejar para mañana.
Recién ahora he logrado entender que si ese libro de 1932 nos capturaba en la fascinación y el estremecimiento, no era sólo por la exuberancia de sus fantasías, sino por mostrarnos la verdad decepcionante de nuestros sueños incautos de felicidad. Por primera vez sabíamos que desear la felicidad es apostar a lo peor.

La literatura anticipaba, como tantas otras veces, la figura de una realidad que hoy ha saltado de las páginas literarias a las calles que transitamos diariamente. Narraciones como ésta, o como 1984 de Orwell, o como Fahrenheit 451 de Bradbury, nos muestran que lo fantástico y aterrador no se restringe a la vida de ultratumba propia de la novela gótica, sino que pertenece a lo más corriente de nuestro entorno cotidiano, y que si apenas nos angustia, es por haber colmado nuestra llamada “capacidad de asombro”.

Ya ni siquiera estaríamos de acuerdo con Lacan cuando en 1962 dice que lo que angustia al hombre es el encuentro con “lo real en lo irreal”, y no como pretende la psicología, la aparición de “lo irreal en lo real”, pues en este siglo XXI, nuestra experiencia es la de convivir anestesiados con ese real, amalgamado a lo irreal de nuestra cotidianeidad. ¿Qué queda de siniestro (Umheilich) en el siniestro mundo feliz de Huxley, cuando ese mundo ya es nuestro?
El hombre aspira a la felicidad, es su mayor anhelo, y se supone que la política tiene como misión procurársela. En Un mundo feliz, todo el poder del estado global está al servicio de la construcción de una sociedad mansamente feliz. En el año 142 después de Ford (2050 de nuestro calendario) ya no hay familia, ni padres ni madres; los individuos son cultivados en grandes cadenas de montaje gracias a la tecnología de la reproducción en serie. No se conoce el incesto, ni el conflicto edípico, ni ningún deseo que enfrente a las generaciones. Dios ha desaparecido del lenguaje reemplazado por Ford. “¡Oh mi Ford!” dicen los personajes, haciéndose la señal de la T [por el Ford T del año 1 de la era fordiana (1908)].

Esa sociedad ficticia representa la consumación de los ideales de la posmodernidad a cuya gestación asistimos, y que para el año 2050 mucho me temo que se parezca bastante al mundo feliz del 142 d.F., realizando su metáfora.
Será entonces la sociedad del goce consumado; sin Dios, “todo está permitido”, y los sujetos resultan productos automáticamente adaptados a su función social, predestinados a ella desde la manipulación embrionaria. Por planificación genética y condicionamiento hipnopédico, devendrán individuos Alfa, Beta, Gamma, Delta o Epsilon, según las necesidades del sistema.

Si un atisbo de insatisfacción surge en algunos, ahí está el soma, la droga provista por el Estado para esa enfermedad. En este mundo feliz no existe el amor ni la represión sexual, y el cuerpo de cada uno se entrega y se toma libremente, sin conflicto entre las castas, pues cada una ha sido programada neuro-lingüísticamente para no sentir interés sexual ni ningún otro hacia individuos diferentes.
Lo aterrador es que a Huxley se le ocurre mostrarnos el éxito de este Estado Social Mundial manipulador, y la impotencia, hasta el suicidio, del inconformista. ¡Por Ford!, que tontería… ponerse a pensar. ¿Es que prefiere la insatisfacción?
En ese mundo feliz, nadie quiere saber nada del deseo. ¿Sería esa la inclinación “natural” del ser humano?

Cuando Lacan nos dice en el seminario Aún que “el ser hablando goza y no quiere saber nada de nada” ¿nos estará advirtiendo de algo? La receta de la felicidad, ¿será el funcionamiento de lo simbólico sin sujeto, producto puro de la estupidez angélica del significante?
Así funcionan las cosas en ese mundo feliz, donde la gente no hace nada de nada con el significante, simplemente goza de él. A nadie le interesa el arte, la literatura, ni la filosofía. Es el “conformismo en la conformidad” —según La dirección de la cura…— con un poder anónimo y universal que todo lo administra y lo regula.

Pero si el sujeto, a pesar de todo, no quisiera sólo “ser” en el regazo del Otro, tendría que despertar y poner el goce “en obra”. En una obra sublimatoria que retorne como nominación al sujeto, y lo comprometa en lo que Heidegger llamó “cuidado” (Sorge), y Lacan “deseo”.
¿Vale la pena el riesgo gratuito del obrar (faire), frente a la “solución” que nos asegura la tecno-ciencia? Es suficiente con mirar el programa Wild on del canal Entertainment para ver cómo se puede ser feliz todo el tiempo en la fiesta sin fin del goce sin deseo. Un goce sin obra, un goce de nada.
La literatura es ficción de verdad, enseña el psicoanálisis, y por lo tanto una dimensión de lo inconsciente. ¿Por qué, si no, Freud habría insistido tanto en la universitas literarum como lo esencial en la formación de los analistas, cuestión subrayada porfiadamente por Lacan?
Ella nos avisa que no habría ética para obligar al deseo, si la felicidad fuese posible. Pero Freud enseña que no lo es, y que la felicidad se reduce a la evitación del malestar de existir. ¡Que ironía, la felicidad es negativa!
La ética freudiana, enunciada como “el deber de soportar la vida”, implica que el sujeto encuentre sus propios recursos contra el dolor, como si fuera un artífice.
Es nuevamente la literatura la que nos indica el camino:

Ya no seré feliz
Pero qué importa…
Hay tantas otras cosas en la vida.
Jorge Luis Borges.
 
 
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