Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Los tiempos de un análisis

Tiempos y análisis
  Por Daniel Paola
   
 
Autorizarse. Pueden existir variantes respecto de la intervención analítica de acuerdo a la modalidad de la castración en juego, pero esta circunstancia no incide en la conceptualización de dos tiempos básicos para la dirección de la cura. De todas formas en esta oportunidad será tratada la modalidad de la castración que determina el retorno de lo reprimido, haciendo breves consideraciones sobre la psicosis y la perversión.
Los tiempos de un análisis proponen una alternancia entre un inicio ligado a la transferencia y una finitud. Estos tiempos responden a una lógica precisa en el campo abierto por J. Lacan, en tanto queda en manos del psicoanalista una anticipación para hacer posible su desarrollo.

Ese primer lugar que ubica la anticipación del analista respecto de una experiencia, es el axioma sustentado en la frase: el psicoanalista sólo se autoriza de sí mismo. En efecto, sin la determinación de dar un paso con anterioridad en virtud de la experiencia sobre sí mismo en un análisis, no es posible jugar la alternancia de los tiempos propuestos. Se trata de un axioma paradójico porque la frase no excluye que la Escuela, la Institución o la vox populi, garanticen el resultado de esa posición productiva y la denominen formación. Sin este axioma no se podría hablar de tiempos en un análisis, dado que allí radica el problema del saber que se atribuye para que analizante y analista inauguren un espacio.
El analista puede querer o no esa garantía que hace paradójico el sustento sobre sí mismo. Pero en tanto sea el artífice de una cura, se debe constituir en el analista de su propia experiencia y registrar los problemas cruciales del psicoanálisis que siempre se encuentran en la brecha sin fin de resolverse. No habría entonces inicio sin que un analista pueda considerar esta abertura.

La experiencia enfrenta al analista a un problema crucial sobresaliente: el malestar del encuentro con un borde de sentido que retorna desde lo real como forcluído, haciendo de cada situación la primera y en acto desechando la psicopatología que ordena una cierta compulsión de saber de antemano cómo resolverla. ¿Quién no habrá pasado por la dificultad de abrir el juego cuando el futuro analizante expresa no saber qué hacer con la palabra?
Ese retorno jugado desde el inicio implica que el analista necesite hablar de su experiencia, ya que todo aquel que inventa cómo hacer de soporte al desarrollo de la palabra de otro, se topa con lo forcluído del sentido que retorna como dificultad en el proceder. Se trata de una encrucijada esencial ya que no hay enseñanza que pueda resolver qué es un psicoanálisis en su aspecto de invención caso por caso.

Existe una pregnancia por llevar un psicoanálisis a su finitud sea cual fuere la modalidad de la castración en juego. Casi ningún analizante espera una dependencia absoluta hacia su analista e incluso esto oficia de dificultad desde el inicio. Pero de otra manera nada sería posible iniciar. Lo interesante de esta evidencia es que no es en sí misma suficiente para que se cumpla. Es de observar que si bien la finitud se encuentra desde el inicio como referencia, esto permanece velado en la alternancia establecida entre quien inicia y quien sostiene. En otras palabras no habría suposción de saber de un lado, sin que de inicio exista en el autorizarse de sí mismo, el vacío suficiente que alberga al otro porque de la finitud ya algo se conoce.

Para responder a la infinitud se puede invocar el a posteriori del significante y su lógica, para considerar el tiempo de lo finito desde el ángulo que sostiene su velamiento, para no hacer sino un tiempo presente en la sesión analítica. No está presente el fin, aunque sea lo que sostenga del lado del analista, la opción de un despliegue interminable en las consecuencias de la praxis. Así, cuando un análisis concluye quien fue analizante responde en el marco interminable del alcance de su deseo.
Se trata del ángulo que retoma un tiempo primero de la psiquis como aparato en el sentido de la inexistencia como repetición, lo que revela cómo lo interminable se sustenta en su conclusión. Se repite al infinito aunque el resultado sea siempre el encuentro con la marca de una inexistencia, para volver a comenzar. No hay en el origen más que un tiempo segundo que vuelve sobre sí mismo para encontrar lo que no hay de cobardía para existir a partir del lenguaje.
En esta alternancia no se trata de verificar una terapéutica si con ella postulamos el regreso a un estado primero. El principio que postula primum non nocere, no será para nuestra experiencia algo comprobable, ya que el síntoma sufrirá un colapso en la dirección de la cura, reordenando su garantía en la realidad del sujeto, respecto a lo que implica el concepto de principio y el concepto de fin para cada uno de sus actos.

La transferencia. En el principio cabrá la condición de la transferencia. Condición porque no basta que un individuo sea médico o psicólogo para que ella se establezca. La condición reposa sobre todo en el análisis del analista para que oficie de agente en un campo donde no hay intersubjetividad posible a pesar de que el uso de la palabra siempre refute este principio y desde la ignorancia siempre exista la pregnancia engañosa y tentadora que exclama –¡por fin hay el que sabe!–. Ningún sujeto es suponible por otro sujeto. Al sujeto del inconsciente no se le habla y, si se lo intenta, retorna con más fuerza lo reprimido, hasta el peligro de destrucción que involucra a más de uno cuando comienza la guerra por puro prestigio. Un sujeto no supone nada porque es simplemente supuesto por el significante que lo representa para otro significante. El significante de la transferencia, es cualquiera que haga saber al analizante que ningún sujeto es suponible por otro y que cada sesión se tornará nueva como si nada hubiera descubierto o adquirido desde su primer desciframiento. ¿Puede ser que salga de la sesión y no me acuerde de nada? podrá confirmar uno. ¿Puede ser que justo cuando creo que no va a pasar nada el efecto de sentido se hace mayúsculo? podrá confirmar otro.
Para las psicosis, el significante cualquiera como tercero entre la dualidad analizante-analista merece un capítulo aparte. Una vez generado como demanda, el analista sabrá cómo inventar aquello que lo excluya de manera constante, para reemplazarlo por lo que, haciendo signo a partir de lo que le retorna al analizante desde lo real, construye un espacio en el que una pasión estabiliza.
Para la perversión, del significante cualquiera el analizante hará evasión constante para eludir el horror que le imprime el hecho de no encontrar sino una angustia propia en lugar de la del partenaire, cuando se juegue con el deseo y la consecuente caída del ideal.

Pero para todas las situaciones esa nada que retorna para hacer invención de cada sesión, se ornamenta muchas veces desde nosotros analistas, con la disciplina que asegura lo correcto de lo incorrecto. Esta actitud es el afán de evitar el verdadero contacto con la repetición en cuanto a una inexistencia radical: la de un fracaso que se denomina goce.
Por el contrario, el saber textual puesto en juego en la transferencia, no es lo que se dice sino dónde se dice, ya que es ese el único lugar prevalente de la nada del vacío del saber. El resto de lo que resulta de la nada como vacío de finitud está repleto de referencias.
El efecto de revelación que produce el saber textual diferenciado del referencial se encuentra en el sentido del agalma socrático. Como Alcibíades, el analista nunca está allí para responder en el momento justo y esto es una revelación para el analizante. Aquello que al analizante le concierne de la presencia del analista nunca está advertida por él en el momento de su producción. Desde aquí toda resistencia será del analista a resolver en la interpretación, como justo medio en el objeto a como lógica de un a posteriori.

El final. En el final hay un pasaje que cobra valor cuando el deseo fundamental del analizante se resuelve y el analista ya no tiene ganas de sostener esa opción para insistirle que debe ser otra cosa aquello de lo que goza. Esa opción que resta provocará la división del sujeto entre la creencia de la finitud y la no-resolución de un efecto de caída que lo destituye.
Para la psicosis sería el caso de una estabilización más duradera de lo que se cree, si el horror al fenómeno alucinatorio o cualquier otro que sea disminuye, al atenuarse el efecto mortal de la palabra del partenaire al resolverse la transferencia. De hecho pacientes psicóticos, que han hecho un análisis, hacen saber de su estabilidad duradera.
Pero si se insiste mucho en la destitución subjetiva como un ideal, sólo se provocará el horror, la indignación, la protesta, el atentado y la objeción, tal cual nos recuerda J. Lacan en la Proposición del 9 de octubre, texto guía para la escritura de estas líneas. Con lo cual hay que pensar el impacto del final como suficientemente maldito, por acarrear una suerte de toque real en el campo de lo mortal que implica esa destitución. Pero sucede que si se nos prohibe hablar de entrada de este fin, lo rechazado de lo simbólico retorna desde lo real.

“O se afronta la verdad o se ridiculiza nuestro saber”, escribió J. Lacan en su documento. El que lleva su historia como simbólico a un real que sostiene el analista ya es inocente de entrada y allí no hay más ley que el deseo. El que sufre una alucinación es por sobre todo inocente de lo que se le imputa. El perverso, en cambio, nunca puede devenir inocente. El inocente no tiene por qué dejar de serlo.
La ley del deseo es una lógica que al implicar su aprehensión no produce más que pérdida de la subjetividad. El encuentro con el signo sinthome es una destitución del delirio como eje de la acción para un psicótico.
Dejar de ser podría ser una traducción del des-etre, como efecto de destitución subjetiva. El sujeto deja de ser el velo que protege la falta de esencia del supuesto saber, reduciendose en el pasaje él y su nombre a un significante cualquiera. Deviene hacia él el saber supuesto porque ha rechazado el ser que no sabía la causa de su fantasma teñida de inexistencia. El psicótico deja de ser su delirio y el efecto de destitución lo aliviana, aunque no sea por encarnar él el supuesto saber, sino por rechazarlo de hecho en la circunstancia en que se lo requiera para una relación dual. El otro pasará a ser como partenaire lo más amado y a la vez lo más excluído.
Este pasaje no refiere una paz inmediata para nadie, sino por el contrario supone un ejercicio permanente que juega cada vez. El partenaire analista se desvanece en el pasaje del analizante porque sustenta un saber que carece de fundamento y en ello resalta la sustracción del ser.

En forma súbita se liquida la transferencia porque se ve la apariencia del deseo del analista. Ya no se aprecia sino la alternancia en que se ha pasado de un lado al otro, donde lo escópico como protección que dice –veo lo que no ves– recae en una desaparición de la imagen porque nadie está excluido de la apariencia. Lo único que resta es la voz como textual, dando privilegio a una ingenuidad imposible aunque inevitable, ya que la alternancia cesa por encontrarse un duelo por lo que nunca fue, que borra una supuesta posición depresiva. De esta manera el psicótico no deja de alucinar, sólo sucede que eso no guía su vida.
En el fin existe un testimonio de la clausura de una experiencia que atañe a la naturaleza del a posteriori. En la psicosis se trata de la anulación de este efecto significante.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 193 | noviembre 2015 | La pasión responde a una lógica 
» Imago Agenda Nº 171 | junio 2013 | Sexualidad y adolescencia  
» Imago Agenda Nº 162 | agosto 2012 | “Habemus Papam” 
» Imago Agenda Nº 160 | junio 2012 | La otra muerte. Psicoanálisis en cuidados paliativos  De Marcelo Negro (Letra Viva, 2da. edición, 2012)
» Imago Agenda Nº 154 | octubre 2011 | Transferencia previa 
» Imago Agenda Nº 146 | diciembre 2010 | Los bordes de la cuerda 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Semblant e Impostura 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | La máscara etílica 
» Imago Agenda Nº 116 | diciembre 2007 | Embarazo en la adolescencia 
» Imago Agenda Nº 87 | marzo 2005 | El cuerpo como resistencia 
» Imago Agenda Nº 75 | noviembre 2003 | El tatuaje y lo anormal 
» Imago Agenda Nº 64 | octubre 2002 | Análisis de control 

 

 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com