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   Los tiempos de un análisis

La función y la prisa
  Por Oscar Lamorgia
   
 
Es en “El tiempo lógico...” donde aparece el sofisma de los tres presidiarios que tienen un disco en la espalda. Se trata de un problema de lógica que plantea Lacan allí y que es difícil de pensar, es bastante enredado y resiste fuertemente a la captación intuitiva. Pero es interesante porque tiene muchos puntos de concurrencia con lo que acontece en la clínica.
Es importante reparar –seguramente una vez más– en el planteo, porque es algo que en alguna medida el maestro francés retoma en tres oportunidades. Una de ellas es “El tiempo lógico...”, que data de los años ‘40. Luego en el Seminario 2 vuelve a hacer referencia a él. Posteriormente lo hace en la “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”. La fracción que voy a leer ahora del problema que presenta Lacan está en el Seminario 2, del año 55.
El postulado es el que sigue: “Se trata de tres prisioneros a quienes se somete a una experiencia. Van a liberar a uno de ellos, no se sabe a cuál beneficiar con esta gracia única porque los tres son igualmente meritorios. Se les dice: ‘Aquí tienen tres discos blancos y dos discos negros. Colgaremos de la espalda de cada uno de ustedes uno cualquiera de estos discos, y tendrán que arreglárselas para decirnos cuál les hemos enjaretado. Naturalmente, no hay espejo, y ustedes no pueden tener interés en comunicarse porque basta revelarle a uno lo que tiene en la espalda para que él saque provecho de ello’. Cada uno de ellos tiene, pues, en la espalda un disco. Cada uno de ellos ve tan sólo la forma en que los otros dos están connotados por medio de estos discos.”
“A todos les ponen un disco blanco. (En realidad el director lo que hace es eso, el carcelero les pone un disco blanco a los tres.) ¿Cómo va a razonar cada sujeto?

 

Estas podrían ser tres variables posibles Como tenemos cinco discos y los prisioneros son tres, bien podrían ser:" (gráfico anterior)
Una opción podría ser: I. Dos negros y un blanco.
La otra opción puede ser: II. Tres blancos.
Y la tercera opción puede ser: III. Dos blancos y un negro.
Acá no es por un mero golpe de vista cómo este dilema va a encontrar una vía resolutiva. Podríamos decir que no es a través de lo puramente imaginario, sino que de un razonamiento eminentemente conjetural a través del cual cada uno de los presos tiene que, en alguna medida, anticipar qué es lo que están pensando los otros, caso contrario, no hay salida para este dilema. Por lo tanto afirma Lacan:
“No es inverosímil que los tres prisioneros se den cuenta muy rápidamente de que tienen discos blancos.” (¿O sea que es fácil darse cuenta rápidamente?; no, todavía no es tan fácil. Una vez que uno lee la solución, recién ahí parece más fácil).
“Pero si queremos (llevarlo al plano del discurso), será forzosamente del modo siguiente. Hay un dato de partida fundamental que es del orden de los 0 y de los pequeños 1: si uno viera sobre la espalda de los otros dos discos negros, no tendría la más mínima duda, pues discos negros hay sólo dos, y podría irse” (Quiere decir que si yo –no sabiendo qué color tengo en la espalda– veo que los otros dos son negros, sé que soy blanco porque no hay más de dos negros.) “Es el dato de partida de lógica eterna, y su captación es perfectamente instantánea: basta con ver.” (Ahí sí bastaría con ver). “Pero he aquí que ninguno ve dos discos negros, y por una buena razón, no hay disco negro alguno.” (Los tres tienen discos blancos) “Cada cual sólo ve dos discos blancos.”
Sin embargo, esa cosa que no se ve desempeña un papel decisivo en la especulación por la cual los personajes pueden encaminarse a la salida.
Al ver dos discos blancos, cada prisionero debe decirse que uno de los otros dos debe ver, o bien dos discos blancos, o bien uno blanco y uno negro. Se trata de que cada uno de los sujetos piense qué deben pensar los otros dos, y de una manera totalmente recíproca. En efecto, algo es indudable para cada uno de los sujetos: que los otros dos ven cada uno de ellos la misma cosa, o sea uno blanco y el propio color del sujeto, quien no lo sabe.
El sujeto se dice entonces que si él mismo es negro, cada uno de los otros dos ve un blanco y un negro, y puede decirse: “Si soy negro, el blanco ya se habría encaminado a la salida, y como no se mueve, entonces es que yo también soy blanco y salgo.”

Ahora bien, como nuestro tercer sujeto no ve salir a ninguno de los otros dos, de esto concluye que él es blanco, y sale. De este modo, a causa de la inmovilidad de los otros, y para esto es fundamental el hecho de que vea que los otros se quedan quietos ahí, él mismo comprende que se encuentra en una posición estrictamente equivalente a los otros dos, es decir, que es blanco. Sólo es en un tercer tiempo, y en relación con una especulación sobre la reciprocidad de los sujetos, puede arribar al sentimiento de que está en la misma posición que los otros dos.
Sin embargo, observen que, tan pronto como ha llegado a esta comprensión, debe precipitar su movimiento. Precipitar tiene que ver con la función de la prisa; palabra ésta en los tiempos lógicos es importante porque habla del momento de concluir. Ahora, ¿por qué debo precipitar mi movimiento apenas me doy cuenta de esto? Precisamente porque de eso depende el ser liberado. Apenas comprendo esto, me liberan. Como los otros dos –que también son blancos– hicieron el mismo razonamiento que yo, estamos mirándonos al mismo tiempo y vamos evaluando la vacilación que tenemos, y cuando uno se levanta se levantan los tres, lo cual impugna el razonamiento inicial. Porque si se levantan los tres al mismo instante ¿por qué motivo no se podría evaluar como punto conclusivo, en el sentido de que yo puedo ser negro, en el hecho de ver que alguien se paró antes de tiempo? Porque si el motivo que hacía que el presidiario piense: “No, si esto fuera tan claro, alguien de ellos dos se hubiera parado rápidamente e ido a la puerta”. Ahora ¿Cómo evaluar que ese apuro por ir a la puerta no es el apuro que yo supondría que tendría que tener si yo fuera negro? Como se comprenderá, así se enreda más la cosa.

“Sin embargo, observen que, tan pronto como ha llegado a esta comprensión, debe precipitar su movimiento. En efecto, a partir del momento que ha llegado a dicha comprensión, debe concebir que cada uno de los otros pudo llegar a idéntico resultado. Por lo tanto, si los deja adelantarse así fuese minimamente, volverá a caer en su incertidumbre del tiempo anterior. De su propia prisa depende que no caiga en el error.
Debe decirse a sí mismo: “Si no me apresuro a llegar a esta conclusión, caigo automáticamente no sólo en la ambigüedad sino también en el error, dadas mis premisas. Si los dejo adelantarse a mí, queda probado que soy negro”.
De acá nos salteamos veinte años y leo una cita que está en la “Conferencia de Ginebra” y dice así:“Hasta cierto punto se concluye siempre demasiado pronto. Pero ese demasiado pronto es la evitación de un demasiado tarde.”
Esto está relacionado totalmente con lo más recóndito de la lógica, a la vez que conserva un punto no calculable del todo. Y hace una referencia explícita al tiempo lógico que –para entonces– ya tenía treinta años de antigüedad. Es brillante el modo en que condensa la función de la prisa, el momento de concluir y la vía resolutiva que de allí se desprende.
Cuando alguien va a llevar a cabo un análisis de control en medio de una urgencia, muchas veces ya es demasiado tarde. Por ejemplo cuando va a controlar y en lugar de dejar que eso funcione en él, lo que hace es ver en qué momento le “encaja” a su analizante lo que le dijo el analista de control. Así siempre va a ser a destiempo.

Si lo que me dijo el analista de control lo dejo funcionar en mí al modo de la ignorancia docta, precisamente porque lo dejo en souffrance habrá de funcionar cuando mi yo (representado por cierta posición de acecho), deje de ser un obstáculo. Si yo estoy a la expectativa esperando ver en qué momento le descerrajo lo que ahora pasó a formar parte de mi saber referencial, nunca va a ser el momento adecuado.
Veremos ahora cómo alcanza un pleno sentido la correlación entre el fantasma en “Pegan a un niño” y los tres tiempos lógicos de Lacan que propone Erik Porge en su excelente libro Se compter trois.
Antes de ello situemos brevemente los tiempos de Lacan:
En Iº Instante de ver: la fugacidad del instante, lo inatrapable del instante.
En IIº Tiempo para comprender: se trata de una instancia que abre la posibilidad de historización del sujeto
En IIIº Momento de concluir: sería la irrupción de un acto.
En nuestro ejemplo, uno de los prisioneros, vamos a suponer que por la ansiedad de quererse escapar de la cárcel a toda costa, dice cualquier cosa y acierta. Eso tiene estructura de acting-out. Un acting también podría estar incluido en este valor de la prisa. Pero sólo motiva a una actuación que tiene destinatario, no logra subjetivarse como acto. No puede dar cuenta de lo que está haciendo más que de la desesperación por querer escapar. Pero contrariamente, el tener que dar cuenta lógicamente de por qué pensé lo que pensé, conlleva una implicación subjetiva.
Y si de situar la función de la prisa en el fantasma se trata, la referencia obligada es “Pegan a un niño”:


                           Lacan                                                                                                                                                                                                                        Freud
II) Tiempo de comprender (los celos)                                                                                                                                                                  1º El padre pega al niño odiado por mí
III) Momento de concluir (“¡Rápido!... que mi padre me pegue por miedo a que prefiera a mi hermano pegar/amar” )               2º Yo soy pegado por mi padre
I) Instante de ver (“la escena”)                                                                                                                                                                             3º Se pega a un niño (“se” impersonal) Un niño es siendo pegado


En el primer tiempo el enunciado es: “El padre pega a un niño odiado por mí”. Esto nos cambia el primer tiempo lógico de Lacan, porque este primer tiempo del fantasma de “Pegan a un niño” coincidiría con el segundo tiempo en Lacan, con el tiempo de comprender (los celos).
Segundo tiempo en Freud: “Yo soy pegado por mi padre”. Momento de concluir. Construye Porge: (“¡Rápido!...que mi padre me pegue por miedo a que prefiera a mi hermano... pegar [amar]”). Funciona la prisa también allí.
Y pasamos al tercer tiempo en Freud, que sería: “Se (impersonal) pega a un niño” o: “Un niño es siendo pegado”.
Si decimos un niño es pegado, es una cuestión casi meramente descriptiva, ahora si decimos “es, siendo pegado”, el ser se juega en el ser pegado. En la medida que en “El problema económico del masoquismo”, el padre imprime la castración simbólica en el cuerpo a través del acto de la flagelación le otorga un ser amado/pegado.
Esto coincidiría con el primer tiempo de Lacan que es el instante de ver (la escena).
En este momento viene a mi memoria una frase que leí hace muchos años y cuya autoría pertenece al creador del Análisis Transaccional, Eric Berne, quien desde un marco teórico bien distinto afirmaba: “Es mejor una caricia que una patada, pero es mejor una patada, que nada”.

Fuentes
Lacan, Jacques: “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada, un nuevo sofisma.” Escritos. Siglo XXI.
Porge, Eric: Se compter tríos. Erés.
Lamorgia, Oscar: “Hablar del tiempo.” Revista Psyche-Navegante (en internet).
Cardoso, Hugo: En el instante de la letra, habrá habido significante. Ficha de circulación interna de la ELP.
Rodríguez, Sergio: Comunicación personal.

 
 
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