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   Colaboración

Pensando a Borges
  Por Isidoro  Vegh
   
 

Es irremediable mi encuentro con Borges. En el vigésimo aniversario de su muerte propongo un ejercicio de lectura de un poema de su libro El otro, el mismo, del año 1964 que se titula “El Despertar”:

“Entra la luz y asciendo torpemente / De los sueños al sueño compartido / Y las cosas recobran su debido / Y esperado lugar y en el presente / Converge abrumador y vasto el vago / Ayer: las seculares migraciones / Del pájaro y del hombre, las legiones / Que el hierro destrozó, Roma y Cartago. / Vuelve también la cotidiana historia: / Mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte. / ¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte, / me deparara un tiempo sin memoria / De mi nombre y de todo lo que he sido! / ¡Ah, si en aquella mañana hubiera olvido!”

Intentemos su lectura. El título de una obra, cuando se trata de un escritor que ha probado su valía, no es arbitrario. Así, pues, “El Despertar”.
“Entra la luz y asciendo torpemente / De los sueños al sueño compartido”.
Es posible distinguir, para cualquiera que tenga un tránsito por la historia de la literatura, metáforas milenarias que sostienen la oposición entre luz y tiniebla, superficie y profundidad.
“Entra la luz”, un despertar puede tener que ver con que entra la luz. “...y asciendo”; en este caso Borges sigue la tradición, la luz y la superficie. ¿Asciende de dónde? De los sueños, podríamos decir: de la profundidad y oscuridad de los sueños. ¿Oscuridad por qué? Puede ser por lo que a todos nos pasa, no nos resulta transparente el valor del sueño: ¿tiene sentido, es un mensaje, un presagio, es algo que llega del ayer?
Además me resulta inevitable, no sueño cuando quiero, ni tampoco lo que quiero, me encuentro con el sueño.

“... Asciendo de los sueños”, ¿adónde?... “al sueño compartido”. El despertar no nos lleva a la vigilia, nos acerca a otro sueño que es con otros. Dice: “Y las cosas recobran su debido/Y esperado lugar y en el presente”. Ese sueño compartido se caracteriza por cosas que encuentran un lugar debido –en el orden moral– pero también en el orden de lo que uno adeuda. ¿Deuda con qué? Si mantenemos la letra, diríamos “con el orden compartido”. Estar en el orden compartido es asentir a una demanda: las cosas en su lugar.
Pero agrega: “Converge abrumador y vasto el vago/ Ayer...”. Primer problema: ese sueño compartido tiene algo que abruma, ese lugar para cada cosa parece que no es un lugar que se decide desde hoy; se decidió incluso ayer y en un ayer muy lejano. Nombra Roma y Cartago, si nombrara sólo a Roma se podría pensar en el esplendor, pero si es Roma y Cartago... Cartago, que perdió la guerra, fue destruida, nombra imperios y también imperios perdidos.
Entonces: “Converge abrumador y vasto el vago/ Ayer: las seculares migraciones/ Del pájaro y del hombre...” Los movimientos del pájaro y del hombre. “..., las legiones/ Que el hierro destrozó, Roma y Cartago”. El ayer acude, muestra lo que fue y lo que dejó de ser.

Se produce un cambio en el poema: “Vuelve también la cotidiana historia”. Ya no es la historia en general, esa que llega desde el pasado y nos recuerda aquello que fue, un imperio y ya no es: anticipa lo que me puede suceder a mí que soy apenas un ser humano. Ahora vuelve a la cotidiana historia. ¿Cuál? El poema lo dice: “Mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte”. Ese “mi” que se repite y sitúa a un sujeto.
Y dice: “¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte”. Nuevamente va en contra de ciertas metáforas coaguladas; se suele decir: “el sueño eterno”, “que descanse en paz” y no “el despertar, la muerte”1/2.
Antes nos dijo que despertar no era sino a un sueño compartido, ahora nos dice que la muerte es otro despertar. ¿Cómo puede ser que la muerte sea un despertar? Sigue el texto: “¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte,/ Me deparara un tiempo sin memoria”. Anhela un tiempo sin memoria, liberarse de la memoria. Creo que no es forzado relacionarlo con ese “abrumador pasado”. La muerte podría ser liberarse de ese peso de la memoria. ¿Qué memoria? La que coagula en “mi nombre y de todo lo que he sido”. Olvidarse de su nombre. Un nombre implica un conjunto de articulaciones, un lugar en ese sueño compartido. Cuando uno dice: “Soy tal”, dice mucho más que un simple nombre. Lo muestra en el orden en que los pone, primero el nombre y luego el ser, “de mi nombre y de todo lo que he sido”. Me trae el recuerdo de otro poema de Borges “El Golem” donde el primer verso dice:

“Si (como el griego afirma en el Cratilo),
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

Si uno quisiera encasillarlo diría que es un ejemplo de una posición nominalista. Me parece que no, que está diciendo el valor fundante del nombre en el mundo de las cosas compartidas. Cómo el nombre distribuye el lugar de las cosas en este sueño compartido. Por eso olvidarse del nombre es también dejar de lado lo que ha sido.
Concluye: “¡Ah, si en aquella mañana hubiera olvido!”: irrumpe algo que no es homogéneo con el resto del poema. Todo el poema se podría contar en estilo indirecto, que hay un poeta que escribe cómo entra la luz y se despierta, cómo se siente otra vez inmerso en una rutina que lo abruma, con un ayer que vuelve a reclamarlo y del que quiere liberarse hasta que encuentra que la muerte es un alivio y un olvido. Lo que no puedo contar en estilo indirecto sin forzarla, es una palabra que se repite, una interjección: “¡Ah!” La interjección prefiere el estilo directo.
¿Y qué es la interjección?, cuando dice: “¡Ah, si aquel otro despertar la muerte...!” transmite un anhelo. En los estudios de gramática sobre las distintas partes de la frase, la interjección suele ser citada como el lugar donde se muestra el afecto. Nosotros decimos: un lugar donde se muestra el sujeto. Este “¡Ah...!”, que no es decible en estilo indirecto y que se repite, nos ubica entre la palabra y el suspiro. “¡Ah...!”, donde la voz, el tono, nos acerca a su valor. En este caso el contexto nos guía hacia su tono de anhelo. Es algo que anhela, lo dice: “espera”. En esa contraposición de liberación y pesar.

¿Cómo puede ser que la muerte sea un despertar? ¿Tiene Borges una creencia en el más allá? En este punto tenemos que pasar del enunciado a la enunciación, es una muerte invocada en un poema, no es jugada en el pasaje al acto. Es una muerte que se introduce en la vida, que puede liberarnos de la rutina del sueño compartido, si por un instante pudiéramos despertar de nuestra condición. Si pudiéramos recordar que si Roma y Cartago con todo su esplendor desaparecieron, es lo que nos aguarda a cada uno, tal vez intentaríamos distanciarnos por un instante de la memoria que si pautara todos nuestros pasos, nos dejaría sumidos en un sueño sin salida.
Decía al comienzo que no era suficiente pensar que la literatura y el psicoanálisis comparten el campo del lenguaje y la función de la palabra, dije que había algo más. Está en el poema, hay algo que las palabras dicen en el límite de la palabra, allí donde se extreman y encuentran lo indecible, que George Steiner nombró presencias reales3. Se suele creer que los psicoanalistas nos dedicamos al relato, incluso el del sueño. Sí y no. Freud afirmó que el sueño era la vía regia al inconsciente. Yo lo digo de este modo: el sueño, cuando es descifrado, es una formación del inconsciente que nos conduce por buen camino hasta el encuentro con lo real. La literatura y el psicoanálisis se acercan, no sólo en su relación al lenguaje sino a lo que se encuentra en su extremo: el enigma que apunta a lo real.
La cuestión del enigma no es unívoca. Dos autores donde la cuestión del enigma se coloca en primer plano, muestran articulaciones diferentes. En la obra de Kafka, en El Proceso o El Castillo, en las dos novelas aparece en primer plano el enigma. En el primer caso es imposible saber para el sujeto la razón de su proceso, enigma que nunca develará. En El Castillo es imposible para el sujeto saber quiénes deciden y sobre qué, si tiene derecho o no a formar parte de esa comunidad, de encontrar un trabajo, de ser reconocido. Son enigmas que no se responden. Manera que tiene Kafka de oponerse al racionalismo extremo de la época que le tocó vivir. Un modo de presentificar en la literatura que la razón tiene un límite. Lo que sucedió poco después de su muerte verificó que nuestro reino no es el de la razón.

En cambio en Joyce el enigma tiene otra estructura. Escribió Ulises y Finnegan’s Wake, armando juegos de palabras en múltiples lenguas, dialectos, referencias históricas, que propuso como enigmas a descifrar. Existe una asociación internacional de lectores del Finnegan’s Wake que se van pasando los descubrimientos. Joyce dijo que su obra iba a provocar por lo menos trescientos años de universitarios dedicados a descifrarla. En este caso el enigma tiene otro valor, ya no el de llevar al sujeto al límite de lo indecible, sino recrear a Joyce, sujeto de su obra. Mientras sigamos descifrando su obra, Joyce seguirá existiendo. Son dos ejemplos donde se puede ver que el enigma no es unívoco en el efecto que causa, se articula de modos distintos.
Si elevamos el poema de Borges a la dignidad del enigma, además de descifrarlo, si encontramos el buen sentido, tal vez nos acerque al enigma de la otra orilla que nos sitúe mejor en la impureza del ser.


1. Aunque en la mística cristiana hay versos consagrados que lo anticipan: San Juan de la Cruz, Santa Teresa...
2. Bonnels, Jordi. Jorge Luis Borges. Les références de l’Ombre, pág. 51. Association des Publications de Nice, Nicce, 1989. “Con la muerte, no es un círculo el que se cierra sobre sí mismo, haciendo posible un nuevo comienzo, sino que es el olvido quien avanza, poniéndonos en presencia de lo que somos y que jamás dejamos de ser, más allá de las máscaras: el sueño de un tiempo soñador: ‘Absuelto de las máscaras que he sido, Seré en la muerte mi total olvido (J. L. Borges. Los Conjurados)’.
3. Steiner, George. Presencias reales. Ediciones Destino S. A., Barcelona, 1991.

 
 
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