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   Psicoanálisis y Tecnociencia

El hombre celular
  Por Mario Pujó
   
 
Cuando Orwell escribe su novela 1984, imagina un mundo controlado por un omnividente Otro superyoico al que nada ni nadie se le puede ocultar. La tecnología evidencia entonces una curiosa interactividad: en el austero living de su casa, es el propio espectador del futuro el que resulta mirado por su televisión. La pantalla lo observa, le habla, lo instruye, lo vigila –certeza frecuente en la clínica de las psicosis–. Pero lo que Orwell no podía seguramente imaginar desde el lejano 1948 en que nos escribía, es el sencillo mecanismo de control interactivo que, efectivamente, poco tiempo después del verdadero año ’84 la computadora hogareña iba a permitir concretar. En efecto, la PC ha devenido un adminículo de primera necesidad que nos permite entrar, a través de Internet, en relación con ese Otro del saber universal en permanente construcción. Pero su influencia va mucho más allá del generoso acceso a la información que nos facilita.

Ocurre que si para Platón el hombre piensa con su alma, podríamos decir que el ciudadano del siglo XXI piensa con su ordenador. La mediación digital que se presta a la elaboración de su pensamiento se vuelve, entonces, una superficie translúcida que abre ese pensar a la permeabilidad de una operación de lectura. Cualquier hacker más o menos avezado puede, a través de sencillos programas que se adquieren a precio de falsificación, entrar en cualquier computadora a distancia remota, revisar nuestra correspondencia, nuestros escritos, nuestros recorridos internáuticos, nuestras fotos, nuestros recuerdos, una forma no siempre contemplada pero sí bien concreta y efectiva de leer nuestro pensamiento.

Consecuencia plausible de ese mismo desarrollo informático, una generalizada fragilización de la memoria evidencia acosar al hombre de la llamada posmodernidad, asolado por la nueva pandemia de una suerte de alzehimer digital. La edad interviene en ello, pero ya no es sólo cuestión de edad: la increíble proliferación de datos y conocimientos –que torna obsoleta a la censura como medio de ocultar información– obtiene, por esa vía, un resultado cuanto menos similar. No se trata ya de un efecto de olvido o desconocimiento –en el sentido de la represión–, sino de un aturdimiento mucho más semejante al de las neurosis traumáticas, si ubicamos en ese registro la conmoción que provoca en el sujeto la confrontación con una cantidad de estímulos que, por su magnitud y su diversidad, se revelan refractarios a una adecuada elaboración.

Y así como la calculadora ha deshabituado nuestro intelecto a las diversas operaciones de cálculo (¿quién se animaría hoy a extraer una sencilla raíz cuadrada con lápiz y papel?), el desarrollo tecnológico conduce naturalmente a depositar los contenidos acumulados por una función tan personal como lo es la memoria, en los cada vez más dispares y abultados archivos que se almacenan en cada ordenador. Instrumento del recuerdo, la escritura devela entonces la pérfida vocación amnésica que Platón denunciaba hace ya veinticinco siglos. Trastorno que se verifica previsiblemente a los 60, pero se evidencia también clínicamente a los 50, los 40 o los 30 años de edad.
Palmtops, notebooks, agendas y alarmas digitales, el hombre de nuestra época no se sentiría completo sin su teléfono celular, invención a partir de la cual su ya precaria intimidad (el cine, el baño, la sesión con su analista, el encuentro con la amada) se halla permanentemente amenazada por la inoportuna irrupción de un estentóreo ringtone.

Desde una asumida óptica conspirativa, el simpático aparatito podría además desempeñar una función de control social propia de la ciencia ficción. Lojack optativo, efectivo radiotransmisor, microchip sin necesidad de implantación, su portador resulta ahora localizable en cualquier momento y lugar y, excalibur mediante, sus conversaciones resultan rastreables y hasta reconstruíbles gracias a la ingeniería satelital. Porque aún si en situaciones que recomiendan confidencialidad, precavidamente –y hasta un poco paranoico– nuestro buen hombre tomará el recaudo de apagar su teléfono, la sola batería podría ser operada a distancia como un eficaz elemento de transmisión. Por lo demás, el empleo reconocidamente alienante del celular favorece un achatamiento subjetivo de la temporalidad, al suplantar la anticipación de los encuentros por su resolución en tiempo real, con lo que la sucesión temporal que reclama el uso de agendas y de citas programadas, tiende a disolverse en la inmediatez de un tiempo conjugado en presente contínuo.

De modo que, superando la caduca sordidez de la fantasía orwelliana, en un Occidente libre y democrático, con división republicana de poderes y plena vigencia de la Constitución, el hombre celular de la todavía incipiente era digital, autosuficiente por obligación, consumidor aplicado por vocación, instrumento productivo de una economía posfordista y habitante de un mundo obligadamente globalizado, en asumido ejercicio de sus derechos, conciente de sus responsabilidades y obligaciones, se encuentra en situación de poder trabajar, si no se preserva de ello, las veinticuatro horas del día, entregando lo mejor de sí –a veces, a pesar de sí–, abierto a la eventualidad de ser requerido en cualquier momento y a toda hora, desde cualquier lugar. Imposibilitado, por su parte, de sustraerse a la mirada universal de un nuevo panóptico digital que, tal el Big Brother antiutópico, sabría fácilmente seguir sus desplazamientos, escuchar sus conversaciones, rastrear sus llamadas, revisar su correspondencia, leer sus notas, repasar sus recuerdos, filmarlo, radiografiarlo, radarizarlo, vale decir, leer su pensamiento y hasta registrar su memoria, a fin de resguardar mejor su libertad, invocando la amenaza de esos bárbaros que, fanáticos adoradores de un dios equivocado, amenazan acecharlo, atacarlo y hasta hacerlo estallar, también ellos de manera inminente, en todo momento y en cualquier lugar.
 
 
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