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   Aniversario Freudiano

Palimpsesto y progresión:
  avatares de la Cosa freudiana
   
  Por Isidoro  Vegh
   
 
En los finales del siglo I d. C., en la ciudad de Pérgamo, irrumpió en los antecedentes de nuestra cultura llamada occidental, un nuevo soporte para ese otro invento tan extraño llamado escritura: el pergamino. En sus inicios hechos de cuero de cordero o de cabra y luego de ternero, permitió apilarlos en superficies superpuestas y numerarlos, fácilmente ubicables y accesibles al lector. Enorme avance en relación al papiro que tendía a guardarse en forma de rollos cuyo despliegue hacia engorrosa la referencia textual, la búsqueda del parágrafo elegido.
El pergamino tuvo desde sus orígenes, sin embargo, una dificultad que el papiro no tenía: su costo era alto. La solución que se encontró fue borrar los textos considerados obsoletos y volver a usar los mismos pergaminos como soporte de nuevas letras. Así se creó el palimpsesto, una superficie que albergó, recibió, en distintos tiempos, escritos distintos.

¿Por qué hoy lo recordamos? Esta página que ofrezco no es más que otra oferta del palimpsesto que Freud inauguró con el nacimiento del psicoanálisis. Cuando el inconsciente, su gran descubrimiento, se ofreció al mundo conjuntamente con la clave de los sueños: el inconsciente escribe y el sueño es el jeroglífico en que muestra su decir.
Con una especificidad: que lo escrito una vez, permanece indeleble en el palimpsesto que habita y constituye al sujeto, lo que se llama aparato psíquico.
No ha de sorprendernos, entonces, que discursos del pasado, superados por el descubrimiento freudiano, retornen con igual o peor envoltura y virulencia. Extremadas, sus ofertas pululan en psicoterapias que afirman terminar con la saga freudiana. No nos sorprenden: son la prueba del palimpsesto y de su eficacia; ¡cuántas terapias hemos escuchado que llegaban con su fórmula acabada y negadora del inconsciente y su puesta en acto en la cura, la transferencia!
¿Quién las recuerda, salvo para un catálogo de las barreras que suscita la Cosa Freudiana? Sin embargo nos enseñan algo de la condición del sujeto: que la verdad ofende, que la causa está velada, que el síntoma insiste y la angustia clama por una existencia que abruma. Son estos efectos los que garantizan la vigencia del inconsciente como descubrimiento mayor del siglo pasado.

Freud tuvo el coraje de correr los velos, mostró las hojas del palimpsesto y al modo de los antiguos, sin optimismo ingenuo ni pesimismo devastador, nos orientó hacia un camino mejor. Queda en nosotros situarnos en la progresión.
Podríamos extendernos en sus consecuencias en la cultura. Preferimos en este homenaje avanzar en las consecuencias que tiene en la historia del psicoanálisis y en la dirección de la cura.
El nihilismo que Nietzsche detectara como mal de nuestro tiempo, llevado a nuestra práctica, avanza en el subrayado de la anarquía pulsional opuesta en exclusión, disyunción absoluta al concepto de dialéctica, al encuentro de alguna ley.
Ciertamente que el psicoanálisis no se sostiene en la ilusión cartesiana del buen dios garante de la verdad y las leyes del mundo.
No es casual que quienes sostienen esta posición también dirijan una crítica absoluta hacia la ciencia. Desconocen que es uno de los caminos que el ser humano logró para el encuentro con un pedazo de real, que la teoría no es ficción, que ella escribe algo de lo real. Y que si lo real no tiene sentido, no implica que no muestre regularidades. “Lo real es lo que vuelve al mismo lugar”, vuelta que la ciencia nombra ley.
Así, el Complejo de Edipo es una lógica que asume en distintos tiempos históricos formas distintas que cada cultura le ofrece, pero con un invariante no desmentido en tiempo alguno o geografía variada: la prohibición del incesto del hijo varón con su madre (y de la hija mujer también con su madre aunque quede velada por la identidad sexual).

En su práctica, en la práctica del psicoanálisis, desconocen la letra del sujeto, la estructura del palimpsesto que lo habita e intervienen en consecuencia: en el silencio sostenido o en la repuesta arbitraria que aparta la palabra del sujeto a la que desprecian llamándola bla-bla. Si el psicoanálisis es “une pratique de bavardage” (una práctica de charla, aún de charlatanería, como lo enseñó Lacan) no advierten que es una frase que también nos dice de su dignidad. Como lo anticipó Henri de Montaigne cuando subrayó el valor de “l’art de conférer”, el arte de conversar.

En cambio, decimos nosotros, el aluvión pulsional que retorna del palimpsesto, en combinaciones variadas, enlazado al deseo ingresa en una dialéctica que no es la hegeliana: no apunta a ningún Saber Absoluto, ni promete una ganancia sin riesgo y absuelta de toda pérdida. Es una dialéctica que no desliza al progreso pero admite la progresión: en una cura bien transitada el sujeto no sale igual de la experiencia, que se hace terminable cuando advierte que será interminable su respuesta al palimpsesto que desde los apetitos variados y a veces incontenibles, o desde los mandatos irracionales, o desde los sentidos agobiantes y engañosos, la reclama para el buen enlace con la dialéctica del deseo, efecto de subversión.
El psicoanálisis no es la revelación de un saber sino la experiencia de una realización.
 
 
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