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Dos referencias lacanianas: Peirce y Wittgnstein (III)
  Por Gabriel Pulice  y Oscar Zeliz
   
 
En la entrega anterior evocábamos aquel pasaje del seminario 191, en el que Lacan intentaba armonizar el discurso analítico con el triángulo semiótico de Peirce, articulación que –según sus propias palabras– resultaría “…tan simple como los buenos días”, a condición de situar, en el lugar del representamen, al objeto a, del cual a su vez el propio analista se hace el representamen, en el lugar del semblante.


Sin embargo, a primera vista, el planteo no parece tan claro. ¿Es el objeto a o el analista el que funciona semióticamente como representamen en el discurso analítico? Nos parece que la dificultad reside en la transposición a un esquema fijo de algo que es esencialmente dinámico. En efecto, el mismo Lacan nos advierte que la dimensión del discurso que se quiere abordar es, no la del dicho, sino la del decir, y es en esta dimensión que podremos aprehender lo relativo al semblante: “...porque el analista en cuerpo, instala el objeto en el lugar del semblante, existe lo que se llama discurso analítico”. Entonces, es el analista, como semblante del objeto a, que funciona como representamem para el sujeto analizante, el cual produce un interpretante, que estará íntimamente relacionado con su objeto. Podemos preguntarnos aquí: ¿hay mucha distancia entre la noción de representamen, y aquella enigmática formula freudiana del vorstellungsrepräsentanz de la pulsión –la cual nos conduce inevitablemente a la pérdida del objeto–? La referencia al objeto es en este esquema lo que nos permitirá circunscribir y acotar lo que Peirce denomina semiosis infinita, análoga a lo que en términos de Lacan podríamos situar como la interminable deriva de la cadena significante: la remisión de un signo a otro signo –de un significante a otro significante–, y así sucesivamente hasta el infinito. O, en términos freudianos, el análisis interminable, allí donde siempre sería posible agregar una interpretación más, siempre sería posible remitirse a un interpretante más...

Conviene detenernos a revisar cuál es el truco, cuál es la clave para salir de ese atolladero. Es preciso discriminar, entonces, la peculiar naturaleza del objeto que interesa en nuestro campo, el de la subjetividad: ¿de qué objeto se trata? Responde Lacan: “Este es el objeto que constituye la cuestión para cada uno: ¿dónde soy en el decir? (...) lo que Peirce se atreve a articular está aquí, en la coyuntura de una antigua cosmología: es la plenitud de lo que se trata en el semblante del cuerpo, es el discurso en su relación, dice, a la nada. Es decir, eso alrededor de lo cual gira necesariamente todo discurso”2. Recordemos que el objeto esencial de la teoría psicoanalítica, el objeto causa del deseo, el objeto primordial, está perdido desde el inicio. Sólo queda en su lugar un agujero, una falta que las cadenas significantes relacionadas con él, sólo pueden contornear. Allí entonces, ante esa peculiar presencia, las operaciones solidarias desde el dispositivo analítico –tales como la interpretación y las construcciones en el análisis– encontrarán respectivamente su límite y su pertinencia.

Con estos elementos, podemos ahora sí pensar la interpretación a la luz del esquema peirceano de semiosis: “... la relación es siempre ternaria, a saber, que es la pareja Representante / Objeto, que es siempre a reinterpretar, es eso de lo que se trata en el análisis (…) Para que la interpretación progrese, sea posible según el esquema de Peirce que les adelanté la última vez es necesaria la relación interpretación-Objeto, fíjense ¿de qué se trata? ¿Cuál es este objeto en Peirce?; por esto la nueva interpretación no tiene fin, adónde puede llegar salvo que tenga un límite, precisamente, y es a esto a lo que debe advenir el discurso analítico”3.

Para profundizar la investigación de este mecanismo4, recordemos cómo piensa Peirce el proceso y la cadena de interpretantes a partir de un representamen: “Un Signo o representamen es un Primero que está en una relación triádica genuina tal con un Segundo, llamado su Objeto, que es capaz de determinar un Tercero, llamado su Interpretante,  para que asuma la misma relación triádica con su Objeto que aquella en la que se encuentra él mismo respecto del mismo Objeto. La relación triádica es genuina, es decir, sus tres miembros están ligados por ella de manera tal que no consiste en ningún complejo de relaciones diádicas (...) El tercero tiene que estar en una relación tal, y consiguientemente tiene que ser capaz de determinar un Tercero propio. Pero además de ello tiene que tener una segunda relación triádica, en la cual el Representamen o mas bien la relación de éste con su Objeto, será su propio (del Tercero) Objeto, y tiene que ser capaz de determinar un Tercero para esa Relación. Todo esto tiene también que ser verdad respecto de los Terceros del Tercero, y así indefinidamente”5. Por consiguiente, la relación signo-objeto será el propio objeto del interpretante (I.1) como signo, el cual generará un interpretante (I.2), que a su vez puede funcionar como signo para un nuevo interpretante (I.3) en la cadena; cuando I.2 funciona como signo o representamen, su objeto sería la relación entre I.1, y la relación R-O; y así sucesivamente... El filósofo francés François Recanati, en su intervención de la undécima clase del seminario citado, hace notar que: “El triángulo semiótico reproduce la misma relación ternaria que Ud. [Lacan] citó, a propósito de los escudos de los Borromeo, es decir (...) los tres polos están ligados por esta relación de tal manera que no admiten relaciones duales múltiples, sólo una tríada irreductible”. Anticipábamos en la entrega anterior que la figura del triángulo, no era quizás la más eficaz para representar la semiosis. Efectivamente, muchos estudiosos de la obra de Peirce ya han señalado esta dificultad. Asimismo, su noción de “semiosis infinita”, sugerente de la idea de que al fin, algún día, habría de cubrirse todo bajo el manto de los signos, parece asimismo señalar un límite a nuestra articulación con las ideas de Lacan. Sin embargo, lejos de ello, basta con introducir ciertos elementos para que las cosas se vuelvan a encarrilar, alcanzando nuestra articulación su máximo valor de productividad. Decíamos que un nudo de tres cuerdas sería mucho más afín para representar una relación triádica genuina, y en particular podemos decir que el nudo borromeo –tal como lo señala Recanati– cumple más adecuadamente con tales requisitos. Se advierte que esta referencia a la topología, a su vez, enriquece el discernimiento del planteo semiótico.




Armando Sercovich lo expresa del siguiente modo, al hablar del desarrollo de la semiótica a partir del esquema triádico: “Esto puede aclararse con el recurso de la topología, en particular con la figura que Jacques Lacan utiliza para dar cuenta de las relaciones existentes entre lo real, lo simbólico y lo imaginario, y que denomina ‘nudo borromeo’: observando la figura, se puede advertir que ninguno de los aros mantiene relaciones duales con otro, conformándose de esta manera una estructura particular en que la ruptura de cualquiera de sus componentes determina la desarticulación de los otros restantes”6. Pero conjugar el esquema semiótico con el nudo borromeo, requiere aún de la introducción de un nuevo concepto, quizás la noción más importante desarrollada por Peirce, y que es precisamente aquella que nos permitirá situar la operación lógica que está a la altura de la formulación lacaniana del objeto a. Se trata de la abducción, y es precisamente aquello que abordaremos en nuestra próxima entrega.

Oscar Zeilis: oscarzelis@speedy.com.ar / Gabriel Pulice: nbpulice@intramed.net.ar
1. Lacan, J.: Seminario 19; clase 12, del 21/6/72 (inédito).
2. Lacan, J.; obra citada.
3. Ídem.
4. Un desarrollo más exhaustivo puede leerse en el capítulo 6 de nuestro libro Investigar la Subjetividad; Letra Viva; 2007.
5. Peirce; C. S.; Obra Lógico- Semiótica, Madrid, Editorial Taurus, 1987.
6. Sercovich, A.: El discurso, el psiquismo y el registro imaginario, Buenos Aires, Nueva Visión, 1977.
 
 
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