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   Aniversario Freudiano

Aún el psicoanálisis
  Por Miriam Mazover
   
 
Al cumplirse 150 años del nacimiento de Sigmund Freud, tengo el honor, que desde ya agradezco inmensamente, de escribir para esta importante publicación el presente artículo de homenaje, y sinceramente expresaré aquí, que siento la necesidad de ofrecer un testimonio de mi pasaje por el psicoanálisis.
Tengo en un estante de biblioteca de mi consultorio, un texto enmarcado, una cita de Freud hacia el final de su vida:

HOMENAJE A SIGMUND FREUD
“Comencé como neurólogo intentando traer alivio a mis pacientes neuróticos.
He descubierto algunos nuevos factores importantes sobre el inconsciente, sobre el papel de las urgencias instintivas.
De estos descubrimientos nació una nueva ciencia: el psicoanálisis, una parte de la psicología, un nuevo método de tratamiento de las neurosis.
He debido pagar con creces este toque de buena suerte. La gente no creía en mis hechos y pensaba que mis teorías eran ofensivas.
La resistencia fue fuerte e inexorable. Al final tuve éxito, pero la batalla aún no ha terminado”
Sigmund Freud

Escuela Freudiana de Buenos Aires

Aunque cuando los alumnos me preguntan: “¿más allá de lo que aprendemos y escuchamos en las clases, libros, cursos, conferencias… qué es lo que el psicoanálisis produce, promueve en el ser humano, qué es lo que puede lograr, qué puede hacer frente al sufrimiento humano?” me viene a la memoria, desde mis comienzos como docente, hace muchos años, hasta el día de hoy, otra frase, de un joven Freud esta vez, que leí en su texto “Psicoterapia de la histeria”. Freud nos dice allí que la cura que propone consiste en transformar la miseria neurótica en infortunio corriente: me resulta conmovedor el hecho de que él pueda nombrar al sufrimiento de un neurótico con el término miseria, en tanto allí queda luminosamente reflejado el altísimo precio que se paga por la enfermedad, como así también la sutileza que expresa en relación a lo que se promovería en una cura, que no es la felicidad en un sentido utópico sino, y muy por el contrario, en un sentido real.
Mi propia existencia, y lo digo con la debida humildad, así lo ejemplifica; trataré de ofrecer aquí sobre todo a los jóvenes analistas, un breve relato y algunas reflexiones.

Me ví presa de una mayúscula ansiedad al escribir estas líneas, pero me fui tranquilizando al ver cuántas de mis cuestiones vitales están ligadas al psicoanálisis, y que si bien revivieron como nunca en carne viva con esta fecha y este encargo, también volvieron a aclararse, orientarse, resolverse. Hasta causé cierta alarma en colaboradores dilectos inmediatos… ¿y tal vez, mágicamente, una falla incomprensible de esa fría, maravillosa y endiablada prolongación de nuestras manos y memoria, la PC, en la que se borró sin explicación alguna todo lo inicialmente escrito?
El hecho de que a mí me conmueva por su –diría yo– precisión, este nombrar al padecer como miseria se relaciona, seguramente, con aquello que causó otrora una pregunta que dirigí a una profesora del secundario, como así también una consulta que para esa misma época hice en el Centro de Salud Nº 3 Ameghino, donde tuve la suerte de encontrarme con una psicoanalista.
Estando en 5º año, pregunté a mi profesora de filosofía si existía alguna profesión que se ocupara del sufrimiento humano, y ella me contestó: “Sí, el psicoanálisis, Freud”. Con 17 años entonces, busqué ayuda para mi angustia y la encontré en el psicoanálisis.
De la relación con mi psicoanalista habría mucho para contar; rescato principalmente que dio cabida a mi sufrimiento, permitiéndome que lo desplegara, principalmente anudando a su escucha su presencia, que no es sin cuerpo. Quiero ahora saludar y agradecer en ella a todos los colegas que trabajaban allí y en otras partes, en aquel momento, y a los que así trabajan hoy.
Al poco tiempo me encontraba cursando una carrera de la cual no había antecedentes familiares, ni en mi entorno, fuera por su profesión o por el hecho de que alguno se hubiera psicoanalizado.

No creo que sea casual que a poco de transcurrir este tiempo, cursando la materia Psicopatología, en la carrera de Psicología de la UBA., haya elegido como tema de una monografia el desarrollo que Freud hace de la noción de trauma. Me impactaba entonces, y ese impacto resuena con igual fuerza hoy, que esta noción arrimara una infancia sufriente enlazada a un hecho real, concatenados ambos con la historia familiar, especialmente con lo silenciado, y lo mórbido del pacto de esa familia en particular, que arrastra a su vez a tantas generaciones que le precedieron.
Freud tiene la valentía de creerle al paciente la conexión que éste hace con un real, aunque más no sea desde el lugar de lo visto u oído. Mantiene este coraje hasta el final. Este coraje, el creer que hay una verdad en lo que cuenta el paciente, es ya, a mi entender, una apuesta, un acto del analista, y considero que esto es a su vez lo que hace de vasija para que un ser humano haga entrega, a través del relato, del recuerdo, de lo descubierto en ese instante, de sus núcleos más sórdidos.

Esta valentía freudiana causa en mí en estos inicios una férrea transferencia positiva al psicoanálisis, que debo decir, ha marcado mi vida, no sólo en lo que hace al campo profesional. Digo que es una transferencia digna, porque existe en el procedimiento analítico un tratamiento delicado, ni masoquista ni obsceno, sí liberador, de nuestra materia doliente encarnada en el cuerpo y en el alma, de aquello que se nos aparece como lo más oscuro y que de hecho nos ensombrece.
Tengo la convicción de que de no haber sido por esos largos años de psicoanálisis, mi feliz actualidad, que trato de disfrutar, no hubiera sido posible, en tanto esa sombra hubiera caído sobre mí de la peor manera, bajo la figura del destino: me encuentro insistiendo en esta convicción, buscando incesantemente transmitirla, especialmente a los analistas noveles, sintiéndome cada vez que lo hago, en homenaje a Freud. En efecto, el análisis personal es el pilar insoslayable de la formación del analista.

Tal como queda señalizado en la obra freudiana, los complejos propios no analizados en el psicoanalista, oficiarán de “puntos ciegos” en su escucha analítica.
¡En realidad me doy cuenta ahora de que siempre soñé con decir estas palabras en alguna fecha de homenaje a Freud, frente a colegas y alumnos!
Volviendo al presente, no soy ajena a que hoy el psicoanálisis se halla sitiado, amenazado, por una posición que lamentablemente esta época generaliza: “raspo la superficie, extirpo, y que pase el que sigue”, llevada a cabo a través de rótulos, pastillas mágicas, tiempos cortos… sin olvidar, claro, al tan mentado “objetivos limitados”… ¡aunque en la institución que co-dirijo* el psicoanálisis se muestra muy vivo!
Quiero aquí sumarme, ésa también es mi intención, a todos los que ejercen la defensa del psicoanálisis, donde quiera que realicen su práctica, docencia y/o investigación.
Siento que al hacerlo no hago más que digna y minimamente intentar saldar lo que al psicoanálisis adeudo como paciente y como profesional.
Con gran alegría, me veo reflejada en el ímpetu de los jóvenes alumnos, presentes y futuros analistas. A los colegas, alumnos, pacientes y colaboradores: “me disculpo por cualquier error u omisión”, y celebro fraternalmente, junto a los autores, todos los escritos de celebración, de los que sin duda mucho aprenderemos.
Finalmente, también recordemos hoy todos juntos, que la batalla aún no ha terminado.
_______________
* Junto a la Lic. Adriana Casaretto y la Lic. Patricia Hamra
 
 
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