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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Después de Freud
  Por Mario Pujó
   
 
Hay un antes y un después de Freud. Es un hecho que se reconoce, se admite, un hecho que celebramos a 150 años de su nacimiento, sin que resulte sencillo precisar en qué consiste el corte que nombramos con su nombre, determinar su sentido, sus alcances, su verdadera dimensión. ¿Cómo delimitar los contornos de una frontera que la civilización habría atravesado bajo su admonición, cuando ella misma no percibe siquiera el hecho de haberla atravesado?
Basta interrogar la especificidad del descubrimiento freudiano para tropezar enseguida con ese rasgo que lo caracteriza y lo distingue, el de hallarse referido a una irrupción que, efectuada de una vez para siempre, se presenta sin embargo en el punto de su concreción, en estado de inminente realización, como capaz de desdibujarse en el instante mismo en que se efectiviza. Tal la luminosa fugacidad del inconsciente, su tiempo luciérnaga, el que explica buena parte de su magia y su sorpresa: una verdad que se ilumina en el momento de desaparecer, una marca de agua entre el tropiezo y la vacilación, la estela fugitiva de una aparición cuyos rastros se desvanecen una y otra vez. Prometidas al olvido, las formaciones del inconsciente se esfuman de improviso con la misma rapidez con que ven la luz.

Imprevisible, el inconsciente freudiano juega con palabras, escribe con imágenes y exhibe una memoria más potente que la de un ordenador, respondiendo antes que surja una pregunta y preguntando lo que nadie sabría responder, para apremiarnos en los confines de lo que ignoramos y empujarnos más allá de lo que querríamos saber. Y todo bajo el signo del asombro. Así, la inventiva onírica desafía la creatividad de cualquier producción cinematográfica, el lapsus calcula con la velocidad de un rayo, y la chispa repentina del chiste sorprende a su propio ejecutor.
El inconsciente palpita en un incesante movimiento de apertura y cierre, dejando entrever un invisible sedimento que, ajeno al tiempo y al espacio, por fuera de cualquier lugar, reúne, dispares, las huellas de palabras oídas e imágenes vistas, escenas fantaseadas o imaginadas que se enlazan y articulan en la forma de un saber que determina al sujeto. Gedanken, escribe Freud, pensamientos, ninguna profundidad. Pensamientos impensados, pensamientos sin pensador, pensamientos que se imponen a la voluntad de la vida con el rigor de un destino.

Un saber etéreo, insustancial, no carente de materialidad, al mostrarse deudor del significante en su lógica y reconocer en el malentendido del sexo su campo de realidad. El psicoanálisis constata en su clínica la maldición que del lenguaje recae sobre el sexo, cuando el decir pareciera intentar decirlo todo el tiempo y, al intentarlo todo el tiempo, lo dice necesariamente mal.
Después de Freud, sabemos que la palabra altera al cuerpo, lo marca, lo enajena. Doble movimiento de pérdida inevitable y reemplazo inadecuado por el que lo necesario que guiaría al instinto en la preservación de la vida, cede su lugar a la repetición de un encuentro contingente que la mortifica: allí donde el eco del decir alcanza al cuerpo, se circunscribe una satisfacción sin utilidad que, cuando no se subordina a la homeostasis que regula el organismo, pone en evidencia un placer cuyo estatuto exige reformular su principio, hasta incluir en él un paradójico placer de lo displacentero.

Freud lo encuentra en el síntoma, esa doble forma universal y singular de malestar que agobia al hombre en la cultura, poniendo de relieve un régimen particularísimo de la sexualidad. El orden del lenguaje hace estallar su cauce, apartándola de cualquier finalidad reproductiva, al liberarla de los ciclos naturales que, a través del celo y las conductas de parada, podrían ordenar las modalidades adecuadas del encuentro entre macho y hembra.
Exiliada de las vías sensoriales por las que la imagen orienta el comportamiento en el mundo animal, la sexualidad del ser hablante se revela polimorfa, fragmentada, dispersa, condicionada por el accidente y el tropiezo. Una sexualidad extraviada, inadecuada, propensa a objetos diversos y conductas extravagantes cuyo despliegue no se acomoda a la biología de su función, y cuyas manifestaciones resultan ajenas a los parámetros de la etología animal.
El inconsciente se revela así efecto del extraño trastorno que afecta al hablante, testimoniando de la falta de inscripción de la proporción sexual en el cuerpo, es decir, la ausencia de un conocimiento predeterminado del objeto adecuado a su realización, como de la acción consumatoria que le convendría. Se verifica así la singularidad de una sexualidad no escrita, menos ubicua que dislocada, vale decir, no tanto en todas partes como fuera de lugar, nunca enteramente allí donde se la espera encontrar.

Después de Freud, la conciencia no se superpone al sujeto ni lo agota, y éste deviene responsable, más allá de aquélla, de sus producciones insabidas. El soñante debe, entonces, responder por el contenido de sus sueños, el que habla por sus lapsus, el ingenioso por su chiste, el neurótico por su síntoma, y el sufriente deviene cómplice y partícipe necesario de las desdichas que lo aquejan.
Después de Freud, el ser que habla puede saber que ignora lo que dice, porque al hablar dice más de lo que sabe, y que allí donde cree comunicarse, habla por hablar, y que hay en ello, en el ello, un infantil disfrute de disparatar.
Después de Freud, la anatomía se revela una condición, nunca un destino, y la genitalidad un álea nunca plenamente logrado en el recorrido de la orientación sexual.
Hay, por ello, un acontecimiento Freud. Y es gracias a Lacan que lo sabemos.
 
 
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