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   Comentario de libros

El día que Lacan me adoptó o de cómo contentarse con la eficacia
  Por Héctor López
   
 
El día 24 de abril se presentó el libro de Gérard Haddad El día que Lacan me adoptó de Editorial Letra Viva en la XXXII Feria Internacional del Libro. Allí los participantes tuvimos una pequeña muestra de las controversias que habrá de generar esta obra apasionante y polémica. Gracias al ofrecimiento de Raimundo Salgado, y para echar un poco de leña al fuego, compartiré ahora con los lectores de Agenda algunas de mis propias reflexiones.
“Usted es mi hijo adoptivo” le dice Lacan a Gérard Haddad, sentados al borde de una cama matrimonial. Esto sucede al poco tiempo de la muerte de Lacan en un sueño de quien se propuso ser su analizante hasta el final, luego que los demás iban dejando solo al “perro viejo” en su consultorio.

Esta fidelidad a pesar de todo, hasta de la muerte, es el espectro fantasmal que recorre todo el libro, y por lo tanto, todo lo que Haddad relata de su análisis con Lacan.
Haddad se muestra en todo momento como un hijo reverente y fervoroso que se debate entre el encantamiento de una mirada hipnótica y de una voz casi sin palabras, y los intentos fallidos para liberarse de un monstruo medusante convertido en Dios (sic). Y Lacan, que nunca creyó en la libertad1, no sólo no hace nada por soltar a su presa, sino que favorece la creciente idolatría de su analizante.
Por eso mismo, el análisis del que somos íntimos testigos, resulta un análisis fallido que no toca ni de cerca su final. Es el “jaque mate” dado por la muerte lo que finaliza la partida.
Mientras tanto, el compromiso pasional del analizante se hace más y más intenso, al mismo tiempo que alucina esa misma intensidad en el analista: él me ama, él me odia, él dedica sus clases a mí, él quiere de mí esto, él no quiere de mí aquello.
Difícil creer que Lacan estuviera comprometido en su ser hasta tal punto ¿Estaríamos más bien frente a un modo particular de poner en juego el deseo de analista, mediante esa “vacilación calculada” de la neutralidad que Lacan propuso en su enseñanza?2

Quizá, pero no permitamos que la fascinación nos impida dudar. Pasajes como el siguiente nos producen la incomodidad de la sospecha.
—No –le dije a Lacan en otra oportunidad, algunos años más tarde, cuando ya había empezado la profesión de analista–, esto no puede seguir. Me voy a detener en este punto, voy a interrumpir mi análisis (Haddad se refiere a uno más de sus varios intentos para abandonar un análisis donde Lacan no daba tiempo a nada).
Esta vez también, luego de dedicar días a una dolorosa reflexión, estaba perfectamente decidido. No era ningún petardo lanzado al aire. Lacan suspiró:
—Mi querido amigo, lamento no haberle podido ayudar. Usted queda libre de interrumpir, ya lo sabe. Yo en su lugar no lo haría.
Luego, dejando su escritorio, se sentó en su sillón, a algunos centímetros de mi rostro. Entonces agregó:
—Sepa en todo caso que yo lo quiero bastante, porque usted es uno de los pocos que entiende lo que digo.
Fueron exactamente sus palabras. ¿Podría dejarlo luego de haberlas escuchado?
3

La intervención de Lacan resulta a simple vista inaceptable, francamente seductora e inevitablemente sugestiva.4
Pero ¿qué sabemos nosotros si esas fueron, efectivamente, las palabras de Lacan, confiadas a la memoria de un paciente magnetizado en la transferencia y escritas treinta años después? Y aún verdaderas, ¿eran la expresión de un sentimiento personal o el efecto de un cálculo estratégico del analista?
Lo que resulta seguro, es que para Lacan la piedra de toque del análisis no está puesta en el relato, la interpretación significante o la construcción del fantasma, sino absolutamente en la transferencia, que opera efectos, pero que no cae.
Es a partir de su transferencia que Haddad produce todos las transformaciones que testimonia, todo parece hacerlo estimulado por su analista. “Excelente” es la palabra de Lacan ya en la puerta de salida, apenas Haddad empieza a comunicarle sus proyectos.
Este modo de involucrarse no se parece demasiado al estilo abstencionista del psicoanálisis freudiano, hecho de recorrido, de tiempo, de despliegue trabajoso del deseo. Lacan parece comprometer su ser antes que su falta, y, contra su enseñanza, parece curar no tanto por lo que dice sino por lo que es.5
El “estilo Lacan” es original sin duda, pero no totalmente nuevo. Él mismo recuerda a Ferenczi6 y menciona su extraordinario texto “Transferencia e introyección”7 como anticipación de la importancia decisiva que otorgará al manejo de la transferencia. La clínica de Lacan que alcanzamos a vislumbrar en el libro de Haddad, nos evoca fuertemente el “análisis activo” de Ferenczi por el modo arriesgado de involucrarse en la transferencia.
Porque aún siendo un riesgo calculado, no deja de producir una inagotable deuda. Luego de treinta años, Haddad insiste en que su devoción por Lacan responde al interés especial que éste tenía por él.
No está en cuestión por supuesto la eficacia de este análisis. Pero es justamente a no contentarnos con la eficacia, propia del chamanismo y la psicoterapia, lo que nos enseñó Lacan. Es hacia la falta adonde nos conduce, y como Freud, hacia la “liberación de la transferencia”8.

Eso, “en teoría”, pero si ese es el camino a recorrer en un análisis, el de la “adopción” de Haddad es un psicoanálisis a l´envers; Nada de duelo, ¡a contentarse con la eficacia! bajo la palabra del Otro que autoriza: “excelente, mi querido amigo”.
Haddad atribuye a las rivalidades intestinas el hecho de que se le haya negado el “pase”: Un día intenté, fuertemente alentado por Lacan, dar testimonio entonces frente a mis pares de la experiencia que acababa de atravesar, que él llamaba el pase. No fui comprendido. Veinte años más tarde, hago al lector depositario de esta confesión.
Pero la “confesión” de Haddad no equivale al pase. Si esa es su intención falla nuevamente pues su libro es la demostración cabal de por qué este pobre hombre no pudo nunca pasar el pase.
¿Cómo otorgar el pase a un analizante que no sólo no puede ir “más lejos que el padre”, sino que, aún más allá de la muerte, se sueña adoptado por él?
El libro de Haddad debería ser leído como lo que es: un relato apasionante, doliente por momentos, desconcertante, polémico, pero de ninguna manera para encontrar enseñanzas sobre los secretos últimos de la técnica. Es Haddad mismo quien así lo expresa: Lacan fue, por cierto, un personaje irritante, sus elecciones en la técnica psicoanalítica parecen a veces insostenibles y a algunos le resultaron escandalosas (no ocultaré nada de esto en las páginas que siguen).9
Lacan es un analista inimitable, único, que llevó hasta el límite el precepto freudiano de adaptar la herramienta psicoanalítica a su propia mano. Todo intento de reproducir su técnica cae en la caricatura y contradice la máxima que nos legó: “Hagan como yo, no me imiten”.

A pesar de una intimidad de once años con Lacan analista, Haddad tuvo la lucidez que no tuvieron otros más lejanos: la de desasirse a tiempo de la imitación, para encontrar su propio modo de analizar, bien lejos de las sesiones relámpagos que padeció: A la vez considero que este modo de practicar el psicoanálisis tiene que permanecer en la singularidad de un hombre singular que nadie puede imitar sin caer en una imitación hueca o algo peor. Hay un tiempo para la imitación calcada, el tiempo de los primeros pasos, confusión temporal en la cual yo mismo he incurrido, y un tiempo para encontrar el modo de funcionamiento propio.10
Particularmente, este libro singular, más allá de las infinitas anécdotas y chismes del ambiente que se leen con fruición, me ha ayudado a desmitificar la imagen intocable de Lacan, a repensar lo que es y no es el psicoanálisis, y a reafirmarme en un modo de trabajo que me hace sentir psicoanalista lacaniano, pese a que nunca se me ocurrió imitarlo. 


1. Cf. Jacques Lacan, El seminario. Libro 3. Las psicosis, Paidós, Barcelona, 1984, cap. 10.
2. Jacques Lacan, “La subversión del sujeto y la dialéctica del deseo”, en Escritos, Siglo XXI, México, 1976, pág. 336.
3. Gerard Haddad, El día que Lacan me adoptó, Letra Viva, Buenos Aires, 2006, pág. 124/125.
4. Otras veces, era la reacción furiosa (sic) de Lacan lo que impedía a su analizante “abandonar a Lacan” (por “interrumpir el análisis”).
5. “Porque es en el seno de su pretensión de contentarse con la eficacia donde se levanta una afirmación como ésta: que el analista cura menos por lo que dice y hace que por lo que es”. Jacques Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder” (DCPP), Escritos, Siglo XXI, México, 1976, pág. 219.
6. “La cuestión del ser del analista aparece muy pronto en la historia del análisis. Que esto se deba a aquel a quien más atormentó el problema de la acción analítica, no es cosa que debe sorprendernos. Puede decirse en efecto que el artículo de Ferenczi: “Transferencia e introyección”, que data de 1909, es aquí inaugural y que se anticipa con mucho a todos los temas ulteriormente desarrollados de la tópica. (Jacques Lacan, DCPP, Escritos, Siglo XXI, México, 1976, pág. 244).
7. Sandor Ferenczi, “Transferencia e introyección”, en Psicoanálisis, Espasa Calpe, Madrid, 1981, tomo I, pág. 99-134.
8. Sigmund Freud, “Lecciones de introducción al psicoanálisis”, en Obras completas, Santiago Rueda, Buenos Aires, tomo 5, pág. 205.
9. Gérard Haddad, op. cit. pág. 14.
10. Ibidem, pág. 124.
 
 
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