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   Colaboración

El sujeto de la investigación en el marco de la institución psicoanalítica (segunda entrega)
  Por Gabriel Pulice  y Oscar Zelis, Federico Manson
   
 
Hacia el final del artículo anterior1, habíamos situado una disyuntiva que culminaba en un ciertamente incómodo interrogante. La disyuntiva era aquella que se le podía presentar a cualquier investigador dentro de un marco institucional, y que expresáramos en los siguientes términos: iniciar y orientar una investigación para que sea una mera convalidación del Saber / Poder instituido; o darle a ella su lugar en una apuesta en pos de aquel «poder terapéutico» enunciado oportunamente por Freud. A propósito de lo cual, formulábamos la siguiente pregunta: ¿cuál sería el criterio de validación que mejor se ajustaría a esta última perspectiva? Conviene, antes de precipitarnos en su respuesta, detenernos por unos instantes a examinar las coordenadas en que, con mayor frecuencia, suelen tener lugar los dispositivos de investigación en el marco de las instituciones psicoanalíticas.

El «deseo de la institución»
. Podemos retomar aquí ciertas cuestiones que planteáramos hace algunos años atrás2, y que, a nuestro entender, mantienen plena vigencia: ¿Desde dónde se sostienen tales dispositivos? ¿Qué comanda el diseño de sus propuestas, sus ejes temáticos, sus objetivos y sus alcances? Podemos situar, al menos, tres propósitos diversos:
1. La investigación, como método formativo. Es uno de los sesgos a los que apunta, por ejemplo, la conformación de carteles ideada por Lacan: el “más uno” —su figura distintiva— debe cuidarse bien, allí, de no obturar la tarea del grupo con su propio Saber; noble consigna que, sin embargo, queda con frecuencia degradada al plano de un ideal apenas parcialmente cumplido. Por lo general se trata, de hecho, de investigaciones predominantemente bibliográficas, alejadas del interés por una casuística o una sistematización de datos empíricos.

2. La investigación como método para consolidar un “Saber Dado por Sabido”, subsidiario de un liderazgo institucional. El resultado, suele ser un refrito de rimbombantes citas que se muerden la cola, con un efecto de fascinación y perplejidad generado en el lector o la audiencia que, ante su carácter calculadamente enigmático, quedará siempre en posición de ignorancia —salvo que esté debidamente imbuido de la jerga parroquial. Si hay alguna referencia clínica o a una casuística, es tan sólo en la medida en que ella —cuidadosamente recortada— se ajusta a los postulados que se intenta apuntalar desde una bibliografía siempre enfrascada en la referencia a un puñado de autores, ciudadanos ilustres de la misma capilla.

3. La investigación como herramienta en el abordaje de lo real, lo propiamente singular de la experiencia clínica —tomando este término en el más estricto sentido peirceano: “Lo singular, es aquello que reacciona”. Podemos situar en este sesgo aquellos dispositivos clínicos, cuyo propósito no es otro que el de avanzar en la intelección de determinado obstáculo, propio de tal o cual población de sujetos, que requiere de alguna consideración especial para que su tratamiento resulte posible y eficaz —con las reformulaciones técnicas que ello implique—, renovando sin embargo la apuesta por las coordenadas éticas postuladas por Freud. Podemos citar, a modo de ejemplo, el trabajo desarrollado por Maud Mannoni en Bonneuil3 en torno de la problemática de niños con “retraso mental” y otros trastornos graves característicos de la infancia, o el dispositivo para la atención de jóvenes adultos psicóticos desarrollado en Québec por Willy Apollon, Danielle Bergeron y Lucie Cantin, más conocido como el 388. Cabe destacar que es justamente la eficacia, el poder terapéutico de estos dispositivos de atención clínica —debidamente documentado con suficiente casuística, apuntalada en precisas y elocuentes estadísticas—, lo que en ambos casos terminó forzando su validación y reconocimiento, tanto como su inclusión en los sistemas de salud de sus respectivas comunidades, dominados por un discurso no precisamente muy favorable a las ideas del psicoanálisis. Lo que caracteriza a estas experiencias, es que parten de la necesidad de atravesar cierto umbral, más allá del cual, muchas veces desde la más cerrada oscuridad, algo se muestra —en una tan estruendosa como muda demanda—, a la espera de ser atendido. Podemos ubicar en este mismo nivel las numerosas experiencias que, desde hace tiempo, muchos psicoanalistas vienen llevando adelante en diversas áreas clínicas consideradas anteriormente como inabordables para el psicoanálisis, entre las que podemos mencionar, además del tratamiento de las psicosis, el trabajo con niños y adolescentes con trastornos severos como el autismo, el retraso mental y la psicosis infantil; los trastornos alimentarios, las adicciones, el alcoholismo y otras patologías de consumo; el tratamiento de pacientes oncológicos, o de la tercera edad; a las que podríamos agregar unas cuantas entidades más. Ahora bien, ¿cuáles serían las condiciones necesarias para que pueda sostenerse esta apuesta en un marco institucional? En primera instancia, debemos estar advertidos de que ella difícilmente será posible cuando el dispositivo se organiza —conciente o inconcientemente— bajo la rúbrica del punto anterior.

El lugar del Sujeto en las Instituciones Psicoanalíticas. Llegados aquí, conviene volver ahora nuestra atención nuevamente sobre la problemática subjetiva puesta en juego en conexión con las vicisitudes institucionales que acabamos de mencionar. Podemos partir de la siguiente pregunta: ¿Por qué un analista elige avanzar en su “formación” o ligar su práctica a una determinada institución y no a otra; o, incluso, a ninguna? Una primera hipótesis nos lleva a pensar que esa “elección” puede ser leída desde la teoría freudiana de la Identificación, en donde de lo que se trata es del encuentro con ciertos rasgos distintivos —los que le dan cohesión y un perfil propio a cada Institución—, respecto de los cuales el sujeto se siente representado. Sin embargo, no es éste el único mecanismo a considerar: tratándose de psicoanálisis, no podemos soslayar el lugar que ocupará aquí el concepto de transferencia.
En este contexto, podemos advertir que la adhesión de cada analista a tal o cual institución suele estar sostenida en su propio vínculo transferencial con alguna de las figuras emblemáticas de la misma, situadas de este modo como subsidiarias de la función del Sujeto Supuesto al Saber. Es preciso, sin embargo, discriminar aquí dos dimensiones de esa suposición: no es lo mismo entender la función Sujeto Supuesto al Saber como motor de una producción de conocimiento, que confundirla con su impostura por parte de alguna figura rutilante de determinado espacio institucional que, de ese modo, pasaría a encarnar cierto Saber puesto fuera de toda cuestión o, en otros términos: un saber “dado por sabido”. Como consecuencia de esta distinción, podemos asimismo establecer la modalidad del vínculo transferencial correlativa a cada una de estas acepciones: el Saber Dado por Sabido, resulta solidario de una modalidad de transferencia alienante, que tiene por efecto, inevitablemente, la obturación de toda producción propia de conocimiento por parte del sujeto. El Saber Supuesto, en la medida en que no es patrimonio o propiedad de alguien en particular, implica como modalidad de transferencia aquella que impulsa al sujeto a llevar adelante un recorrido original, en su búsqueda de configurar un nuevo Saber que le haga posible entablar algún “diálogo” con el real que se propone investigar. El vínculo que allí se establece podemos situarlo en términos de transferencia de trabajo, y en la medida en que se ciña a la verdad revelada por la experiencia —aún cuando ella vaya a contramano del saber instituido— quedará resguardada de los vicios institucionales anteriormente descritos.

Picasso engaña... Hechas estas advertencias, resulta ahora oportuno considerar cuál es la importancia del marco institucional —o, en términos más generales, del lazo social—, en qué medida es ésta una condición necesaria para que resulte posible desarrollar, en su plena potencia, una genuina experiencia de investigación. Es innegable que el intercambio de ideas y observaciones clínicas entre colegas, su inscripción en una “serie” —o en conexión con otras investigaciones que incumben en mayor o menor medida a su propio campo— y la factibilidad de su transmisión, ponen de relieve el valor de la vinculación del investigador con algún estamento del contexto social / institucional en que se desenvuelve su praxis. No obstante, podemos evocar — como un llamado de atención ante cualquier entusiasmo que se despierte al respecto—, el desengaño de Freud, de Lacan y también de Peirce al cabo de los numerosos intentos por llevar adelante tales proyectos de fundar una “comunidad científica”, o psicoanalítica. Por parte de Freud, basta con citar su texto sobre El malestar en la cultura (1930), para captar los motivos estructurales de ese desaliento. Lacan, por su parte, hace patente los giros que se producen en su posición, a partir de la conocida expresión de Picasso: de su inicial coincidencia con el pintor, pasará a decir en su Seminario 23: “Comienzo a hacer lo que implica el término búsqueda: a girar en redondo. Hubo un tiempo en el que yo era un poco estridente. Decía como Picasso —porque eso no es mío— yo no busco, encuentro. Pero ahora me cuesta más desbrozar mí camino”4. Poco más adelante, en el Seminario 255, agregará: “Actualmente no encuentro, busco. Busco, e incluso algunas personas no encuentran inconveniente en acompañarme en esta búsqueda”. Sin embargo, no pasará inadvertida su confesión de tener la sensación de “estar hablándole a las paredes”, en su encuentro con cierta soledad en algún punto infranqueable. Podemos sospechar que el propio Picasso habrá atravesado, respecto de su propia proclama, similares desengaños. Nos reservamos, en último término, la paradoja encarnada por Peirce, quien sostendrá con convicción: “No llamo ciencia a los estudios solitarios de un hombre aislado. Sólo cuando un grupo de hombres, más o menos en intercomunicación, se ayudan y se estimulan unos a otros al comprender un conjunto particular de estudios como ningún extraño podría comprenderlos, [sólo entonces] llamo a su vida ciencia”6. Esta proclama, a la luz de lo que la historia nos cuenta sobre las vicisitudes de su propia existencia —signada por la incomprensión de sus colegas y contemporáneos—, quedaría para nosotros como una sórdida expresión de deseos... Si no fuera por el renovado interés que su obra encuentra a casi cien años de su muerte, incluso entre los psicoanalistas, como testimonio de su plena vigencia7. La misma que reviste la obra de Freud y que auguramos, al correr de los años, para la de Lacan: sus esfuerzos, su trabajo clínico o científico, su investigación, después de todo, habrán valido la pena…

1. Cf. Imago Agenda, abril de 2006.
2. Jornadas de Investigación del Hospital Infanto Juvenil Carolina Tobar García, agosto del 2004.
3. Mannoni, M.; Un lugar para vivir, Barcelona, Editorial Crítica, 1982.
4. Lacan, J.; clase del 17/2/1976.
5. Lacan, J.; clase del 14/3/1978.
6. Peirce, C. S.; “The Nature of Science”, MS 1334, Adirondack Summer School Lectures, 1905.
7. El tema es desarrollado con mayor amplitud en Pulice, G.; Manson, F.; Zelis, O.; Psicoanálisis ◊ Investigación: De Sherlock Holmes, Dupin y Peirce, a la experiencia freudiana, Buenos Aires, Editorial Letra Viva, 2000, capítulo 2.
 
 
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