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   Los ideales

Sobre los ideales
  Homenaje a Freud
   
  Por Juan Carlos Indart
   
 
La cuestión de los ideales es desde hace mucho tiempo, pero de manera cada vez más aguda y grave, una cuestión de cada uno... en su soledad... sin certidumbre.
En efecto, lo es para cada uno: así se refiera al cónyuge, a la familia, o a los hijos, al barrio o a la ciudad, al pago, a la comunidad, o a la tierra en que ha nacido..., a la provincia, con su nación y sus acuerdos internacionales o a las grandes áreas lingüísticas... o a las civilizaciones... o al estado de los hombres tal como están... o, al final, porque hay angustia..., a las religiones.
Ocurre que tampoco se aplaca la cuestión pasando por las universidades, las filosofías, las políticas, las economías, los medios de información, las redes virtuales o el despliegue de los sanos deportes y de las bellas artes que ya no velan las feas artes insalubres de sus patrocinadores.

Se termina en un miedo, que no es zonzo. Digamos que se termina con la precisión buscada en lo que abrevia: un ataque de pánico frente a La ciencia.
Con La ciencia no me refiero a los diversos saberes de las variadas ciencias, sino al nuevo y único Ideal que propone el nudo entre inversión de capital, tecnología y pura fuerza de trabajo: “Sígueme, aceptando mis promociones, y obtendrás más goce, más goce, más goce, y pon fe en que si no lo obtienes habrás contribuido a que un día la humanidad llegue al Goce gracias a La ciencia”.
Es La ciencia-fixión.

No es un ideal más, a ubicar entre los otros, porque a estos últimos ese ideal se los devora sin límites a la vista. Cada cuál sabe que ese nudo al que me refiero gira sobre sí mismo y se desplaza con la intensidad caprichosa de los huracanes, y que aunque haya surgido en lugares europeos precisos hoy nos vienen desde cualquier lugar del planeta trazando sus impredecibles recorridos, mayores o menores, pero siempre violentos. Porque el hecho es que, por donde pasan, la relación de la gente con los ideales queda devastada, según un primer efecto simple: a muy pocos “les va bien”, porque no tenían ideales, y para la mayoría de los demás es una tristeza, una depresión, y esa angustia de saber, no que se va al muere, sino que lo que se ama va a morir, y que ya no habrá otro amor. Es lo que se llama el “progreso” sin fin, y su “piqueta” sin fin.
Por supuesto, entre el cinismo canalla de pocos y la nostalgia resistente de muchos hay otras cosas. Una de ellas es un psicoanálisis de orientación lacaniana, cuando resulta oportuno.
No es fácil que resulte oportuno, porque la elaboración de la noción de ideal en psicoanálisis es novedosa, abierta, y sólo podrá contribuir en algo si se transmite realmente.
Freud inventó algo nuevo, la noción de Ideal del yo, para una cuestión precisa: suponía en la cría humana un deseo inicial aplicado sólo a la realización de la imagen de sí como mundo entero, y llamó a esa supuesta beatitud infantil “narcisismo” porque no se le escapaba su destino mortífero. Señaló, entonces, la importancia del desvío del deseo hacia la identificación con propuestas de vida preexistentes en la cultura, más humildes, aunque sólo sea porque para realizarlas hay que enfrentarse con lo real, en el sentido de lo que todavía falta, y faltará... más el saldo de que igual puede haber estado bueno desearlo. En esas propuestas de vida hay ideales muy constantes, como los que indican que se trata de llevarlas adelante sin matar, sin robar, sin mentir, y honrando a padre y madre, más muchos ideales variables, como los que orientan a una diversidad de modos de hacerse una vida suficientemente útil, criando a algunos nuevos para pasarles el bagaje acumulado.

Pero Freud también mostró que el alcance del Ideal del yo detiene su eficacia frente a la desgarrada sexualidad humana, y que el goce que la suplanta fue, es, y será, su malestar y su síntoma.
No habrá acuerdos ideales con el sexto mandamiento occidental, o su equivalente oriental, o el del Norte o del Sur, para definir por comprensión o por extensión el ámbito del fornicar. Pero teníamos que en cada diversidad el “no” se instalaba en algún lado, con su eficacia no universal, pero firmemente relativa a una comunidad abierta en tanto albergaba mujeres. Los huracanes a los que me refería proponen como cienciología abolir esos límites, como nuevo ideal, con un resultado, en el fondo, poco novedoso, a saber, que se adelantan para exponerse en esa “libertad” los prostitutos y las prostitutas. Pero acá está, digamos, algo ideológico a despejar (ya que se irán adelantando también los pedófilos y los que vengan, los comedores de placentas), a saber: que no valen los antecedentes histórico-antropológicos, porque no es lo mismo un puto o una puta o un pedófilo o un comedor de placentas según sea o no capitalista. La perversión del nudo aludido no es buena señal, porque después no es la locura como pulsión de muerte a la antigua, sino el gusto por el genocidio, como tal.
Y Freud lo vio, al mostrar, en una primera escritura del matema del nazismo, el nuevo fenómeno, la novedad de fundir el Ideal del yo con el objeto “exterior” como plusvalía, como “promoción”, como “promo”, como plus de gozar falsamente medido por el dinero hecho capital por ese plus.

Salgamos con risa, luego de recorrer los shoppings, como por última vez, y buscando no prestarse a ser la prenda del encuentro inevitable entre dos delincuencias seductoras: te rodearán la de los desheredados sin ideales, plenamente identificados al ideal de un plus, y la de los desheredados que creen heredar un poder, igualmente identificados a un plus: huevos de serpiente.
Sí, ahí hay que estar, haciendo vacío a cada paso, para que decidan entre ellos la mugre que se reclaman como para matar.
Paciencia china, por qué no, una antigua paciencia china puede ser oportuna en la ocasión.

Mientras tanto, queda una propuesta que no me parece indigna desde el psicoanálisis: lo inédito muy frecuente de un encuentro entre él y ella, y lo saben en cuanto se piensan de a dos, es que ya no se orientan por los ideales, porque no valdrían más los de él o los de ella para orientarse. Cuando hacen de los ideales de cada uno simplemente recursos operativos para enfrentar lo que no se sabe, se sostiene una suerte real para los dos.
De donde se concluye que a la caída de los ideales que se proclama responderá la aventura de una eclosión de aventuras heterosexuales, las de ellos y ellas, una vez más, inventando mundos habitables, donde no se opondrán al huracán como superpoblación, sino como población común.
Estoy tan seguro de que eso va a ocurrir como de que no lo voy a ver, así como estoy seguro del duro deseo de durar en un rasgo legible más allá del yo.
Ese es el ideal que tengo para con los ideales.
 
 
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