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   Los ideales

De ideales, idealistas, idealizados e idealizadores
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
La segunda tópica, yo–ello–superyo, constituyó el desemboque de una larga experiencia freudiana de 30 años como psicoanalista y fino observador. Comenzó con su hipótesis sobre la censura en el sueño como efecto de la conciencia moral, pero ya traía en las alforjas los esquemas del yo, de su olvidado Proyecto de psicología para neurólogos. Las pulsiones le dieron los dimes y diretes del punto de vista económico y las cinco resistencias. Y particularmente, la del ello (tan ligada al goce) con la extraña pero palpable alegoría de la viscosidad de la libido. Ello, que como advirtió da su combustible y potencia al superyo para aplicar su letra devenida de los ideales. Nuevas razones, para que sus conjeturas no quedaran solamente en los territorios de Inconsciente, preconciente, conciencia. Evidentemente aquellos topos no le alcanzaban para dar cuenta de la complejidad del alma humana. Por eso los articuló de tal manera a las nuevas disquisiciones, que no se salieran de la marcación de aquel primer territorio que respondió a la verificación de la función del yo y lo inconsciente en la vida de cada uno de nosotros. El gráfico del Yo y el ello, al quedar limitado a una topología esférica encerró la demostración en los límites de dentro, fuera. Hizo falta la topología anudada e interdependiente rescatada por Lacan del escudo de los Borromeos, para situar el goce del sentido (yoico) y el goce fálico sin sentido. Pero también el del Otro que no debería haber, como la versión más extrema del Superyo operando en términos absolutos los ideales de un Otro sin castrar (psicosis, guerras, perversiones extremas, etc.)


En esa ruta, la palabra preexistente ideal –y su plural ideales–, encontró un lugar. Necesario, ya que no cesan de escribirse ideales que aspiran a los goces perfectos. Imposible, porque justamente por el valor absoluto que portan, no cesan de no inscribirse y repetir la pulsión de muerte más allá del principio del placer. Valor que los diferencia y opone a imperfecto y otra serie de derivados. Como podemos advertir, los ideales reniegan de la castración. Cosa que advirtió claramente Freud cuando apeló a precisar la diferencia entre yo ideal (su majestad el bebé, imaginariamente perfecto para los padres cuando las cosas andan bien) y al que se identifican las megalomanías, tanto paranoicas como bipolares. Pero diferente, aunque articulado, a ideal del yo. Lo que aparece como ideal para el yo, habitualmente responde a algún deseo de los padres en el que cedieron o al que por alguna circunstancia no lograron acercarse. En consecuencia, todo ideal, conlleva un resto de alienación en el deseo de otro. En tanto ambos, yo ideal e ideal del yo, reniegan de la castración; no sólo son inalcanzables como absolutos sino que también pueden servir al mismo tiempo de motor y de obstáculo al deseo propio.
Los ideales pueden aparecer sólo como frases, aunque nunca dejan de llevar una encarnadura memoriosa inconsciente, preconciente o consciente, una imago; de quien lo portó previamente o de sus sustitutos. A menos que un análisis profundizado o las vicisitudes de la vida, hayan facilitado establecer distancia entre dicho ideal y el objeto en el que se encarnaba. Los ideales, en tanto reniegan de la castración y provienen de alienaciones en otros, obstaculizan deseos de los sujetos. Por contrario la toma de distancia –no la negación y su relativización– prepara mejores condiciones para acercar los deseos de los sujetos por efecto de su deriva en los cadenudos, a sus goces más genuinos.

Los ideales se enuncian a veces en una palabra, por ejemplo: libertad. Otras, en epopeyas o fracasos relatados en los mitos familiares. Por ejemplo el premio Nobel de algún familiar o el recorrido de la pobreza a la opulencia de otro, o por reacción contra relatos de experiencias inversas. Pueden aparecer proyectados en alguien o algo admirado por los padres. Las formas de aparición pueden ser varias, pero siempre se expresan en significantes, no tanto lingüísticos como en el sentido que adquieren para el psicoanálisis a partir de la definición a la que llegó Lacan en 19641 “significante es lo que representa a un sujeto para otro significante”. El ideal entonces, se plasmará no siempre idéntico al de lo que lo portaba, ya que será significado por el significante con que lo signifique el que lo recibe. En consecuencia los ideales entran en el campo del tesoro de los significantes. Producirán signos, que significaran algo para cada uno. De ahí que ordenen las organizaciones artificiales de masa, corporaciones2, al encarnarse en algún objeto exterior, al que los numerosos unos se identificarán, según lo planteado por Freud en Psicología de las masas y análisis del yo:



Las corporaciones (que pueden ser económicas, políticas, sindicales, psicoanalíticas, etc.) son imprescindibles para un funcionamiento más o menos ordenado de las sociedades. A veces también promueven desórdenes, cuando entran en conflicto entre ellas o cuando se producen en su interior. Pero funcionan por el esquema antedicho, haciendo tabla rasa con los deseos más singulares de quienes las integran, es el precio que se paga para “pertenecer”, como enunciaba en su publicidad alguna tarjeta de crédito o como enuncian frecuentemente diferentes personas en función de su aspiración a formar parte de algo que idealizan. Pero, ¿por qué esa aspiración tan recurrente a pertenecer? En la “Proposición del 9 de octubre de 1967” Lacan invita a investigar, en relación a las organizaciones artificiales de masa, la articulación entre amor y saber. Recordemos que en ese trabajo, al delinear el grafo de inicio de la transferencia, Lacan plantea que la misma se establece porque el sujeto del inconsciente desea saber sobre su afección para tratarla. Busca un saber hacer. De ahí que se establezca la función del Sujeto supuesto al Saber (SsS), que puede o no encarnarse en el analista, pero que tanto éste como el paciente quieren confiar en que emerja de las enunciaciones que se produzcan en las consultas. Si eso ocurre, se despliega el amor, la admiración, la confianza por parte del analizante al que supuestamente supo hacer. Es erróneo suponer que eso nos mantiene sólo en la dimensión imaginaria de la transferencia. Si eso ocurre, el analista debe tomar nota de ello, pues se hace evidente que algo de lo inconsciente no está logrando emerger, lo que puede deberse a características del caso o a resistencias emergentes de algunos de los dos partenaires o de ambos a la vez. La transferencia, en las circunstancias menos complicadas, se despliega en los tres registros de la experiencia. Partamos de que si se despliega el amor, es porque primero estuvo la falta, una de las formas de lo real. Observemos que Lacan habla de St = significante de la transferencia, Sq o el equivalente Sc, significante cualquiera y a las S que están entre paréntesis, significantes reprimidos. No debemos olvidar que los tres registros, Real, Simbólico e Imaginario pueden ser producidas por la incidencia del significante, tanto por su presencia como por su ausencia. Lo Real es lo que queda sin significar, el significante en sí es un puro símbolo, que para simbolizar, producir efecto de sentido debe articularse a otro. En el grafo de la transferencia lo único que será significado es el sujeto, cada vez que como efecto de la lectura de las enunciaciones del analizante, la interpretación del analista del mismo sujeto lo alcance, atravesando la represión. Lacan lo graficó así:

Si como dijo Lacan en Las relaciones de objeto, la madre primero es simbólica y los objetos son reales, La Madre es el primer ideal que se establece para un yo aún no constituido pero sí en constitución. Y si luego los objetos son simbólicos y la madre es real, los objetos se irán constituyendo en proto-ideales para un yo que continúa construyéndose. Por lo tanto, no debe llamarnos la atención, que el trabajo analítico nos lleve analizando una actividad muy idealizada, supongamos la lucha política más idealista, a un pasado reprimido o hasta inadvertido en el que nunca esa persona gozó de la solicitud de la madre o, por el contrario, la misma estuvo presente en exceso.

El primer ideal que se establece como diferenciador es el sexual. En épocas que la anátomo-fisiología no le permite al niño ni a la niña, advertir la existencia de genitales propios en uno de los sexos debido a la invisibilidad de la vagina pasan a creer que sólo existe un sexo, el portador de pene, que adquiere así valor fálico. Lo que hace del otro, un sexo desvalorizado por creérselo ausente de esa evidencia de valor. Es una época de la infancia en la que no se han desarrollado aún, como ocurrirá a partir de la pubertad, ni la factibilidad de la experimentación de la vagina ni los caracteres sexuales secundarios. De ahí que todo el debate actual, desde los feministas hasta los militantes homosexuales o intersexuales, lo hacen sin poder dejar de tomar de referencia al pene. Este por lo tanto, mantiene su estúpido cetro fálico idealizado. En cambio quienes han logrado tomar distancia del ideal fálico, hombres y mujeres, gozan mucho más de su cuerpo en todas sus dimensiones y pierden menos el tiempo en competencias inútiles que distraen su libido de sus propios goces y producciones. Acceden más, como dijo Freud, a la capacidad de amar, trabajar y gozar.

Hace muchos años analicé una mujer que llevaba adelante, no sólo políticamente sino también en su modo de vida, una activa militancia feminista. Estaba dotada de un robusto y en términos relativos enorme cuerpo. Era dueña de una industria en la que diariamente se descargaban bolsas de 50 kg. de peso. Un día entró sonriente al consultorio y en medio de carcajadas me contó que había faltado el peón. Entonces, ella había descargado el camión que, de otro modo, hubiera bajado aquel. Su exclamación era: ¡Ja, y se creían que porque era mujer no iba a poder hacerlo! Le hice notar cómo ponía como referencia ideal al varón con el que se comparaba. El rostro se le transformó y de la risa pasó al fastidio y a contarme los dolores que la afectaban. Por supuesto la “hazaña” le costó que los dolores se mantuvieran unos cuantos días haciéndole sentir masoquísticamente el cuerpo.

1. En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.
2. Me gusta más este término, muy en boga en la actualidad, por derivar de cuerpo, sede por excelencia de lo imaginario.
 
 
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