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   Los ideales

El ideal de la globalización como estrategia segregatoria (1)
  Por Mirta Goldstein
   
 
se trata de una cacería, no de política.
Jean Allouch


La modernidad emprendió dar el gran salto secular de disolución de los principios e ideales absolutos; el fracaso de esta empresa muestra la imposibilidad de desanudar de modo radical en el sujeto y en los lazos sociales, las creencias, la fe, las idealizaciones y las pasiones. La imposibilidad de desanudar completamente la pasión del odio, pasión que desemboca en el sometimiento, manipulación y/o aniquilación del semejante, organiza discursos segregatorios y xenofóbicos los cuales nutren a los idearios políticos, religiosos, científicos, etc. de manera solapada o enunciada. Sin embargo, los seres hablantes convivimos a pesar de la fe, la increencia, la ilusión ideal y el odio, por lo cual de eso se trata el malestar en la cultura.
El anuncio nietzschiano de la muerte de Dios, se refería más a la caída del lugar hegemónico que ocupaba el discurso sobre la trascendencia divina, que al papel de las creencias e ideales en el orden particular. El andamiaje psíquico y emocional de cada ser hablante anuda el imaginario particular y colectivo, la existencia real, y el corpus simbólico que denominamos el Otro, de ahí que conmover ese lazo equivale a conmover la vida de alguien y, a la vez, dejar que la idealización y la ilusión enceguezcan las razones, puede conmover la subsistencia del mundo. Algo de esto último ocurre cuando los fundamentalismos, terrorismos y fanatismos intentan -desde el poder que otorga la amenaza de destrucción masiva- habilitar el recrudecimiento de los horrores de la tortura, el exterminio y la violación.

El siglo XX ha conocido y propulsado varios holocaustos. La práctica irracional del ideal de pureza racial al servicio de una política totalitaria, llevó al nazismo a exterminar y victimizar a millones de personas; las consecuencias en la subjetividad de la convicción nazi no cesan de hacerse sentir en las generaciones posteriores. Los sobrevivientes de todos los holocaustos y masacres, de todas las victimizaciones y vejaciones perpetradas de manera aislada o por asociación (de las cuales es una falacia decidir cual es lícita o ilícita), han tenido que recomponer su cuerpo y su subjetividad. Muchos han tenido que abrazar voluntaria y decididamente una posición de extranjería a lo común, a lo instituido o a lo reglamentado y desde ahí reconstruir una suplencia al gozar de la vida; para otros, en cambio, la extranjería a la que el trauma los conmina, los conduce hacia el suicidio-homicidio.
Para que la acción política no se torne una cacería, parafraseando a Allouch, debe orientarse en la búsqueda de la emancipación, a pesar de que este término no posee un significado unívoco. La emancipación es una noción que se puede aprehender mejor en el interior de la tensión entre la ilusión de alcanzarla y la elucidación de que no puede conseguirse plenamente. Este “entre” expresa la posibilidad para algún sujeto de no acatar, indiscriminadamente, a los discursos globalizadores y, en particular a la globalización del ideal capitalista. Emanciparse de cualquier discurso globalizador, pero además, emanciparse de la globalización como estrategia política, constituyen los dos más importantes desafíos de las sociedades contemporáneas.

¿Y el sujeto? La desgarradura del ideal globalizador, en sus múltiples facetas de manifestación, ya es una emancipación.
La globalización consiste en una estrategia para asegurar que nada obstaculice la continuidad institucional del Discurso Capitalista. Podemos decir que la globalización sutura cualquier intento de ruptura política para lo cual usa al sistema representacional en su conjunto con el fin de reproducir representaciones todas homólogas, que reniegan de la complejidad y la multiplicidad de todo lo que es, pero especialmente, a fin de renegar y rechazar las combinatorias discursivas que introducen giros, desvíos, inventos y descubrimientos.
Instar a la renovación permanente e innumerable de lo similar, es decir de la reproducción de aquello que teniendo una propiedad única se comparte a través del “simil”, se constituye en el logro más importante de destrucción de la singularidad. Consumo, seguridad, capital, democracia, se han convertido en significantes cerrados porque promueven girar en redondo.

Desarticular las falacias puede ser el primer paso para encontrar salidas insospechadas a los atolladeros del discurso y a las suturas que se cierran sobre sí mismas. ¿Con qué herramientas contamos para discernir transformaciones que nos saquen del laberinto capitalista sin caer en el nihilismo o el reformismo, que, por otra parte, se inscriben en el Discurso del Capital?
Julia Kristeva en el libro El porvenir de la revuelta (pág. 18) sostiene que las crisis condicionan las salidas; presupone un “hombre en re-vuelta” encausado en procesos de reformas y síntesis dentro del sistema. ¿Por qué disentimos con ella? Porque las severas críticas a las crisis del Imperio que se vienen produciendo desde hace varias décadas, no promueven la invención de otro discurso. Quizás cada ciudadano del mundo reafirme que estamos en crisis, pero de esa aceptación no se genera y consolida un giro de discurso transmisible a la cultura.

Es importante tener presente la diferencia entre reforma (que no implica rupturas verdaderas) y la autoorganización de un acontecimiento de discurso o invención política que, como dice Ulrich Beck en el libro Inventar lo político, entre sus alcances nomine a lo que ya no sería la modernidad reflexiva postindustrial.
Baumann en Modernidad líquida escribe: “La sociedad que ingresa al siglo XXI no es menos ‘moderna’ que la que ingresó al siglo XX; a lo sumo, se puede decir que es moderna de manera diferente.”
¿Cuál sería el nombre que nomine esa diferencia? Modernidad Tardía no alcanza para nombrar el entrecruzamiento de los paradigmas ya consensuados con los que estarían surgiendo silenciosamente o se abortan aún antes de enunciarse. No contamos con el nombre de las diferencias a las que se refiere Baumann, pues aún esa diferencia inexiste como discurso coherente. Debemos reconocer que el discurso capitalista ha producido su singularidad histórica: haber alcanzado la realización horrorosa de un ideal totalmente satisfecho a saber, el de su reproducción incesante. La globalización, al imponerse como el brazo ejecutor rotundamente fiel a la política capitalista, asegura la continuidad pervertida de éste y, por ende, se lo llega a considerar eternizable. Su institucionalización le es tan fiel a sus condiciones, que no cesa de reproducir su malestar y nos sumerge en la espera de un “error” en la fidelidad inquebrantable que lo hace consistir completamente.
La globalización se expande destituyendo cualquier singularidad o sirviéndose de ella hasta agotarla, por ende, lo hace gracias a la expulsión segregatoria de todo aquello que interfiere ese desarrollo. Segrega a través de su poder uniformante (en todas las tiendas del mundo se venden los mismos productos, que alimentan la insaciabilidad del sujeto del deseo insatisfecho. Es interesante el fenómeno de producción de la moda pues los diseños, que resultan inaccesibles por su alto valor comercial, son imitados por las mismas fábricas de los originales o por otras subsidiarias; los originales provocan la segregación del consumo mientras las imitaciones baratas generan la uniformidad. Así queda consolidado el sistema de reproducción del espacio imaginario: originalidad-uniformidad.

Dentro del espacio de las sociedades tenidas por avanzadas, se ejecutan las segregaciones e incriminaciones discriminantes más violentas. Las segregaciones son múltiples y se van entretejiendo entre sí a través de los rasgos de clase, raciales, religiosos, nacionales, etc.
Mientras ésta parece convenir a una descripción de Occidente, del otro lado del planeta se igualan las diferencias a través de reglamentaciones rígidas de la vida pública y privada. La otra cara de la globalización es la masificación y la masificación se inscribe en la globalización. En aquellos lugares donde las masas se alzan en contra del capital de manera fanática, desconocen la masificación a la que fueron conducidos. No quieren ser objeto de consumo capitalista, pero son consumidos como “objetos-masa” al servicio de poderes abusivos.
Lacan en 19672 anunciaba que a la extensión del discurso mercantilista le sería correlativa la extensión de los procesos segregatorios; el análisis del presente verifica tal aseveración: el discurso discriminatorio avanza a pesar de todas las luchas por los derechos humanos y civiles y por las libertades raciales, religiosas e ideológicas. La colonización del mundo en pro de una democracia universal, ceñida a un ideario predeterminado, sólo le ha deparado a Occidente más xenofobia y terrorismo y a Oriente mayor exclusión, pobreza e inmolación.

Ante las disyunciones éticas que se presentan hoy, el sujeto actual se interroga por las encrucijadas que lo llevan a desistir de la paz, la igualdad y la fraternidad después de haberse desengañado. Para acceder a su deseo, no puede eludir preguntarse: ¿A qué deseo se asocia el sujeto-pensamiento de la historia capitalista? Freud había señalado tres profesiones imposibles: analizar, educar y gobernar, entiendo que hay una cuarta: historiar. Historiar no es meramente historizar hechos ni vaticinar el futuro. Historiar es tomar posición crítica y responsable respecto del pasado y el presente teniendo como horizonte el futuro de la verdad (que en ningún momento es toda la verdad) y como futuro, el horizonte de la verdad. ¿Pero qué crítica? Para salir del discurso nihilista que enloquece a la subjetividad contemporánea, hay que emprender una crítica de la crítica que gira sobre sí misma.
A veces el acople entre un discurso amo, un fantasma masoquista y un goce sádico puede llevar al desastre, a la apatía y a la defraudación.
Seguramente no sobrevolaremos las determinaciones de la violencia y la enajenación contemporánea del sujeto con llamados humanitarios –en esto concuerdo con Zizek– y tampoco con posiciones apocalípticas. Disiento con él cuando dice que no podemos convocar a “hacer algo” pues la acción sirve al fin de que todo el sistema de dominio siga igual. En pro de sostener este argumento, cita a Badiou –a mi entender de manera inadecuada– en la siguiente frase: “es mejor no hacer nada que contribuir a la invención de caminos formales que hagan visible lo que el Imperio reconoce ya como existente”. Me atrevo a sostener que Badiou no pone el acento en “no hacer” sino en “caminos formales”. Se trata de inventar caminos no formales -desligados de ideales totalizadores–, es decir, caminos no representativos ni participativos por delegación; esta es su propuesta política. Se trata de descreer en lo que el sistema obliga a creer que: “lo único posible es pragmático, ventajoso y eficiente”; se trata de darle alguna chance a lo que consideramos hasta ahora imposible, y, por lo tanto, nos demanda un acto en más.

Para Zizek3 la amenaza actual es la pseudoactividad; no lo dudo. Sin embargo la amenaza devenida de un sentimiento de resignación al poder del Imperio, engendra una pasividad tan peligrosa como la actividad que lo sostiene. Más que actividad y pseudoactividad, observamos, a nivel de todas las institucionalizaciones, una pasividad conformista y adaptativa que asume el poder del populismo, la demagogia, la tiranía, pero, sobre todo, del acatamiento y la resignación. Dado que los escollos para una salida no violenta de los dilemas actuales son innumerables, voy a referirme sólo a un aspecto: a la determinación que ejercen las leyes de mercado sobre la economía libidinal del sujeto.
Considero que el resultado en la subjetividad del discurso globalizado capitalista, es la identificación al residuo. Al igual que cuando abordamos la judeofobia sostenemos que los judíos no son el residuo (objeto a) sino que se identifican a lo que el discurso xenofóbico les atribuye, las masas no son residuos sino que se identifican a ello porque esta identificación es el último baluarte en el cual sostenerse (sobre)vivientes. Aceptar la caridad de los comedores populares no se reduce a recibir alimento sino a inscribirse en la larga cola de los desposeídos para “ser” eso que es más que nada. La abdicación del deseo no es sin consecuencias para la subjetividad y para el futuro de la civilización, por ello, a veces, el exilio del sistema se transforma en un recurso del sujeto.

La drogadicción, el pánico, la anorexia, la bulimia y la melancolía llenan los consultorios pues son muchos los que se identifican al desecho, pero no son el desecho.
¿Cuál es la consecuencia a la pérdida de la condición deseante? El incremento desmesurado del dolor psíquico y la melancolización de numerosos sectores poblacionales del mundo.
Algunos monopolios farmacológicos y médicos catalogan la melancolización masiva, bajo el rótulo de bipolaridad y así masifican su abordaje y tratamiento. ¿Cuánto de desubjetivación siguen produciendo? ¿Cuánta toxicidad residual, producen los discursos concentrados en paradigmas uniformantes?
La globalización de la hipocresía y de un régimen que regula lo “que nos hace falta”, nos ha dejado a merced de la desmesura de una época que se ve a sí misma como fuente de luz (ideológica, militar, religiosa) en lugar de dejarse calentar por el sol.
El ideal de la caída de los ideales se ha organizado a través de la práctica segregatoria de la globalización, a los fines de indefinir espacio-temporalmente la política del Discurso del Capital, o sea, de que éste no encuentre su límite.


1. Este texto es un extracto de un capítulo del libro de próxima aparición: La experiencia sobreviviente. Xenofobia, violencia y crueldad
2. Lacan, J.: “Proposición del 9 de octubre de 1967”, en Momentos cruciales de la experiencia analítica, Manantial, Buenos Aires, 1987.
3. Zizek, S.: La suspensión política de la ética. Introducción. FCE, Buenos Aires, 2005, p. 8.
 
 
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