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   Los ideales

Parte de situación
  Por Carlos Brück
   
 
Aunque la exhortación sarmientina: “¡Bárbaros las ideas no se matan!” fuese eficaz, esto seguiría siendo ajeno a que los sujetos maten o mueran por un ideal. Pero si abandonamos la corrección académica, quizás sea en esa afirmación donde ubiquemos un matiz de diferencia entre ideas e ideales. Arriesgamos entonces que mientras que las ideas podrían estar vinculadas a cierta cuestión critica, los ideales se deslizan por el plano inclinado de la pasión. Como ese velo que la realidad invoca que se ponga por delante de lo Real.
Aun así, para no recaer en la búsqueda de identidades y diferencias –algo de lo que tanto se ha ocupado el psicoanálisis hablando de las exaltaciones del ideal del yo y las rutinas del yo ideal– es preferible tomar otro punto de vista respecto a los ideales, relevando unas frases que, al igual que ellos, puntúan hechos de discurso.
Estos hechos se corresponden con una película La mascara de hierro que antecede no sólo por su fecha (1929) a Casablanca sino también porque al concluir en lugar de la palabra Fin dice que se trata de un comienzo. Pero sobre todo porque su argumento invoca la amistad.

La Amistad, ese ideal que recorre todo el guión y se afirma en una oración dicha con las espadas cruzadas: “todos para uno y uno para todos”.
Ya sabemos, el saber popular lo decía, que estamos hablando de aquellos tres mosqueteros de la novela de Alejandro Dumas que como en los carteles lacanianos tienen un más uno que los enumera como cuatro.
En esta película, todos ellos mueren con el mismo epitafio. Recordemos que es un film mudo y que por lo tanto las leyendas deben ser precisas y puntuales. Así es que cada muerte esta postulada que sucede para la gloria de Francia.
Pero mientras tanto sus actos no están movidos por la intriga política sino por la lealtad, la generosidad, el renunciamiento y la defensa de la mujer o de la Nación. Aquello que precisamente en tantos países (incluyendo al nuestro) esta representada por una figura femenina. Una figura ideal que siempre roza lo sublime, acompañada a veces de la abundancia y otras de armas y escudos.
De este modo, en este recorte fílmico, en este fragmento ideológico –otro deslizamiento de los ideales– se ubican en condensación las cuestiones más preciadas que hacen a ellos. Desde conducirse hacia la muerte para sostenerlos hasta entregarse a la belleza y aun a su sinónimo obsesivo: la perfección.

No sería difícil advertir que en estos mismos términos, Kant y Hegel se han dedicado a la controversia entre los imperativos y la estética como conceptos que podrían singularizar a los ideales.
Tampoco sería demasiado incómodo advertir que los textos freudianos discurren por esos caminos buscando otras salidas que van desde la sublimación hasta como diría Lacan “los dioses oscuros”.
Aun así preferimos insistir una vez más en lo que frecuentemente hemos llamado las coordenadas actuales del malestar en la cultura. En esta línea, al contrario de lo que suele decirse, no nos encontramos con la falta de ideales, sino que lo que ha sucedido –y esto es simple y, probablemente, simplista– es que los ideales tienen hoy otro semblante. Y que no necesariamente son los más jóvenes los que deberán soportar como siempre, como en cualquier época, ser acusados de vacuidad, sonambulismo, etc. Nada más que grandes unidades de batalla de una nomenclatura que trata de no saber que en el presente las cosas -en un doble salto- han cambiado al mismo tiempo que siguen siendo como siempre.
Y que hoy el ideal de muchos podría ser quizás eso: tener un ideal que les permita luchar por algún efecto en el lazo social (a sabiendas de la arena que no deja mover los remos). Luchar no solamente por la libertad y la igualdad, lo que ya sería bastante, sino también por la fraternidad.

Un término que los tres mosqueteros practicaban sin saber que luego la Revolución Francesa discutiría como incluirlo en esa trilogía que una dama de gorro frigio despliega mientras una canción y una guillotina mantienen su eterno combate.
 
 
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