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   Colaboración

El Mundial de fútbol
  La cábala del televisor en el consultorio
   
  Por Martín. H Smud
   
 
Una vez que uno llora por un cuadro de fútbol, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas.
Eduardo Sacheri

Si nuestros pacientes usan cualquier excusa como el frío, la lluvia, una gripe para no venir a tratamiento, imagínense lo que será el Mundial de fútbol. Una gran y majestuosa pelota de excusas. Para no decir una excusa tan grande como una cancha de fútbol. Y encima es mundial, una confraternidad de la raza humana atrás de una pelota. Pero no nos olvidemos que se trata de ganar. El que gana es feliz, el que pierde se va del juego. Un gran juego de competencia comienza. ¡Cómo no habría de ser una gran excusa para que nuestros pacientes no vengan a tratamiento!

¡Qué suerte que tuvimos en Japón cuando los horarios eran los contrarios a los nuestros y no estaban los partidos al mediodía y a media tarde como ahora! Ahí soñábamos fantasías infantiles de hacer un pozo y salir del otro de la tierra, en el lejano Japón, con costumbres distintas, con rasgos distintos; era claramente, como dice Freud, el deseo de seguir durmiendo antes que despertarnos a mirar los partidos en horarios extrañísimos como las cinco de la mañana. Pero ahora en Alemania los horarios son otros. ¡Nos parte el consultorio por la mitad! Los horarios antes de ese partido y los horarios después. (Siempre de Alemania vienen cosas fuertes. Nos acordamos de los grandes artistas, de la lengua de Freud y también de los campos de exterminio, del militarismo prusiano que tan bien comenta Osvaldo Bayer, de la delantera alemana que nos ganó la final del mundo, el mastodonte Klinsmann, y más íntimo me acuerdo de mi escuela primaria, Cangallo Schule y de las pocas oraciones que recuerdo en alemán).

El Mundial nos cortará el consultorio en dos pero nosotros no nos vamos a quedar atrás. Que los pacientes falten por mirar el Mundial es una buena excusa porque nosotros también lo miraremos. Somos fanáticos, y, como tales, una semana antes de comenzar el mundial, pusimos un enorme televisor en la sala de espera. Sueño con mirar todos los partidos, aún Trinidad Tobago y Croacia si no coincide con el horario de Togo-Senegal. Miraré todos los partidos que pueda, por más de un mes la sala de espera cumplirá una función mucho más importante que la del televisor del bar de la esquina pues nos permitirá, no solamente conocer más acerca de las resistencias de los pacientes sino sobre todo desahogar nuestro fanatismo, nuestro deseo de estar ahí, el protagonismo de hinchas de fútbol.
1- Comprender al hincha es casi comprender la vida. “Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol” dice Eduardo Sacheri1. El fútbol es una metáfora de la vida del hombre.
Apasionarse por el fútbol es también recordar a nuestro querido Osvaldo Soriano, un enorme escritor y persona que se posesionaba y encontraba en el fútbol una fuente inspiradora. Recuerdo el interés que tenía por leer las crónicas de Mister Peregrino Fernandez en la contratapa de Página 12.

Es recordar también a Enrique Pichón Rivière que en su libro “Psicología de la vida cotidiana”2 escribe sobre fútbol: “Fútbol y Política”, “Fútbol y filosofía”, “El jugador y su contorno” y “La pelota”; son capítulos imperdibles. Nos ayuda a comprender por ejemplo el lugar de la pelota: “el significado y la función que ella juega en el contexto estructural del espectáculo pueden ser encarados desde un punto de vista antropológico, psicosocial y sociológico. Estas disciplinas deben apoyarse en un detenido análisis del vínculo entre el sujeto y la pelota. Está última adquiere un carácter fascinante ligado a la perfección de su recorrido y a la incertidumbre que abre su caída, en contraste con la euforia producida por su ascenso”.3 Y agrega: “La pelota se convierte en algo a la vez deseado y temido, cuya posesión es un privilegio y su pérdida un imperdonable fracaso. Si el fútbol es una forma de comunicación, la pelota es el contenido de un mensaje”. Y después habla del hincha. Pero ahí se me cruzan las crónicas y cuentos de Soriano quien escribía sobre fútbol porque, además de apasionarlo, le permitía hablar de la genealogía de padres e hijos en la saga de las pasiones. Ha pasado el tiempo desde el ‘97, año de su prematura partida, todavía busco textos que no haya leído. El otro día descubrí una entrevista4 que le hicieron al gordo y hablaba obviamente de la pasión del fútbol.

—Y la pasión. Ahora la única que une a los argentinos es la del fútbol.
—Sí, y reemplazó a la pasión política.
—¿Cuál es el corazón de ese fervor futbolero que tanto convoca?
—Creo que el fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero con conflicto. Con drama, reflexión e ironía. Y amalgama a la familia, cosa que no consigue la política.1
El fútbol es una metáfora de la vida, del gran teatro de la vida, y el Mundial de fútbol es un momento privilegiado para pensar las cuestiones más actuales de política, psicología y deporte.
El fútbol no es solamente un resultado, una lección que se extrae de un partido (por algo ahora es materia obligatoria para las escuelas poner un televisor en el centro del patio), sino, como dicen muchos, una pasión popular, una identificación masiva que produce efectos de fanatismo imposibles de observar en otros tipos de identificaciones. Ni la identificación al rasgo, ni la preedípica, ni “a lo que nos falta” permiten explicar esta identificación que nombraremos como “identificación al cuadro”.
2- Consideraré algunos aspectos de esta identificación:
Este tipo de identificación intenta hacer uno entre lo más íntimo y la camiseta de un cuadro. Cuando un jugador mete un gol y se besa la camiseta nos dice que no se trata solamente de un gol sino de la demostración de la estrechez que siente entre su corazón y la camiseta. Como toda identificación, crea los que están adentro y expulsa a lo que no sienten lo mismo pero tiene una característica distintiva: plantea dentro del campo social el deseo de participar.
Una ilustración son los hinchas que convertidos en barras intentan ser el jugador número doce y extraen de sus pulmones e ingenio poético una interpretación del partido y de los deseos de resultados. Otra ilustración son las cábalas. La cábala en lo social como el fetiche en lo íntimo se convierten en intocables, y por esa condición quedan fuera del tiempo. Esta condición da a las cábalas ese aspecto risueño, atemporal, pantomímico. Cuando un buen resultado nos encuentra sentados en una posición, debemos repetirla para que el destino lo tome como señal de nuestro deseo de otro resultado exitoso. En las cábalas importan con quiénes estuvimos, qué muecas hicimos, qué dijimos, qué acciones realizamos, todo hay que volverlo a hacer olvidando ahora su valor de necesidad y transformándolo casi en plegaria (muchos por esta característica ponen en relación a este tipo de identificación con las prácticas religiosas).
Las cábalas si bien congelan un momento como repetición de lo mismo no son signo de la pasividad sino de actividad, tienen como objetivo lograr que el destino actúe a favor de nuestra parcialidad. Si bien nosotros no jugamos y no tenemos nada que hacer para determinar el resultado nuestras cábalas nos hacen partícipes.

Otra característica de esta identificación es la más estudiada ilusión de grupo, la equiparación de cada uno como parte de un conjunto que en este caso al ser mundial produce mucho más que ser parte de un país, produce una extraña “ilusión de país”. 23 jugadores con una camiseta de nuestro país se convierten en nuestro país y los resultados nos implican a todos por igual. Por un momento saldré de mi consultorio y le preguntaré sin miedo al taxista, al cartonero, al “chorrito” cómo va el partido. Y sabremos los dos a qué nos referimos. El Mundial achata las diferencias y en un país como Argentina en el que hay tantas, que se produzca semejante milagro pasa muy pocas veces. Esta identificación es la “más política”. Los argentinos ponemos los televisores por todos lados, en bares, restaurantes, escuelas, negocios y ahora también salas de espera porque queremos saber lo que va a venir. Hoy más que nunca nuestro futuro depende de los resultados. Podemos quedar afuera rápido o llegar hasta el 9 de julio fecha que se juega la final del campeonato mundial. Imagino la cara de los políticos contentos con la concordancia entre la fecha patria y la final del mundo. ¡Se imaginan lo que sería ese entrecruzamiento entre la independencia argentina y un golazo de Tevez en la final!

Pero más allá del tipo de identificación, por el Mundial disfruto de lo que voy a hablar durante todo el mes. Cada uno hablará de cómo soporta la derrota y espera el éxito, hablará de cómo se posiciona frente a lo masivo y por su puesto hablaremos del eterno tema del género. Algunos hombres absolutamente obsesionados por el fútbol, otros lamentándose de la suerte de ser distintos, algunas mujeres más fanáticas que “la gorda Matosas”, otras finamente condescendiendo a la sensibilidad social observan el desarrollo de cada partido, otras odiando a los hombres y a aquello en lo que han convertido este mundo que podría haber sido distinto.
Todos hablaremos de la pelota. Eso es lo que vuelve excitante estas épocas, por eso la gran cábala que tengo, más allá de la cantidad de partidos que pueda ver, es poner un televisor en la sala de espera.


1. Sacheri, Eduardo, Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, Editorial Galerna, Buenos Aires, 2003.
2. Pichon Rivière, Enrique, Pampliega de Quiroga Ana. Psicología de la vida cotidiana, Nueva Visión, Buenos Aires, 1985.
3. Ibid, pag. 78.
4. Entrevista a Osvaldo Soriano por Cristina Castello en “Periodismo sin máscaras” en www.paginadigital.com.ar
 
 
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