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   Comentario de libros

El juego, una deuda del psicoanálisis
  de Cristina Marrone, Lazos, 2005
   
  Por Rolando H. Karothy
   
 
Cristina Marrone comienza su desarrollo con una referencia a Johan Huizinga extraída de su libro Homo ludens en la que se refiere al “tono grave” de la cultura del siglo XIX, un siglo que como ningún otro se tomó “a sí mismo en serio”. Esta cita le permite a la autora rescatar esas palabras para señalar de entrada que el juego no es “una manifestación entre otras” sino que su lugar es central y “determina, también por su déficit, consecuencias en la cultura”. Inmediatamente después apela al gran bonete, porque al siglo XXI (por ahora, como en el caso del siglo XX, lleno de “maldad insolente”) se le perdió el juego, y ello indica a los lectores que postula poner en acto en su texto el carácter lúdico que intenta rescatar y renovar en nuestra clínica.

El juego como creación de lenguaje a partir del valor del sentido y la broma, o mejor, del sentido de la broma nos conduce a la satisfacción lúdica que “parece producirse desde la ficción que se instaura en tanto levedad del sentido respecto de lo real”, frase que nos muestra el anudamiento de los registros como una consideración necesaria para analizar el problema del juego en la medida que la ilusión lúdica “trastoca las coordenadas espacio-temporales”.
El juego como “un ejercicio de libertad sobre lo real” es otra de las definiciones que la autora nos adelanta a partir de un análisis de un ejemplo de Huizinga, el de un niño de cuatro años que juega a ser un tren.
Al mismo tiempo Cristina Marrone nos advierte sobre la cara propiciatoria de la ilusión y establece sus matices: es necesario considerar el caso de la ilusión religiosa donde la imagen es compacta e impide crear. Por otra parte, la apuesta por la importancia del juego se manifiesta no sólo en el campo del psicoanálisis con niños lo cual se refleja en estas conmovedoras palabras: “No sólo los genocidios sino las consecuencias que se derivan de la globalización contemporánea son en el límite el testimonio doliente de la crueldad. En ese contexto, resulta elocuente formular una apuesta por el juego en la humildad del acto analítico, desde la perspectiva que sitúa la diferencia que media para el juego, como levadura de la civilización, entre lo agónico de la competición lúdica y el resorte constituido por el juego de los niños”.

El texto establece luego algunas conexiones significativas entre el niño de Huizinga y el juego del nieto de Freud, el Fort-Da, y poco a poco nos conduce con pertinencia lúdica a casos clínicos, a problemas de la estética –y sus conexiones con la ética– donde la referencia kantiana es ineludible, al estadio del espejo leído con ideas novedosas, a los recursos del juego en distintos textos de Freud, a lúcidas referencias e interpretaciones del caso del pequeño Hans, al valor del “como si”, con apelaciones a autores poco trabajados por los analistas como Georg Simmel, Friedrich Schiller, Pierre Francastel y otros.
El avance de las reflexiones permite a la autora proponer nuevas y fecundas maneras de pensar la problemática lúdica. Así es como propone que el juego es correspondiente “con el avance de la subjetivación porque es el artificio mediante el cual, en tiempos instituyentes, un niño pierde al Otro real para establecerlo como plataforma, como campo del Otro”.
Más adelante, un paso lógico fecundo le permite a la autora desplegar consideraciones sobre la sublimación y no retrocede en la crítica a algunas argumentaciones de Freud, sobre todo cuando afirma que éste parte de una observación acertada pero “extrae una conclusión errónea ya que el cambio de meta o fin, el trastocamiento de lo sexual por lo no sexual, es el rasgo distintivo de la sublimación y esto coincide con el acento que le otorga a la latencia pero ello no impide advertir que el juego de los niños sea testimonio del proceso sublimatorio asequible antes de aquel período”.

Nuevas propuestas sobre la operación lúdica nos esperan cuando avanzamos en la lectura: el juego sitúa un clivaje en el saber, sin juego no hay sueño, el juego es circular pero jamás entrópico, el juego se puede entender como “uno de los nombres del duelo”, la posición del analista suministra la clave de la fase del duelo “a la que advienen las diferentes formas de lo lúdico como efecto de la caída del objeto”, el juego bascula entre la representación y lo irrepresentable, “el juego es el guardián de la vida”, el juego “permite el pasaje de la incertidumbre a la certeza de una forma y su escritura”.
Concluir que la posición del analista es lúdica es un corolario que la autora no sólo propone sino que también lo despliega en acto a lo largo de la producción de este libro. La lectura, dijo Borges, es una forma de la felicidad. Agrego: la alegría no es sin el juego. Aquellos que se sumerjan en este libro podrán comprobar la verdad de esas palabras.
 
 
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