Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Mitos

Edipo: mito y anomalía.
  Por Raúl Yafar
   
 
Analizaremos brevemente lo que interpretamos como la causa de algunas de las dificultades producidas al intentar teorizar un final disolutorio del Complejo de Edipo, es decir, un final radicalmente conclusivo. Lo haremos a partir de un examen del mito del personaje de Edipo, mientras –aproximándonos y alejándonos– conversamos con el magnífico libro de Jean-Joseph Goux, Edipo filósofo (Editorial Biblos, 1999).
Para Goux el mito mismo de Edipo es una auténtica anomalía. El mito heroico, en su forma arcaica, típica y universal, no incluye nunca un parricidio, sino el enfrentamiento del héroe a una sombra femenina, monstruosa, a la que derrota.
Edipo implica una regulación fallida de ese “monomito”, como lo llama Goux, que sería el movimiento fundador de la posición masculina prototípica. Edipo es el mito de una investidura heroica fracasada, por ende, trágica, es decir, de una iniciación evitada, esquivada, malgastada. Este mito subvierte el esquema fundamental de la épica, pero –y este “pero” es fundamental– funda la razón griega. Y, por lo tanto, como lo vio Hegel, la “capacidad” filosófica edípica del hombre occidental.

Existen muchos mitos griegos de investidura real –en el sentido de la conquista de la “realeza”–: Jasón, Perseo, Belerofonte. Todos siguen un esquema inalterado: un rey teme que un joven lo desplace, cosa que ha predicho el oráculo, por lo que intenta asesinarlo. El futuro héroe escapa, pero encuentra un segundo rey que le hace un convite: una peligrosa prueba que el héroe acepta. La prueba es siempre eliminar, en combate e inspirado por los dioses, a un monstruo que nunca esconde su característica femenina inquietante, incluso horrorosa. Tras la hazaña, que siempre se realiza de modo gradual y con diverso tipo de ayuda, es decir, siguiendo pasos y sorteando dificultades, el héroe triunfante se casa con la hija de un tercer rey. Tenemos entonces un rey celoso, un segundo rey demandante y un tercero donante.

Observemos que: 1) el que teme ser destituido es el padre, quien descubre en el hijo su finitud –es decir, que el narcisismo del padre dificulta el recorrido–; 2) que el hijo debe esquivar ese temor sangriento, pero aceptar una prueba después –y hacerlo voluntariamente–; 3) que debe haber peligro, debe haber combate y debe haber ayuda de los dioses –triunfar sin esa inspiración es locura o presunción, y no heroísmo–; 4) que lo que se debe derrotar implica lo femenino en su versión más desatada y angustiosa –es decir, la falta y no la “falicidad” narcisista de la mujer, lo que lee bien claro en la anécdota de la cabeza de Medusa en la historia del héroe Perseo–; 5) que los pasos muestran que se trata de un trabajo –de duelo progresivo–; y 6) que, al final, nuestro héroe, sexuado, puede enrolarse en la sucesión generacional –es decir, que tiene un futuro en la trasmisión de algún ideal del Yo–. Toda la estructura es claramente la de una apuesta.1
La estructura del mito de Edipo es paralela a la del mito heroico regular, pero resulta casi una parodia:

1) la prueba impuesta por el rey está ausente y reemplazada por el asesinato de un rey, que es su propio padre. Los tres reyes, en su funcionamiento simbólico, se han reducido a uno, el padre real2.
2) el enfrentamiento con el monstruo hembra, en este caso la esfinge, está lleno de irregularidades: no hay ayuda de los dioses –no la hay incluso de mortales–, no hay gradación en pasos y obstáculos a lo largo de la prueba, sino mera pregunta y respuesta puntuales, no hay movilización de fuerza física, sino ejercicio de la palabra. El esfinge se suicida, no muere en manos del héroe.
3) No hay casamiento con la hija de un rey, sino con la propia madre, con quien incluso entre ambos no se reconocen. Quien no enfrenta con todo su ser y en batalla al núcleo de lo femenino ignoto, tiene por destino quedar preso de su madre.
Vemos para empezar que el ejercicio practicado por Edipo es autodidacta, ateo e intelectual. Mata a su padre, vence al monstruo con el saber de su astucia y obtiene a su madre como premio. No hay transformación alguna de su subjetividad. Desde el punto de vista del monomito arcaico es una completa aberración, un acto de soberbia que sólo puede conducir a destino inevitablemente desgraciado.

Pero, volviendo a Goux, esta disposición “edípica”, este nudo diferencial anómalo, pasará total y extrañamente inadvertido a Freud. Cuando los freudianos fuerzan el mito para normativizarlo y universalizarlo abusan, con sus obsesiones teóricas, de la “paciencia de cualquier lector” más o menos atento. La esfinge es lo impensado, lo que queda sin interpretar dentro del psicoanálisis freudiano.
Goux remarca que, siendo la trama del mito originario completamente distinta del conflicto edípico, la ceguera freudiana es la razón de las dificultades en pensar una disolución del complejo, una disolución que no fuera una mera atenuación de las tensiones puestas en juego en él –pura lucha sintomática de fuerzas económicas–, sino la conformación de una estructura diferente.3
Y el mito heroico era allá y entonces esa estructura diferente: al poner en relieve el tema del monstruicidio por sobre el del parricidio, daba cuenta, sin “el expediente de la prohibición”, del acceso del sujeto masculino a un deseo fundamental.
Valdría la pena revisar –aunque se lo ha hecho cientos de veces ya– cada historial freudiano, para ver cómo cada pieza del Edipo encajaba siempre ajustada­mente, gracias a diversos grados de forzamiento. Es cierto, no obstante, que lo que en Freud era necesidad de justificar una serie de hallazgos novedosos dentro de un clima de cuestionamiento social a veces extremadamente agresivo, en los posfreudianos se volvió una mímica empobrecedora y desaforada. Sea como sea, vayamos pensando que el tema en cuestión que se soslaya en el freudismo –por lo menos ésta parece la crítica de Goux– pasa por una consideración más definitoria del deseo angustiante del Otro, representado en la trama de Edipo por la inquisición enigmática de la esfinge. Es decir, el tema del más allá de la demanda de amor materno.

Hablamos de la significación de un ser peligroso, de un trasfondo oscuro, envolvente, asfixiante, que atrapa y fascina, de un poder agresivo y devorador. Hay múltiples formas de presentación en la teoría de esto4.
Goux le reconoce a Lacan haber iniciado el camino de la reconsideración de ese “sueño freudiano” que es el Complejo de Edipo, aunque bajo el aspecto de una fidelidad a Freud “intransigente y ostentosa”. Lacan ha realizado una revisión que ha sacudido muchos de los preceptos freudianos. La castración decisiva en el hombre pasa por algo más temible que la amenaza paterna, es decir, por un enfrentamiento a la Cosa de la angustia. El padre es un velo que disimula la perturbadora radicalidad de esa dimensión más profunda. El Edipo está al servicio de la represión de la castración, no de su elaboración y atravesamiento. El padre como supuesto obstáculo a franquear es un velo que aleja al sujeto de la radicalidad de su transformación subjetiva. Al apartarse de la limitación freudiana Lacan sólo redescubre la verdad ya reconocida por la tradición arcaica y su concepción de lo que es una iniciación lograda. El desvío de la castración, bajo la idea de temor o de amenaza... es una fantasma, una neurosis, un mito en el sentido peyorativo, en relación a la verdadera instauración del deseo masculino.

La prueba heroica debe representar una fase de “muerte” y sacrificio –duelo, en nuestros términos–, que aporta la condición de un nuevo y radical nacimiento subjetivo.5
La oposición entre deseo del sujeto y la ley de la autoridad paterna no se encuentra en el mito heroico: el sujeto acepta la prueba como desafío necesario, sabe que es una forma de alejamiento del incesto, que tiene un alcance mucho más profundo que una mera prohibición y que, por sobre todo, se alimenta de un deseo íntimo, poderoso, estructural, de sexuación. Ante esto un Complejo de Edipo... sería sólo una distracción.
El padre aquí en todo caso es un soporte posibilitante. Freud humaniza la causa del corte, le quita su necesitad “prehumana, sobrehumana, inhumana”: en términos griegos: sagrada. El corte es ante un anhelo “incestuoso”, por llamarlo así, que es intrínsecamente angustiante, productor de un monstruo terrible, generador de angustia. Es necesario un dispositivo que permita al sujeto su separación y ésta no es el resultado de la cólera de ningún padre. La causa del impedimento no es del padre, así como la faz de la esfinge, en el fondo, carece de humanidad –aunque provenga del lazo con la madre–.

Es la esfinge la que pide sacrificios y suplicios al hijo y no su padre. El mito de Edipo es una escena de orientación fantasmática fundada en evitación de la castración simbólica. En ese sentido, el eludimiento de la castración es la “neurosis” freudiana. El proceso iniciático es detenido por el intelecto reflexivo, Edipo no muere como hijo y no accede a alguna forma de sexuación para poder llegar a la Novia. Escapa a la seductora “cantora”, pero lo hace inteligentemente... para caer en brazos de su madre. El deseo materno, que no ha sido transfigurado metafóricamente, se venga por no haber sido legítimamente desfenestrado.
Pero asimismo el mundo moderno, el mundo de Edipo, “el primer filósofo”, vive el permanente suicidio de la esfinge como victoria inaugural de la razón y de la conciencia de sí. Y resulta inherente a ese mundo una sensibilidad indiferente hacia lo castrativo y femenino, involutiva, tanto de sus aspectos inquietantes como de los creativos. Edipo funda la perspectiva antropocéntrica –de rostro humanizado– para cerrar la apertura de la angustia, suturándola, sin resolverla. No hay más lugar para la ética de la tragedia. Y el gran derrotado –no tenemos espacio para extendernos en este punto– es Tiresias.6
Es cierto también que en este logro hay una liberación de las ataduras del mundo clásico. Desde Protágoras, pasando por Descartes hasta Nietzsche, se desarrolla la voluntad autónoma de poder del hombre. Su curiosidad, su deseo de conocer, de penetrar los secretos de la naturaleza, de correr todo velo, de abolir la autoridad de una tradición que lo excedería.
Esa tradición cae con nuestro moderno filiarcado occidental.

La nueva razón es escópica, desacralizante, y en términos de Goux: autológica, autorreflexiva, autorreferencial, autoontológica. Edipo, decimos, es un autó-crata, un auto-didacta, que termina auto... castigándose. Edipo se juzga, se daña y se condena. El circuito entero del recorrido es realizado por Edipo por y en sí mismo. Su saber autista, que ubica al hombre en el centro de la escena lo autonomiza del circuito heroico, pero lo arroja a un crimen del que no podrá salir.7
Filósofo no iniciado condena a Occidente a la pérdida del rumbo que lo aleja del respeto por el abismo y por el Ser que, cada vez más ausente, se autoaniquila en la insistencia de una repetición cada vez más desorientada.
El genio de Freud es haber detectado el residuo inconsciente de este proceso junto con su tópica. La perspectiva edípica interiorizada es la traducción de ello. Pero Freud sólo registra y explora ese modo histórico de subjetividad que ha instituido el antropocentrismo griego –cuando éste se olvida de lo sagrado– sin apartarse de su configuración, sólo descubriendo sus ramificaciones, insospechadas hasta entonces y sus efectos sintomáticos para el sujeto.
Como suelo afirmar, la teoría de Freud es una teoría neurótica, no una teoría sobre la neurosis, lo que deja al psicoanálisis preso de su configuración edípica, sin poder captar una universalidad más profunda. No capta que la amenaza a superar amerita un movimiento que debe ser apuesta, prueba y acto al mismo tiempo. De allí el desconocimiento de la sexuación masculina en lo que tiene de más radical, como de lo femenino no materno, ambos sólo liberables gracias a esa apuesta que se vive sin el Otro.

La sospecha de Lacan –implícita a veces, muy explicita en otras– es que el Complejo “de Edipo” es la resultante neurótica y fallida de la sexuación. Es necesaria una lógica de la sexuación “pos-edípica”, que no haga del análisis una historia interminable, que disuelva al Superyó como supuesta instancia “de la cultura”, que termine con las lecturas racionalistas de la angustia, que habite el Ser como fundamento dejándolo hablar en el hombre, que interiorice el cimiento de lo psíquico respetando su cualidad de goce singular.
Vivimos la culminación de un Occidente infinita, interminable, insupera­blemente edípico; neurótica y pobremente sexuado, donde predomina la conciencia de lo escópico y sus derivados narcisistas inmortalizantes, donde lo bello se ha ausentado de lo sagrado –reducido a lo fascinante–, donde la dimensión del no-todo es postergada, abolida, minimizada –aún y cada vez más por las mujeres mismas–.
Esto obstaculiza el pasaje a una lógica de la castración que dé lugar a la pulsión y a su goce radical, dejando de pensarla como erótico-incestuosa y/o mortífero-destructiva.
Quizás como podría pensarla alguien más inspirado en el budismo zen, es decir, como un movimiento donde lo más espiritual del hombre acaezca con la brutalidad de la risa de los niños –no edípicos–, libres de los diversos nombres de la culpa. Aunque no, por supuesto, de la responsabilidad de sus actos de sujeto.


__________________
1. En el sentido de Pascal.
2. A su vez conocido por su paidofilia perversa y, como sabemos, frustrado asesino de niños. Me refiero, obviamente, a Layo.
3. En Sujeto. acto, repetición” (Letra Viva, 1997, en co-autoría con Carlos Basch) me interné profun­da­mente en este tema en el texto “El atardecer del Padre”.
4. Mencionemos el “verdadero Superyó” de Melanie Klein, más antiguo que el freudiano o la madre “cocodrilo” de Lacan. En algunos de mis libros he realizado, por ejemplo, sucesivos análisis de la jirafa devoradora en el historial de Hans, a partir de mis lecturas del Seminario cuatro de Lacan. Ver El caso Hans. Lectura de Freud (Nueva visión, 1991) y Fobia en la enseñanza de Lacan (Letra Viva, 2004).
5. Así puede entenderse ese deseo –que anida en todo neurótico– de “más castración”. Ver el seminario de la Angustia.
6. El verdadero gran héroe de todas la tragedias de Sófocles. La tragedia anticipa la caída de la importancia de Dioniso, ante un hombre cada vez más teórico, ebrio de conocimientos puros, pero anticipando que ese movimiento será catastrófico.
7. Por lo menos, hasta el final de “Edipo en Colono”.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 187 | diciembre 2014 | La declaración de sexo y los celos en la fantasmática masculina 
» Imago Agenda Nº 180 | mayo 2014 | Elección y experiencia de la castración 
» Imago Agenda Nº 168 | marzo 2013 | Fantasmas de Pareja 
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | La opacidad de la Transferencia y el Acto Analítico: ese momento inconfundible 
» Imago Agenda Nº 153 | septiembre 2011 | Dinero, sexo y rechazo al psicoanálisis 
» Imago Agenda Nº 147 | marzo 2011 | Locura y Psicoanálisis 
» Imago Agenda Nº 141 | julio 2010 | Acto de amor, Acto de pago 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Semblante e Impostura en la sexuación 
» Imago Agenda Nº 123 | septiembre 2008 | Fobias de ayer y de hoy 
» Imago Agenda Nº 121 | julio 2008 | Desamparo subjetivo y niñez 
» Imago Agenda Nº 109 | mayo 2007 | Los visitantes nocturos en la pesadilla 
» Imago Agenda Nº 106 | diciembre 2006 | Ética y sensatez 
» Imago Agenda Nº 96 | diciembre 2005 | Crueldad y ternura. 
» Imago Agenda Nº 89 | abril 2005 | Secreto, intimidad, vergüenza y misterio. 
» Imago Agenda Nº 82 | agosto 2004 | Releyendo las fuentes del psicoanálisis 
» Imago Agenda Nº 78 | abril 2004 | Tragedia, duelo y sacrificio 
» Imago Agenda Nº 73 | septiembre 2003 | El cuerpo del orgasmo 
» Imago Agenda Nº 69 | mayo 2003 | Un nuevo comienzo 
» Imago Agenda Nº 64 | octubre 2002 | Tener o hacer 
» Imago Agenda Nº 59 | mayo 2002 | Algún futuro 
» Imago Agenda Nº 53 | septiembre 2001 | Ejercicio de orientación dialectal  (para analistas de Buenos Aires)

 

 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com