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   Mitos

La caída del Ícaro
  Por Carlos Pérez
   
 
Huyendo de la prisión del laberinto, Ícaro y su padre, Dédalo, emprenden vuelo gracias a unas alas confeccionadas con plumas pegadas con cera. Borracho de emoción, Ícaro se eleva hacia el sol a pesar del consejo paterno en contrario, la cera se derrite y cae al mar.
Es conocida la lectura alegórica que suele hacerse de este mito; no obstante, hay elementos que permiten orientar otra estima. Otra entre tantas, ya que un mito tiene innumeras versiones, casi tantas como interpretaciones posibles. Entraremos en la escena guiados por la perspectiva de Pieter Bruegel –el viejo–, quien a fines del Renacimiento pintó La caída de Ícaro. No es fácil descubrir a Ícaro a primera vista; mirando con atención se lo encuentra, hundiéndose en el mar, en el ángulo inferior derecho de la obra; pero esta inadvertencia no es sólo para el ojo del observador sino también para los personajes representados: en primer plano, un labrador permanece atento al surco de su arado, un pastor de ovejas, algo más abajo, está de espaldas al mar y hasta el perro y las ovejas a su cuidado miran en otra dirección; próximo a Ícaro, un pescador parece absorto en su tarea. Quizá Bruegel quiso expresar cierta humana desatención hacia lo implicado en esa tragedia, en contraste con el señalamiento de Ovidio en Las metamorfosis1, quien sostiene que al verlos volar, los labradores, pastores y pescadores habrían tomado a Ícaro y Dédalo por dioses. Un dato más: en la obra de Bruegel hay una rara avis posada en una rama cercana al pescador, se trata de Talos, sobrino de Dédalo, metamorfoseado en perdiz.

Si Ícaro es apenas perceptible, Dédalo directamente no está. Bruegel, en cambio, ha llevado la situación al extremo de representar a los personajes secundarios totalmente desatendidos de la caída, dejando apenas distinguir las piernas de Ícaro al momento de hundirse en el mar. Tenemos planteada la problemática de una escena, que siendo escena de una caída se transforma en caída de la escena.
¿Ícaro se precipita al no sostenerse como un dios en su afán de aproximarse al sol? Dejemos abierto el interrogante hasta dar un rodeo por el mito: Se cuenta que Dédalo era miembro de la casa real de Atenas y personificaba al genio creador. Dáidalos, en griego, es “el que trabaja con arte”. A su vez, Ícaro tenía una contrafigura que lo antecedía y determinaba. La hermana de Dédalo –llamada Policasta o Perdix– le había entregado a su hijo Talos para que lo criase; con él compartía su taller en Atenas, dedicado a la arquitectura, la cerámica y la escultura. Prolífico inventor, a Dédalo se le adjudicaba la creación del mástil y la vela de las embarcaciones, el nivel de los albañiles y otras invenciones. Pero el talento del joven lo sobrepasaba: cierta vez que debía modelar una vasija de barro, Talos concibió el torno para simplificar la tarea, inspirado en las hileras de dientes de una serpiente construyó una sierra, también inventó el compás y la rueda del alfarero. Disimulando apenas la envidia, Dédalo lo invitó a pasear por el templo de Atenas, y llegados a lo alto del santuario lo arrojó al vacío. Se dice que Dédalo no hubiese consumado el crimen de no haber también alimentado sospechas de que Talos mantenía relaciones incestuosas con la madre.

Descubierto el crimen, el tribunal del Areópago lo condenó a muerte mientras desde el fondo del recinto un ave asistía a la degradación del acusado; era Talos, que por virtud de Atenea había vuelto a la vida luego de que ésta le cubriese el cuerpo con plumas, transformándolo en perdiz. La elección de este animal para metamorfosear a Talos es doblemente significativa, ya que además de reproducir el nombre de la madre se trata de un ave que no puede alzar mayormente el vuelo.
Dédalo consiguió huir y luego de ocultarse un tiempo en uno de los demos del Ática se embarcó rumbo a Creta, donde el rey Minos lo recibió con todos los honores. Decidió quedarse a vivir allí, aunque privado de libertad debió someterse a los designios del rey, quien le exigía diseñar joyas para sus hijas, esculturas para los jardines del palacio de Cnosos y soluciones arquitectónicas para la ciudad. En un momento, por secreto encargo de Pasifae –bella esposa de Minos– pergeñó una forma de vaca para que metida dentro, ella recibiese al blanco toro sagrado de Creta, del que estaba enamorada. De esa unión nació el terrible Minotauro. Al tomar conocimiento de su existencia, el rey impuso a Dédalo la construcción de un laberinto para ocultarlo.

El Minotauro se alimentaba de carne humana, por lo que Minos obligó a los atenienses, enemigos de Creta, a enviar un periódico tributo de siete muchachos y siete doncellas para ser devorados por la fiera. Teseo, valiente hijo del rey de Atenas, decidió ir para liberar a los suyos del flagelo. Enterada de su presencia, Ariadna, hija de Minos, solicitó la ayuda de Dédalo, quien sugirió que el joven desoville una lana desde la entrada del laberinto para orientarse una vez que hubiese dado muerte al monstruo.

Así sucedió. Informado de la complicidad con Pasifae y Ariadna, el rey encarceló a Dédalo en su propio laberinto junto a su hijo Ícaro, nacido de la unión entre Dédalo y una esclava cretense llamada Náucrate, que significa “la que domina el mar”. A Dédalo se le ocurrió fabricar alas para escapar como pájaros en vuelo, ya que el laberinto carecía de techo; si bien al comienzo Ícaro no aceptó la propuesta, terminó por colaborar. Seleccionaron pequeños haces de plumas –quizá Dédalo estuviese inspirado en Atenea; todo es tan raro que aún eso es posible hubiera dicho Borges-, los ataron con hilo de lino y les dieron forma de alas con cera tomada de panales de abejas. Listos los dos pares, los sujetaron al cuerpo y emprendieron vuelo luego de que el padre recomendase al hijo no volar a gran altura para que el sol no fundiera la cera, ni demasiado bajo para que el mar no humedeciera las plumas. También le rogó que lo siguiera de cerca, sin decidir un rumbo propio. Pero Ícaro se elevó, entusiasmado por la libertad del vuelo, la cera se derritió y cayó al mar ante la desesperación del padre. Por la noche, luego de sepultar a Ícaro en una isla Dédalo se cruzó con una perdiz, a la que maldijo, llorando, mientras el animal –Talos metamorfoseado– saboreaba la venganza, placer de los dioses, Atenea mediante.
En la muerte de Ícaro se cumple el siniestro destino del hijo que duplica una anterior caída, el crimen de Talos. Desde aquel infausto momento, Dédalo había perdido la libertad hasta concluir pagando con la misma moneda. En la recomendación a Ícaro de no alzar vuelo en demasía hay quizá una premonición derivada de lo acontecido con el sobrino, quien se había elevado creativamente por encima del tío. La caída es compleja en su determinación, confluyen al menos estos elementos:
a) La repetición, que es condena de Dédalo.
b) La caída del ideal, ser dios admirado por los hombres, acercándose al sol.
c) Los peligros del genio creador que desafía las leyes naturales.
d) El trágico retorno a la madre, “la que domina el mar”. El lugar donde Ícaro se ahogó pasaría a ser llamado “mar de Icaria”.

El sugestivo retorno a la madre tiene correspondencia con la inicial presunción de Dédalo acerca de que Talos cometía incesto con Policasta. Al constatar que el encono de Dédalo con su sobrino tiene la doble procedencia que amalgama incesto y genio creador, damos con el dilema que emparenta a Talos con Edipo. En El nacimiento de la tragedia2, Nietzsche destaca los tres determinantes de Edipo –asesino de su padre, esposo de la madre y solucionador del enigma de la Esfinge– e infiere que el quebrantamiento de la ley de individuación y el orden humano tiene por causa una trasgresión. El mismo Edipo que descifra el enigma planteado por la Esfinge violenta la ley como asesino del padre y esposo de la madre. En consecuencia, Nietzsche afirma que la sabiduría es una atrocidad contra el orden, y quien con su saber precipita a la Esfinge al abismo sufre en sí la disolución. Concluye aseverando que la espina de la sabiduría se vuelve contra el sabio, de allí que al “Conócete a ti mismo”, inscripto en el frontispicio del templo de Delfos, le siguiera “pero con moderación”, evidencia de la necesidad de un rescate que poniendo límite restituya el orden. Freud afirma algo en esta perspectiva en uno de sus momentos nietzscheanos. En el “Manuscrito N”, enviado en 1897 a su amigo Fliess3, a propósito de lo sagrado afirma que la cultura se organiza en torno a la prohibición del incesto, pero sin tachar de “incestuoso” a quien atraviese la valla que impide la libertad, lo llama “superhombre”, sacrílego trasgresor del orden establecido.

En el mito de Ícaro y Dédalo esta cuestión aparece desde el punto de vista del padre, que sintiéndose superado en talento creador por Talos sospecha el incesto y comete el crimen arrojándolo desde lo alto del templo, caída siniestramente duplicada por Ícaro. Debemos discriminar, por lo tanto, algo decisivo: la prohibición del incesto inaugura la cultura, Lévy-Strauss afirma que consiste en el devenir de la cultura misma4. Pero cada vez que alguien iluminado de póiesis sea capaz de ir más allá del horizonte, la angustia por lo que sale de los códigos incita a echar mano al fantasma del incesto como protección ante lo desconocido, con la consiguiente amenaza, que en el mito que nos ocupa se efectiviza en Talos. La cultura es principalmente conservadora de lo establecido, en tanto el creador, desafiando al miedo se atreve a lo impensado.
El Ícaro de Bruegel presenta el espanto ante la dimensión creadora, concebida trágicamente. El manso pastor, el sufrido labriego o el zonzo pescador no podían menos que voltear la cabeza.

1. “Libro VIII”. Colección Austral de Espasa-Calpe. Madrid, 1980.
2. Capítulo 9. Alianza Editorial, Madrid, 1983.
3. Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Amorrortu, Buenos Aires, 1994.
4. “El problema del incesto”, en Las estructuras elementales del parentesco. Paidós, Buenos Aires, 1969.
 
 
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