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   Problemas y controversias

Tóxicos y pecados argentinos.
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
“Algo en la realidad es esquivo al conocimiento racional. A éste le es ajeno el sufrimiento: puede definirlo subsumiéndolo, puede buscar medios para calmarlo, pero apenas puede expresarlo mediante su experiencia: eso lo consideraría irracional. El sufrimiento llevado al concepto permanece mudo y no tiene consecuencias: esto se puede observar en Alemania después de Hitler”.
Th. W. Adorno

I. ¿Cómo cuestionar la política de las organizaciones armadas durante la fatídica década del 70, si fueron exterminadas de un modo horroroso y cualquier asomo de crítica parece restaurar la teoría de los “dos demonios”? Se impone así un tabú que promueve la inhibición de pensamiento: el que critica (si no pertenece a la derecha, claro) debe defenderse a cada paso para que no lo confundan, para mostrar que no se ha salido de los cauces políticamente correctos. Entonces, finalmente y para ahorrarse engorros y hasta denuncias, se habla de la “generación del compromiso político” y se deja de lado que el “ideal políticamente revolucionario y articulador de las clases subalternas” tenía de particular la toma de las armas, la legitimación de la violencia, un clima moral redentorista y mesiánico (el famoso “hombre nuevo” de Guevara, claramente inspirado en la Biblia cristiana), y lo que no es para nada marginal, la cristalización de jergas tomadas, en un caso, del populismo de izquierda, y en el otro, de la tradición revolucionaria rusa y hasta de la vietnamita, las que reducían las inevitables complejidades de la política a una apuesta al coraje y a la aventura, a una extraña dignidad vital coaligada con un indudable y extremo culto a la muerte1.

Se dirá, y con razón: las complejidades de la política no existen en circunstancias extremas, cuando todo, absolutamente todo, queda brutalmente simplificado, al constituirse dos bandos sin medias tintas entre ellos. Lo que hay de verdad en este aserto, disimula que, en realidad, uno de los bandos era ya y a la altura de 1976 un bando en derrota (la dictadura no derrotó a un ejército ni a una formación militar considerable, se dedicó a la caza del hombre) y el otro estaba formado por un núcleo duro de adherentes (mucho más extenso de lo que suele suponerse) y una más extensa, muy extensa capa de adherentes pasivos; eran los que durmieron tranquilos o indiferentes la noche del 24 de marzo –y no se trataba, en absoluto, sólo de burgueses; también eran muchos los trabajadores y los sectores de las clases medias–.
¿Cómo podía ser de otro modo? ¿Cómo habría sido posible que el terrorismo de Estado trabajase totalmente impune y a la luz del día con sus rastrillajes, sus persecuciones, sus controles de todas las esferas de la actividad privada y pública, con el desplazamiento continuo de sus Falcon verdes, con la prepotencia tóxica y maníaca de sus policías, sin gozar, al menos en los tiempos iniciales, de un amplio consenso, sin gozar de esa forma de acuerdo que consiste en una incestuosa complacencia de los súbditos con los dictámenes de un poder desnudo, obsceno, con las arbitrariedades de un poder que grita a quien quiera oírlo que es dueño de la vida y de la muerte de los ciudadanos?
Cuando toda esta realidad es cubierta por el manto discursivo de los derechos humanos, entonces el velamiento se vuelve completo: la memoria que necesariamente es una función del olvido, se vuelve ahora cómplice de la censura, que no es lo mismo.

Sin duda, la ideología de los derechos humanos2 fue un notorio marco de resistencia ante la devastación; pero también fue (en ese contexto) una ideología defensiva, una forma de paliar la derrota; erigirla, ahora, en discurso normativizado, implica consolidar esa moral oportunista y olvidadiza que ayer legitimaba la violencia, venga de donde venga, a condición de no ser afectada por ella, y hoy termina exaltando la pureza democrática y republicana, y canta, con ese tono perentorio, altivo, que los extranjeros notan en nosotros, el canto de los derechos humanos.

II. El punto de inflexión radica, justamente, en los comienzos de la guerrilla urbana en Argentina, a fines del 60. Hay, con seguridad, un factor exógeno: la correlación entre la paranoia anticomunista norteamericana, encarnada en los ejércitos sudamericanos y la doctrina de la llamada “seguridad nacional”, y el impulso que vino de Cuba, que quería elevar a norma general y necesaria lo que fue una acumulación de accidentes imprevistos e imprevisibles, luego cohonestados como si el propio destino los hubiera escenificado; norma condensada en el denominado “foquismo” que sistematizó el entonces joven Regis Debray y encarnó hasta el sacrificio Ernesto Guevara3.
Mas los factores exógenos nada hacen por sí mismos: sin desdeñar al nacionalismo católico, siempre ambiguo en sus movimientos bruscos a izquierda y a derecha4, estos factores hallaron un factor interno, aglutinante y hasta desencadenante, en la peronización de la juventud universitaria o parauniversitaria, cuyos padres habían sido fervientes antiperonistas; juventud decepcionada por la ritualización de la izquierda tradicional, por el fracaso de los radicalismos, el de los viejos gorilas, el de Frondizi; juventud que en pasmo y éxtasis llegó a creer, como se decía, que “la revolución estaba a la vuelta de la esquina”5; juventud que, en fin, actuó en espejo con los sectores marxistas, los cuales más allá de las divergencias teóricas, terminaron conquistados por la misma convulsión pasional, por el mismo instantaneísmo mesiánico, y sin duda católico: católico, apostólico, militar.

Perón, el viejo general, caudillo astuto y más bien conservador, se dejó vestir de “Potro”, como llegó a calificarlo la Juventud Peronista, con redoblante y desfile y baile; y daba rienda suelta a la izquierda de su movimiento y también a la derecha sindical, mezclada turbiamente al fascismo y a la delincuencia policial, promovía todas las demandas, de arriba y de abajo, del proletariado, de la clase media, de la burguesía, y prometía satisfacerlas a todas, activando las pasiones encontradas hasta la incandescencia, para luego aparecer en escena como el único garante del orden: quizá pudo haberlo logrado (y qué distinta hubiera sido la historia posterior…) si no hubiera estado ya extenuado y al borde de la muerte.
Por vez primera el peronismo se tragó al país: dentro de él cupo absolutamente todo; la primera y definitiva muestra del comienzo del infierno fue la matanza en los bosques de Ezeiza, cuando la derecha peronista anticipó los métodos que perfeccionaría el terrorismo de Estado.

Retorno al comienzo: el terrorismo de Estado fue causa de desastres sociales, sin duda y no quiero abundar en lo que ahora se impone en primer y definitivo plano; pero también fue efecto de algo que estaba podrido, profundamente podrido de antemano: entonces, ¿cómo ignorarlo? ¿cómo dejar de percibir las huellas actuales, bien actuales de todo esto, la indiferencia de vastos sectores, indiferencia que suele teñirse de hostilidad, por la memoración, tanto la colectiva como la oficial, del 24 de marzo; cómo no ver la casi ridícula (y más bien patética) reducción de la izquierda llamada extraparlamentaria (en verdad lumpenizquierda) a la fetichización del pasado con consignas que emulan a las de los Testigos de Jehová? Y más allá todavía (y más profundamente quizá) ¿cómo es posible pensar ahora una política de izquierda si muchos de sus representantes, incluso de aquellos que presumen de intelectuales críticos, no son capaces de hacer el duelo por la doble derrota, la de la insurrección en los ‘70 y la del desplome de la Unión Soviética en la década posterior?

¿No hemos visto, con un aspecto en verdad tragicómico, a intelectuales levantar las banderas de una política al margen del Estado en momentos en que el Estado argentino estaba al borde de la disolución? ¿No vemos todavía a quienes, por desesperación quizá, adhieren a indignidades teóricas como las de John Holloway, quien nos enseña a cambiar el mundo sin tomar el poder (¡oh!), o a la asombrosamente estúpida idea de Negri y Virno acerca de la multitud, que se movería mundialmente como si la revolución fuera una suerte de pic-nic universal convocado por el ritmo de Elvis Presley?
Pero insisto, hay algo que no es tragicómico sino trágico a secas. En medio de tanto oportunismo, Eduardo Pavlovsky tiene razón cuando escribe: “No existe terrorismo de Estado sin complicidad civil. Yo comparo al pueblo argentino con el alemán, que facilitó el antisemitismo y los crímenes de Hitler”
Con la diferencia de que allí, la literatura (por cierto Thomas Mann, y también el notable escritor austríaco Hans Lebert; y ambos nombres son sólo los emergentes de un grupo más vasto), dolorosamente se ha abocado, sin piedad, a desnudar el oscurecimiento del mundo.


1. El epítome de ese culto es la muerte del “Che” Guevara en Bolivia.
2. La abstracción y universalidad de la noción de “humanidad” no desconoce la violencia que el hombre ejerce sobre el hombre, pero reduce la posibilidad de redención al terreno jurídico, formal, formalista más bien. Así expulsa tanto a la sinrazón, como al traumatismo y al odio, de la esfera del entendimiento; incluso de la rica posibilidad de entender que es imposible entender, sea enigma o, más radicalmente, misterio de los orígenes.
3. Una vez más: si alguien insiste en que ahora practico, nuevamente, la teoría de los dos demonios ( ¡ y así prolongamos la interdicción de pensar!), puedo decir, simplemente, que no es posible poner en un mismo plano a quien tortura y humilla y a quien se limita a matar; pero no se puede dejar de subrayar algo absolutamente esencial: en tiempos y en situaciones extremas los enemigos, a la vez que se diferencian, a veces de una manera radical, no cesan de compartir un cierto estilo de pasión y hasta de culto; es justamente por ello que pertenecen a una época determinada. Las épocas posteriores olvidan esto, por razones sin duda comprensibles, pero que siguen siendo nefastas, tóxicas. Léanse los discursos que Ilya Erhenburg pronunció por radio durante la Segunda Guerra Mundial para alentar al Ejército Rojo cuando avanzaba a paso de carga y de odio sobre Alemania; piénsese en lo que tienen de común el fundamentalismo de Bush y el de Al Qaeda; piénsese en el militarismo exacerbado de la guerrilla argentina.
Es preciso decirlo ante la demagogia políticamente correcta: la guerrilla argentina (aún si uno está dispuesto a reconocer el coraje y la honestidad de muchos) fue una regresión política; Alfonsín no se equivocó cuando habló de la “soberbia armada”, soberbia de la “juventud dorada” que desde los tiempos de Lugones soñaba con organizar y conducir los destinos de la República.
4. Uno piensa, claro, en los jesuitas y en su contribución a Montoneros; y también en ese acto de verdadero canibalismo que fue el asesinato de Aramburu; y digo canibalismo porque Montoneros siempre rindió tributo a la dignidad con que murió el general enemigo, cuyas virtudes asimilaron los ejecutores del sacrificio; pero habría que llevar las cosas más atrás. Por ejemplo a ese extraño Joe Baxter, quien pese a su apellido (o quizá por él, el nacionalismo argentino es cosa de extranjeros, solía decir Borges) fundó el movimiento Tacuara, que disolvía a tiros los actos en los que participaba la madre del Che, Celia Guevara; Baxter terminó entrenándose en Cuba. Se cuenta que cuando visitó a Perón en Madrid, éste, que no estaba actualizado puso en la mesita fotos, entre otros, de Mussolini. Baxter, se dice, se limitó a mirar y a decirle: “General, ya no estoy más en eso…”
5. Y tuvieron la desgracia de que la derecha les creyó, a pie juntillas.
 
 
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