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   Colaboración

La Novela de Lacan
  1. Paris, mito lacaniano (primera entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Los mitos modernos se comprenden aún menos que los mitos antiguos
Balzac, La Vieille Fille

Como todo el mundo, digo que alguna vez escribiré una novela. Una novela acerca de la infancia y juventud de Jacques Lacan. Confieso estar archivando datos comúnmente ignorados, tener listo el andamiaje de varios capítulos y una decena de páginas que podrían pasar por definitivas. Sin embargo, la esperanza de que mi novela termine por escribirse es minúscula. Carezco de los deseos específicamente literarios de tramar acontecimientos, colorear atmósferas, retratar personajes, emplazar puntos de vista. Siento ridícula la exigencia elemental de que una novela debe de ser novelesca, cuando soy yo el que escribe. Además, me repugna la idea de fabricar un Lacan sometido a la relojería del misterio y el develamiento; de la ilusión, el derrumbe y la restitución; de las premisas y la conclusión o, peor, la solución de figurarlo fisionado en una perorata de monólogos interiores. Más que escribir, quiero leer ese libro. Espero convencido que alguien lo hará el día después de la fecha en que se publiquen las otras fotografías, aparezcan testimonios no protocolares de familiares, analizantes y asistentes, y se abran los archivos Jacques Lacan al dominio público. Se entiende que persigo la infancia y la juventud de Lacan, no una novela. Pero se pone difícil esperar. Después de cumplir los cincuenta, uno comienza a sentirse menos propietario del futuro y más conciliador con las soluciones de compromiso. En ausencia de la reconstrucción verificable, crece el interés por las construcciones verosímiles y se justifica la apuesta de mitologías provisorias que –como las del noble antecedente de la metapsicología freudiana– lleguen a ser buenas para pensar. Entonces, se impone una visión. Empieza a dibujarse un pequeño Jacques, de no más de tres años de edad, en compañía de un señor mayor cubierto con un fez rojizo. Están observando algo a través de las altas ventanas de la primera planta del edificio dieciochesco situado en el 88 del bulevar Beaumarchais de la ciudad de París.

El hombre se llama Charles Baudry, es el abuelo materno de Jacques, y el sitio de la escena es su casa. No estamos ante un acontecimiento infrecuente. Nieto y abuelo son vecinos cercanos; el niño vive enfrente, en el 95 del mismo bulevar, el edificio puede verse entero desde el ventanal, del basamento pretencioso hasta los adornos en aguja de la mansarda. Si bien en la orgullosa monotonía de los bulevares del barón Haussmann todos los edificios son semejantes, Jacques aprendió a distinguirlo. “Allá” está el piso donde reside con la madre, el padre, los dos hermanitos, Raymond y Madeleine, y la gobernanta, Pauline. “Allá”, señala más abajo, el piso que ocupan los abuelos paternos, Émile y Marie Julie, y los tíos. Ningún miembro significativo de la familia vive a más de cincuenta metros ni en espacios disímiles. El niño circula entre ellos. Ahora bien, el juego de las identificaciones territoriales y las conversaciones con Charles se están prolongando mucho más de lo acostumbrado. Jacques está más locuaz que de costumbre, pero no podría estar ahí la razón. No somos testigos de una visita habitual. Está retenido en el 88 desde hace casi una semana: es imperioso hacerlo para alejarlo del contagio. En el 95, la beba es controlable, pero no podría evitarse algún arrimo de Jacques a los vasos, los juguetes, al aliento del cuerpo amarillo cetrino de Raymond, tumbado por la hepatitis que va a matarlo.1

Supongamos que en esas involuntarias vacaciones el abuelo decide mostrarle, por primera vez, su inesperado taller. La portezuela hasta el momento clausurada abre a otro espacio, a brillos e instrumentos nunca vistos, a olores extranjeros. Entonces, le son reveladas las finas artes del batidor de oro, la maleabilidad asombrosa de un metal de dorado absoluto que, con precisos golpes sobre el yunque plano, se convierte en una lámina finísima como la del papel de los bombones. Con pacientes palabras y gestos didácticos, Charles distrae el desasosiego de Jacques instruyéndolo en la superioridad del oro primordial sin aleaciones de aquellas láminas sobre el oro impuro de los anillos y de los fundidores de dijes en moldes de cera perdida. El nieto escucha incrédulo, aunque fascinado, las pruebas tangibles del valor legendario de ese metal. Charles asegura haber adquirido, con el oro que cabía en una frutera, un edificio de siete pisos después de que se disiparon de la ciudad el humo de los cañonazos de la ocupación de los prusianos y del gobierno de los comuneros. Y le cuenta indignado cómo una astuta operaria del gran taller de Saint-Denis le robó oro suficiente para comprar dos caballos briosos con sólo emplear, a lo largo de un año, la microscópica treta de adherir a la cabellera el polvillo dorado retenido en los surcos dactilares y recobrarlo en el fondo de enjuagues de palangana en su mugrienta buhardilla. A partir de entonces obligó a los operarios no solamente a sumergir las manos, como es de rigor, en el piletón con tapa de la salida, sino a cubrirse las cabezas con turbantes. Esas y otras historias, como las de Huiart y de Savard, los dos grandes traidores al gremio, y los elogios al Patrón oro, legislador mundial de las finanzas, aparecerán y reaparecerán en muchas otras ocasiones en la niñez y juventud de Jacques Lacan.

Sí, podría escribir un capítulo entero de la conversación en el taller, sumando minuciosamente, como la ladrona del abuelo, más y más indicios para que mi semejante, el lector lacaniano, caiga en la cuenta de que estoy fabulando la arqueología del único mito reconocido de la enseñanza de Jacques Lacan: el de la lamelle, la laminilla libidinal de “Posición del inconsciente”, cuyas propiedades metamórficas, de intercambio e inmortalidad son las del oro que Charles Baudry batía a golpes: la lamelle d’or pur es una expresión de uso corriente en joyería francesa. Se trata, ciertamente, de una hipótesis ficcional. No me atrevería a pronunciarla en una institución analítica ni en un grupo de estudio, por muy cronológico de Lacan que se anuncie; sin embargo, me permite leer despabiladamente ciertas rarezas del mito; particularmente el hecho de que nazca como un dorado omelette primigenio (el Hommelette) y, un párrafo más adelante, se convierta en una ubicua laminilla. Ninguna de las justificaciones que escuché de expertos lectores de Lacan resulta más admisible que la del taller del abuelo materno. Así como ninguna resulta más trivial que la sostenida por Lacan en la página 825 de los Escritos: “su nombre [Hommelette] vamos a cambiarlo por este otro más decente de laminilla”. ¿Razones de decencia?

No podía ser de otra manera, quien construye un mito debe des-conocer las fuentes ordinarias de su materia. La trivialidad del autocomentario de “Posición del inconsciente” está prevista en la Obertura de Lo crudo y lo cocido de Claude Lévi-Strauss: “El ejercicio y uso del pensamiento mítico exigen que sus propiedades se mantengan ocultas… es dudoso, por decir lo menos, que los indígenas del Brasil central conciban realmente, [en] los relatos míticos que los fascinan, los sistemas de relaciones a los que nosotros los reducimos… No pretendemos mostrar cómo piensan los hombres en los mitos, sino cómo los mitos se piensan en los hombres, sin que ellos lo noten”.2 Lo incuestionable es que ciertas cualidades del mito de la laminilla resultan absurdas mientras rija la solución del omelette. Leamos: “Tenemos aquí algo que no sería agradable sentir derramársele a uno en la cara, sin ruido durante el sueño, para sellársela”; si nos figuramos ese algo como una reptante omelette babeé, la imagen final se parecerá más a una guerra de tortas de crema del cine mudo que a la pesadilla gótica que aspira ser. En cambio, ese sellado mudo de la cara se vuelve horrorosamente legible si ese algo es oro fundido que enfría en laminilla. En lugar de enchastrarla de huevo batido frito, el derramamiento del metal produce una clausura fúnebre que nos traslada a las máscaras mortuorias de oro moldeado sobre la escayola del rostro de un difunto. No sólo el abuelo Charles, los días de cuarentena, la muerte amarilla de Raymond palpitarían allí.

Desde luego, no es nuestro propósito psicoanalizar a Lacan, sino intentar recobrar el borroso fondo empírico de sus figuras de enseñanza. Si el pensamiento mítico amasa relatos con la flora, la fauna, la meteorología, la mineralogía y los primeros usos de los hombres, lo hace para servirse de ciertas cualidades sensibles del mundo y la extrañeza de sus resultados se debe, mayormente, a que esa selección pasa inadvertida a los que no son de la parroquia: a la manera de esa dama inglesa de visita en Buenos Aires, en una publicidad de hace muchos años, que bebía deleitada la caña Legui y se preguntaba divertida: “¿Por qué le habrán puesto cabálious?”, ignorando que Legui iba por Leguisamo, que Leguisamo era un popularísimo jockey local). Según Lévi-Strauss, el animal, la planta o la práctica que protagoniza un mito es escogido exclusivamente como representante de una cualidad, que le es inherente o atribuida por el folklore, a fin de figurar nociones abstractas y encadenarlas en proposiciones: la vía “primitiva” de resolver dilemas intelectuales superiores. Al respecto, los biógrafos de Lacan probablemente jamás encuentren la fuente de inspiración verdadera de la lamelle, pero la lamelle como herramienta para conceptualizar figurativamente la libido queda inutilizada si el lector, como la bebedora inglesa, no reconoce el oro en el huevo o ignora cuáles rasgos del oro son pertinentes en el taller de un batidor.
Espantadas las moscas del análisis aplicado, regresemos al ventanal del 88 del bulevar Beaumarchais a escuchar lo que el abuelo va a contar al pequeño Jacques para hacerlo reconsiderar, desde una mirada más abstracta, las escenas del edificio de enfrente (es kleiniano: Melanie Klein asegura que las derivas de la sublimación son el mejor salvoconducto ante un espectáculo triunfal de los fantasmas del propio sadismo).

1. Roudinesco, Elisabeth [1993], Lacan (Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento), FCE, Buenos Aires, 1994, pp. 24-27.
2. Lévi-Strauss, Claude [1964], Mitológicas 1: Lo crudo y lo cocido, FCE, México, 1968., p. 26.
 
 
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