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   Colaboración

El sujeto de la investigación en el marco de la institución psicoanalítica (1)(primera entrega)
  Por Gabriel Pulice  y Oscar Zelis - Federico Manson (2)
   
 
El encuentro de Copenhague, o ... ¿cómo pensar la relación entre el Investigador y el Contexto Político / Institucional en que se inscribe su labor? Nos interesa desplegar, a partir de este interrogante —que podría hacerse extensivo a todo proceso o experiencia de investigación—, algunas cuestiones relativas a la estructura misma de la relación Investigador <> Institución / Contexto Político. Para ello, haremos una breve referencia a una obra teatral que poco tiempo atrás estuvo en cartelera en Buenos Aires con una muy buena repercusión. Se trata de Copenhague, del dramaturgo inglés Michael Frayn, cuya trama despliega el apremio y las vicisitudes de dos de los científicos e investigadores más importantes de la primera mitad del siglo pasado, ante las presiones o requerimientos del Estado o del Poder Político respecto del cual se hallaban «subordinados» sus respectivos trabajos: se trata de Werner Heisenberg, físico nuclear que quedó trabajando en los temas de fisión nuclear en la Alemania nazi, y su antiguo maestro Niels Bohr, otra eminencia de la física de la primera mitad del siglo 20, quien padeció la ocupación alemana en Dinamarca, pasando luego a colaborar con los «aliados» en los desarrollos teóricos y técnicos que llevaron a la invención de la bomba atómica, finalmente arrojada en Iroshima y Nagasaki. Se despliega allí un verdadero dilema ético-moral, en una espiralada ficción de encuentros y desencuentros en los que cada uno de ellos va sentando su posición, de tal forma que, en un final tan paradójico como inesperado, es el propio espectador quien quedará atravesado por la complejidad de lo que allí se plantea: de un lado, la acusación —con la que el público apresuradamente se solidariza— de Niels Bohr hacia Heisenberg, por haber puesto a trabajar su saber en favor de los nazis; del otro, el descargo de éste a partir de revelar que su única intención era «ganar tiempo» para evitar el desastre que la bomba atómica produciría, poniendo además de relieve el hecho histórico de que, en última instancia, fueron justamente aquellos con quienes Bohr colaboró los que, en nombre del «bien de la humanidad», hicieron realidad el horror por ambos temido. ¿Para qué fue Heisenberg a Copenhague, en medio de la guerra, a visitar a su maestro? Desde el inicio, vemos al personaje de Heisenberg tratando de justificarse, admitiendo sin embargo ante su colega que se ha quedado trabajando en Alemania a cargo de la investigación nuclear a sabiendas de que el interés del Estado por sus avances científicos se centraban en la urgencia por la construcción de un arma de guerra atroz, que indudablemente volcaría el resultado final a favor de quien primero la obtuviera. Él, a pesar de ello, decide quedarse justamente porque sólo de ese modo tiene la posibilidad de retrasar la investigación, cosa que no haría su supuesto reemplazante en caso de que Heisenberg renunciara a esa tarea. En sus dichos, no obstante, deja entrever la ambición personal de producir avances «científicos» en su investigación y, por otra parte, dar continuidad al trabajo de la comunidad científica alemana que constituía en ese momento su entorno, más allá de las cuestiones «políticas» en juego.

Nuestro interés por evocar esta obra se justifica, entonces, porque se revela claramente allí —llevada al extremo— la tensión que en ocasiones se produce entre un investigador y el contexto político / institucional al que pertenece y le da el marco para desarrollar su trabajo. El texto, además, abre el debate sobre la responsabilidad del científico/investigador sobre su acto. Esto es, su implicación con los efectos que puede producir su descubrimiento o investigación, rompiendo con aquella ingenua idea de la neutralidad y el carácter supuestamente inofensivo de la indagación teórica. En resumen, lo ficcional de este encuentro nos permite sin embargo introducir una problemática que con frecuencia se hace presente en determinados procesos de investigación, esto es, la inadecuación entre los intereses puestos en juego por parte de la Institución en la que tales procesos tienen lugar —el Estado, un Laboratorio, una Escuela, una Universidad—, y el deseo singular del investigador, respecto del cual resulta oportuno, además, considerar su posicionamiento ético o, en otros términos, el modo en que se implique en su responsabilidad respecto de los efectos y consecuencias de su acto.

Heisenberg, y el deseo del investigador. Llegados aquí, conviene pasar ahora de la ficción teatral a la propia pluma de uno de sus protagonistas. En efecto, el mismo Heisenberg ha escrito y reflexionado personalmente sobre el tema, y parte de su pensamiento nos ha sido transmitido a partir de su libro La imagen de la Naturaleza en la física actual3. Resaltaremos nuevamente que su testimonio toma para nosotros un valor muy importante, en tanto es una voz que se alza desde el corazón de una de las ciencias más «duras». En primer lugar, resulta interesante lo que él observa sobre el funcionamiento de la ciencia moderna y el lugar desde donde se deciden los problemas a investigar: «el hecho de que se planteen problemas es regido —dice— por el interés hacia los procesos del mundo real y por la voluntad de influir en ellos». Vale decir, él marca aquí una primera dificultad para continuar sosteniendo aquella ingenua concepción de una voluntad científica pura, despojada de todo otro interés que no fuera el puramente científico. Siguiendo esa línea de pensamiento nos advierte que en la moderna ciencia natural, quizás, lo que vayamos a encontrar «sean los límites de cierta forma de expansión del dominio vital del hombre». A partir de esto, va a articular la idea que él tiene sobre la relación entre esta expansión de la ciencia moderna y el acelerado desarrollo de la Técnica, presentando un sesgo interesante para pensarla: en efecto, nos propone «ver a La Técnica como un proceso biológico que, precisamente en cuanto tal, escapa al control de los seres humanos». Es decir, como aquello que a partir de las ideas de Darwin podría pensarse en términos de una respuesta posible a la pregunta: ¿cuál es el eslabón siguiente, el que a partir del hombre permitirá avivar la evolución natural de las especies?4 Heisenberg cierra el párrafo con una frase que, si pensamos que la enuncia una eminencia en Física Atómica, resulta sumamente llamativa: «El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera». Evidentemente, hay allí alguna pregunta implícita sobre el sujeto de la ciencia, sobre el sujeto de la investigación, que a él mismo se le ha presentado, y cuya respuesta nos deja a las puertas de la interrogación psicoanalítica por el deseo, en tanto inconciente.

Freud, Lacan: Psicoanálisis <> Institución. Pero pasemos ahora a lo que ocurre en el campo del Psicoanálisis y las Instituciones Psicoanalíticas. Lo primero que podemos decir, si rastreamos históricamente el devenir de las instituciones de psicoanálisis es que esa relación es, al menos, problemática. Su fundador, en primer lugar, tuvo que romper con la comunidad médico / psiquiátrica y, a poco de fundar la primera institución psicoanalítica, vendrán los problemas y las rupturas con sus principales discípulos, Jung, Adler, Ferenczi... Lacan, por su parte, en sus esfuerzos por mantener vivo el legado freudiano, termina «excomulgado» de la IPA, fundando luego su propia institución, a la que más tarde disolverá... Tras la muerte de Lacan, la configuración del campo lacaniano no es menos compleja, tal como lo atestigua la proliferación de sus instituciones, y sus otras tantas disoluciones o rupturas... En Argentina, por ejemplo, la Escuela Freudiana Argentina, la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Seminario Lacaniano, SABA, la Escuela de la Orientación Lacaniana, etc., etc. Algunas han subsistido hasta nuestros días, otras desaparecieron, otras se fraccionaron, se reagruparon... Ante este panorama, vemos aparecer dos fuertes interrogantes: una vez instalado y consolidado un dispositivo institucional, ¿puede esperarse que dé lugar a la aparición de algún nuevo paradigma, confrontado con aquellos que sostienen su cohesión? La segunda pregunta, a la luz de la historia de las instituciones psicoanalíticas, resulta ineludible: ¿No será que la ruptura es inherente y necesaria en la relación entre psicoanálisis e institución, es decir, no un problema, sino una necesidad estructural para el avance de la experiencia analítica?

En relación a la primera cuestión, nos viene como un eco lejano la paradoja que planteara Aristóteles en la Ética a Nicómaco, acerca de cuál era la instancia respecto de la que debía comprometer su fidelidad, allí donde «...la interrogación sobre el Bien —nos confía— se le hace difícil pues son amigos quienes han introducido la doctrina de las Ideas». La referencia se completa con la conocida proclama aristotélica alusiva a su confrontación, en el plano de sus concepciones filosóficas, con quien fuera su maestro y más estimado amigo, Platón: «Siéndonos los amigos y la verdad igualmente amados, es nuestro deber sagrado dar preferencia a la verdad». Por nuestra parte, podríamos traer a nuestro terreno el mismo interrogante: «¿Debe el Investigador permanecer fiel a la Institución que lo abriga, o a aquello que se le revela en términos de verdad?» A propósito de ello recordábamos una interesante discusión surgida hace algunos años atrás cuando fuimos invitados a participar en una mesa redonda cuyo título era: «Qué se puede esperar de las conclusiones de una investigación». Se abrió allí entre los disertantes una fuerte polémica sobre qué es lo que justifica y da valor a una investigación, si es el «descubrimiento» en sí, o el procedimiento de validación y justificación que pone a ese descubrimiento en relación con el Saber y el Poder Público. La discusión, en su deriva, llevó en un momento a uno de los participantes, un prestigioso «metodólogo», a sostener que lo único que en realidad importa, sería el reconocimiento de ese descubrimiento por parte de las Instituciones Oficiales —o lo que podríamos llamar: la «Corporación de Investigadores y Científicos»—, quienes tendrían la facultad de convalidar o no la pertinencia de una investigación como legítima, en función de que ella cuadre dentro de sus parámetros de Saber y Poder. Posición desde la cual queda absolutamente desestimado el valor de la investigación en sí; o, en otras palabras, si nos aporta o no un conocimiento novedoso. En respuesta de ello, evocamos por nuestra parte el conocido episodio de Galileo y la Inquisición, que concluye en el año 1979 con el reconocimiento por parte de la Iglesia Católica —a través de Juan Pablo II—, de la legitimidad de la posición sostenida por Galileo... tan sólo algunos siglos después. Por supuesto, durante todo ese tiempo, los cuerpos celestes continuaron con su ronda habitual, a la vista de quien los quisiera ver.
Creemos que la polémica que se planteó en esa ocasión deja al descubierto, precisamente, una encrucijada fundamental para el investigador, que determinará la orientación de su experiencia y los efectos o resultados que ella nos pueda brindar. Porque la elección acerca de cual es el poder o la verdad a los que vamos a adscribir, implica una decisión ética. Podríamos en principio situarla en esta disyuntiva: iniciar y orientar una investigación para que sea una mera convalidación del Saber / Poder instituido; o darle a ella lugar en una apuesta en pos de aquel poder terapéutico enunciado oportunamente por Freud, a propósito de lo cual podemos preguntarnos: ¿cuál sería el criterio de validación que mejor se ajustaría a esta última perspectiva?

1. Tema central de la mesa de debate a la que fuimos invitados con motivo de las Jornadas de Investigación del Hospital Infanto Juvenil Carolina Tobar García, en agosto de 2004, que se llevó a cabo en el Centro Cultural San Martín. Los lineamientos conceptuales de este artículo retoman la ponencia que realizáramos en dicha oportunidad.
2. Autores del libro Investigación <>Psicoanálisis: de Sherlock Holmes, Peirce y Dupin, a la experiencia freudiana, Buenos Aires, Letra Viva, 2000.
3. Buenos Aires, Planeta Agostini, 1993.
4. El enigma abierto acerca del próximo eslabón en la cadena evolutiva es un tema recurrente entre los más importantes autores de ciencia ficción. Entre ellos, podemos destacar El fin de la infancia, de Arthur Clarke, y el «dossier» Formador / Mecanicista de Bruce Sterling —que introduce su libro Crystal Express—, donde quedan enfrentadas las dos facciones de la humanidad que responden al desarrollo de la biotecnología y la genética, por un lado, y por el otro al de la cibernética.
 
 
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