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   El Nuevo Padre

Padre...aquel atribuido al lugar de transmitir la Ley
  Por Hugo Dvoskin
   
 
La problemática del padre debe ser abordada por el sesgo de determinar los efectos que ejerce sobre el sujeto, dado que “padre” es necesariamente un significante que en lo particular no remite a “hijo” sino a “padre de”, de aquel sujeto que nos consulta1.
Y aunque me pese, este enfoque dista de poder ser considerado original: “no nos interesa tanto la esencia del gran hombre cuanto averiguar la vía por la cual produce efectos sobre sus prójimos”2.
Del mismo modo, al hablar de un “nuevo padre” o un nuevo paradigma del padre sólo cobra valor en nuestra praxis si estos nuevos papás –ahora lo llamaremos así para diferenciar el fenómeno del concepto– tienen incidencias en nuestras praxis. También podrían ser consideradas las incidencias de esos modelos en nuestros “sujetos analizantes” cuando a su vez ellos ocupen esos lugares y esos modelos se propongan como nuevas formas fenoménicas del Ideal del Yo.
El “Padre” en primer lugar para la praxis psicoanalítica es un concepto que no tiene que ver con aquellos que deficitariamente lo encarnan. Todo papá, por suerte, no está a la altura de su función, ya porque no lo podría ser todo el tiempo, ya porque no es sólo una función en ejercicio. Situamos al Padre en su función de corte, de interdicción y de prohibidor que deja a la Madre perdida en tanto objeto de satisfacción sexual. Y esta prohibición es de valor estructural, por eso las diversas formas de seducción y erotismo con una mamá –más allá de los indicadores patognomónicos que obviamente suponen– no dejan abolido el corte y no restituyen lo perdido. Práctica sexual con la mamá que no dejaría de inscribirse como un hecho aberrante de la Cultura pero no que supone ningún retorno a la Naturaleza.

En la investigación freudiana, el Padre, se ubica conceptualmente del lado del Tótem. Se enlaza con “la enigmática” exogamia por la vía de la prohibición de casarse y de mantener comercio sexual entre sí los miembros de un mismo clan”3. En este terreno, y hasta nuevo aviso, no hay un nuevo Padre.
La Madre también es un concepto y remite a lo que Freud situara como “la Cosa”, das ding: lo imposible de decir, aquello que, en tanto perdido, mantiene una relación de disyunción respecto de cualquier representación que de ella pudiera formularse. Así dicha, la “Madre” queda ubicada en un más allá del principio del placer, que signa la imposibilidad de realizar el incesto.
Esta necesaria pérdida de la bolsa (la de “la bolsa o la vida”) en los orígenes, es la que permite al sujeto quedarse con/en el lenguaje y con/en la vida; pero para ello, habrá que hacer el duelo de vivir lejos del Paraíso. “Es particularmente difícil de aceptar que, en rigor, el exilio es una condición intrínseca al sujeto humano, en el sentido de estar exiliados en las categorías de espacio y tiempo, exiliados en el lenguaje, exiliados en la Ley, exiliados del Paraíso”4. Para volver a un concepto ya dicho… exiliados de la Madre.

Es en esta misma línea que Freud en sus “Contribuciones”5 nos revela que hay algo propio de la vida sexual que nos condena a un cierto nivel de impotencia, de impotencia psíquica. Queda claro desde el comienzo que no hay felicidad y que el goce que pudiera alcanzarse no lo es sin “cierto nivel” de impotencia. Se trata de arreglarse con lo que queda.
En cuanto a la existencia de “nuevos papás” deficitarios frente a otros supuestos que en el pasado no lo hubiesen sido, pongámoslo, por ahora, en la misma cuenta de la que hablaba Freud cuando decía que el propio Alejandro el Grande podía decir que en su época ya no había un Homero. Porque “épocas del pasado poseen una atracción grande para la fantasía de los seres humanos. Toda vez que están insatisfechos con su presente –y ello ocurre con harta frecuencia– se vuelven hacia atrás, hacia el pasado, donde esperan hallar realizado el inextinguible sueño de una Edad de Oro”6.
Padres de una Edad de Oro, padres sin faltas. Acaso bajo el paradigma del “nuevo padre” se oculta la idea de un Padre sin falta, padre inmaculado… padre nuestro. Diremos con el refrán árabe: “Padre nuestro que estás en los cielos, que lejos que estás padre nuestro para ser nuestro padre”.

Para el psicoanálisis, ya la pregunta por la neurosis obsesiva era una pregunta que apuntaba directamente al corazón de las faltas del padre. Falta-deuda que se particulizará para el sujeto por no poder responder por ella más que con una compulsión que compele al sujeto a saldarla, que no acepta raciocinios y que está más allá de los procesos psíquicos concientes.
Si el texto bíblico nos dice que “los padres comerán uvas agraces y los hijos tendrán dentera” es porque las faltas del padre son de antigua data.
Lacan7 situaba “que el padre deseado por el neurótico es un padre perfectamente dueño de su deseo”, que refiere a alguien que hubiera puesto palabras a aquello que nunca podría terminar de significarse, alguien que sabría a ciencia cierta su deseo, un padre que tendría todo su deseo interpretado. Pero este Padre no sería sino un nuevo nombre del Otro sin barradura. Cabe subrayar aquí que el análisis no conduce a un deseo todo interpretado del que ahora el analizado sería conciente, sino que es una travesía por la experiencia del sujeto dividido y de la escisión constitutiva.
Quizás los “papás modernos” escapan hacia adelante del temor de quedar atrapados en el imaginario de sus hijos de ser un padre kafkiano al que se le tiene miedo: “no supe qué decir, en parte por ese miedo [...] ahora, mientras te escribo, sé que el resultado ha de ser imperfecto, porque el temor coarta [...] para el niño que yo era, tus palabras eran un mandato divino” “Porque mi autodesconfianza, a la que indujiste con tu educación”8. O un padre karamasofeano al que se le desea la muerte: “¿Quién no desea la muerte de su padre?”9

Pero el temor y el deseo estructural de la muerte del padre, no se resuelven escapando de los fantasmas imaginarios. Quizás detrás de las dificultades de decir “no”, o del tan mentado “no poner límites” se presenta ese padre que quiere a sus hijos siempre felices. En el texto publicado en Imago-Agenda Nº 91, situaba una división conceptual entre aquel que hemos definido como el “Padre que habla” del Antiguo Testamento y el “Padre silencioso y muerto” que se asemeja al que nos trajo el cristianismo. Cabe agregar un “papá” que –aun cuando no tenga valor estructural– quizás nos agregue a la comprensión desde el punto de vista fenoménico. Me refiero a este Padre-papá que promete sólo felicidad, tal como dice un analizante justificándose en el elemento numérico: “le doy todos los gustos, es mi única hija”... felices los niños. Quizás el resultado sea que abunden las fobias más diversas y los –así llamados– ataque de pánico. Si al padre hay que, estructuralmente, tenerle miedo y el objeto fóbico es su sustituto, sería deseable que al padre lo reemplace un león –o un caballo– y no una mosca.

Pueden, en ese sentido, al menos conjeturarse las consecuencias del ingenuo sintagma moderno (quizás sea antiguo) que la vida moderna ha impuesto: “lo más importante (que quizás deba leerse “lo único que importa”) es que mis hijos sean felices”. La felicidad cabe situarla como estado hipotético. Eventualmente, como horizonte que dirige algunas acciones pero inalcanzable, metáfora del paraíso perdido, metáfora del goce perdido.
La promesa de un estado de felicidad para los hijos ya había sido advertida por Freud en “Introducción del Naricisismo10. El papá moderno agrega que promete sólo y agrava las ya temidas consecuencias sostenidas de “his majesty the baby” porque refuerza aún más las ilusiones de un mundo en que la felicidad podrá imponerse sobre sus tres principales limitaciones: la muerte, las duras condiciones de la vida exterior y la ética. Si bien sobre la primera las fantasías omnipotentes de cualquier papá se reconocen incapaces de lograr su cometido11, y sobre la segunda el mundo de la ciencia ha creado condiciones para que esto sea ligeramente posible, lo que está en juego es la tercera, la ética, porque podría forzar a los padres a ciertas posiciones y cierta toma puntual de decisiones.
Si bien es cierto que lo que no cambia es que un padre es aquel con capacidad de transmitir, vale la pregunta por los contenidos de lo que se transmite. La insistencia por “la felicidad” como valor, no es sin desmedro de otros valores como “la ley o la ética”.
Digámoslo de este modo: por un lado, la vida religiosa puede formularse bajo la forma “mi vida es del Otro y no me pertenece” y tiene como costo una vida sin deseo; por el otro, en nombre de “la felicidad de los hijos ante todo”, tenemos “mi vida es sólo mía y no tengo responsabilidad por el otro”. Allí donde el mandato bíblico nos instaba insensatamente a “amar al prójimo como a tí mismo”, la versión moderna de hijos hedonistas insta a “usar al prójimo para tí mismo”. Una felicidad vertiginosa para poder tener un instante con la “bolsa”.

Las disputas entre padres e instituciones académicas –tema sobre el que he tomado contacto a partir de un pedido de supervisión de un rector de colegio– han ido tomando la peculiar forma de que los padres siempre “defienden” a los hijos, más allá de los valores que estén en juego. Acaso conjeturamos –en el terreno social que siempre nos excede– detrás de la tragedia de Cromañón encontramos papás con enormes dificultades para decir “no”, para prohibir ir a lugares que ellos saben inadecuados y enormes facilidades para acusar a las instituciones que no prohiben los que a ellos les resultó imposible decir “no”. Porque decir “no” es vivido como un atentado al ideal omnipotente de “felices los niños”.
Parafraseando Lacan, quizás el padre también se autoriza por sí mismo y... por algunos otros. Quizás algunos papás creen que esos “otros” consiste en pedirle permiso a los propios hijos para el efectivo cumplimiento de su función.
_______________
1. Del mismo modo, la cuestión de “El poder y la perversión”2 fue abordada por la vía de los efectos que el poder ejerce sobre el sujeto en el artículo aparecido en la última Imago-Agenda de diciembre de 2005.
3. Freud, S. Moisés y la religión monoteísta, en A.E., tomo XXIII, p. 106.
4. Freud, S. Totem y tabú, en A. E., tomo XIII, p. 108.
5. Dvoskin, H. con Biesa, A. El medio juego, Estructura de la Ley, Letra Viva, 2005, p 54.
6. Freud, S. Contribuciones a la psicología de amor, en A.E., tomo XIII, p.178. “Sustentaré la tesis de que la impotencia psíquica está mucho más difundida de lo se cree y que cierta medida de esa conducta caracteriza de hecho la vida amorosa del hombre de cultura”
7. Freud, S. Moisés y la religión monoteísta, en A. E., tomo XXIII, p. 68.
8. Lacan, J. La subversión del sujeto, en Escritos, en Siglo XXI Editores, p. 804
9. Kafka, F. Cartas al Padre, Andrómeda, p. 7 y p. 72.
10. Dostoievski, Fedor. Los hermanos Karamázov, en Centro Editor de América Latina, tomo IV, p. 780.
11. Freud, S. Introducción del Narcisimo, en A. E., tomo XIV, p. 65.
12. Borges en “El inmortal” y Saramago en “Las intermitencias de la muerte” nos advierten con precisión y sabiduría sobre los riegos de triunfar sobre la muerte.
 
 
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