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   El Nuevo Padre

La función parterna hoy
  Por José Milmaniene
   
 
La defección estructural de la figura del padre ha generado marcados trastornos en la estructura subjetiva individual y en el imaginario social. Los efectos de la dimisión del Padre y del desconocimiento de su antecedencia en el Saber se evidencian a través de algunos de los siguientes fenómenos:
A- Patologías del goce o del vacío: la alta incidencia de patologías tales como las adicciones, los trastornos alimenticios y las actuaciones delictivas, son una expresión de la carencia de la Palabra paterna ordenadora, que imponga los límites subjetivantes, a través de una política de sanciones –mesuradas y nunca infiltradas de “plus de goce”–, que premie las conductas legítimas y castigue las transgresiones a la Ley. La impunidad que surge como efecto de la falta del orden legal que debe imponer el Padre, origina a su vez un severo desquiciamiento, que se expresa a través de actuaciones impulsivas, que son expresión de las pulsiones sin negativizar. Sólo la inscripción interiorizada de la prohibición crea la falta en tanto vacío nombrado que se “abre” al deseo, y cuando falta la falta, se abisma el vacío sin contorno, el que resulta incolmable por cualquier clase de objetos sublimatorios. El vacío que emerge en un mundo sin límites y sin Ley apetece exclusivamente para ser obturado de objetos pulsionales excesivos, tales como el alcohol, la comida o las drogas. Incapaz de metaforizar, el sujeto acéfalo se debate en un acting permanente, pleno de la euforia que procura un goce desaforado, puro masoquismo al servicio de la auto o hetero destrucción. Recordemos que el eficaz ejercicio de la función paterna permite la construcción de una nada separadora de la dependencia alienante del Otro del Goce, que opera como soporte del deseo; así como por el contrario las severas fallas del Padre originan otra nada, que anula el deseo y empuja al sujeto hacia su destrucción.

Además, los síntomas en estos casos no son sino gritos desesperados para que emerja el Padre, aunque más no sea bajo la forma de la autoridad médica y/o legal.
Las políticas terapéuticas que no imponen la Ley a través de un discurso que lo reivindique en sus fundamentos éticos sin concesiones, suelen resultar meras apologías del goce, encubiertas bajo la “buena conciencia” del valor absoluto de la libertad, y están destinadas a fracasar dado que justifican y legitiman la pasión por lo Real en la cual se consume el sujeto. Desconocen que no se elige libremente el goce, sino que el sujeto se encuentra esclavizado por él, y que lo que las únicas opciones que se le concede son o bien asumirlo con todos los costos subjetivos que esto implica; o bien resignarlo en aras del placer desiderativo y las prácticas sublimatorias que les son inherentes.
B- Perversiones: así como el exceso de la presencia de la figura paterna –autoritarismo– generó represiones e inhibiciones neuróticas, por el contrario, su déficit origina la prevalencia de estructuraciones perversas en sentido amplio, es decir, actitudes que implican la recusación de la Ley sea a través de su desafío provocativo, sea a través de la desmentida de la diferencia sexual, tanto en los estilos existenciales como en la vida erótica. En nombre de la legítima e irrenunciable igualdad de derechos de las minorías sexuales, se infiltra la convicción del valor y la “normalidad” de cualquier orden de elección erótica, más allá de la diferencia sexual anatómica. La homosexualidad, el sado-masoquismo consensuado, el trasvestismo y el transexualismo son leídos como simples variaciones estilísticas, desde una teoría que al abjurar del concepto central de Castración, renuncia a su valor simbólico, para constituirse en una ideología moral, quizás más funcional a la realidad de un imaginario social anómico. El concepto diferencial de Falo- Castración anclado en el eje opositivo diferencial de masculino-femenino sustentado en la diferencia sexual anatómica deja lugar al impreciso concepto de “género”. Cae así el tope de lo Real y la existencia naufraga en imaginarios consistentes desamarrados de lo Simbólico, que ponen al sujeto al servicio de sus patológicos goces incestuosos. El sujeto se degrada a la categoría de objeto, mero resto anal-excrementicio, el que se ofrece en ofrenda sacrificial masoquista a figuras endiosadas, versiones ambiguas e indistinguibles de Padres feminizados y Madres fálicas. Recordemos que el amor, elevado a la categoría absoluta, sin categorizar psicopatológicamente la estructura en la cual éste se inscribe, no es sino una variante actuada y sin sublimar del Amor al Padre.

C- Violencia y terrorismo: en la actualidad la violencia adquiere una característica pulsional –verdadera violencia del ello (Zizek)– feroz y sangrienta, sin código alguno, ni siquiera el que evidencia la tradicional violencia del crimen organizado. El asesinato gratuito y a sangre fría, sin ninguna motivación, resulta efecto de una violencia parricida, producto quizás de figuras paternas fallidas, violentas, abandónicas y denigratorias del hijo. Los delincuentes juveniles que actualmente matan, torturan y castigan a ancianos indefensos, muestran una realidad de resentimiento y venganza que pone en cuestión a un organización familiar perversa, con roles parentales colapsados. Las relaciones de maltrato, violencia familiar y abuso sexual derivan en hijos que buscan a través del crimen y el delito resarcirse de la sordidez de una infancia sin ley y sin amor. Las asociaciones ilícitas, las pandillas de delincuentes juveniles, las mafias carcelarias, las gavillas de sicarios, denuncian la orfandad y la carencia de figuras paternas y de sus subrogados, las que arrojan a toda una generación a la anomia y al circuito infernal de transgresión-castigo, que deriva finalmente en la marginalidad y la muerte. Si al autoritarismo de los sistemas represivos le corresponde una violencia del Yo o del Superyo, a la sociedades disgregadas de la posmodernidad le retorna una violencia caótica, puro cultivo de instinto de muerte, que no fue atemperado ni libinizado por el Padre protector. El goce vindicativo busca saldar con la muerte las múltiples formas de la muerte padecidas en la infancia: los castigos sádicos, el desprecio, las injurias, la desprotección y el uso perverso de los hijos al servicio del narcisismo parental.

El terrorista suicida entrega su vida a la causa sagrada, en aras del Amor por parte de alguno de los “dioses oscuros” que pueblan los cielos, cuando en la tierra los padres resentidos, inducen la inmolación sacrificial de los hijos. Habitualmente las sectas terroristas, son dirigidas por líderes mesiánicos, que suplen restitutivamente la falta de figuras parentales, los que arrojan a los jóvenes al más extremo masoquismo en aras de la promesa del máximo goce incestuoso después de la muerte. Resulta paradigmático observar como los suicidas se “blindan” el pene con sustancias ignífugas antes de inmolarse, para poder así disfrutar de una sensualidad eterna e incestuosa con decenas de vírgenes.
D- Fundamentalismo y fanatismo: la carencia de la figura paterna que opere eficazmente el corte que supone la castración simbólica y que deja al niño, por ende, envuelto en la viscosidad libidinal de la simbiosis fusional con la madre fálica, determina que el sujeto literalice las metáforas en la certeza que procuran las verdades reveladas. Los fundamentalismos y fanatismos son expresión de un deficitario anclaje paterno, y de la inseguridad que deriva de padres inconsistentes que no “negativizan” adecuadamente los goces incestuosos infiltrados de corrientes homoeróticas, que persisten bajo el modo de fuertes núcleos pasionales irreductibles a la metaforización.
El fanático no logra atemperar sus goces en tanto sus padres no lo inscribieron en el territorio de la sublimación, a favor de odios y pulsiones elementales, y el fundamentalista lee literalmente en los textos las palabras reveladas del Otro sin barrar, que suplan las palabras amorosas y legislantes, que sus padres no lograron pronunciar oportunamente.
Pero debemos considerar, asimismo, que el marcado renacimiento de corrientes religiosas en sus vertientes fundamentalistas reconoce la búsqueda del amor del Padre, en un contexto sociocultural en el cual se observa la ausencia de la figura paterna, dada la severa dilución de las jerarquías simbólicas, el desprecio de la autoridad, la carencia de límites, la falta de respeto a los ancianos, y la no valoración de los antepasados. La dignidad de los rituales fue disuelta en nombre de un ataque a todo formalismo, entendido como éstos meras formas vacías, en aras de una uniformidad opaca, en tanto lo sagrado no se diferencia de lo profano, lo festivo de lo cotidiano, los acontecimientos de los sucesos, en fin, se gesta así un mundo sin ideales y sin valores, donde sólo cuenta el éxito individual y el hedonismo irresponsable.

Hemos señalado algunas de las características que derivan del colapso de las referencias simbólicas y de la figura del Padre, correlativas de una devaluación del valor de la Palabra y la Ley. El genuino intento de superar modelos autoritarios de paternidad, suele derivar en el caos anómico del “todo vale”, que no es sino su contrapartida especular, lo que suele asimismo originar restituciones fascistas y /o fundamentalistas, tal como aconteció en la Segunda Guerra Mundial. A esta alternancia polar debemos oponer una estructura sociocultural basada en modelos paternos distantes tanto del autoritarismo castratorio así como de la permisividad caotizante.
No olvidemos que hemos asistido a la devaluación de la palabra paterna, dada la presencia de padres feminizados o maternizados, que no imponen la Ley sino más bien al contrario, inducen con su complicidad, a actuaciones perversas en los hijos, siempre con la connivencia de madres castradoras, que no lograron resolver su envidia fálica.

El psicoanálisis, en tanto práctica de la palabra y ejercicio responsable de la Ley, está comprometido en la tarea de la imprescindible (re)construcción –en el interior del espacio discursivo– de la figura simbólica del Padre. La carencia de este movimiento reparatorio del Padre y la dignidad de su función, dejan al sujeto anclado en las inevitables restituciones sintomáticas de su invalorable figura.
Al insistir en el valor de la palabra y la escucha, y al situar a las prácticas sublimatorias en el centro de sus políticas rectificativas, el psicoanálisis se constituye en un marco privilegiado para la reivindicación de lugar del Padre Muerto, en tanto agente de la Ley. Al otorgarle al sujeto la posibilidad de ser sujeto de la palabra, y de poder expresarse con los significantes que aluden a sus deseos, el analista ocupa la función paterna, por cuyas fallas el sujeto enfermó. La rectificación subjetiva que propone el discurso freudiano implica entonces un modelo de identificación con aquel que pronuncia las “buenas palabras” que acotan y organizan el caos pulsional.
Entonces ¿en qué sentido se puede hablar de un nuevo padre? Respondemos: si bien los nuevos modos de la paternidad muestran los signos de la época –actitud dialógica, tendencia al consenso más que a la imposición, actividades compartidas con los hijos, mayor intimismo, abolición de todo autoritarismo, intereses y gustos comunes– la estructura de la función paterna debe mantenerse intocada en lo esencial, a saber: capacidad de pronunciar las justas palabras y las sanciones en acto que marquen la ley simbólica, y delimiten claramente por ende el campo del goce del territorio del principio del placer. Si el padre cede su lugar, sea por su propia impostura narcisista, sea por su debilidad fálica a favor de fuertes corrientes pasivas, los hijos naufragan en el goce pulsional, y no logran inscribirse creativamente en el orden sociocultural. Intentarán por ende restituir su figura a través de actuaciones transgresivas que recuperan el límite, sea bajo la forma masoquista de la punición, sea a través de restituciones místico-delirantes de carácter político y/o religioso, que “operan” como si fueran la Ley, al otorgar un “marco marginal organizado de pertenencia institucional” (sectas fanáticas, pandillas de delincuentes juveniles, barras bravas deportivas, bandas terroristas-fundamentalistas).

Además, si el Padre renuncia a los goces que siempre procuran los mandatos punitivos superyoicos y las políticas asentadas en la represión de la sexualidad –en función de hacer sufrir a los hijos lo que ellos mismos padecieron pasivamente en su infancia– y asume con dignidad su don y soporta con valentía ética su responsabilidad, puede generar hijos que se integren equilibrada y placenteramente en el orden simbólico. No olvidemos que el sadismo superyoico que opera en toda estructura psicopatológica, suele resultar efecto la interiorización no lograda de la Ley, a favor de un Padre que infiltrado de goce, la impuso sin amor, y sin humanizar las normas universales de la cultura.
Los Padres maternizados, o situados en posición fraterna o meramente amistosa, sin contundencia para transmitir la palabra de la Ley y sin capacidad para sostener la dignidad de su jerarquía, pueden generar quizás el amor ¿enfermizo? en sus hijos, pero jamás el respeto, el que resulta, depurado de sus inflexiones narcisistas y masoquistas, la categoría central del reconocimiento intersubjetivo.
El nuevo padre debe encarnar al Padre simbólico, que al sostener su autoridad y sustraer su goce, permite el placer del hijo. La disolución de su figura genera –tal como se evidencia actualmente con los líderes de los movimientos políticos totalitarios y de las sectas New Age– su temible restitución bajo el modo del Padre primordial, figura superyoica, que resulta finalmente mucho más represiva que la autoridad simbólica tradicional, a la que se debe depurar obviamente de sus suplementos obscenos patológicos.
 
 
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