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   El Nuevo Padre

Amor al padre y fines de análisis
  Por Elena Jabif
   
 
“¿Qué es un poeta?”, pregunta Kierkegaard en la primera frase de O esto o lo otro. “Un hombre que abriga una angustia profunda en su corazón, pero cuyos labios están formados de manera que los lamentos y llantos que pasan se transforman en una música encantadora.”
Kafka trabaja en su relato una afiliación “posible”, El Veredicto se construye en las redes de la historia de una carta a un amigo, la carta brinda soporte a un encuentro tempestuoso con el padre donde la existencia misma del hijo, es blanco del goce agresivo paterno. Cuando éste pronuncia el veredicto “Te condeno en este instante a la destrucción”, el hijo salta al vacío, dando valor de certeza a la maldición del padre demonizado.
El fracaso del padre de la metáfora –un concepto de Cristina Marrone– impone en Kafka la versión del padre asesino, que reniega que un padre está hecho para morir, el hijo del veredicto encuentra la caricatura de un padre que se sustrae del único amo absoluto que es: la muerte.
En La metamorfosis el hijo, convertido en insecto, es demolido por una manzana que le clava el padre en la espalda, extrayendo del cuerpo del hijo su goce narcisista lo expulsa con violencia de la condición humana.
Como primogénito de la madre Julie Löwy, esgrimía que no la quería como ella merecía por culpa del idioma alemán. “La madre judía no es Mutter, llamarla Mutter la hace un poco cómica, mamá hubiera sido un nombre mejor si uno conseguía no ver aparecer la imagen de Mutter tras ella… si me hubieran permitido elegir lo que quería ser, me habría gustado ser un niño judío del este de Europa…”.
El gusto de ser un niño judío del Este de Europa, lo alcanza por vía del abuelo materno, quien le dona las escrituras talmúdicas. “Un hombre culto muy judío”, años después retorna su marca filiatoria, cuando Kafka llega a Praga, pues tiene en sus calles una experiencia con un grupo del teatro yiddish, que le muestra el espíritu de vida en el ghetto polaco, algunos actores yiddish “hacían temblar mis mejillas” con su “melodía talmúdica de preguntas minuciosas, súplicas o explicaciones”.
Un actor Jizchak Löwy (que no era familiar de su madre), le revela los cuentos sobre Hasidim y sobre las fiestas en que se discutía alegremente el Talmud, oye historias de rabinos maravillosos, pero le impresiona de manera singular el relato que hace Löwy de la muerte de un abuelo anciano e inteligente, del cual queda registro en sus diarios “durante todo el día hubo unos cuarenta hombres alrededor de su cama para recibir inspiración de un hombre piadoso… se fue de esta vida con sus propias plegarias”. Es el tiempo donde Kafka experimenta una nueva doctrina secreta: la cábala, tiempo nuevo de convertirse en lector de su condición semita, como hijo del seme –del nombre del padre– debe volver a pasar por ahí, con la esperanza de encontrar letra por letra el nudo de su filiación.
El Levítico deja un resto posible para el sujeto, la alianza entre Dios y su pueblo se afirma en la interdicción del asesinato de los hijos, caída del esplendor del padre asesino y un pasaje posible al crimen primordial del padre, acto que permite salir de la soledad y entrar el mundo de los hermanos. En Cartas dice el poeta: “mi gente, en el caso de que exista.”
Para Freud el acto de necrofagia que acompaña al padre muerto es el acto que crea el lazo social, el asesinato del padre no alcanza, por si solo provoca guerras fraticidas, los hermanos sólo conocerán la repetición tendenciosa del acto, que los coloca bajo los mismos efectos de la función fálica.
Crimen y fratricidio son indisolubles. Caín no ha sido aceptado, aspira a un reconocimiento completo y sin fracturas en las cuestiones del amor. El furor de los celos, lo pone en un callejón sin salida, entre el amor y el odio ha caído preso de la soledad.

El crimen es simultáneo a un cierre fálico, como primer asesinato interroga la repartición de la muerte en la hermandad, la contienda en el encuentro con el doble, tiene de horizonte un niño de narcisismo intacto, que goza del lugar único en el espejo materno, el encuentro con el otro semejante introduce semejanzas y diferencias, la fraternidad tiene también su cuota de sacrificio, con el doble se advierte una prueba opaca de la propia muerte.
En Kafka, la escritura no conjura lo peor, la tuberculosis avanza como un río al cual define como una “enfermedad espiritual que se desborda por riberas… empezando a disfrutar la independencia que me confiere la proximidad de la muerte”.
Se resiste a consultar por un tratamiento psicoanalítico con el doctor Freud “la parte terapéutica del psicoanálisis es un error irremediable”, cree que la dulzura de estar enfermo fortalece la escritura, la cual le permitía “una vida de maniobras”, “no soy más que literatura y no puedo ni quiero ser nada más”, “escribir es una forma de rezar [...] el extraño, misterioso, quizá peligroso, quizá salvador confort que se encuentra escribiendo”, expresado es su literatura como “el terrible dilema interno de su generación”, a la que describía combinando la imagen del puente colgante con la del “insecto de la metamorfosis”.
Para el artista la mayoría de judíos que se convirtieron en escritores alemanes, lo hicieron porque querían escapar del judaísmo de sus padres, decía “mientras que con sus pequeñas patas traseras permanecían anclados al judaísmo, con las delanteras no podían encontrar un nuevo suelo”.
Los disturbios nacionalistas checos en Praga, con saqueos y casas de judíos incendiadas, participan de los recuerdos infantiles de Kafka, mas tarde retorna en ficción en el aforismo “mi celda de la cárcel, mi fortaleza”, en 1917 en su diario anota “Una vez más hablé al mundo a voz en grito, entonces me pusieron una mordaza...” “... gracias al descubrimiento del Dr. Freud, uno tiene como mínimo la satisfacción de saber que esta sensación de ahogo es una neurosis genuina, que se podía adquirir con tanta nobleza como una cicatriz en un duelo.”

Sensible reflexión la del poeta sobre la cicatriz que retorna en una escena muy diferente al destino del duelo, donde el padre levantando su camisón muestra en su muslo la cicatriz que había traído de la guerra, invocando la angustia del hijo, grita “¡mírame... como ella levanta sus faldas así, esa idiota repulsiva... tu te tiraste al lado de ella... has mancillado el recuerdo de nuestra madre!”, el hijo dice “¡daba patadas como un asno... resplandecía de inteligencia! Versiones del padre entrelazadas, que ponen en pie el destino abyecto de la castración del Otro real, ese anciano-niño maldice su paternidad cuando invoca “nuestra madre” desde el goce de su propio incesto. El amor hipnótico al padre conduce a salvar la inanidad de su palabra, el hijo de la ficción kafkiana ante la descomposición paterna se precipita para morir.
Kafka pasó las últimas semanas de su vida trabajando en sus manuscritos “Un artista del hambre”. Sintiendo que se ahogaba, le pidió a su amigo y médico que le inyectara morfina: “Mátame, si no lo haces eres un asesino”.
Albert Camus, interpretaba que este pequeño escritor judío alemán de Praga trataba de vencer el fenómeno de la Angst, por haber descubierto una experiencia primordial y universal de la cual se convirtió en su víctima y que lo conduce como Chopin a decir que se había pasado “toda la vida muriéndose”, el artista se presenta al sacrificio, como una prueba opaca de su propia eternidad. ¿Qué hubiera acontecido en su destino, si Kafka se hubiese analizado con el Dr. Freud?
También hubiera escrito, pero con una radical disparidad, la dialéctica de la escritura en la experiencia de una cura, tiene como causa sexualidad y muerte, en ella si cuentan los cortes, desde una lógica de lo finito, el psicoanálisis produce –cito a Cruglak– “una escritura nodal como posibilidad para escribir la imposibilidad de escribir lo Real, que pasando en silencio se deja escuchar”, el sujeto intenta producir algo para contarse el mismo, escritura que soporta los efectos de la sublimación pulsional.
El deseo del analista puja el parto del sujeto hasta su fin, la muerte queda incluida dentro de las cuentas de la vida. Más allá del amor al padre, la caída de su creencia subyacente y del goce que expira, no hay infierno que pueda retener el germen creativo de la subjetividad.

Una Analista de Escuela que realizó el pase en la EFBA, relata de manera testimonial su última sesión. Renacida de su propia Shoá va al encuentro de su analista, con un regalo. Elegí compartir con ustedes este breve relato testimonial, como reliquia recortada de lo más íntimo del momento vivo de la separación. La artesanía del analista extrae lo incurable, como resto umbilical de aquel cuerpo primigenio, del Otro primordial.
Analia Stepak regalaba en el Aniversario de los 30 años de Escuela, un texto Pasaje de Analizante a Analista, hoy en Kafka: La cicatriz del poeta lo vuelvo a nombrar “La renga agujereada”, cito: “Me dirijo a mi última sesión de análisis llevando unas láminas que había adquirido en diferentes oportunidades y atesorado convenientemente.
La noche anterior había decidido desprenderme de dos de ellas para dejárselas a quien fuera mi analista, convertidas en cuadros para el consultorio.
Respecto de la primera lámina no tenía dudas, se la ofrezco: era la imagen de un hombre reclinado, pintada en colores neutros. Él acepta el convite, la lámina le gusta y la da vuelta para ver cómo se llama la obra. Luego me da a leer: la pintura se llamaba El hombre invisible. Ambos nos reímos. Efectivamente, ya era invisible.

En cuanto a la segunda lámina, digo que de todas es la que más me gusta. Se trata de una pintura de Dalí que tiene en el centro una figura femenina con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco. Su torso está ahuecado, es casi como una ventana, y está sostenido por algo que me parece similar a un bastón. A través del agujero se puede ver el horizonte y, más al fondo, el mar. Se lo entrego diciendo: ‘Para mí, este cuadro tendría que llamarse La renga agujereada’. Quien fuera mi analista me sorprende rechazando mi ofrecimiento. ‘La renga agujereada es tuya’, dirá”.
Finalmente toma otro. Elige una obra de Klimt, no sin antes comentar, como al pasar, que no es gran admirador de ese pintor pero que este cuadro le resulta interesante. En él hay tres mujeres cuyas cabezas se apoyan unas sobre otras y cuyos cuerpos se acomodan con cercanía. Los pies se diluyen en una mata de color. Al girar el cuadro, vemos que se denomina Las amigas. Las amigas han sido un sostén invalorable en lo que a mi historia y a mi análisis respecta.
El bastón que sostuvo, y que aludía a la marca de la pata –vinculada al nombre propio–, había trocado, en el segundo cuadro, en los pies de las amigas diluidos en una mata de color.
Ver a través de un cuerpo ahuecado, en el fondo, el mar, recorta otra geografía que abre a nuevos horizontes.
En cuanto a La renga agujereada, el agujero en el cuerpo del Otro primordial, mi madre, eso tenía que quedar, sin duda, de mi lado.
 
 
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