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La adicción como sistema de cancelación del dolor de existir
  Por Oscar Gutiérrez Segú
   
 
Freud, en el El malestar en la cultura, formaliza uno de los problemas que desvelan al hombre desde sus orígenes y que da origen a una de las ilusiones que actúan como motor de su accionar. La ilusión de la felicidad, compuesta por dos aspectos: por un lado experimentar intensas sensaciones placenteras, y por el otro evitar el dolor y el displacer. Este propósito encuentra obstáculos que provienen de varias fuentes: “desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse con nosotros con fuerzas destructoras e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizás nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen”.

En la búsqueda del medio para poder superar las dificultades que le impedían alcanzar sus objetivos, el ser humano ha recurrido a diversos métodos y artilugios para lograr la modificación de las situaciones de sufrimiento. “El más crudo, pero también el más efectivo de los métodos destinados a producir tal modificación es el químico: la intoxicación.”
“Los hombres saben que con ese ‘quitapenas’ siempre podrán escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad” (S. Freud, El malestar en la cultura, Cap. II- O.C. T III)
Esta perspectiva freudiana acerca de las fuentes de malestar y sufrimiento, como de los dispositivos que el sujeto pone en juego para evitar el displacer o el dolor intentando su cancelación, se ajusta a la letra con lo que, para quienes nos encontramos en la cotidianeidad de nuestra labor, observamos cómo la razón más acuciante de quienes recurren al consumo de sustancias como “sistema” de defensa contra el dolor. Dolor que no resulta producido por ninguna afección orgánica que ponga en juego las terminaciones nerviosas del sistema sensitivo (enfermos aquejados de afecciones que provoca intensas sensaciones dolorosas como el cáncer, en los que es indicado el tratamiento con opiáceos, no por ese consumo orientado a cancelar el dolor orgánico, se convierten en adictos).

Esto nos lleva a plantearnos que el “dolor” al que hacemos referencia y al que se refieren nuestros pacientes se encuentra dentro de ese particular sufrimiento que Freud atribuye al originado en las relaciones con otros seres humanos. Dolor que adquiere diferentes formas o expresiones en el discurso del enfermo, pero teniendo siempre el común denominador de una sensación casi física de vacío que reclama el tóxico como aquello capaz de obturarlo.
Más allá del grado de compromiso con el consumo de sustancias, hay ciertas características de quienes recurren a la intoxicación como método para obturar ese vacío que revela la insuficiencia de la inscripción simbólica, que nos permite pensar en las adicciones como un sistema de cancelación del dolor de existir. Un “sistema” es un “conjunto de cosas que ordenadamente relacionadas entre sí contribuyen a determinado fin”. En las adicciones nos encontramos con la constitución de un sistema ideológico que cumple la función de sostén de la problemática adictiva. No se trata de un sistema extraño a lo que podemos considerar el modo “normal” de funcionamiento de un sujeto, teniendo por otra parte contenidos que en última instancia se encuentran alojados en la fantasía de cualquier “buen neurótico” o, si se quiere, cualquier “bien pensante”. La “Ilusión de Felicidad”se encuadra dentro de lo que podemos considerar anhelos comunes a todos los seres humanos.
Los consumidores de drogas esgrimen variados argumentos para sostener su “hábito” tóxico. Por una parte atribuyen los malestares y las imposibilidades a una variopinta colección de agentes externos. Por otra se aferran al hecho de que el consumo de drogas les permite alcanzar intensas sensaciones placenteras, que no son posibles de otro modo que el de encontrarse bajo los efectos de las diferentes sustancias. Argumento que es necesario tener en cuenta en tanto en los pacientes toxicómanos el acceso al campo desiderativo padece de deficiencias marcadas, que hacen que lo placentero sea un anhelo frustrado. La droga, entonces, es el instrumento mediante el cuál pueden experimentar en el nivel de la sensación corporal efectos placenteros.

Esta capacidad de las sustancias provoca un grado de adhesividad particular a las mismas en la medida que aparecen como aquello que es capaz de aportarles un orden de satisfacción al que no tendrían acceso de otra manera.
Conocemos que es habitual que los pacientes manejen un conocimiento de las sustancias que los transforma en “alquimistas” capaces de variadas combinaciones. Cada una de ellas indicada para modificar los estados de ánimo perturbadores, al tiempo que logran evitar efectos indeseables del consumo.
Esta faceta no hace más que mostrar el grado de insuficiencia que se encuentran aquejados los pacientes. El recurso a la sensación corporal pone de manifiesto la no inscripción simbólica que padecen, que reduce los recursos subjetivos para hacer frente a las situaciones vitales que ponen en juego el orden de la Falta. Ante ésta se produce el desencadenamiento de una situación de angustia, casi masiva, que pone en peligro misma estructura yóica, siendo en pasaje al acto el modo de intentar la cancelación de esta angustia insoportable.

Por otra parte, lo que denominamos el “dolor de existir” se constituye a partir de ese “vacío” que se presenta como realmente el efecto doloroso de la ausencia de la palabra, de la incapacidad de producir acciones que les permitan concretar lo que se plantean como anhelo, de la despiadada demanda que lo amarra a la posición de objeto de Goce, de la fragilidad que implica el no tener un alojamiento sólido en el reconocimiento del Otro que los habilite como sujetos separados de él. Ante esto, la sensación física placentera de las drogas, a la que se le suma un cierto efecto de cancelación del malestar derivado del “dolor”, resulta una acción útil en la finalidad de la ilusión de felicidad de alcanzar la eliminación del displacer.
Este valor idealizado de las drogas y del sistema que constituyen se sostiene mas allá de que deje de resultar efectivo, prueba de ellos son los enfermos que recurren al tratamiento, que lo hacen en el momento en el que el malestar ha superado las barreras puestas por el sistema adictivo.

Aún así siguen sosteniendo la ideología de la toxicomanía, que se encuentra representada por la imposibilidad de hacerse cargo de sus actos, de justificar todas sus situaciones de imposibilidad por medio de curiosos razonamientos que alojan la responsabilidad de la inacción en factores externos. Es probablemente esa “ideología” la expresión del escollo más sobresaliente con el que nos enfrentamos en el abordaje terapéutico y que es necesario superar para alcanzar lo que denominamos “entrada en tratamiento”, momento crucial en el que se define el futuro de la cura. Freud, en el El malestar en la cultura, formaliza uno de los problemas que desvelan al hombre desde sus orígenes y que da origen a una de las ilusiones que actúan como motor de su accionar. La ilusión de la felicidad, compuesta por dos aspectos: por un lado experimentar intensas sensaciones placenteras, y por el otro evitar el dolor y el displacer. Este propósito encuentra obstáculos que provienen de varias fuentes: “desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse con nosotros con fuerzas destructoras e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizás nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen”.
En la búsqueda del medio para poder superar las dificultades que le impedían alcanzar sus objetivos, el ser humano ha recurrido a diversos métodos y artilugios para lograr la modificación de las situaciones de sufrimiento. “El más crudo, pero también el más efectivo de los métodos destinados a producir tal modificación es el químico: la intoxicación.”

“Los hombres saben que con ese ‘quitapenas’ siempre podrán escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad” (S. Freud, El malestar en la cultura, Cap. II- O.C. T III)
Esta perspectiva freudiana acerca de las fuentes de malestar y sufrimiento, como de los dispositivos que el sujeto pone en juego para evitar el displacer o el dolor intentando su cancelación, se ajusta a la letra con lo que, para quienes nos encontramos en la cotidianeidad de nuestra labor, observamos cómo la razón más acuciante de quienes recurren al consumo de sustancias como “sistema” de defensa contra el dolor. Dolor que no resulta producido por ninguna afección orgánica que ponga en juego las terminaciones nerviosas del sistema sensitivo (enfermos aquejados de afecciones que provoca intensas sensaciones dolorosas como el cáncer, en los que es indicado el tratamiento con opiáceos, no por ese consumo orientado a cancelar el dolor orgánico, se convierten en adictos).

Esto nos lleva a plantearnos que el “dolor” al que hacemos referencia y al que se refieren nuestros pacientes se encuentra dentro de ese particular sufrimiento que Freud atribuye al originado en las relaciones con otros seres humanos. Dolor que adquiere diferentes formas o expresiones en el discurso del enfermo, pero teniendo siempre el común denominador de una sensación casi física de vacío que reclama el tóxico como aquello capaz de obturarlo.
Más allá del grado de compromiso con el consumo de sustancias, hay ciertas características de quienes recurren a la intoxicación como método para obturar ese vacío que revela la insuficiencia de la inscripción simbólica, que nos permite pensar en las adicciones como un sistema de cancelación del dolor de existir. Un “sistema” es un “conjunto de cosas que ordenadamente relacionadas entre sí contribuyen a determinado fin”. En las adicciones nos encontramos con la constitución de un sistema ideológico que cumple la función de sostén de la problemática adictiva. No se trata de un sistema extraño a lo que podemos considerar el modo “normal” de funcionamiento de un sujeto, teniendo por otra parte contenidos que en última instancia se encuentran alojados en la fantasía de cualquier “buen neurótico” o, si se quiere, cualquier “bien pensante”. La “Ilusión de Felicidad”se encuadra dentro de lo que podemos considerar anhelos comunes a todos los seres humanos.
Los consumidores de drogas esgrimen variados argumentos para sostener su “hábito” tóxico. Por una parte atribuyen los malestares y las imposibilidades a una variopinta colección de agentes externos. Por otra se aferran al hecho de que el consumo de drogas les permite alcanzar intensas sensaciones placenteras, que no son posibles de otro modo que el de encontrarse bajo los efectos de las diferentes sustancias. Argumento que es necesario tener en cuenta en tanto en los pacientes toxicómanos el acceso al campo desiderativo padece de deficiencias marcadas, que hacen que lo placentero sea un anhelo frustrado. La droga, entonces, es el instrumento mediante el cuál pueden experimentar en el nivel de la sensación corporal efectos placenteros.
Esta capacidad de las sustancias provoca un grado de adhesividad particular a las mismas en la medida que aparecen como aquello que es capaz de aportarles un orden de satisfacción al que no tendrían acceso de otra manera.
Conocemos que es habitual que los pacientes manejen un conocimiento de las sustancias que los transforma en “alquimistas” capaces de variadas combinaciones. Cada una de ellas indicada para modificar los estados de ánimo perturbadores, al tiempo que logran evitar efectos indeseables del consumo.
Esta faceta no hace más que mostrar el grado de insuficiencia que se encuentran aquejados los pacientes. El recurso a la sensación corporal pone de manifiesto la no inscripción simbólica que padecen, que reduce los recursos subjetivos para hacer frente a las situaciones vitales que ponen en juego el orden de la Falta. Ante ésta se produce el desencadenamiento de una situación de angustia, casi masiva, que pone en peligro misma estructura yóica, siendo en pasaje al acto el modo de intentar la cancelación de esta angustia insoportable.

Por otra parte, lo que denominamos el “dolor de existir” se constituye a partir de ese “vacío” que se presenta como realmente el efecto doloroso de la ausencia de la palabra, de la incapacidad de producir acciones que les permitan concretar lo que se plantean como anhelo, de la despiadada demanda que lo amarra a la posición de objeto de Goce, de la fragilidad que implica el no tener un alojamiento sólido en el reconocimiento del Otro que los habilite como sujetos separados de él. Ante esto, la sensación física placentera de las drogas, a la que se le suma un cierto efecto de cancelación del malestar derivado del “dolor”, resulta una acción útil en la finalidad de la ilusión de felicidad de alcanzar la eliminación del displacer.
Este valor idealizado de las drogas y del sistema que constituyen se sostiene mas allá de que deje de resultar efectivo, prueba de ellos son los enfermos que recurren al tratamiento, que lo hacen en el momento en el que el malestar ha superado las barreras puestas por el sistema adictivo.
Aún así siguen sosteniendo la ideología de la toxicomanía, que se encuentra representada por la imposibilidad de hacerse cargo de sus actos, de justificar todas sus situaciones de imposibilidad por medio de curiosos razonamientos que alojan la responsabilidad de la inacción en factores externos. Es probablemente esa “ideología” la expresión del escollo más sobresaliente con el que nos enfrentamos en el abordaje terapéutico y que es necesario superar para alcanzar lo que denominamos “entrada en tratamiento”, momento crucial en el que se define el futuro de la cura.
 
 
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