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24 de marzo. Un día para recordar
  Por Martín. H Smud
   
 
Se acerca otro aniversario de una fecha trágica para la historia argentina y para todos nosotros. Una fecha que es símbolo de la dictadura que ha hecho desaparecer a miles de compatriotas además de haber aniquilado un proyecto de país. Hay diferentes formas del recordar y también hay distintas formas del “retorno” del pasado en el presente. Y ese retorno, como sostuvo Freud, es la negación del recuerdo. Hablarlo en voz alta, denunciarlo es quizás la única manera que nos queda para intentar que eso retorne a nuestro pasado y podamos recordarlo y luchar para que no vuelva a pasar. Pero ese pasado se obstina en regresar y sólo es posible vislumbrarlo hablando de un día como cualquier otro, de un día rutinario, de algo que nos acontece como por casualidad.
Lo que voy a contar me sucedió hace varios meses, quizás un año; esta sucesión cotidiana de acontecimientos es hoy la manera que encuentro de conmemorar una fecha que representa al mismo tiempo a lo siniestro, y la lucha para que ese pasado no retorne a nuestra Argentina.

Aquel día estaba malhumorado pues permanecí leyendo y corrigiendo los parciales de una comisión de alumnos universitarios. Un parcial, me alteró. La frase escrita por una alumna que estaba tratando de explicar la contradicción entre lo ético y lo funcional propio de lo institucional, sugería: “La picana eléctrica es un método que se usó para tranquilizar gente”.
Lo leí varias veces, esperaba encontrar una tachadura posterior, un borrón, una aclaración que alertara de su confusión entre la picana eléctrica y el electroshock. Nada de eso, la redacción del parcial seguía como si nada. No sabía qué actitud tomar. Si decirlo delante de todos y nombrar a la alumna que puso semejante cosa, o hablar para todos sin nombrarla, o ponerle simplemente algo alusivo en el parcial y la nota correspondiente. No sabía bien qué hacer. Noté un nudo en mi estómago, intenté comprender qué me ocurría. ¿La alumna lo había escrito con la mayor necedad, sin comprender lo que transmitía, apurada por los nervios del parcial?, ¿esto conllevaba algún saber inconsciente acerca de la tortura y la desaparición forzada de personas? ¿Este comentario podía representar la falta de recuerdo de parte de una generación que no había vivido la dictadura? ¿No era verdad quizás lo que había escrito? Haciendo un complejo análisis la picana eléctrica, ¿no se había usado para “tranquilizar la conciencia” de una enorme cantidad de gente?

Lo cierto es que ese día -recuerdo que era jueves pero no la fecha exacta-, estaba de muy mal humor. Antes de ir a la facultad fui a cortarme el pelo. El peluquero siempre tenía tema de conversación y ese día no se le ocurrió mejor idea que hablar de los chorros del barrio. Dijo que habían vuelto los chorros por la zona, que tenían locas a las mujeres robándoles carteras... que eran peruanos, bolivianos y también argentinos, agregó. Respecto a la delincuencia, dijo que deberían separar al país por regiones y mandar a los militares a meter mano dura. Ahí me descontrolé, subí el tono, todavía con el pelo a medio cortar, le dije que la solución no era matarlos a todos. Tendría que haberle dicho que se trataba de pensar por qué la situación llegó a ese extremo, y quiénes eran los responsables. Pero mi mal humor, que no guardaba relación ni con la alumna ni con el peluquero, me impedía hablar salvo en forma telegráfica. Ese mismo día a media tarde me comentaron que no ingresaría a trabajar en una institución para la atención de drogadependientes y que, además, no podría leer el trabajo que una semana antes me habían pedido para la inauguración del lugar. No querían, de repente, que lo presentara y cuando pregunté por qué, pensando en el tiempo que me había llevado armarlo, en la cantidad de veces que lo había releído para descubrir algún tiempo verbal traicionero, un concepto que no dijera lo que quería decir en esta difícil problemática y, sobre todo, por lo súbito del cambio de opinión, me informaban que no querían que lo presentara porque los inversionistas del nuevo espacio que se abría –y que sería de primerísimo nivel– no aceptaban mi ponencia por las raíces judías de mi apellido. La directora que me había pedido el encargo ni siquiera tuvo la actitud de decírmelo personalmente sino que recurrió a otra persona. Además supuestamente debía agradecer su franqueza al agregar que ella no imaginaba que las cosas llegarían hasta ahí, pero que quienes ponían el dinero para llevar adelante este nuevo emprendimiento para la atención de adictos, eran inversores sirios.

Todos estos hechos pasaron en menos de un día, y de ahí mi malhumor cuando no pude decirle al peluquero que hay responsables de que la situación esté así como está hoy, que nuestra sociedad ha atravesado distintos genocidios a lo largo de su historia, que el del 24 de marzo fue uno muy cruento y que nos ha dejado tan groggy como para alterar súbitamente las capacidades de la memoria.
El genocidio de la memoria. Quien nos ha aniquilado vuelve una y otra vez y ése es su mayor logro, porque en base a la memoria se constituye el análisis y una posición ideológica.
Para conmemorar el 24 de marzo hay que hablar del genocidio de los desaparecidos, pero también del genocidio de la memoria. Conmemorar esa fecha, además de mirar el pasado recordando lo acontecido, es hablar de nuestra vida cotidiana, de esas rutinas, de la alumna a quien los nervios le “fallaron” y dijo algo que deberíamos analizar sobre tan luctuoso día de nuestro almanaque cívico. Que piense también el peluquero con quien he seguido conversando, y que piense también la directora Virginia Rivadero dónde está parada en esa institución que se iba a llamar “Encuentros de Ocampo”.
Y ahora que se acerca otro 24 de marzo, a tres décadas, luego de esos días de enojo, me parece que esto es tema para conversar una y otra vez, denunciar y no dejar de hablar pues es lo único que nos permitirá conmemorar una fecha que siendo tan siniestra, tiene la cualidad de atacar nuestra memoria.
 
 
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