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   Poder y Perversión

Crueldad y ternura.
  Por Raúl Yafar
   
 
¿Quién sino el analista debiera contar con los recursos para pensar las infinitas formas del Deseo, especialmente cuando éste no contiene el tope de la Ley para dirigirse a la criatura humana, es decir, cuando se presenta purificado de toda demanda de amor? Sin embargo...

1. Demos primeramente un rodeo. Por más esfuerzos que realicemos para pulir el concepto de Verleugnung, traducido por “renegación” o “desmentida”, es realmente un trabajo inútil. Sencillamente porque no se trata de un concepto, sino de varios. Dejemos de lado que Freud comienza por asociarlo a las psicosis y luego lo aproxima vacilantemente a la perversión –aunque no del todo–: esto podría deberse al movimiento mismo de su avance conceptual o una elección teórica premeditada. El problema es otro: intentar abrazar este concepto a un rígido sostén de la consideración diagnóstica estructural no alcanza para anular la furiosa cantidad de matices, contradicciones e infinitos recovecos lógicos que despistan al lector.
Si recorremos a vuelo de pájaro la obra de Freud, éste usa el término como negación simple; como percepción errónea; como no comprobación de lo percibido; como increencia o creencia traspuesta; ora relativo a la castración materna, ora a la muerte del propio ser; como un mero no querer saber; como un no darse por enterado; como un generador de repetición demoníaca; como opuesto a la disolución (Untergang) y al duelo; como intento de borrado de huellas; como no extracción de conclusiones lógicas; como mero desplazamiento, etc. Cosas desaforadamente distintas.

Es obvio que no se refiere a un concepto unificable. Si intentásemos una primera ordenación, deberíamos distinguir: 1) no poder creer algo, sencillamente porque choca con algún Ideal amoroso, 2) no poder soportarlo por la angustia que genera –y de allí el descreimiento posterior–, lo cual pone en juego más directamente al objeto que al significante, 3) un tiempo de suspensión donde el sujeto no se da por enterado de lo percibido, 4) la desmentida de algo dicho, 5) el tema mannoniano de “ya lo sé, pero sin embargo...” –que tampoco es lo mismo que “ya lo sé, pero no me importa”–, 6) el borrar las huellas –la temática del crimen perfecto–, que liga, como bien lo vio Freud en “Moisés y la religión monoteísta”, a la repetición, 7) las conexiones con segunda muerte sadeana, 8) las propuestas fundamentalistas –que beben ávidamente de la fórmula de la sexuación “no hay uno que no”–, y por último 9) la adjuración renegatoria de la pertenencia a cierto tránsito vital que es repudiado.
Y esto sólo para citar algunos ejemplos. Podría quizás duplicarlos. Como sea, cada uno de estos matices y submatices merecería una teorización más acabada, que haría estallar el supuesto “concepto” freudiano en un gran número de fructíferos pedazos.
Ahora bien, toda esta riqueza ha permanecido inexplorada. Lacan teorizó lenta y arduamente la perversión de muchos modos, que fueron decantando en un cuadro mucho más estilizado y específico al respecto. Además demoró un gran número de Seminarios para concluir en un panorama claro de esa determinada posición subjetiva. Y eso sí, nunca lo hizo usando demasiado el concepto de Verleugnung.

2- ¿Por qué me interesa destacar esto? Porque el tejido desa-forado del mundo, la trama de Poder que lo estremece y desencadena, no están hechos sencillamente de la especificidad de la clínica de la perversión, ni siquiera de la clínica de la paranoia, aunque nos guste pensarlo así. Pensar en este mundo como “perverso” y “persecutorio” suena bello al alma, pero conceptualmente no tiene asidero y nos desliza hacia un tufillo neurótico-religioso que no cabe para el psicoanálisis. Aunque no estoy negando que determinados cuadros perversos sean muy útiles en infinidad de casos –durante un tiempo al menos– al ejercicio del Poder Absoluto, también son inmensamente inútiles, incluso molestos, en otros. Lo que ocurre es que no se necesita ser perverso para ejercer lo que es el centro de mi comunicación y me parece un tema desatendido por la teoría psicoanalítica. Me refiero a las múltiples formas de la crueldad, a la que considero un tópico en sí misma y ante la cual la perversión es sólo un cuadro raro, muy específico y muchas veces localizado e inofensivo a nivel social. Su peso es más bien singular en la vida de algunos sujetos.
La perversión tiene mala prensa y aparece, por lo menos en la vulgata cotidiana, dando cuenta solamente de desvío de la norma –Freud también puso su granito de arena para contribuir a pensarlo así–, cuando precisamente la codicia ínsita en la norma más “convencional” es la que, en general, es infinitamente más cruel que la mayoría de las perversiones.

Se necesita un imponente trabajo para destilar las escenas perversas propiamente dichas del pensamiento de Kant (en el punto en que se filia como primo hermano de Sade). Éste, no obligatoria ni exclusivamente habla de perversión, sino de algo infinitamente peor: el entramado del mundo se construye a partir del aplastamiento de lo indefenso. Y no llego a decir... su sacrificio puntual, porque sólo basta con su dolor y su impotencia reiterados, reiterados, reiterados.
Para empezar, despejemos un punto de base: la crueldad opera como una de las posibles respuestas al desamparo de la condición humana, compensando ese denso estado de arrojado a lo abierto de la existencia del parlante. Pero es cierto también que constituye una de las respuestas más fáciles de elegir, en contraste con otras más creativas que demandan otro sostén subjetivo.

3. El psicoanálisis no posee una teoría clara de la crueldad, sino un cajón de “sadismos” llenos de anfibologías; polimorfismos perversoides sin definición clara; modos de agresividad variadísimos; actuaciones y rasgos de perver­sión clínicos múltiplemente confundidos; violencias que irrumpen en lo real, que incluyen las innecesarias y de las otras, etc. Pero no estoy hablando de nada de ello.
La crueldad es, digamos, una posición de la existencia, una respuesta a la lenguajera condición humana, y no una estructura neurótica. Implica el ejercicio de un poder y, como tal, crea algo –aunque nos suene desagradable–. Claro que aquello que crea, lo hace, digamos, “en negativo”. Porque la crueldad negativiza, y en ello se afirma, insuflando de poder a su agente, al evaporar un “nacimiento” subjetivo posible e imaginable en el otro. Es lo opuesto a la resurrección creacionista del amor.
La crueldad no es errónea, sino selectiva. No es torpe, sino habilísima. No es inconsciente, ni tiene que ver con ninguna tópica, sino que es parte de una de las maquinaciones más agudas e inclementes del deseo humano. La crueldad tiene una lógica implacable, y ésta es simple y seductora. Si no, no se entenderían los siglos de barbarie que la han alimentado, como se asoma en cada rincón de la pedagogía, el divertimento, la sexualidad, la política, la crianza, el trabajo, las instituciones, el deporte, es decir, en completamente todo lo que mueve los engranajes del mundo.
La crueldad, digámoslo sin más, siempre apunta a abolir la castración, lo femenino del hombre, apunta a lo que no hace fenómeno de masa, a lo lateral, a lo pequeño, a lo que podría “ser más”, aunque sólo potencialmente, expandiéndose y elevándose. La crueldad –aunque el propio Nietzsche a veces se confunda– es lo opuesto a la autosuperación de la Voluntad de Poder. La crueldad no soporta lo a-cósmico. La crueldad nivela, jamás da aire nuevo: sólo glorifica lo que es, sostenido en lo que degrada. Es un modo de placer y sólo quiere identidad e inmortalidad. Pero sería un error reducirla al narcisismo.
La crueldad, tema a mi gusto no pensado, es la pareja de otro tema desaprovechado –salvo en los momentos más visionarios de Lacan, aunque no use casi la palabra y prefiera hablar de amor no-todo o amor presente en lo real–. Me refiero a la ternura.

¿Sonreirá el lector ante un tema cursi, que reflota otra visión posible, otro aprovechamiento distinto de las entelequias freudianas, bastante metafísicas, de Eros y Thanatos? Sonreirá, quizás, pero el cinismo puede terminar siendo la retaguardia de un mundo en llamas. Hay mucho para seguir pensando más allá de la moralina cristiana, para desentrañar los resortes ocultos de lo que es un buen gesto de ternura y de lo que es una conducta lisa y llanamente canallesca. ¿Por qué sólo en los recodos de la obra de Freud y Lacan se encuentran referencias a semejante tema? ¿Es que la neutralidad, el deseo del analista o la ética del psicoanálisis son ajenas al mismo?
Este mundo de burócratas crueles y las pesadillas que les soñamos (viviéndolas gracias a ellos) sólo nos pide sostener que el Otro goza, que nunca se repliega a la penumbra, en un acto reverente, para que un gesto espontáneo nazca.
Así como la bondad y la maldad, términos que parecen no conceptuales, no son sólo cuestión de teología o axiología, sino que nos incumben muy directamente a los analistas; quiero decir hoy que el rostro semiangustiado-semigozoso del mundo (en su conjunto) ni remotamente se reduce a las facciones de todos los hombres de las ratas que atendemos día tras día. Ni remotísimamente. Escuchamos sólo un ínfimo trazo de las vivencias padecidas por cada sujeto y, así y todo, apenas podemos soportarlo sin darle ya, en forma casi automática, significación.
Como si la operatoria de la crueldad fuera sólo un problema de velos, fantasmas y “anhelos” detrás de la neurosis obsesiva... ¡por favor!

4. La ternura tiene su lógica, no es un sentimiento ni una emoción, no implica identificación, no es imaginaria. Tiene un ritmo que ama la pausa y contiene una secuencia compleja de afirmación que, tras inmovilizar por un momento al sujeto, lanza a lo que surge en expansión. Si el lector quiere teoría, es la mejor “compinche” de la repetición de lo diferente, es el eje de la trasmisión en cualquier ámbito y bebe de lo Real del Padre.
Cuando en una escena de la película Pixote (del argentino-brasileño Babenco), tras haberse mostrado en doloroso detalle una gama perpetua de padecimientos y miserias infantiles –no me refiero a la pobreza de clase sencillamente– la cámara se acerca durante un lapso a un niño sentado en un pupitre, niño que a cada segundo se hace más bello, niño que descansa en los brazos del Otro, no para dormir sino para empezar a escribir, y uno ve cada vez más cerca –y no digo que se acorte la distancia física de la lente de la cámara– ese pequeño rostro que se distiende, y con seriedad, tesón y velado ingenio aprende (jugando) a hacer algo con casi nada, es decir, ensaya unas primeras letras... La pantalla de la vida del espectador se inunda de algo sagrado, de una reverencia por el nacimiento –no en vano– del lenguaje. Y de una pequeñez maravillosa, propia, inmanente a su humanidad, heredera de una celebración que creía sepultada.
Tal vez sea así, como lo pienso desde hace un tiempo, tal vez no. Pero mientras los psicoanalistas seguimos discutiendo y pensando estupideces –que en sí no son estúpidas en lo más mínimo–, gran parte de la vida –la que se vive de verdad– se nos escapa. Y no por las ventanas de los consultorios, sino de los agujeros negros de nuestras “teóricas” cabezas.
Mientras el mundo, ancho y ajeno a nuestros escritos, sigue respirando sangre.
 
 
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