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   Poder y Perversión

Poder y perversión...y obediencia
  Por Hugo Dvoskin
   
 

Todo acto humano, la desobediencia en el paraíso, o cualquier otro, interfiere la voluntad de Dios.
J. Saramago

1. Introducción
Los términos “poder” y “perversión” convocan al juego de palabras del que no nos privaremos: “la perversión del poder” nos llevaría por los terrenos de la sociología y de la política. Mal que nos pese a los psicoanalistas, en tanto tales, sobre el poder no es mucho lo que estamos en condiciones de agregar. El referente “poder” no es un concepto definible desde nuestro marco teórico. Utilizando nuestras categorías declinaríamos a la tan denunciada cosmovisión.
Sin embargo, podría formularse “el poder de la perversión” y allí dos cuestiones nos implican: la perversión en tanto diagnóstico de estructura y los efectos del poder en el sujeto. Aquí podría hablarse de sugestión aun cuando nuestro intento sea desplazarnos hacia la cuestión de la “sumisión”. Por esa vertiente llegamos a una cuestión clínica: la transferencia y la dirección de la cura cuyo texto rector lleva las marcas de la cuestión “la dirección de la cura y los principios de su poder”1.
Si “el poder de la perversión” nos es atinente es fundamentalmente por los efectos que la suposición de un Otro sin castrar, –digámoslo por su nombre, la suposición de la existencia de Dios–, tiene globalmente en las neurosis y más específicamente en la obsesión.

2. “Bienaventurados sean los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos”. “Desde un lugar Otro exterior, ocupado por Dios, le es dado al sujeto un lugar, un lugar insignificante. Partiendo de una adhesión incondicional dada por la fe a dicho orden”. Luis Esmerado
¿Por qué el reino de los cielos se abriría justamente para aquellos que son pobres de espíritu? ¿Acaso no debería abrirse para los ricos de espíritu? Podría bien tratarse de alguna paradoja o, tal vez, de una verdad sobre el Otro. Pobre de espíritu cabe leerlo aquí como falto de deseo, dispuesto a aceptar aquello que le es propuesto, que es dispuesto, que le es impuesto. Aceptarlo sin oposición, con resignación, eventualmente con fe en cualquier decisión del Otro, siempre sabia. Un otro que sabe, cuyo poder se hace su-misión en el sujeto a quien desde ese lugar le corresponde “los cielos”.
Para Freud el hombre debía enfrentar tres problemáticas centrales. Por un lado, la hiperpotencia de la naturaleza y la fragilidad de nuestro cuerpo. Para ambos, dice Freud, confiemos en la ciencia y la medicina. Por el otro, la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad. ¿Confiaríamos aquí en las leyes hechas por el hombre y en el “amor al prójimo”? Probablemente no, pues “la cultura encuentra en la inclinación agresiva en tanto disposición pulsional autónoma y originaria (del ser humano) el obstáculo más poderoso”2 .
Pero el más complejo subjetivamente es el cuarto término, que refiere al quehacer que es atinente a nuestra praxis: como cada quien resuelve la cuestión de la insatisfacción, del goce que no hay. Si bien existirían distintas alternativas como sustitución, la religión sería especialmente apta para intentar ese logro –siempre fallido– perjudicando “el juego de elección-adaptación”, imponiendo a todos por igual su camino para conseguir dicha y protegerse del sufrimiento. Su técnica consiste en deprimir el valor de la vida. A este precio, mediante la violenta fijación a un infantilismo psíquico, la religión consigue ahorrar a muchos seres humanos la neurosis individual... difícilmente obtenga algo más... cuando el creyente se ve precisado a hablar de los “inescrutables designios” de Dios, no hace sino confesar que no le ha quedado otra posibilidad de consuelo ni fuente de placer en el padecimiento que la sumisión incondicional”3. Del goce que no hay a la sumisión al poder del Otro, la llave es la religión, la religión como discurso. Podríamos postularlo inversamente y llamar discurso religioso a ese texto del sujeto que acepta la sumisión incondicional al poder/saber del Otro. Se trata de la posición del creyente, del aquel que tiene “certeza en la creencia” de que en el Otro hay (un) saber al que hay que someterse.

3. En transferencia
Lacan asevera que la transferencia es un efecto del sujeto supuesto al saber. Podría formularse que la sumisión es un efecto posible de suponer un saber a alguien, particularmente cuando esta creencia toma la forma de una “certeza en la creencia” o una creencia verdadera. No me refiero a la práctica religiosa organizada bajo la forma del mostrador, “te doy, me das”, “te pido, te prometo”, “te hago una ofrenda, recibo”. Se trata de la práctica religiosa que refiere a que “sea lo que sea lo que pase, es voluntad del Señor”. Forma de atribución de saber que (de)generará en amor. Para el psicoanálisis este amor se leerá como resistencia; era para Freud un llamado a la interpretación por la dimensión de engaño que supone el amor pues el Otro nada sabe del deseo de cada quien. La religión, la hipnosis y la sugestión leerán como verdad esta obsecuencia al bien que el Otro ofrece. La sumisión y el amor transferencial en análisis impiden la revelación de la verdad en tanto dificulta al sujeto escuchar, justo ahí donde para la sugestión se trata de una revelación que el sujeto no debe desoír.
Quizás la cuestión es un efecto del atajo que se toma al someterse a la sumisión a amar al padre cuando ya ha fallado el amor del padre, léase la falta de garantías. Someterse al padre, adherir al padre o, por qué no, adherirse al padre a fin de evitar la incertidumbre. La sumisión, un nombre de quedar adherido al padre, a sus ideales, a sus proyectos, al destino que nos supone, ya sea en la religión específicamente o a cualquier discurso supletorio... un proyecto político o terapéutico. Así, la vida transita en una sola vía, en un destino previsto.

4. Del padre
Cabe pensar aquí dos modelos freudianos del padre: el padre terrible de Tótem y tabú y el padre muerto4. Dos modos de ocupar la función. El primero, puede pensárselo bajo el modo del padre Schreber pero también el del Antiguo Testamento. Es un lugar excepcional, pero excepcionalmente presente. Es un padre del todo saber que cobra sin dificultad la forma lacaniana del superyó: una imagen obscena y feroz. Está, sabe y castiga. El segundo, bajo la forma extrema del padre muerto y silencioso, no constituye para Lacan el modelo de lo que podríamos llamar la buena función. Es un padre que no dice nada, que vira rápidamente hacia el padre impotente así como el primero vira hacia el padre gozador.
El padre deseante no es una función vacía sino un operador de la castración y como tal debe haber alguien que opere, que la realice, sin gozar del otro en el acto. Puede aquí hacerse una diferencia en el goce (en la cultura) allí donde se hace un acto, de allí donde se goza del otro. Debe recordarse que la posición deseante por excelencia de Alcibíades -que Lacan le atribuye- no es suficiente para suponerle una posición ética. Aquí se jugaría la compleja y delicada cuestión del deseo puro.

Si del lado de padre terrible                                                                                                        del lado del padre muerto
a) la crueldad                                                                                                                                                    la piedad
                                                             al final del análisis se tratará de la impiedad
b) ser acreedor                                                                                                                                       hacer un pago efectivo
                                                                                                                                                                      de la deuda
                                                         al final del análisis se tratará de transmitir la deuda
c) inhibición                                                                                                                                                     impotencia
                                                     al final del análisis se tratará de soportar la imposibilidad
d) la ley del talión                                                                                                                                        amor al prójimo
                                               al final del análisis se tratará de soportar las paradojas de la ley
                                                                                      y la excepción
e) sin-vergüenza                                                                                                                                     vergüenza y sumisión 
                                                                    al final del análisis des-vergonzado



5.- Para el analista
Se trata de formular los modos diversos de lo que Lacan llama “basura decidida”5. Habrá un modo, el de la sumisión, que implica ocuparlo forzadamente por decisión del Otro; habrá otro modo, que es el del analista, que decide no sólo no ocupar el lugar del Otro, sino también ocupar el lugar de un resto que causa.
Marcar esta diferencia no es sino efecto de una afinidad que Lacan encuentra entre la ética estoica y la ética del psicoanalista allí donde se plantea la problemática del “dejarse tomar por”, del “ofrecerse como objeto”. Se trata del “hágase tu voluntad” pero bajo la forma del semblant para que de ello no resulte sumisión al/del analista.
Se trata de evitar el punto sacrificial allí donde Jesús fue salvado de las manos asesinas de Herodes siendo “aquel que se salvó a costa de los otros” pero que lo terminará pagando siendo el “uno que dará la vida para que se salven todos (los otros)”6.

También se trata de evitar la posición de Judas, pero no por traidor, sino para no someterse a la voluntad del Salvador que lo envía a traicionarlo para cometer su plan suicida7. Finalmente, de evitar la posición del Hombre de las Ratas que recupera su honor/honnir pagando las faltas del padre (¿haciéndose matar?) en el campo de batalla.
El sujeto, en su viaje, puede seguir la voluntad del Otro o apartarse de la rigidez de la senda determinada recorriendo los meandros posibles, aun cuando se lo condene, evitando así la sumisión al Otro, a la regencia absoluta del deseo del Otro, allí donde el sujeto sería “puro sujeto del Otro”.
Se tratará sí, de ser un estoico que ha abandonado la duda inconducente y el goce de la pregunta cartesiana, para poder incrustar ahí las marcas que advendrán de su posición deseante, agujereando al Otro, arrancando para sí aquello que se atribuye como propio. “Un estoico ladrón”, lo llamaremos, sabiendo de los riesgos que se corre adjudicándole este nombre y dejándolo como sintagma y promesa de un otro texto que avance en las coordenadas conceptuales con relación al fin de análisis.
Para la clínica psicoanalítica se trata de ir más allá “del poder de la perversión” para poder abordar la cuestión de la obediencia y los efectos de la posición obsecuente y sumisa que el aquí llamado discurso religioso produce particularmente en la obsesión.


1. J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos, Siglo XXI Editores, p. 565.
2. S. Freud, “El malestar en la cultura”, en A.E., tomo XXI, p. 85.
3. S. Freud, “El malestar en la cultura”, en A.E., tomo XXI, p. 84.
4. J. Aramburu, El deseo del analista, en Tres Haches, p 228 a 230.
5. J. Lacan, El seminario. Libro 23, clase del 19-03. Inédito.
6. José Saramago, El evangelio según Jesucristo, Seix Barral, pp. 98- 143.
7. Roger Callois, Poncio de Pilatos y la cuestión del Poder, Sudamericana, p. 35 y ss.
 
 
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