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   Poder y Perversión

El secreto mafioso del síntoma
  Por Sergio Zabalza
   
 
El secreto: Es sabido que no hay abusador sin cómplice que habilite su proceder. Lo que sorprende es que, desde esta perspectiva, ámbitos tan disímiles como la violencia familiar, la impunidad o la guerra encuentren el hilo que teje su trágica relación.
En efecto, basta citar Psicología de las masas de Freud para advertir que la manipulación de los vínculos primarios es la llave con que los líderes de todas las épocas adormecen conciencias para justificar atrocidades. No en vano, los colaboradores más íntimos de Hitler evocaban –por todo recuerdo– la fascinante figura de su jefe. Se trata de un fenómeno de amor, tan presente y eficaz como el que entonan las canciones románticas o el que estimulan nuestras cotidianas fantasías; esa ilusión de completud que Aristófanes inmortalizaba en El banquete con el mito de las dos mitades buscando su anhelado y armónico ensamble. Siguiendo esta lógica, bueno sería preguntarse cuántas mitades componen una familia y cuántas más un ejército. Sin embargo, no hay necesidad de tal puntuación, todas las mitades del mundo confluyen en el Otro; ese lugar alternativamente ocupado por la escuela, los ideales, el ejército, los padres, los fundamentalismos, una novia. Todos los anhelos nos llevan al encuentro con ese idealizado partenaire que, por supuesto... no existe.

Ahora bien, psicópata o canalla es quien explota esta realidad humana en beneficio propio. Así, la ilusión de completud encarnada en el líder –sea éste el padre, comandante, líder espiritual (o todas estas cosas juntas)– sustenta el férreo lazo libidinal con que millones de personas apoyan la locura de una guerra o toleran el drama de la violencia familiar.
Cuanta más angustia genera la escena, mayor consistencia adquiere la ilusión redentora. Por eso, no debe extrañarnos que la mujer golpeada disculpe a su marido no bien el patrullero asoma en el umbral de la puerta, que los compañeros sancionen con un ¡buchón! a quien denunció al gangster de escuela, que los barra bravas truequen la más bestial rivalidad con un pacto de silencio o que se acalle el diálogo no bien el malestar de alguna conciencia insinúa la sombra del abuso. De allí que “Los trapitos sucios se lavan en casa” sea la frase con que la lógica mafiosa de las corporaciones evidencia su aire de familia. Enviar hijos a la guerra forma parte de esa compleja trama humana, incapaz de resolver la cuestión del amor sin atravesar la del odio: un secreto que –aún hoy– se intenta disimular aduciendo pura charlatanería.

El secreto: satisfacción del sentido: Tan sólo para citar un ejemplo de nuestra escena doméstica nacional: si en tiempos de Malvinas hubo quienes se animaron a decir: “lamento no tener hijos para ofrecer a la patria”, no nos debe llamar la atención que ahora algunos jefes navales argentinos –en desmedro de los deudos del crucero Gral. Belgrano– se hagan cómplices del cerrojo que tapia la documentación sobre aquel crimen de guerra.1
Suficiente como para preguntarse a qué patria sirven estos uni-formados. Lejos de constituir un lugar donde tramitar las diferencias con el Otro, el concepto corporativo de patria está al servicio de sostener los esencialismos a-históricos con que los canallas abrigan su voluntad de goce tanto como los neuróticos alivian su culpa. Por eso, es divertido pensar que los enclaves mafiosos enquistados en la estructura del Estado se asemejan a ese cuerpo extraño que Marx llamó síntoma. Articulando plusvalía con plus de goce intentaremos indagar acerca de quién se apropia de la satisfacción en juego –dinero en el primer caso, sentido en el segundo–.
Si tal como expresa Roland Barthes: “la lengua es (...) fascista ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar decir”2, bien podríamos caracterizar al compromiso subjetivo que alumbra la constitución de todo ser parlante, como esencialmente encubridor de la violenta intimidación que su irrupción provoca.

Violencia, intimidación, encubrimiento, pacto..., todos ingredientes aptos para conjeturar que el discurso del amo, no por necesario, es menos... mafioso.
¿Acaso no sabemos que tras la consulta que realiza un sujeto descansa una extorsiva demanda cuya leyenda bien podría rezar: “yo te pago, siempre y cuando no te metas con eso”?
Ahora bien, “Qué es eso” –en cada sujeto– es la pregunta que sostiene todo el saber en fracaso del psicoanálisis3: Eso es la religión privada que administra el goce comprometido en sostener al Otro del sentido. Por algo, las mafias organizadas que se apropian de los excedentes non sanctos de la economía se anudan a los aspectos más recalcitrantes o fundamentalistas de las religiones. (Varias quiebras tan bancarias como vaticanas nos darían la razón). Trabajo que –por sucio– no deja de lavar el dinero con el que las almas bellas expían sus culpas. Aunque no por mucho tiempo: “Cualquiera que se dedique a someterse a la ley moral ve siempre reforzarse las exigencias siempre más minuciosas, más crueles de su superyó”4.

El mafioso superyó: De manera que –cual capo mafia por excelencia– el superyó es convocado una y otra vez para hacerse cargo de aquellos excedentes de satisfacción inadmisibles para la moral subjetiva. El privilegio de horrorizarnos frente a la corrupción de hoy será el secreto precio que la culpa pagará mañana. Por eso, quién se satisface con los excedentes de la economía subjetiva constituye el nudo que marca la orientación de un análisis. Si la salida es la identificación con el terapeuta tendremos una terapia... mafiosa; por el contrario, si el sujeto se hace cargo de su goce tendremos un... análisis. Así, por no abordarlo como un trastorno a ser eliminado, el síntoma se constituye para el sujeto en una patria, donde el superyó –vaciado de goce– pasa a ser un des-ocupado. Hace meses que se discuten las responsabilidades en la tragedia de Cromañón. Por hablarse de cantidad de muertos y heridos, se calculan montos de indemnización como costos políticos y se suman votos como años de cárcel. Sin embargo, el valor de cambio de estas equivalencias simbólicas no alcanza para acceder a lo que no tiene precio: la responsabilidad subjetiva.

Por eso, bienvenida la justicia, pero si el afán de encontrar una verdad que otorgue sentido a la muerte de estos jóvenes hace que el deslinde de responsabilidades se reduzca a cortar la cabeza de funcionarios y encarcelar personas, el mafioso superyó relanzará su círculo infernal: otra tragedia para aliviar la mala conciencia de las almas bellas, siempre renuentes a considerar su mediatizada complicidad con la corrupción generalizada y así, que siga la serie: familia, impunidad, guerra.
Tanto mejor si por no pagar el diezmo de una oprobiosa satisfacción dejamos al oscuro secreto del síntoma sin sentido del cual alimentarse. Cuestión que, por otra parte, –al convocar el discurso del analista– nos invita a indagar acerca de cuándo el amor no es una locura o el disparate con que el que los comediantes de hoy prosiguen la vieja saga de Aristófanes.

1. Diario Clarín, 11/10/2005, editorial de Ricardo Kirschbaum.
2. Roland Barthes, Lección inaugural de la cátedra de semiología lingüística del Collège de France del 7 de enero de 1977, Siglo XXI, 1986.
3. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 18, clase del 12 de mayo de 1971: Lituraterre.
4. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 7, clase 13 del 16 de marzo de 1960, apartado El goce y la deuda. Paidós, Buenos Aires, 1988, pag. 214.
 
 
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