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   Colaboración

Fantasmas y pastillas
  Una reflexión psicoanalíticaa sobre la medicación en la infancia.
   
  Por Juan Vasen
   
 
Lo que se gana en tiempo —y nunca es suficiente— se pierde en complejidad y el sujeto deviene así el lugar de un mero trastorno. Entonces, se ES un Adedé; pues ya ni siquiera se lo padece.El padecimiento se borra, rápido, muy rápido en favor de un nombre que queda inscripto. Tal vez sea ésta la mayor preocupación que habita este trabajo. No la inmediatez de lo que alivia sino la permanencia de lo que se inscribe en su nombre no dejando ya venir lo que el saber no sabe.
Alejandra Tortorelli, De la presentación de Fantasmas y pastillas.

Intervenir con psicofármacos en la vida de un niño es una cuestión compleja y delicada. Sin embargo los criterios de uso de los psicofármacos en la infancia no siempre se hacen eco de estas complejidades. Por ello es impostergable ocuparse críticamente de los mismos, pocas veces explícitos, que sólo en ocasiones son compatibles con la práctica de un psicoanálisis con niños que apueste al máximo despliegue lúdico y simbólico posible.
Un punto de partida ético exige admitir que se trata de un territorio pleno de entrecruzamientos. Por ejemplo los que se producen entre las sinapsis y el jugar transferencial que despliega, creando, un niño en su análisis. Por eso nos vemos llevados a cruzar territorios ex-profeso. Salvo que creamos que las demarcaciones más o menos fundadas y disciplinariamente establecidas entre territorios del saber rigen como delimitaciones inexpugnables para cada uno de ellos.
La práctica del psicoanálisis con niños supone intervenir a través del juego en las dimensiones fantasmáticas, entendidas como los guiones inconscientes de la relación con los otros y consigo mismo. Con la expectativa de que, incluso, esas intervenciones lúdicas promuevan cambios en la fantasmática que motoriza síntomas y trastornos. Y no sólo eso, el jugar también afecta a las sinapsis involucradas. Aquí es donde las intervenciones a través de medicamentos puedan convertirse en apuestas que permitan abrir camino al jugar.

Apuestas que podrían parecer ambiciosas, pero que no lo son tanto si se piensa que esas fronteras se han delimitado muchas veces en función de plantar banderas y apropiarse de los campos a expensas de simplificar las problemáticas que éstos presentan. Y que Freud fue el primero en poner en cuestión yendo más allá del semblante neurológico de la histeria.
Posmodernamente podemos constatar que la infancia está en riesgo por dos motivos. Debido al consumo, que altera los lazos que constituían la infancia moderna como tal y debido a la exclusión, que produce masivamente subjetividades desamparadas y desconfiadas. En ningún caso la infancia y por ende la consulta son lo que eran.
En consonancia el lugar social de los psicofármacos ha mutado. Ya no son sólo herramientas para un alivio acotado y sintomático, sino que llegan a proponerse como atajos bioquímicos hacia la felicidad o el rendimiento. Para estar “más que bien”. O peor aún, como chalecos químicos para silenciar descontentos. A ello habría que agregar su función de prismas a través de los cuales se construyen los saberes sobre el enfermar. Por ese motivo no estaría mal ponerse en guardia ante a la posibilidad de que las enfermedades comiencen a tener el nombre de los remedios que supuestamente las curan.

Esta afirmación se basa en que en los últimos años asistimos no sólo al avance cuantitativo de los psicofármacos sino también a un avance del lenguaje de los psicofármacos. Una impregnación que puede llevar a que la “verdad” de un sufrimiento se vea reducida al nombre de un neurotransmisor ausente y una “enfermedad”, paradójicamente, lleve el nombre del remedio que se instituye para “curarla”.
La cura así entendida provee o modula lo faltante. Completa y complementa. Mientras, la experiencia analítica descompleta, evita las suturas apresuradas y complacientes y en lugar de suplantar, suplementa. Esto es, agrega algo nuevo. Pero nunca en serie, no a partir de la particularidad del nivel bioquímico sino en el plano absolutamente singular de esos goces que hacen del padecer algo alejado de los sentidos consensuales.
Este modo de pensar rescata un lugar intersticial para la práctica del psicoanálisis. Un lugar anticipado por poetas y filósofos que abrieron para la ciencia territorios a los que sus practicantes llegaron sólo después para hacer de lo inefable material de un método. Desde esta perspectiva hay premisas que guían, explícitamente o no, las intervenciones psicofarmacológicas. El uso de cualquier producto de la técnica no tiene necesariamente que convertirse en una imposición acrítica. Y los saberes que las tecnociencias aportan pueden contrastarse y diferenciarse de los surgidos de la praxis analítica puesto que las verdades que ambos desocultan y elaboran son diferentes.

Si creemos, como plantea un colega, que “los medicamentos no enseñan nada”, cabe preguntarse si el trabajo psicoanalítico lo hace. Problema histórico de disyunción entre psicoanálisis y pedagogía. El psicoanálisis con niños no pretende enseñar, pero eso no quita que de la experiencia analítica se salga distinto. Del recorrido, del traverseo, que no es mero atravesamiento de un plano o un umbral que se traspone de una vez, se espera que decante un nuevo posicionamiento ante síntomas, trastornos y daños. Del saber supuesto al analista correspondería abrir camino a un saber hacer con los goces propios de las dimensiones autoeróticas pero promovidos desde las fantasmáticas parentales.
Uno de los caminos, una travesía posible de ese traverseo, pasa por la construcción de personajes que en el juego dicen lo que el niño no puede decir. Personajes con los que se identifica, como en el teatro, viviendo en el juego una fantasía épica y poiética. Entonces, a través de la poiesis lúdica, estos personajes duendes producidos conjugan nuevos decires, reformulan el goce fantasmático, conjuran a sus personeros y hacen decantar un saber hacer, pues el juego es un hacer. Al tomar contacto, con tacto, con ello el niño se enriquece al trasponer lo que de su subjetividad se había vaciado al acantonarlo y cercarlo en su padecer.

En la era de los atajos y del “quick fix” es más fácil para los chicos comprar una película hecha que hacerla o deshacer/se de las que alimentan su sufrir. O para sus padres adquirir psicofármacos. En cambio, aprehender ese goce en tramas imaginarias y simbólicas, aun dejando resto, les permite empezar a ser de otra manera y a hacer y a decir, espontáneamente, otras cosas.
El trabajo con niños es una clínica que, en tanto material de entrecruzamientos, ha dado lugar a muchas de estas reflexiones. Es allí donde la gravedad de algunos cuadros nos lleva muchas veces a toparnos con inercias y estereotipias, con bloqueos o desbordes que paralizan el juego. En esas situaciones, cuando “no hay otro remedio”, las intervenciones psicofarmacológicas combinadas con las inter-versiones psicoanalíticas pueden abrir caminos al juego acotando vías repetitivamente activadas y abriendo paso a otras que pueden rivalizar con las anteriores como paths neuroquímicos. Pues no son los mismos circuitos los que se activan ritmando placeres que los que funcionan soportando goces.
La importancia de los psicofármacos no estriba en adaptar, aunque tiendan a hacerlo. Tampoco enseñan nada ni aportan la felicidad que publicitan pero pueden en cambio, por “vía di levare”, apartar lo que sobra y permitir el despliegue de lo atrapado entre las rocas de un pasado hecho estatua. Pueden contribuir así, empleados muy acotada pero criteriosamente, al despliegue de un jugar que no sólo reproduzca o imite, de un jugar que permita al niño inventar al hombre.
 
 
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