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   Psicoanálisis y Psicoterapias

Una pequeña dificultad
  Por Álvaro Couso
   
 

Fígaro: —Ya no sé lo que soy ni lo que hago
W. A. Mozart

La verdad mía. Fin de lo que fui
R. J. Guimarae

Una constatación de hecho. Un fantasma ha atravesado los consultorios porteños y ha sembrado iniquidad y zozobra. En el marco de una transformación de las formas y modalidades de los objetos de consumo en la cultura postmoderna, convergentemente a la pauperización de la clase media y en medio de una oferta cada vez mayor de profesionales de la salud mental; la demanda por el padecimiento “psíquico” antes dirigida por determinantes transferenciales –fueran éstos del origen que fueran– a quienes encarnaban el Sujeto Supuesto al Saber, ha trastocado su fin. Hoy estos herederos de esa ciencia del consumo, indiscriminada la clase social a la que pertenezcan, recurren por razones fundamentalmente de mercado a la proposición que realiza la cobertura médica que poseen. Ese objeto de derecho “la salud”, –obsérvese que no se cuestiona el derecho a la salud, sino el uso que de ese derecho se hace– encarnado por las empresas que cubren real e imaginariamente este encomio, se convierte sin ninguna distinción, en un objeto más entre otros. Difícil pasaje que ya habían sufrido los médicos a mediados del siglo pasado. Extraño desplazamiento del nombre y sus garantías al anonimato que la institución representa. El afiliado requiere ese objeto que por derecho le corresponde, y ese derecho obviamente incide sobre aquello que el psicoanálisis ha definido como demanda, ya volveremos sobre este particular.

Desde el año 1997 las Obras Sociales y luego las coberturas médicas por resolución del Ministerio de Salud y Ambiente de la Nación han incluido entre sus prestaciones la psicoterapia. Los servicios de salud mental, ordenados por el DSM-IV, han clasificado y unificado el campo de la nosografía psiquiátrica. Con un máximo de entrevistas –treinta por año, fijado sin ningún criterio clínico, por el Programa Médico Obligatorio–, estas prácticas, –entre las que se han incluido los psicoanalistas– poseen diferentes modalidades de programación y procedimiento. Desde el tiempo –duración– de la entrevista, según el plan al que el afiliado pertenezca, a la evaluación por parte del paciente de la idoneidad con que el profesional dirige su tratamiento. Pasando por la demanda “innecesaria” o “injustificada” con la que puede ser calificada una admisión a la estimación y control por parte del asociado del éxito terapéutico. Si bien este particular aquelarre no acepta la figura de ningún macho cabrío enmarcando el ceremonial, existen sin embargo pautas y prescripciones que el discurso de la ciencia, –para el caso, médico–, parece unificar. Inevitablemente, al incluir un dispositivo tan singular como el del análisis en el dispositivo institucional, las tensiones producen resultados que no pueden ser más que una “solución de compromiso”. Sabemos las consecuencias que generalmente dicha operación genera. Al mantenerse las dos proposiciones contrarias en el inconsciente se favorece la escisión subjetiva conservándose, entonces, tanto la renegación como el reconocimiento de la castración, cosa que no puede producir otro resultado que una estructura perversa.

Comenzábamos nuestra lectura con la problemática que se desarrolla a partir de la transferencia y la circunscribíamos a la demanda. Como ha trascendido, –aún para los más legos– la demanda para el psicoanálisis no se circunscribe al pedido, al requerimiento que se dirige a quien escucha con la finalidad de resolver una situación que aqueja, sino a ese vascular entre la palabra que se pone en juego como oferta y al silencio que responde, que la frustra. A una frustración a toda demanda que provoca el reenvío a la palabra, a la repetición por donde se producirá entre las formaciones del inconsciente la emergencia del deseo, ¿cómo trabajar la angustia y la reacción terapéutica negativa en un tratamiento que tiene sobre la autoridad del analista la mirada inquisitiva-persecutoria del bien hacer, de la eficacia a la que debe responder la Institución? En el mejor de los casos, ¿se tratará de diferentes ideas del bien? ¿Cómo sostener la dialéctica entre erómenos y erastés cuando existe la posibilidad perversa de fijarse permanente en la posición del amado? ¿Qué destitución subjetiva ante la infatuación yoica del derecho del consumidor? Si, como demostrara Freud, el malestar de nuestra época radica en la degradación del padre imaginario, ¿qué consecuencia podríamos pensar que devendrá como objeto de un “semblant” que no se autoriza más que en relación a un Otro no castrado, ante la omnipotencia “absoluta” del Otro?

¿Qué libertad de elección en la dirección de la cura cuando el Otro real fija “objetivos focales”, evalúa los “efectos terapéuticos” o sanciona requerimientos administrativos? ¿Qué posibilidad de elección de sus analizantes le queda al analista, cuando éstos le son derivados por un coordinador o un encargado de las entrevista de admisión? Sin entrar a discriminar ni a discernir los criterios de esa derivación, señalemos tan sólo como muestra la proximidad del consultorio al área de residencia del paciente, la “demanda” de especialistas en patologías específicas, etc.
Decíamos, sintetizando, que los servicios de salud mental ordenados por el DSM-IV han clasificado y unificado el campo nosográfico de la psiquiatría, no obstante esta pormenorizada especificación de los signos constituyen conjuntos que admiten bajo el título de trastornos de ansiedad, los trastornos de angustia (panic disorder), código F41.0, trastornos de angustia sin agorafobia, F40.00, agorafobia sin historia de trastornos de angustia, o F42.8 ,trastorno obsesivo compulsivo, etc., donde más allá de la específica y detallada clasificación de los signos, nada dicen de las agrupaciones en la que los mismos se reconocen, desaparecida la histeria y la neurosis obsesiva como estructuras, poco pueden las expresiones de la subjetividad encontrar su singularidad. Tampoco a partir de lo que Freud definiera como Edipo negativo puede caracterizarse la homosexualidad, que sin reconocerse como tal aparece dentro de las parafilias identificada: F64.X, trastornos de la identidad sexual.

Por supuesto no podría deducirse de una categorización como la que venimos describiendo aquello que el psicoanálisis propone: el diagnóstico en transferencia.
No obstante podemos conjeturar la “utilidad” de estas pautas. La evaluación estadística de los determinantes que llevan a la consulta, el tipo de “desorden” que predomina según los sexos y las edades, los momentos de mayor auge o de retracción en las solicitudes de tratamiento,… ¿Facultarán estos datos, como antaño, a predecir el mayor índice de descompensaciones durante el mes de febrero (histórico reposo de los analistas)? ¿O permitirán evaluar costos y beneficios de las prestaciones “per capita”?

Otro criterio a tener en cuenta, como ya lo adelantáramos, lo constituye la duración predeterminada del tratamiento. El tiempo, esa variable imprescindible de atender, que desde el análisis del Hombre de los Lobos advierte a Freud sobre el manejo particular que de él hace el inconsciente y que afirmara luego Lacan con el “tiempo lógico” –instante de la mirada, tiempo para comprender y momento para concluir– cierra y descuida las formaciones inconscientes en lugar de ponerlas a producir. Cuando un analista interrumpe una sesión, cuando su acto interpretativo sancionaba un significante o introduce un enigma, la formalización administrativa de los “cincuenta minutos” prescriptos perdió todo sentido. Esta innovación teórica, producto de la escucha inconsciente, se desvirtúa cuando nuevamente la formalidad de un número predeterminado de entrevistas fija el horizonte del tratamiento. ¿Puede anticipadamente pensarse un análisis que tenga como tope un número previsto de sesiones? Incluso si nos atuviéramos a otra normativa, la de los posfreudianos, cuatro sesiones semanales, ¿podría concebirse un análisis que durara menos de dos meses? Ni siquiera en los comienzos de la práctica, cuando aún no se hallaban extensamente conceptualizados mecanismos como la represión o la resistencia

Para concluir, detengamos someramente en la diferencia que estableciera Lacan en Radiofonía y televisión entre psicoterapia y psicoanálisis. Si bien para él, ambas prácticas actúan por medio de la palabra y no obstante toda psicoterapia parece no poder efectuarse sin la “inspiración psicoanalítica”, la distinción fundamental recae en la oferta de sentido y la sugestión que caracterizan a la primera; mientras para el psicoanálisis, la verdad de la que habla el inconsciente, se encuentra en cambio determinada por el no sentido, de la no relación sexual. Antinomia irreconciliable entre el privilegio de la razón del proceso secundario, entre la afirmación de lo imaginario del yo y la realidad sexual del inconsciente. Incompatibles objetivos que no permiten identificar una práctica de la educación con una política del deseo.

Admitamos, no obstante, que si la supervivencia del psicoanálisis ha de inscribirse en las realidades que la época le propone deberá hacerlo dentro de su marco teórico, respetando sus fundamentos, sosteniendo las tensiones que genera, perseverando, o contrariamente al orden de condicionamiento –articulado en el parágrafo anterior–, aquello que denominamos psicoanálisis podrá, ante la necesidad de mercado, encubrirse tras la psicoterapia y convirtiéndonos en nuevos Creontes, al no observar las leyes divinas, devendremos la destrucción de nuestra polis y propiciaremos el triunfo de la fe.
¿Finiremo tutti come Arlecchino servitori di due padroni?

 
 
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