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   Psicoanálisis y Psicoterapias

Acerca del múltiple interés de la zoología.
  Por Enrique  Millán
   
 
Personam tragicam forte vulpes viderat: “O quanta species”, inquit, “cerebrum non habet”. Hoc illis dictum est, quibus honorem et gloriam fortuna tribuit, sensum communem abstulit.
de “Fabularum Aesopiarum”, Phaedri Augusti Liberti1

El epígrafe. Pido disculpas por haber puesto el epígrafe en su versión latina, opción que puede parecer infatuada. Ocurre que no tenía a mano una versión castellana y me veía en la incómoda situación de tener que optar por una traducción adecuada; complicación que, sin ningún tipo de envidia, cedo a los traductores.
Veamos entonces qué se puede hacer: resulta que la zorra (vulpes) había visto (viderat) a la máscara trágica (personam tragicam). Lo había hecho casualmente (forte): ésta palabra tiene la misma raíz que “fortuna”, y ambas admiten un origen común en el verbo “fero”, que quiere decir “llevar” y también “traer”. Total que quiso la fortuna que a la zorra le sucediera semejante cosa. Entonces dijo, o dice (inquit). ¡Oh cuánta apariencia (species), no tiene cerebro! Esta palabra “species”, quiere decir “apariencia”, es cierto, pero también “belleza” y hasta “especie”, justamente.
Desde que leí ésta fábula por primera vez, me impresionó mucho la perplejidad de la zorra tanto frente al efecto que producía en ella la máscara trágica, como su falta de cerebro.

Bien, la fábula termina diciendo que lo que en ella se dice es para aquellos a quienes la fortuna ha dado honor y gloria y les ha quitado sentido común. El hecho de que las fábulas terminen con una indicación acerca de cómo hay que leerlas es siempre muy molesto, el lector desprevenido puede hacer con ello lo que quiera, como con el resto del texto, yo sólo quiero aclarar que la elegí por sus dos primeros versos, incluido el problema del cerebro, que es equiparado al sentido común, veremos después qué hacer con él.

La zoología. El discurso de la zoología está vinculado al psicoanálisis casi desde su nacimiento, Freud investigó en ese ámbito antes aún de dedicarse a la psiquiatría. Por otro lado, tanto su obra como la de Lacan abundan en referencias zoológicas, por la vía de la incorporación de modelos y también por la de la utilización de metáforas o imágenes referidas al tema. Sin embargo no son tan frecuentes las reflexiones epistemológicas concernientes a dicho campo teórico.
Lacan genera nuestro interés en el tema especialmente en el comentario que hace en su seminario del 8 de enero de 1969. Señala allí la relación de la zoología con Aristóteles, especialmente en lo referente a la profunda cercanía entre dicho campo y el pensamiento clasificatorio, o sea lógico. Quizás a algunos les parezca una verdad de perogrullo, pero es cierto que el surgimiento de la lógica aristotélica es cercano a la construcción de su zoología y también es cierto que esta disciplina encuentra en Aristóteles su origen, por lo menos como discurso siatemático. Si bien el hombre era para la reflexión filosófica griega una “ente” más entre “los entes” (tà ónta) a nadie se le escapa hoy la “gramaticidad” de la lógica aristotélica.

La posibilidad de pensar en términos de “clases” y “especies” que surgió vinculada a la necesidad de “ordenar” el mundo animal, signó el pensamiento occidental por lo menos hasta que los lógicos tuvieron que dar cuenta del conjunto vacío. Baste citar la sutileza de las observaciones de un Hahnemann –que aún hoy complica a sus seguidores– o el conmovedor preciosismo de un Linneo que nos enseñó a admirar los pequeños contornos de la hoja de una planta y a nombrarla; quizás no más que eso, pero después del siglo pasado quedaron todas los vegetales nominados, para alegría de botánicos y jardineros. El impulso clasificatorio llegó hasta catalogar las nubes y las heces. Cierto es que ha pasado mucho tiempo ya de ello y que las distintas escrituras lógicas han permitido operatorias que la lógica de clases no admitía.

La segunda característica del discurso de la zoología consiste en la idea de organismo cuya etimología remite a la palabra “órganon” que quiere decir instrumento. Éste, a su vez, está vinculado con la utilidad, con la función, con el concepto de medio, medio para obtener otra cosa. Esta secuencia lleva inevitablemente al “sentido”, en todos los matices que permite el campo semántico de dicho término y, por otro lado, a la causa final aristotélica. Esta causa junto con la formal están prestigiadas en el texto del filósofo respecto de las otras dos. Si conocer es conocer las causas, la causa final es la que provee el conocimiento más escencial de la cosa. Con el tiempo, la idea del organismo se juntó con otra que es la de investigarlo por adentro; esto generó descubrimientos interesantísimos especialmente cuando, gracias a la tecnología, el organismo pudo ser estudiado en partes cada vez mas pequeñas. Todo lo cual generó una “escritura” que se mostró bastante eficaz, salvo que algunos confundieron la escritura con la cosa misma, lo cual no siempre es grave si todo marcha. Obsérvese, por ejemplo, el discurso de la inmunología que, siendo más cercano a Von Klausewicz (me refiero a la idea de “ataque” y de “defensa”, entre muchas otras) que a Hipócrates, sin embargo sigue mostrando su eficacia.

Un último elemento de la zoología, quizás el más enternecedor, es el concepto de “conducta”. Puesto que los pobres animalitos de Dios, nominados y todo, como están privados de la palabra, no pueden relatar sus dolores y pesares; y así los zoólogos no tuvieron otra posibilidad más que “observarlos”, observar sus conductas. Ocurrencia que también tuvieron algunos psicólogos que por alguna peregrina razón pensaron que la observación de conductas humanas era mucho más clara e inequívoca que otros métodos. Con todo se puede decir que a los médicos veterinarios y a los etólogos no les ha ido nada mal y hemos aprendido mucho de ellos.

Hasta aquí, la zoología entre muchas otras disciplinas que han tenido tanto que enseñar al psicoanálisis. Una enseñanza, que quizá no sea de las menos importantes, es que resulta muy difícil su aplicación en seres hablantes. Y el lenguaje no encuentra mucho lugar en sus esquemas, ni tendría por qué tenerlo.
Muy distinto es cuando se intenta abordar a los seres hablantes, entender sus sufrimientos, curar sus síntomas. Se encuentra uno con las palabras. Éstas tienen también su lugar entre el cielo y la tierra y mucho se ha reflexionado sobre ellas desde los tiempos fundantes del Cratilo, en los que resuenan palabras como “logos” y “lexis”, pasando por los estoicos, por Port Royal, por Saussure, Benveniste, Jackobson, Chomsky y en nuestra tierra por Amado Alonso o Ana María Barrenechea, por nombrar sólo algunos hitos importantes.

Como las palabras engañan, fascinan, ensucian, injurian, lastiman, juzgan, salvan, proveen, se gastan, se esconden, se remplazan unas a otras –es decir se representan–, se incluyen dentro de otras, se ausentan sin aviso dejando apenas su sierpe, prometen, se ubican en fila obedientemente en los diccionarios –pero sólo para engañarnos más– es muy conveniente haberse interesado en leer algo acerca de ellas como los hitos que nombré en el párrafo anterior, porque también son muy dóciles cuando se les presta atención y fundamentalmente cuando se las escucha. Sorprende que algunas corrientes contemporáneas se obstinen en clasificar a los seres hablantes y sus patologías, estudiar sus organismos, observar sus conductas y realmente, no sepan muy bien qué hacer con lo que dicen.
Si los griegos y los romanos intentaban hacer hablar hasta a las zorras es llamativo que hoy se intente quitarles la palabra aún a los seres que hablan, cualquiera sea el lugar que se le de al cerebro.

1. Fedro, Fábulas esópicas, Bosch. Casa Editorial, Barcelona, 1962, p. 7.
 
 
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