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   Psicoanálisis y Psicoterapias

Vigencia y desafíos de la práctica psicoanalítica.
  Por José Milmaniene
   
 

Estamos asistiendo a una fuerte crítica al psicoanálisis y a la figura de su genial creador. Las tecnologías “psi” se hallan preocupadas por aliviar el sufrimiento de los pacientes y se abocan básicamente a la tarea de suprimir los síntomas que los aquejan. Basadas en el empirismo y en el modelo positivista médico, se ufanan de la rapidez y eficacia de sus métodos para erradicar los síntomas y las somatizaciones, apelando al arsenal psicofarmacológico y a métodos conductistas.

Frente a la eficacia y la rapidez en lograr la ansiada supresión sintomática, denuncian al psicoanálisis como un método lento, moroso, de escasa operatoria, que insume un largo esfuerzo, destinado generalmente al fracaso. Además alegan que el psicoanálisis carece de estadísticas que validen su proceder, y que no deja de ser nada más que una práctica inefable, abierta a los extravíos de la subjetividad de quien lo practica.
Este modo de la crítica porta un núcleo de verdad: nadie discute la eficacia de otras prácticas para erradicar los síntomas neuróticos y/o psicóticos ¿Quién a esta altura de la historia de la psiquiatría discutiría el valor de los ansiolíticos para el control de la ansiedad; o de los hipnóticos para mitigar el insomnio; o de los antidepresivos para regular los estados de ánimo? Además ¿por qué habría de ser su uso incompatible –si se los aplica instrumentalmente– con el desarrollo de una eventual cura psicoanalítica?

Para los psicoanalistas no se trata sólo de la mera supresión sintomática, ni del logro de una estabilidad asentada en el andamiaje psicofarmacológico, ni de una corrección conductual basada en la reeducación cognitivo-conductual. Se trata de otra cosa: del reordenamiento simbólico de un sujeto que por no poder hablar se expresa con los síntomas; y la supresión de los mismos, si bien es deseable, resulta insuficiente, y hasta puede configurar un modo de “huida a la salud”, utilizado para no cuestionarse los conflictos encubiertos del que padece. Si los síntomas son expresión de conflictos inconscientes que no logran ser tramitados simbólicamente, su forzada erradicación suele dejar intocado el núcleo generador de la problemática que los causa. De modo tal que el sujeto sufre igual, sólo que sus conflictos resultan soterrados y encubiertos, y por eso las recaídas son frecuentes, o bien se generan renovadas expresiones sintomáticas.

Pero el problema central reside en que cuando sólo se logran acallar los síntomas, se suele perder la ocasión de plantear la pregunta por la causa, así como la posibilidad de encontrar razones que den cuenta de las motivaciones inconscientes del sufrimiento. De modo tal que no se le ofrece al sujeto la posibilidad de subjetivarse en la palabra y, a través de ella, de aprender a dialogar y a expresar sus conflictos mediante el lenguaje, único modo de acceder al registro de la libertad responsable y a las decisiones del acto transformador.

La cuestión de la cura se debe plantear entonces en términos éticos y no meramente instrumentales. ¿Ayuda mi práctica a situar al sujeto en el registro ético de hacerse responsable de su deseo, luego de anoticiarse de él?
Subjetivarse en y por la palabra exige mucho más que la mera supresión sintomática, la que suele implicar la recuperación de cierto equilibrio, el que ya era una forma de la enfermedad y de la impostura, quizás encubierta por la victimización y los beneficios secundarios de todo enfermar.
La exclusiva supresión sintomática permite evitar las molestias y los sufrimientos que acarrean los síntomas, aunque merced a esta estrategia se suele perder la oportunidad de “abrir” el discurso en torno a las fisuras ontológicas y los desgarramientos subjetivos, a través de los cuales se pueden instalar las preguntas, y plantear así las contradicciones y los conflictos de los cuales los síntomas son expresión.

La cura sintomática puede originar paradójicamente un refuerzo de la represión y de la censura sobre el mundo inconsciente, dado que al no dejar hablar al sujeto, éste puede amurallarse restitutivamente en su coraza defensiva yoica, hecha de resignación y “buenas razones” que legitiman toda pasividad y todo aletargamiento existencial.
Los aparentes éxitos terapéuticos pueden entonces resultar modos de recomponer una estructura asintomática basada en pactos intersubjetivos espurios, en estabilizaciones subjetivas acríticas y en renovadas adaptaciones a una realidad intrínsecamente conflictiva.
Por el contrario, y paradójicamente, los aparentes fracasos del psicoanálisis pueden devenir en logros, en tanto le permiten al sujeto saber qué parte le toca en la desdicha que padece. Podrá así hacerse responsable de sus deseos y modificar las condiciones existenciales, cuya irresolución genera los síntomas, que “dicen” y pugnan por ser interpretados, para que el paciente puede abandonar la queja pasiva o la autorreferencia culpógena, y se logre instalar en un plano de libertad que le permita modificar las condiciones de su vida.

Los obstáculos en la cura no son tales, si no son leídos desde el psicoanálisis, dado que se puede comprobar que las inhibiciones y dificultades que bloquean el desarrollo del sujeto, si logran ser asumidas por éste, devienen en el núcleo de un nuevo renacer simbólico. El límite sintomático, cuando es subjetivado, supone que uno se puede situar de otro modo y desde otro lugar en relación a sus padecimientos, y al “saber-hacer-con” ellos, puede encontrar nuevas formas de tramitar sus goces, que no impliquen el sufrimiento corporal o subjetivo.
La cura psicoanalítica procura así una nueva narratividad –sublimada y simbolizada– de la causa por la cual el sujeto se vio envuelto en su fracaso masoquista.
Curarse no significa, entonces, la exclusiva supresión de los síntomas, sino la posibilidad de situarse existencialmente desde otra perspectiva frente a la situación traumática que los genera, o al menos poder incluirla en otra dimensión existencial.

A la suposición simplista que, de acuerdo al modelo médico clásico, supone a la cura como la supresión sintomática, oponemos pues una teoría conjetural del sujeto que implica básicamente la asunción “creativa” de la castración, y no su represión, desmentida o repudio, por más funcionales que estas modalidades defensivas resulten a la trama intersubjetiva inauténtica, en la cual el paciente se encuentra enajenado.
La clínica asentada en la adaptación asintomática del paciente a una realidad en la cual y por la cual se enfermó –siempre con su complacencia y complicidad– demuestra no ser más que un recurso empirista arcaico que pretende suturar la brecha subjetiva, la que no debe recubrirse con síntomas, sino con producciones sublimatorias, que suelen no ser más que derivaciones simbólicas elaboradas de los mismos.

Es decir, si suprimimos los síntomas con la ilusión terapéutica de que el paciente se cura por la exclusiva eliminación de los mismos, desconocemos que esta posición nos conduce a un resolución meramente formal, dado que lo que enferma es la incapacidad de sostener el vacío que habita el núcleo del Ser, y cuando emergen las obturaciones sintomáticas, éstas ya son intentos fallidos de curación. Además, erradicar forzadamente los síntomas puede obligar al paciente a sostener su falta radical sin los recursos sintomáticos, por lo cual corre el riesgo de volver a enfermar o, peor aún, padecer un serio colapso simbólico.
Contribuimos paradójicamente a la alienación del sujeto, en la medida en que confirmamos que el único problema son los síntomas, y no los conflictos latentes que encubren la enfermedad, que son los que en definitiva generan los síntomas como intentos fallidos de resolución.

Los psicoanalistas no pretendemos curar lo incurable, que es la conciencia del desgarramiento y la fisura de exceso de humanidad que supone la conciencia insoluble de la finitud, por lo que no nos fascinamos con la eliminación de los síntomas, si esta política no va acompañada de la asunción esencial de la brecha que se instala en el Ser entre sus emblemas y sus ropajes identificatorios y la carencia que conforma el núcleo vacío del Ser.
No pretendemos curar a nadie de su dolor de existir, sino sólo trocar, como sostenía Freud, la miseria neurótica en miseria humana. Se trata entonces de lograr que el “plus de goce” que todo síntoma porta se transforme en placer en el discurso, y que el sujeto pueda crear e inventar salidas dialécticas a su estancamiento existencial, del cual es obviamente responsable.
Los psicoanalistas no confundimos supresión sintomática con felicidad, ni éxito terapéutico con el desconocimiento de los límites y las fisuras ontológicas encubiertas con las buenas razones ideológicas de que “sin los molestos síntomas ya no hay más nada de qué hablar”. Todo por el contrario, somos hospitalarios con los síntomas y aún más con el sujeto que los padece, a quien escuchamos en su demanda y en su dolor, y al ofrecerle nuestra escucha activa, le transmitimos la convicción de que existen modos sublimatorios de tramitar los goces y resoluciones existenciales asintomáticas, siempre y cuando se produzcan rectificaciones subjetivas consistentes.
Curarse significa reconocer que somos sujetos de la castración, que toda omnipotencia es restitutiva de nuestra vulnerabilidad esencial, y que sólo nos queda el recurso de la sublimación, la que construye su obra a partir de nuestras pulsiones.
Instamos al paciente a “deshacerse” de los síntomas –que el sujeto construye y sostiene inconscientemente como solución a la imposibilidad de legalizar sus goces prohibidos y sus satisfacciones sexuales incestuosas–, y lo convocamos a que en lugar de gozar a través de los mismos se inscriba en una práctica sublimatoria, entendida ésta como el esfuerzo de sostener asintomáticamente la castración. Se trata de bordear el “agujero” de la falta-en-ser con producciones, que si bien portan la cifra oculta de sus goces, devienen en obras que atesoran el don de la entrega amorosa y la transformación productiva de la realidad.
Otra de las críticas que suelen hacerse al psicoanálisis reside, además de su escasa efectividad terapéutica, en la lentitud de los cambios que puede generar en el paciente. Se nos dice que sólo después de largos años de tratamiento recién se pueden atisbar algunas modificaciones en la personalidad. Nosotros pensamos por el contrario que el sujeto en análisis comienza a modificar su posición subjetiva desde el momento mismo en que se instala la transferencia, es decir, la presencia del Otro en el dispositivo analítico genera de entrada un movimiento de cambio que resulta cualitativamente progresivo. La idea de que los resultados terapéuticos sólo se evidencian al final de la cura no se corresponde de ningún modo con la realidad de los hechos de la práctica clínica: al generarse la neurosis de transferencia los síntomas se inscriben en otro registro de repetición y en otra escena estructural, por lo que la situación ya es por completo diferente. La instalación de la transferencia es un acontecimiento que no es sin efectos clínicos en ningún caso, dado que al establecerse el campo transferencial con un Otro que presta su atenta escucha, se comienza a diluir en ese mismo acto la monotonía del narcisismo, dado que el paciente comienza a ser atravesado por el discurso del Otro. Al quebrase el autismo en el cual el sujeto vive atrapado, dado el encuentro dialógico con la alteridad que supone el dispositivo de la cura, el paciente comienza el camino de todo cambio posible.

La relación transferencial significa el inicio de la cura en sí misma, dado que al instalarse un campo de fuerte tensión desiderativa, se plantea la pregunta por la causa que causa las desdichas del sujeto. Y son precisamente las buenas preguntas las que posibilitan el movimiento que hace circular al sujeto desde el campo del goce al del placer. Interrogarse significa el comienzo de la liberación de las ataduras que fuerzan a las repeticiones sin diferencia, y al encontrar la repuesta interpretativa, con la consiguiente percepción del sentido inconsciente que se filtra en los intersticios de la opacidad inicial de su decir, el sujeto empieza su modificación.

Ésta no reside pues en la mera supresión sintomática, aunque pueda incluirla, sino que supone un acontecimiento existencial inédito: el diálogo con el Otro sobre las transferencias que se despliegan en el campo de interlocución. Y no existe mayor grado de transformación subjetiva ni de curación que el que procura el habla en o bajo transferencia. Al dialogar con la espera creyente en el poder “curativo” de la palabra, el sujeto asume con resignación creativa la cesión del goce y las fantasías de omnipotencia que les son inherentes, para acceder a la intelección de la carencia que lo habita en tanto sujeto de la castración.

 
 
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