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   Psicoanálisis y Psicoterapias

El "deseo de Freud"
  Por Stella Maris Rivadero
   
 
El psicoanálisis tiene valor de revolución copernicana.Toda la relación del hombre consigo mismo cambia de perspectiva con el descubrimiento freudiano, y de esto se trata en la práctica.
Jacques Lacan

Si el psicoanálisis, invento freudiano fue revolucionario en tanto descentró al sujeto del cogito cartesiano, asimismo ha sido desde siempre revulsivo al conformismo social; podemos leer en sus marcas de origen las resistencias y el rechazo a esta práctica.
Luego en l954 ya Lacan nos recordaba: “Los conceptos psicoanalíticos no tienen ningún valor, no correponden a la realidad. Sin embargo y en esto consiste el escamoteo, se sigue utilizando estos mismos conceptos, sin lo cual la experiencia se disolvería en su totalidad... Pero los conceptos están ahí, y por su causa el Psicoanálisis dura. Los otros se sirven de ellos, no pueden dejar de hacerlo, pero lo hacen de una manera que no está integrada ni articulada, que no es capaz de hacerse comprender, de transmitirse ni siquiera de defenderse”.1
Una vez más nos topamos con lo que en distintos momentos históricos aparece como inevitable: el anuncio de la muerte del psicoanálisis frente al auge de las psicoterapias y, en tiempos más recientes, frente a la aparición de drogas mágicas que solucionan el malestar, desconociendo que la relación sexual “no cesa de no escribirse”. Malestar anticipado por Lacan con respecto a la violencia segregativa que incrementa la fractura social y embiste la dignidad humana.
Podemos preguntarnos si esta repetición es de lo mismo o si podemos señalar algo de lo nuevo y distinto y en qué medida el psicoanálisis hace transmisión de la existencia del inconsciente en un contexto cultural donde la globalización y la tecno-ciencia pretenden la desaparición de la singularidad, y en el que las presentaciones actuales de la clínica se sitúan en el terreno de las actuaciones, adicciones, pasajes al acto, etc. Tiempo donde la confianza en la palabra ha declinado dando lugar al “todo es posible”.

Nos encontramos con un conjunto de discursos que engendran prácticas sociales que tienden a desconocer, y por todos los medios posibles, lo real del conflicto psíquico en el que se autentifica la dimensión del sujeto como efecto del inconsciente.
La diferencia que el psicoanálisis hace con cualquier ciencia, arte o filosofía, esa diferencia que podemos llamar “deseo de Freud” no es solamente una relación distinta con el saber sino que también alude a una liberación a veces, no deseada y a veces indeseable, que deja al sujeto en una indeterminación que nunca antes se le había presentificado.

Esta novedad es lo que produce, vez por vez, nuestra vieja praxis, ya que el efecto de un análisis implica que el sujeto pueda cortar modos de goce y reempalmar con una eficacia distinta a la que le exigía el Otro en cada nueva escena que la vida le reclama, dado que la insistencia del deseo y el trabajo de la pulsión siguen operando.
Las psicoterapias, como prácticas “psi”sometidas al discurso capitalista, seducen en la medida en que se ofertan como panaceas donde el sujeto no tiene que hacer ningún trabajo de duelo por la pérdida de las figuras de excepción: la Madre, el Padre y la Mujer que conllevan el ideal del evitamiento de la castración, del todo es posible y de la eternidad de un tiempo actual. Efectivamente esto apunta al corazón mismo de cierta fantasmática y habrá quienes queden subyugados, embriagados por estas melodías de sirenas.
Todos estos discursos producen enunciados universales cuya finalidad es aportar presuntas garantías de su verdad, llegando incluso a prescindir, sistemática y sintomáticamente y cada vez más, de la enunciación.
La globalización impuesta por la ideología neo-liberal propone objetos universales de goce “prêt-à-porter”, que amenazan la subjetivación y las chances de la creación metafórica. Paradojalmente, toman los significantes del discurso psicoanalítico para rechazarlo como inoperante, nos preguntamos si no es un modo de no poder prescindir de él haciéndolo inocuo.

El malestar desmiente la dimensión de la historia como progreso. En consecuencia, las psicoterapias se dedican sistemáticamente a desestimar el pasado como importante y a rebajar el trabajo de la memoria a una simple clasificación, sin preocuparse por las determinaciones que dieron lugar al conflicto en las diferentes ocasiones de represión, en el sentido metapsicológico que hacen a toda dimensión histórica.
Tampoco atienden a la resolución del olvido en lo que atañe a ciertas discontinuidades del necesario eslabonamiento de una historia.
Las psicoterapias ofertan de manera rápida y supuestamente eficaz la supresión del síntoma, la inhibición y la angustia, pero con ese mismo gesto borran también del campo del sujeto el Nombre del Padre. Dicho Nombre cumple una función que anuda el significante y el significado, el cuerpo y el pensamiento, la Ley y el deseo, anudando Simbólico, Real e Imaginario. Nombre del Padre, que nomina posibilitando la extracción y apropiación del rasgo distintivo del sujeto, su rasgo unario, afirmación que permite la pacificación de las relaciones con los otros, los semejantes que advienen a la categoría de prójimos cuando la diferencia se hace soportable y respetable, limitándose la especularidad y la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, el otro o yo.

Tensión entre poder leer las demandas de los otros y una respuesta adecuada a los intereses del sujeto. Intereses que excluyen la pureza del ser, la santidad y la armonía universal, negadora de las diferencias que enriquecen y de la posibilidad de invención. En un acto de nominación logrado, el trazo unario debe dejar lugar al resonar del vacío del objeto, dado que al mismo tiempo sutura y señala el vacío.
En la clase 7 del Seminario RSI, Lacan nos dice: “La nominación es ese consagrar una cosa con un nombre de modo tal que aparezca de eso nombrado algo real, su real”.
Por el contrario el desconocimiento de su unario, condena al sujeto a perderse en la masa, adoptando el unario del líder de turno, restando en la anomia, destinado a perderse de su deseo y encadenado al retorno de lo mismo, sin poder jugar el juego de la vida con una creativa tensión lúdica.
¿Qué implica apostar al porvenir del psicoanálisis?, porvenir que depende de cómo abordemos hoy las innumerables dificultades que conlleva apostar a la existencia del Sujeto, en una cultura en la cual como subrayamos anteriormente, los avances de la tecnociencia amenaza con su exterminio. Los límites éticos de cualquier debate estarán enmarcados en la apuesta de cada decir. Van a estar envueltos en la enunciación que permita leer en el dicho un decir donde resuene la falta de objeto, a diferencia del decir que se deja oír en las diferentes psicoterapias y que apuntan claramente a sostener un designio adaptativo.

Nos preguntamos si es posible desde el discurso analítico generar un nuevo lazo social. Y qué valor de intercambio social tendría esta práctica sin valor de uso que, sin embargo, desde una política del síntoma sostiene una ética no funcional a los valores del intercambio de este mundo globalizado donde el sujeto se transforma en un mero objeto, una simple mercancía cuyo valor depende de los crueles vaivenes del mercado.
El horizonte ético del análisis se sitúa también en relación a aquel con quien operamos y con qué herramientas, cómo consideramos a ese ser humano que sufre y que no siempre demanda nuestro acompañamiento.
Para sostener ese horizonte el analista cuenta, en primer lugar, con su propia experiencia de analizante que lo deja advertido de una lógica de la incompletud y de un saber que sólo se adquiere en el transcurso de un análisis: esto es, qué de elegir exilarse de su propio deseo pagará el caro precio de una vida sin vida que es lo que paga todo aquél que elige la ética de los bienes y renuncia a la ética de su propio deseo para evitar la angustia. Considerando a la misma como la brújula, que dosificada, orienta la dirección de la cura.

Si el análisis apuesta al bien decir de la verdad y a la ética de no renunciar al deseo, no hay función del analista por fuera del encuentro, en su análisis personal con su propia falta. Su falta en ser lo causará para aventurarse en el paso por la vida.
El psicoanálisis intenta atravesar una manera en boga, de imaginario social de éxito a cualquier precio, negación de la muerte-eternidad, renegación del duelo y adaptación que oculta la trampa del silencio y el olvido de la propia subjetividad. Citemos a modo ilustrativo la novela de Umberto Eco, La misteriosa llama de la reina Loana2, donde el personaje principal es un hombre que ha perdido la memoria personal, la más ligada a las emociones y a su propia vida. Cuando despierta luego de un grave accidente, y como si acabara de inaugurar su nueva vida, debe realizar una labor casi detectivesca para volver a dibujar el pasado, los colores y olores del pasado para contarnos la vida de un hombre que, buscando saber quién es, encuentra lo que todos fuimos.
Una vez más podemos constatar que sin esa recuperación-reescritura de la historia no es posible una vida vivible, donde cada quien con su propio estilo podrá saber-hacer con su sinthome.

1. Jacques Lacan, El seminario. Libro 2. El yo en la teoría de Freud, Paidós, Buenos Aires, 1994, clase del 24-11-1954.
2. Humberto Ecco, La misteriosa llama de la reina Loana, Lumen, 2005.
 
 
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