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   Colaboración

La personalidad como paranoia (2º parte)
  Por Roberto  Harari
   
 
III. a) Como bien sabemos desde Freud, lo que predomina, a los fines de la instalación de la situación psicoanalítica, es la aptitud para la transferencia de la que son capaces quienes nos consultan. En tal sentido, el gestor del psicoanálisis dividió a los pacientes proclives al sostén del lazo mencionado –o sea, los analizantes–, de quienes, debido a su inflación narcísica, no serían en apariencia aptos para ello. También se sabe que muchos psicoanalistas posfreudianos desarrollaron concepciones donde el centramiento de su investigación y de su abordaje terapéutico radicaba en los así llamados desórdenes narcisistas de la personalidad o de la identidad, lo cual, a nuestro juicio, se emparienta con los Personality Disorder concebidos de acuerdo con los DSM mencionados. En el mismo sentido debe situarse la postulación de los llamados “estados límite”, o fronterizos.

Ahora bien, para encarar la reflexión en este punto retornemos, una vez más, a la consideración de algunas de las situaciones contextuales referidas al inicio mismo de nuestro trabajo. Definamos, entonces, cómo las presuntas teorizaciones de alcance general y universal proporcionadas por la psiquiatría obedecen, en realidad, a constricciones determinadas por el clima cultural vigente, así como por las funciones atribuídas, en las diferentes culturas, a sus específicos curadores del psiquismo.

Cabe advertir por consecuencia, y una vez más, que la resistencia al psicoanálisis no es, en lo más mínimo, una figura ajena a los psicoanalistas, según lo ha enseñado Lacan.1 En efecto, ¿cómo concebir, si no, una articulación teórica y clínica –denominada psicoanalítica– centrada con exclusividad en lo narcísico, en la cual se ignora la determinación sexual, en la cual se omiten las categorías de deseo, de fantasma, de angustia y de complejo de castración? ¿Cómo postular desde nuestra disciplina los estados límite, sin estudiar a fondo el multifacetismo caleidoscópico propio de la histeria, la cual adopta sus máscaras conforme con el devenir de los tiempos, “adaptándose” a la sociedad y a la cultura vigentes, vista su inmensa capacidad mimético-identificatoria? ¿Cómo dar por válida en nuestro ámbito una noción como la de identidad, cuando Freud la situó demostrando su restringida pertinencia, tan sólo como una tendencia incumplible? Tendencia, nos enseña, que es propia tanto de la percepción –proceso primario– como del pensamiento –proceso secundario–,* pero que no logra su objetivo debido precisamente a la discordancia entre lo buscado y lo obtenido. Para ilustrarlo: si se lograse la identidad de percepción viviríamos en un estado alucinatorio permanente, por lo cual, a más de liquidar la tensión propia del deseo, se demostraría que somos todos psicóticos. Si se lograse la identidad de pensamiento, por otro lado, obtendríamos el mejor antídoto para dejar de pensar. Pues bien, ninguna teoría que se precie mínimamente como tal puede llegar a sostener semejantes dislates. Por eso, la identidad es en sí un disorder, debido a su funcionamiento mismo. Sólo que, una vez más, dicho disorder es bienvenido. Por eso, el psicoanálisis concibe y trabaja con las identificaciones –donde localizamos las incidencias derivadas de las marcas del Otro en el sujeto–, pero no con las improbables identidades del creído Self. Sí, creído, porque éste también es producto de las identificaciones. Sólo que, en ese caso, ellas se desconocen como tales.

b) Ahora bien, aseveramos recién que muchos de los presupuestamente ineptos para la transferencia pueden serlo sólo en apariencia. ¿Por qué? Porque mucho de esa aptitud, tomada a menudo como un dato hipotéticamente “objetivo”, tributario por lo tanto de la mirada médica positivista, esa aptitud, decía, suele obedecer a aconteceres derivados de otra disposición. ¿A qué aludo? A la destreza del analista –derivada, fundamentalmente, de su propio análisis– como operador capaz de poder suscitar, desencadenar y sostener las transferencias. En efecto, nuestro campo pivotea y se configura alrededor de la función que Lacan denominase –en el momento “medio” de su enseñanza– “deseo del analista”. Resaltemos que éste no es la contratransferencia, porque no alude a una respuesta afectiva ante el analizante sino al modo privilegiado de constituir nuestro marco operatorio a partir del analista.

Desde la función deseo del analista, entonces, se puntúa con nitidez cómo cada operador demarca y delimita el territorio donde puede efectivizar su trabajo.3 ¿O acaso cualquier analista se enfrenta a las psicosis? ¿O cualquier analista es capaz de manejarse con pacientes proclives a los acting-out, cuando no a los pasajes al acto? ¿O acaso todos los analistas pueden hacerse cargo de la misma cantidad de transferencias? ¿O analizar niños y/o adolescentes? ¿O acaso todos los analistas toleran de la misma forma las inconsistencias, contradicciones, vacilaciones, impulsividades, racionalizaciones, adicciones, demoras, amenazas, desafíos, provocaciones, manipulaciones, seducciones de diverso calibre, enfermedades intercurrentes, y similares circunstancias jugadas en las sesiones por los analizantes? ¿O acaso todos los analistas pueden conducir las curas de acuerdo con una duración idéntica para todas ellas? Y así podríamos seguir planteando cómo el terreno de nuestra operatoria, en tanto somos hablantes, no puede ser enmarcado según los cánones de la supuesta medicalización objetivizante y generalizadora, por cuanto cualquier abordaje de esa índole se revela improcedente para esa experiencia única e invalorable constituída por la cura psicoanalítica. Porque es en ella donde el hablante, para decirlo con Lacan, puede volver a reintroducir su dimensión de sujeto que la ideología del discurso de la ciencia había intentado y alentado suprimir.4 Y suprimir en ambos polos: tanto en el del paciente, como en el del curador “psi”.

Por lo tanto, ¿estaremos en esta actualidad presenciando un nuevo avance tendiente a reinstalar la supresión mencionada? ¿Estaremos, por consecuencia, situando una vez más la enfermedad mental como una dependencia de la medicina, haciendo a un lado el vector subversivo inaugurado por Freud al inventar un tipo de lazo social inédito, como lo es el psicoanalítico? ¿Retornarán, entonces, las tendencias que se proponen tanto la obtención del control social como la del pseudo-pragmatismo moralizador mediante la instrumentación de las lógicas “iátricas” –es decir, médicas– uniformizantes y conformistas? ¿Podrán éstas hacer las veces de una nueva aplicación del enfoque experimental, silenciando así la posibilidad de expresión de las “hablas” sufrientes? Porque recordemos que, según el desideratum propio de ese enfoque, la ciencia debe tener bajo control las variables presupuestamente constantes para focalizarse tan sólo en las consideradas mutativas, movibles. Y un hipotético “cuadro” nosológico circunscribe, esto es, define limitativamente de qué trata, e ignora el resto…

IV. Hacia los finales de su enseñanza –en 1975– y con ocasión de la demorada reedición de su tesis de doctorado de 1932, Lacan afirmó lo siguiente: “Hubo un tiempo en el cual avanzaba en una cierta vía, antes de que estuviese en la vía del análisis, es el de mi tesis: De la psicosis paranoica en sus relaciones, dije, con la personalidad”. Aclara, luego, que se había resistido a la mencionada reedición porque “[…] la psicosis paranoica y la personalidad, como tales, no tienen relación, por la simple razón de que es la misma cosa”.5 Además, ¿en qué consiste la psicosis paranoica? En indiferenciar los registros de la experiencia, es decir, Real, Simbólico e Imaginario, los cuales, en la mostración con cadenas puesta a punto por Lacan, se encuentran tomados por una nociva continuidad: en vez de inscribirse cada registro en una cuerda distinta, se encuentran los tres tomando posición uno a continuación del otro, empalmados en una sola y misma cuerda, atados de modo solidario entre sí, esto es, puestos en continuidad, lo cual genera el nudo elemental denominado “de trébol”.6 Desde ya tal indiscriminación, tal continuismo, tiene su correlato subjetivo en la vehemente certeza mediante la cual el paranoico acompaña y defiende sus enunciados. En efecto, parece no dividido, no vacilante, no dubitativo en cuanto a su “identidad”: logra, en suma, el equilibrio propio de la compensación. Su elevada autovaloración, es decir, su relación con la imagen narcísica, la obtiene a costa de la fuerte incidencia del mecanismo proyectivo, donde la maldad a ser atacada es situada en el otro. Ejemplo de congruencia, de estabilidad, de lógica deductiva coherente y en apariencia racional, el paranoico resulta ser la mejor ilustración de la personalidad.
Pero entonces ¿se contradicen entre sí las puntuaciones de Freud y de Lacan, esto es, la de la división, descomposición o disección, planteada por el primero, y la de la recusación de la escisión, afirmada por el maestro francés? En lo más mínimo: a mi juicio, Freud capta la efectividad de un dato relevante de la constitución del sujeto, y Lacan señala la defensa compensatoria ante los efectos desencadenados por la acción de esa circunstancia constitutiva.

En ese sentido muy tempranamente –en La agresividad en psicoanálisis, de 1948– Lacan supo dar cuenta de lo que llamó “conocimiento paranoide” en tanto característica inexorable del yo del hablante. ¿En qué consiste? En el hecho de que para conocer debemos proceder, sin excepciones, a la manera del paranoico, a los fines de preservar la atribuída permanencia, la creída identidad, la hipotética sustancialidad de los objetos de la realidad. Así, mediante esa conjunción, se llega a una suerte de estancamiento formal, de fijeza, similar, agrega Lacan, a lo que se obtiene al detener el avance de un filme. Esto genera dos efectos: para el observador, la extrañeza derivada de todo el acaecer del sujeto producido por esa detención, por esa idea fija. Para el propio sujeto, en cambio, la certeza de que lo que afirma no es algo que lo implica. Sí, porque creemos ser “objetivos” al hablar del otro y de lo otro, ya que nosotros mismos nos desimplicamos de esos dichos. Tal conocimiento paranoide, entonces, es el reverso del desconocimiento proyectivo.7 Y eso es, en resumen, lo que el psicoanálisis llama “personalidad”. Se capta: dicha personalidad resulta “estabilizada” al modo paranoico; hace las veces, entonces, de una paranoia no desencadenada tendiente a combatir la insoslayable división del sujeto. Y esto, decíamos, debe ser beneficiosamente desbaratado en la cura psicoanalítica a los fines de introducir, en ese orden paranoide, un Disorder. Disorder cuya eficiencia radica, es claro, en la generación de neo-órdenes inventivos, los cuales pueden comenzar incluso –lo reitero– mediante un transitorio y reversible síntoma intercurrente.*

V. Para concluir: este breve recorrido intentó demostrar, según lo espero, la impropiedad de postular los presuntos Personality Disorder derivados, como concepción, de la rama dominante de la psiquiatría estadounidense. De ese mismo origen, es claro, son los tratamientos uniformizadores, estadísticos y controladores concebidos para ese difuso y confuso cuadro nosológico. Es que en esa propuesta se reconoce, una vez más, la acción de las resistencias al psicoanálisis. En efecto, tales resistencias apuntan a la desvirtuación de nuestra disciplina como experiencia privilegiada donde el sujeto puede encontrar la posibilidad de articular su palabra singular soportando las inconsistencias propias y ajenas, mas generando, a partir de ello, caminos no estandarizados, abriéndose así a nuevos goces para ser desplegados en su vida. Porque el disorder, insistamos, es productor de neo-génesis, y no de disoluciones ni de destrucciones. 


Referencias bibliográficas
1. J. Lacan, Séminaire. Livre 24. L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre», clase del 1/11/1977, versión de la Association Freudienne Internationale, inédita.
2. S. Freud, The Interpretation of Dreams, Standard Edition (cit.), v. V, p. 566 y 602.
3. J. Lacan, “The subversion of the subject and the dialectic of desire in the Freudian unconscious”, en Écrits. A Selection, Tavistock, London, 1977, p. 322.
4. J. Lacan, “Radiophonie”, en Scilicet: 2/3, Seuil, Collection Le champ freudien, Paris, 1970, p. 89.
5. J. Lacan, Séminaire. Livre 23. Le Sinthome, clase del 12/16/1975, version Association Freudienne Internationale, inédita.
6. R. Harari, How James Joyce Made His Name. A Reading of the Final Lacan, Other Press, New York, 2002, p. 348.
7. J. Lacan, “Aggressivity in psychoanalysis”, en Écrits. A Selection (cit.), p. 16/17.

* En este punto deben ser rescatados muchos de los valiosos señalamientos realizados por W. Reich en su Análisis del carácter (1933; 1949).
 
 
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