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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Breve brevedad
  Por Mario Pujó
   
 
No es extraño que cuando un usuario se propone recibir una información por teléfono, se vea respondido por un disco grabado que, a su vez, lo reenvía a otro, o que una voz computarizada le proponga una serie de instrucciones que, discando diferentes números, lo guíen a través de un práctico menú de opciones (“con tres avanza con cinco retrocede”) hasta la respuesta buscada. Algo similar ocurre cuando ese mismo sujeto quiere conocer el estado de su cuenta corriente, debitar el saldo de la tarjeta de crédito o denunciar el robo de su celular: una amable voz le recomendará esperar un poco e intentarlo más tarde, ya que, mala suerte, todos los operadores se encuentran en ese momento ocupados. Una versión de Für Elise digitalizada en China debería hacerle más agradable la espera, pero... (god save Beethoven) ¡no lo logra!

Maravillas de la automatización, veinticuatro horas al día cualquier consumidor advertido podrá llenar el tanque de su auto, hacer sus compras en el supermercado, devolver el video alquilado, extraer su sueldo, realizar transferencias, despilfarrar sus ahorros en una máquina tragamonedas y... ¡sin necesidad de hablar con nadie!
Paradojas de la proclamada revolución de la comunicación interactiva, el usuario puede conectarse a Internet en todas partes y en todo momento, ser localizado a cualquier hora en su celular, chatear con los más remotos desconocidos en recónditos lugares, intercambiar mails, fotos digitales, mensajes de texto, grabar su saludo en una casilla de voz o enviar un ya anacrónico fax, pero encontrará sin embargo enormes dificultades para entablar una amena conversación, más allá de los furtivos encuentros con el vecino en el ascensor, o las siempre sorprendentes charlas con el chofer de taxi.
El tiempo es oro: la comunicación no instrumental, no dirigida a una finalidad operativa, es considerada inútil e ino-portuna, expulsada del campo laboral por improductiva, y por atentar contra el desempeño del personal y la rentabilidad empresaria.

Descartado el clínico de la prepaga –cuya magra retribución lo obliga a un ritmo vertiginoso de atención–, descartados los familiares directos –la convivencia no garantiza de por sí la fluidez del diálogo–, permanecen, por supuesto, los amigos, con quienes nuestro ciudadano del siglo XXI puede aspirar a establecer una conversación larga y tendida. Pero puede pasar que, cuando este hombre empiece a sincerar sus problemas laborales, sus conflictos afectivos, sus dudas existenciales, cuando este hombre empiece a mostrarse desorientado, desbordado por la angustia, acechado por la depresión, sus amigos no muestren gran disposición a escucharlo, acompañarlo, “contenerlo”, y le propongan la buena idea de consultar a un analista.
¡Un psicoanalista! No es que nuestro hombre no lo hubiera pensado alguna vez. Sólo que hablar de ciertas cosas con un desconocido no es asunto de todos los días. La consulta con un psicoanalista es algo que se hace muy pocas veces en la vida, y constituye, por ello, lo sabemos, una rara oportunidad.
Así es que nuestro hombre, apremiado por una indisimulada necesidad de hablar, inquieto pero en cierto modo aliviado, se decide a pedir una entrevista: por fín alguien lo va a escuchar.

Pero no es seguro que las cosas ocurran así. Puede ocurrir, he escuchado muchas veces, ocurre que, cuando este hombre, imbuido de un comprensible nerviosismo y luego de un tiempo razonable de acomodamiento, comienza a explayarse sobre algunos detalles de su vida, circunstancias de las que no se acordaba ni tenía pensado mencionar, cuando este hombre siente la satisfacción de estar hablando y ser escuchado, descubre que, rostro severo, gesto imperturbable, el psicoanalista da por concluido el encuentro y propone el horario de una nueva cita.
Es una sensación de sorpresa la que lo embarga inicialmente, sentimiento que cede paso pronto a la inquietud, el desasosiego, la decepción. “¡Quince minutos! –exclama el ya ex candidato a analizante verificando el reloj de su muñeca– ¡Menos que el médico de la obra social!” No es de extrañarse si nuestro enfermo imaginario no regresa más.

El personaje es de ficción, su coincidencia con la realidad no es obra de ningun azar. Lo he escuchado, más de una vez, reiteradamente. Como aquél que, en su primera entrevista, nombrando un innombrable nombre renombrado, caricaturizaba: “Está demasiado lacaniano. A los diez minutos te despacha...”.
Desde luego, que quede claro, no se trata para mí de desconocer el valor y la potencia escansiva de la variabilidad del tiempo de la sesión, discusión que daríamos ya, gustosamente, por sobreseída. Se trata, más bien, de constatar la frecuencia de sus fracasos, el error que induce su manejo silvestre, por fuera del marco transferencial que la legitimaría, y de la gravedad de sus consecuencias cuando tiende a estabilizarse como un standard ritualizado y expulsivo: la oportunidad de un psicoanálisis es, insisto, una rara oportunidad, y es función del analista preservarla.

¿Esa compresión temporal potencia en nuestra actualidad el valor del ejercicio de la palabra? La brevedad de su ocasión, ¿imprime perentoriedad a la realización de su plenitud? Es constatable: la subjetividad de nuestra época no vincula espontáneamente la brevedad de la sesión a una emergencia real de la verdad, sino que, más crudamente, tiende a mesurarla en términos de rentabilidad y de mercado.
En el actual imperio de lo efímero, ¿qué beneficio depararía a una práctica vinculada al ejercicio verdadero de la palabra el verse emplazada en las crecientes comarcas de la brevedad?
 
 
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