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   La eficacia del psicoanálisis

Eficacia del Acto
  Por José Eduardo Abadi
   
 
El analista no debe permanecer ajeno a la eficacia de su práctica. Si bien esta eficacia es preciso redefinirla, no habría que confundir la neutralidad ni la abstinencia del analista con la dirección de la cura que implica la eficacia de su acto.
Al psicoanálisis varias veces se lo ha dado por muerto. Se pregona cada vez con más frecuencia, más enfáticamente, que el psicoanálisis ha llegado a su fin, que es inminente su desaparición, se cuestiona su eficacia. La tarea del analista no se reduce sólo a realizar su práctica, a que esta sea eficaz, sino que es también función del analista hacer la transmisión de su clínica y de esa manera contribuir a que el psicoanálisis perdure.

El psicoanálisis genera rechazos hasta provocar repulsión. Las resistencias al psicoanálisis tienen motivo, responden a cuestiones estructurales propias de aquello de lo que se pone en juego con su práctica y su teoría. El psicoanálisis se ocupa de eso que el ser hablante reprime, que la sociedad y la cultura expulsan, de aquello que ninguna religión acepta, de lo que debe quedar afuera de toda consideración. Ahora bien, cuanto más se reprime más retorna, vuelve a reaparecer, cuanto más se lo tapona más presente se hace en todo tipo de síntomas y de padecimientos.

El tratamiento psicoanalítico es una respuesta eficaz a los padecimientos del hombre y se ha producido a partir de su práctica una teoría sostenida en fundamentos firmes y rigurosos. Su concepción del sujeto ha trascendido los márgenes de su práctica y se ha difundido de tal manera que ninguna disciplina seria ignora los descubrimientos del psicoanálisis, éstos han pasado a formar parte del lenguaje científico y del lenguaje corriente. Esto es eficacia de la teoría psicoanalítica en el campo de la cultura.

La interpretación que Freud hace del malestar en la cultura, los cuatro discursos que Lacan aísla, para nombrar sólo dos hitos de lo que la teoría psicoanalítica ha producido –sin dejar de lado el concepto de inconsciente y el valor del lapsus– pasaron a formar parte del patrimonio de nuestra civilización. Esto que trasciende los límites de nuestra práctica ha sido descubierto en el interior de la misma.
Las polémicas que despierta el psicoanálisis en torno de cuál es el resorte de su eficacia terapéutica se producen también dentro del propio campo psicoanalítico. Entre quienes se dicen analistas no hay coincidencias, al contrario, existen grandes divergencias. Hubo una época en que el psicoanálisis perdió su rumbo y cayó en la tentación de la búsqueda del Ideal. Es muy fácil desviarse por el camino de los ideales universales de la normalidad, la maduración, la salud, la enfermedad, los ideales de felicidad, etc. Es mucho más difícil sostener la singularidad de cada historia atravesando estos ideales siempre presentes en las estructuras.

Las resistencias al psicoanálisis no sólo están fuera sino también dentro de nuestro campo, alimentando los rechazos que vienen de afuera. Pero esto no es nuevo, las sociedades de los analistas no tienen por qué ser distintas que cualquier otra, en ellas también se ponen en juego los mismos ideales.
Me pregunto por qué la prensa le concede tanto espacio a cualquier crítico sin fundamento. ¿Cuál es el interés que los mueve?

Lo específico de la eficacia del psicoanálisis ¿qué cura el psicoanálisis? El ser hablante –al que se llama hombre para generalizar, es decir, que engloba dentro de esa categoría también a las mujeres, porque el lenguaje es fálico–, el hablante, entonces demanda análisis por un padecimiento que es efecto de una estructura que tiene en su núcleo algo que es incurable. Lacan ha formalizado con toda rigurosidad esta estructura, ha mostrado la imposibilidad imperante en la misma, en la constitución subjetiva están dadas las condiciones propias que producen su sufrimiento, no hay equilibrio posible, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, dicho en otros términos, entre el goce, el deseo y el amor no hay acuerdo, no hay complementariedad. Lacan llamó a esto “no hay relación sexual”.

El hablante no hace otra cosa que intentar hacer algo con esto que “no hay”, sin saber qué hacer con eso, hace síntomas, inhibiciones y angustias, también consolida estructuras neuróticas, psicóticas, perversas, además enfermedades psicosomáticas, etc., son los intentos de cada sujeto por taponar ese incurable que está en la estructura misma del hablante, es la forma que cada uno encuentra para sostenerse, es decir, para hacer consistir su estructura.
En todas las épocas, el discurso médico trató de curar esto incurable, no hay que olvidar que el psicoanálisis nace en determinado momento de la historia de las ciencias a partir del fracaso de la psiquiatría con las histéricas. Los laboratorios producen medicamentos cada vez más sofisticados para intentar borrar todo atisbo de dolor humano, apuntan a los efectos, a los síntomas, a las angustias, a las fobias, a las crisis de pánico, a las alucinaciones y delirios, etc., lo que logran es hacer desaparecer a los sujetos portadores del dolor. Es uno de los negocios más fabulosos de nuestra sociedad, sin embargo nunca se escuchó a nadie protestar tan enfáticamente como contra el psicoanálisis acerca de la gran inutilidad de la gran mayoría de estos medicamentos. Todo el mundo se traga la píldora sin decir nada, se siguen invirtiendo fabulosas sumas de dinero, en esta tarea de desaparición del sujeto para que sus negocios sigan produciendo cada vez mejores dividendos.

¿Qué propone el psicoanálisis y cuál es la clave de su eficacia? En principio señalemos que se trata de uno por uno, esto implica reconocer la singularidad de cada sujeto. No se ocupa de “todos”, en el análisis cada sujeto tendrá que encontrar su salida. Aquel que demanda análisis lo hace a partir de reconocer que sufre. Algo que no anda bien se expresa, se dice, como dolor, tristeza, decaimiento, etc., en algún caso como alucinación o delirio. La primera eficacia, no la única, que hay que reconocerle al tratamiento psicoanalítico es que se propone escuchar esa demanda. Escuchar no es poca cosa, existe la creencia ingenua de la que la gente habla y se escucha, eso tan obvio, prácticamente no existe, es necesario ir al analista para ser escuchado, para ser “verdaderamente” escuchado, no para recibir un sermón o una respuesta general. El ser hablante, dada su estructura, no puede dejar de escuchar sus propios fantasmas, un analista se prepara para esto de escuchar al otro. Pero no sólo para escuchar, hay que saber qué escuchar, mejor dicho hay que saber leer en eso que se escucha y realizar la intervención apropiada en cada ocasión.

El descubrimiento freudiano consiste en demostrar que en aquello que se dice hay un saber que el hablante no sabe que sabe, es decir, que es portador de un saber inconsciente, que se manifiesta a través de su síntoma, de sus lapsus, etc. Este saber apunta a eso que no anda, a lo incurable, no hay que confundir el saber inconsciente con lo real, esto es lo que le pasa al neurótico, su inconsciente y lo real se superponen. Lo que provoca el sufrimiento de los seres hablantes pide precisamente hablar, poder articular en palabras eso que está causando el síntoma, sin duda no todo pasa a la palabra pero es importante enlazar, que no es lo mismo que taponar, aquello que no puede decirse. Decir implica a otro, es un llamado a otro, cuando se está con un analista ese llamado puede transformarse en demanda de análisis. La demanda forma parte de la estructura del hablante, en el buen caso, se establece la transferencia psicoanalítica y es por intermedio de ella que la cura podrá ser eficaz. El analista sabrá cómo ubicarse en la transferencia en relación a esa demanda y operar convenientemente en ella. Fuera del análisis, también se realizan transferencias, tanto con un amigo, con un vecino, con una mujer, con quien sea, son las llamadas transferencias salvajes que producen “malentendidos” y “sucias mezcolanzas” que se encuentran a diario. No está de más aclarar que cuando alguien ama, cuando se idealiza, cuando se establece una relación al otro se ponen en juego los fantasmas de cada uno.

Al analista le corresponde el manejo de la transferencia a fin de conducir la cura hacia la salida eficaz, es decir más allá de las identificaciones y del fantasma que preside la propia constitución subjetiva. Se trata para el analizante de dejar de gozar de su inconsciente para tratar de aprehenderlo, y de esa manera saber dónde se encuentra cautivo para poder desenredarse de aquello en lo que quedó atrapado. La eficacia del análisis consiste en un procedimiento donde a la vez que se extenúa el saber que habita al sujeto, al que ha quedado fijado fantasmáticamente, al mismo tiempo se vacía el agujero que está taponado por ese saber del Otro. El sujeto se encuentra –en el análisis– con que ese saber del Otro que lo habita está sostenido sobre un no saber radical en eso que “no hay”, es decir, en un agujero incurable que no es necesario tapar, ni curar, sino que la vía de la cura psicoanalítica es despejar ese agujero para poder –a partir de allí– anudarse de otro modo, distinto al que lo trajo al análisis, más allá de las repeticiones de los significantes con los cuales no tuvo el sujeto más remedio que identificarse para constituirse en tanto sujeto sujetado a los significantes del Otro.

El psicoanálisis ha descubierto que el sujeto es hablado por el otro real, madre y padre, el hecho de haber sido deseado o no es fundamental, recibe las palabras que le vienen de este otro una por una, frase por frase, cada una resuena en su cuerpo, con cada significante se va instalando en la estructura un saber con el que se constituye su inconsciente, este saber que habita al sujeto, que forma parte de su propia estructura, aliena al sujeto al Otro.
El agujero que es preciso vaciar para que el psicoanálisis sea eficaz, es aquel que el niño vino a taponar por aquello de que no hay relación sexual entre un hombre y una mujer, es por esto que surge el deseo de tener hijos para amarlos, disfrutarlos, estableciendo con ellos una relación tan duradera que es preciso de la eficacia del psicoanálisis para producir el corte. No alcanza con la castración necesaria ejercida por el padre, ya no se trata de los padres reales sino de la estructura resultante que se ha producido por efecto de las respectivas identificaciones.

Hay una definición de Lacan que resume claramente la eficacia del psicoanálisis, es la distinción que él hace entre el saber del inconsciente y el “sinthome”, es decir, el saber hacer ahí. Dice, el sujeto se encuentra habitado por un saber, el saber del Otro, con el cual no sabe qué hacer, por lo tanto hace síntomas, agrego inhibiciones, angustias, etc.; se tratará entonces de alcanzar un saber hacer ahí con ese agujero incurable y con los hilos de su historia singular convertirse en el artesano de su propia vida. Esto es anudarse de otro modo.
 
 
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