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   La eficacia del psicoanálisis

El porvenir de la práctica psicoanalítica
  Por Isidoro  Vegh
   
 
Vive el presente,
sueña el futuro,
aprende del pasado.
Anónimo.

0- Lilith1, mujer del ángel caído, prototipo de la pareja infernal, no quería tener relaciones debajo de su partenaire. Símbolo de un orden fálico que su negativa cuestiona, dice que ley y falo se articulan.
El síntoma, que Freud recibió en su escucha allí donde la medicina de su tiempo fracasó en la indagación privilegiada de la mirada, no es sino la inmixión del orden simbólico en el campo de lo real, la ostentación del goce fálico que transa mal con el inexistente pero anhelado goce incestuoso.
Si el orden fálico no dice una circunstancia histórica sino la lógica de la estructura del viviente humano, su vigencia se extiende más allá de las formas empíricas que cada tiempo histórico le otorgue.

¿Cuál es su lógica? Habitado por el lenguaje, el hombre muestra la eficacia de su sustancia: constituído por un conjunto de elementos discretos, doblemente articulados, fonemas en palabras, palabras en frases, muestra la lógica de cualquier conjunto: no hay conjunto universal. Al menos un elemento le falta, que se escribe con el subconjunto vacío.
Falta inaugural del deseo, condición de su vigencia –“deseo lo que me falta”– se acompaña de una disminución extrema de la rigidez animal del instinto. Comemos como cualquier viviente, pero no sin menú, con la variedad inútil que testimonia de algo distinto. Diferencia que abre a una clínica de un viviente que no logra su madurez sino por pérdida de goce: el menú nos da a leer lo que comemos pero, más importante aún, lo que no habremos de comer.
1- El complejo de Edipo, cuyo cuento magno Freud rescatara del relato griego, la tragedia de Sófocles, porta una lógica a subrayar: el humano no logra la relación a la identidad de su sexo sino por la relación con el otro y al precio de una pérdida, restricción de goce para la que naturalmente no está preparado. La prohibición del incesto es su testimonio: “Habrás de perder a tu madre para ganar a otros objetos de goce” condición para constituir un aparato simbólico acorde a los requerimientos del lazo social.

A esta estructura el psicoanálisis le responde con su dispositivo: ocasión al ejercicio de la palabra que muestra sus mordazas donde no puede decirlas: en sus síntomas, en sus sueños, sus lapsus, sus actos fallidos. O en la serie de las repeticiones que se acreditan como obra de un destino maldito
¿Qué otra opción responde mejor? Freud decía de la religión, que además asegura ante la muerte y da un sentido a cada paso en este valle de lágrimas. Pero el humano es un cuerpo intersectado por la palabra: su producto lo hace sustancia gozante, inexorablemente reclamado por las pulsiones que lo habitan. Ellas des-hacen las propuestas confortables de los bienes celestiales o los más actuales de los bienes que la tecnología de nuestros días ofrece.
Primera conclusión: Freud no inventó el psicoanálisis sino en sociedad, con el discurso de sus histéricas que lo intimaron a la escucha del horror del Inconsciente. Su mérito: responderle con la creación de un campo, el del psicoanálisis, que merece por eso su nombre.

2- Entonces, ¿su vigencia está asegurada por la vigencia de la estructura de su objeto? Nada lo asegura. Los cambios que hoy se promueven en la cultura más bien relanzan la cuestión. Quienes hoy acuden a la consulta muchas veces lo hacen no desde el síntoma, sino desde un dolor que no encuentra más descripción que su medida; o desde una errancia que los sorprende en valores de fracaso para la media social; o en un tobogán de goce que la droga anticipa en una muerte apresurada.
Nuevas demandas que ni llegan a serlo, han llevado a nuevas respuestas donde se enlaza o desenlaza el Inconsciente de las cubiertas imaginarias y de las variantes reales de goce.

Nuevas intervenciones –no sólo la interpretación o la construcción– son requeridas y a ellas da lugar la tecné de nuestros días. Intervenciones del analista que pueden hacerse, desde la estructura, en lo real, en lo imaginario o en lo simbólico.
Más incierto es el efecto de nuevas formas de lazo social que desmantelan la unicidad de la familia monogámica heterosexual. Nuevas estructuras de parentesco se anuncian o ya han comenzado: gays que crían hijos, lesbianas que se hacen inseminar luego de la adquisición paga de la simiente, mujeres que adoptan vientres para la maduración del hijo que anhelan, mujeres que adoptan hijos sin aceptar la necesariedad de un hombre o cualquier partenaire. Parecieran desdecir de lo que el psicoanálisis descubriera como condiciones de la institución del sujeto: que alguien cumpla la función de sostén narcisístico desde su deseo primordial fundante; que alguien cumpla la función de restricción de la primera condición acotando el goce que allí anuda para instaurar la falta que propicie el tránsito del infans a un sujeto de deseo.

Que las formas empíricas varíen no nos hacen prescindir de estas tesis, requerimientos inexorables de la condición humana. Nuestra clínica nos lo ha enseñado, y dolorosamente.
Quedará a la próxima investigación sus efectos: que la anatomía no decida el destino no quiere decir que su eficacia sea prescindente.
Si el psicoanálisis pretende un lugar en el campo de la cientificidad no ha de renunciar al valor probado de sus tesis y eficacias, ni ha de cerrarse a las nuevas formas de lazo social que reclaman la extensión de sus premisas y su praxis.


1. Jean Markale, El amor cortés o la pareja infernal, Editor José J. de Olañeta, Barcelona, 1998.
 
 
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