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La personalidad como paranoia
  Por Roberto  Harari
   
 
I. Sin duda el imaginario colectivo dominante, al menos en Occidente, no deja de rendir tributo a la ciencia, de acuerdo con el modelo experimental de ésta. O mejor dicho: no tanto a la ciencia, a sus productos, a su metodología de investigación y de verificación, sino a lo que podemos denominar el discurso propio de su paradigma. ¿En qué sentido? En el hecho de cómo éste insiste, de manera constante y privilegiada, en el planteo de los avances, de los progresos, de la resolución de los problemas hasta ese momento planteados como sin solución. Ello conduce, a la par, a la noción referente a la pronta caducidad, a la permanente transitoriedad de sus resultados, los cuales siempre se encuentran expuestos a ser refutados para dar pie, entonces, a nuevas adquisiciones. En tales adquisiciones, entonces, se cifra el mencionado progreso. Esto, en primer término.

En segundo lugar, cabe advertir que lo sepa o no, lo acepte o no, le agrade o no, la ciencia, de acuerdo con una concepción derivada de la postulación y de la delimitación de leyes y de la consecuente previsión, se caracteriza por el sustento de dos trazos definitorios inequívocos, los que no constituyen más que la cara y la contracara de la misma moneda. Veámoslo: de inicio, universaliza a sus sujetos tornándolos anónimos. ¿Por qué? Por cuanto los productores de ciencia deben ser efectivamente anónimos, o sea que deben hacer a un lado su posición subjetiva para no deformar la supuesta objetividad de sus resultados. Además tales resultados procuran, como propósito, tener validez y aplicabilidad para grandes conjuntos definidos por características comunes –excluída una vez más la dimensión subjetiva, por lo tanto–, características pasibles de ser tornadas evidentes y explícitas por parte de cualquier observador. De donde se desprende, con total lógica, el trazo siguiente: los agrupamientos sociales son clasificados de acuerdo con criterios presumiblemente derivados de las demostraciones de la ciencia. De tal manera, se procede a una circulación y a una reubicación de los cuerpos donde puede reconocerse, bien mirado, la presencia de un factor segregativo.

En tercer lugar, destaquemos que este factor no deja de emparentarse con otras dos tendencias ideológicas cuya periódica recurrencia, cuya constante alternancia, parecen señalar dos obstáculos epistemológicos –para decirlo con G. Bachelard–1 de fuerte incidencia en nuestra área cultural. Me refiero, como primera tendencia, a la biologización bajo forma de medicalización colectiva. Lo cual respalda tanto el intento de dar cuenta del suceder humano en función de determinaciones de raíz somática, cuanto la concepción según la cual cualquier perturbación estable del diario vivir, cualquier disorder, equivale a una enfermedad entendida a la manera de una especialidad o de una rama de la medicina. Luego, y en consonancia con esto, surge la segunda tendencia anunciada: se trata, tal como lo aseverase Lacan, de que la ciencia propende a tomar el relevo de aquello de lo cual los nazis han sido nada más que “precursores”: aludo a la eugenesia,2 esto es, la instrumentación de recursos para fabricar una especie humana privilegiada, configurada de acuerdo con prescripciones programadas y cuyas elecciones serían dictadas por el mercado llamado “libre”.3 Es claro: se trata de una libertad en extremo extraña, ya que de continuo ella apela a la norma, cuando no a la normativización colectiva y a la consiguiente procura afanosa del orden. Orden no carente, por lo tanto, de trazos concentracionarios: aquí los elegidos, allí los excluidos.

En suma: en virtud de la influencia de este contexto cultural, que he resumido de manera en extremo sintética, se reconoce la presencia y la incidencia de quienes pretenden sea postular la vigencia de las llamadas “nuevas patologías” psíquicas, sea la de quienes sostienen la falta de vigencia de la terapéutica puesta a punto por el genio de Freud, sea la de quienes, aceptando en apariencia el psicoanálisis le cuestionan, con todo, su capacidad para poder enfrentar “los síntomas de la subjetividad de la época” y/o “los desafíos de la modernidad” (o de la post-modernidad, lo cual en nada modifica la apreciación peyorativa). Consecuentemente con lo así destacado, se tiende a incentivar una pretendida renovación en nuestro campo operatorio de índole inicialmente doctrinaria. Y ésta, por supuesto, da pie a la instrumentación de terapéuticas supuestamente “novedosas”, caracterizadas por el control y la regulación de tipo estatal en lo concerniente a las patologías psíquicas.

Ese es el marco de situación, en resumen, donde insertaremos la presente reflexión acerca de los llamados, en su idioma de origen, Personality Disorder, o, en castellano –según una traducción cuanto menos cuestionable–, Trastornos de la personalidad.

II. De acuerdo con la indagatoria freudiana, a nuestra “personalidad” se la localiza en un estado de “descomposición o disección (Zerlegung)”4 Vale decir que la postulación de la “personalidad” da cuenta de una división a todas luces irreductible, en la medida en que el aparato psíquico, tal como lo concibiese Freud en sus variadas formulaciones, está “compuesto” por distintas instancias incompatibles entre sí. Por lo tanto, ni conforman una entidad armónica, ni ninguna de ellas puede ser anulada por completo por las otras. A la inversa: como trazo distintivo del acaecer humano se marca la insistente y prevalente presencia del conflicto entre las tendencias que caracterizan a las instancias. Bien, mas cabe plantearse al respecto dos cuestiones, a saber: ¿a qué se debe esta constante presencia del conflicto? Y además ¿éste no podría ser superado debido a la instrumentación de una terapéutica psíquica adecuada?

Consideremos la primera cuestión. Al respecto, ha sido mérito indiscutido de Lacan el haber señalado al lenguaje como factor inductor de la división aludida. En efecto, si algo nos caracteriza inequívocamente en tanto humanos es el hecho de ser hablantes; así, el habla nos permite mantener una distancia y proceder a una elaboración simbólica de los objetos –cuando se encuentran ausentes– y de nuestras propias vivencias, tanto presentes como pasadas. Desde ya, todo esto es de imposible realización por los animales. Bien, ésa es la notable ventaja que nos permite ser seres de cultura, y no meramente miembros de sociedades fijas regidas por el instinto (tal como las propias de ciertos especímenes zoológicos, al modo de las abejas). Sin embargo, tal circunstancia se ve atenuada por la existencia de un déficit. ¿Cuál? Es que por obra del lenguaje, debido a la forzosa mediación impuesta por éste, nos resulta imposible mantener un contacto directo e inequívoco tanto con las cosas como con nosotros mismos. Dicho con Lacan: el símbolo mata a la Cosa, ya que impide el referido acceso directo, mediatizando nuestro vivir, el que por eso no es ni será instintivo o fijista.

Pero, además, el símbolo no es la Cosa, de modo que la activación, cada vez, del símbolo, excluye un resto: es lo no simbolizable. ¿Qué se origina así? Precisamente la división en cuestión, a cuya irreductibilidad Freud denominase represión primaria. División, podríamos decir, entre lo que un sujeto dice y entre lo que sabe sin saberlo (precisamente Unbewusste, el vocablo freudiano que nombra su descubrimiento decisivo, significa “lo no sabido”, antes que “inconsciente”). División, también, entre lo que el sujeto procura, esto es, la readquisición de lo míticamente perdido al constituirse como hablante, y lo que finalmente obtiene. O sea: se trata de una discordancia, generadora como tal de una insatisfacción donde reconocemos el inevitable dolor de existir.
Digámoslo de otro modo: el hablante –o el sujeto, pues el habla es su característica definitoria –, el sujeto, entonces, al constituirse, pierde irrevocablemente algo de sí. El “motor” tendiente al reencuentro de lo perdido es lo que conocemos como deseo. Mas allí se nos plantea otra cuestión: el deseo es combatido, porque también satisfacerlo daría por tierra con la vida, la que se sostiene basada en la falta señalada precisamente por dicho deseo. Por cierto, además las metas propuestas por este último no son aceptables ni usualmente compatibles con la convivencia en el seno de la cultura. Y allí se despliega esa proclividad libidinal del sujeto hacia la dimensión llamada fantasma por el psicoanálisis.

Ahora bien, sin duda –pese a los neo-nietzscheanos en boga– se desea lo que falta; por eso la falta instiga, motiva, estimula. En suma, el deseo se niega, se invierte, se convierte, se sitúa en otro, resulta disminuido, o cancelado, o es finalmente negociado. Todo esto, es claro, acontece sin que el sujeto tenga ocasión de percatarse de la obra de tales mecanismos (que son muchos más, cabe advertirlo). Con todo, el genio de Freud detectó cómo el deseo resiste a dicho intento represor, retornando para ello de maneras inesperadas y, desde ya, irreconocibles y muchas veces perturbadoras y generadoras de sufrimiento.
Obsérvese: hablamos de resistir, y no de “resistir-se”. En efecto, apuntamos así a concebir el deseo a la manera de una fortaleza que lucha por sostenerse, y no aseveramos que es el sujeto quien, con supuesta sabiduría, opera y maniobra la resistencia. ¿Por qué? Porque, en este último caso –tan frecuente en la idea y en la acción terapéutica de muchos “psi”– se postula implícitamente la existencia de una especie de pequeño hombrecito advertido situado en el interior de cada uno de nosotros, quien sería el responsable de dirigir nuestro psiquismo de acuerdo con las conveniencias pragmáticas y placenteras de turno. Ahora bien, si así fuese, no entenderíamos en lo más mínimo nada de dicho psiquismo, pues quedarían por fuera de esa intelección casi todos los hablantes, quienes tantísimas veces obran, en tantísimos ámbitos, realizando con total precisión y rigor precisamente aquello que los perjudica, cuando no hacen, directamente, aquello mediante lo cual arruinan sus vidas. Y no sólo eso: ni siquiera aprenden de manera automática de la experiencia, pues se caracterizan, como lo enseña ejemplarmente Freud, por encontrarse incursos en series de acontecimientos que el creador del psicoanálisis englobó bajo el rubro de “compulsión de destino”.

Ésta abarca, a su entender, incluso el caso de la pobre viuda a repetición que vio enfermar, debió cuidar y luego enterrar a sus tres maridos.5
Mas si tal es la llamativa “patología” de la vida cotidiana donde no se reconoce la presencia de síntomas sino sólo la de acaeceres compulsivamente desgraciados, no podemos dejar de destacar cómo, al estar de Lacan, el psicoanálisis, de acuerdo con la lógica que venimos exponiendo, se destaca por una promoción del síntoma. ¿Pero acaso se trata, en tal caso, de una suerte de sadismo del psicoanalista, capaz de glorificar el sufrimiento aparejado por el síntoma de su analizante? De ninguna manera, porque el descubrimiento de nuestra disciplina demuestra cómo el síntoma es una de las vías privilegiadas de la resistencia del deseo, de su insistencia larvada y secreta para hacerse presente en la vida del analizante. Se percibe, de tal modo, que el psicoanálisis se aparta de toda normativa generalizante de los comportamientos, al considerar el síntoma desde una lógica de la singularidad, no colectivizable ni situable en ninguna grilla que, como las famosas claves de los sueños, clasifica y diagnostica cuadros remisivos pertenecientes a fabricadas entidades nosológicas de supuesta raíz médica. Así, el síntoma es una suerte de trozo de la memoria, un “no-me-olvides” del que el sujeto no sabe su significancia, es una búsqueda afanosa y sufriente, sí, mas no por ello prescindente de lo que Freud denominase “tentativa de reconstrucción”.6 ¿Reconstrucción de qué? Del despliegue de las transacciones y de los compromisos mediante los cuales se tramitan las vías conflictivas de emergencia del deseo. Se entiende así, y sólo así, por qué el analizante permanece adherido a los síntomas que dice querer abandonar, y que tornan su vida tan dificultosa. Freud enseñó, al respecto, que el analizante se torna capaz de “ceder” esa vía paradójicamente privilegiada para desear, para amar, para gozar, para castigarse, que es la conformada por su síntoma, sólo si se consolida y progresa esa relación extremadamente singular planteada, en el seno de la situación psicoanalítica, con el responsable de dirigir la cura.

Sin duda: hablamos de esa forma de amor, de esa forma de pasión no exenta de odio ni de ignorancia, denominada transferencia. Porque ésta sustituye, en la episteme y en la lógica propias del tratamiento psicoanalítico, al síntoma, permitiendo entonces el relevo del mismo. Con ello, genera las condiciones que posibilitan su ulterior abandono. Es decir: el abandono del síntoma y, luego, el de la transferencia.

Como se aprecia, sustentamos de tal forma una concepción no deficitaria, inclusive no patológica, del síntoma, porque el psicoanálisis reconoce en éste un valor, una función, los cuales se destacan en el seno de la aludida relación con el psicoanalista. Más aún: resulta que el propio desenvolvimiento de la cura puede llegar a provocar el surgimiento transitorio de síntomas llamados intercurrentes, los cuales no son sino síntomas de la cura misma. Y éstos, al igual que los síntomas iniciales, se definen por una circunstancia decisiva: se trata de mensajes dirigidos –en transferencia– al analista. O sea: quieren decir algo, por cuanto son llamadas, advertencias, demandas, elogios, quejas, declaraciones de amor, reproches, pedidos de reconocimiento, elegías, lanzados a quien hace las veces sea de testigo, sea de compañero, sea de notario, sea de rival, sea de iniciador, sea de memoria, sea de Ideal, sea de amante imposible, entre tantos otros lugares interlocutivos encarnados por el psicoanalista. Mas hete aquí que precisamente todas estas verbalizaciones no constituyen sino trozos del diálogo latente, reprimido, puesto a la luz a través de tales hablas. Dicho de otro modo: en esas hablas, y por esas hablas, circulan las mismas determinaciones originadoras del síntoma. Porque éste también, es claro, es un trozo verbal pegoteado de goce; es un rastro, o un resto, de lo no dicho que no puede olvidarse, y que insiste en ser dicho. Damos así acceso, mediante la terapéutica psicoanalítica, a condiciones del habla que remiten, no por su contenido sino por su modalidad, a un goce infantil localizado en el hecho de hablar sin tema ni objetivo aparente. Y esa vía dará ocasión, por otro lado, a la emergencia de un goce del cuerpo que, de otro modo, resulta aprisionado, silenciado, condenado a quedar amarrado al sufriente síntoma.

Por supuesto, aludimos de tal forma a la única regla fundamental que se sostiene en la cura psicoanalítica: la regla de la asociación llamada libre, que sólo le pide al paciente –al futuro analizante– que hable. Que hable, lo cual incluso no especifica que hable de él, sino de lo que le surja. ¿Se pierde así tiempo –porque este propósito es inviable–, se distrae la atención de los problemas urgentes que merecen tratamiento, todo de acuerdo con la prisa de nuestro siglo XXI? ¿Se deben, en cambio, resolver dichas cuestiones urgentes encarándolas “directamente”, sin rodeos lúdicos? El problema es que ese aparente “hable lo que sea” permite precisamente acceder al núcleo del ser del hablante, porque en medio de esas presuntas inútiles tonterías se habrá de filtrar la enunciación de su deseo. Sí, porque la noción de “lo directo”, de lo transparente, jugada en el terreno del psiquismo, y dada nuestra característica de ser hablantes, no constituye más que una crédula utopía que pretende dar una respuesta precipitada a una cuestión candente frente a la cual no se ha situado siquiera la pregunta correspondiente. Es una petición de principio, en suma, donde lo que no ha podido llegar a ser enunciado como problema resulta transformado en un postulado de alcances aparentemente irrefutables.

Ahora bien ¿cuándo podrá preverse que sucederá tal paulatino develamiento, y cuándo finalizará? Allí nos topamos con otra característica cuya existencia es negada por la lógica del discurso de la ciencia experimental: me refiero a que lo atinente al sujeto resulta ser no sólo in-calculable, sino también im-predictible. Porque se debe poder diferenciar, a partir de las demostraciones derivadas de las disciplinas físico-matemáticas relativamente novedosas conocidas como ciencias de la complejidad o del caos, se debe poder diferenciar, decía, a la determinación, de la previsibilidad.7 Sí, porque el devenir humano es fecundamente caótico, y por eso contra ese devenir se estrellan las estadísticas, las clasificaciones, las normativas que pretenden rediseñar las conductas aparentemente desviadas en función de su no adecuación a los estándares definidos por los valores vigentes. Efectivamente, muchas determinaciones se descubren en el a posteriori, de acuerdo con una epistemología del efecto, (8) donde no rige ni puede regir la previsión.

En ese sentido el disorder, el no orden, no debería convocar a la instalación de regímenes tendientes a situar un orden de acuerdo con la rutina valorativa de un curador situado –lo cual es directamente irrealizable– por fuera de los cánones de la sociedad donde vive. Porque los DSM-III y IV, en efecto, pretenden tomar posición en función de la reificación, de la cosificación de las conductas, recusando en tal sentido la singularidad del sujeto que “grita” en silencio su deseo por medio del síntoma. Síntoma que, por otro lado, ni siquiera es uno, sino que, al dar cuenta de su pluralidad, al yuxtaponerlos de modo nada riguroso, se los sigue dividiendo, generando entonces en esas grillas más y más hipotéticos cuadros y subcuadros clasificatorios. En la busca afanosa de mayores precisiones fenoménicas no se capta que éstas son imposibles de circunscribir y de detener, generando necesariamente confusión y desconcierto. ¿Por qué? Porque se carece de la lógica que permite integrar las determinaciones brindadas por los mecanismos cuya legalidad obra desde la latencia.

Sí, por cuanto el disorder tiene leyes que, como lo enseñan las disciplinas del caos, no se detectan como tales, a pesar de que una investigación más minuciosa y desprejuiciada permite precisarlas con rigor. Son entonces, leyes del desorden. Y, hecho sorprendente, resulta que esas leyes ocultas, mas no por eso inefectivas en lo más mínimo, dan lugar a la generación de un nuevo orden, sin para ello requerir la destrucción ni la desaparición del sistema inicial.
Porque ¿qué pretendemos obtener de quienes nos confían su “cuidado de sí”, como diría Foucault?9

Nuestra respuesta puede parecer ridícula, o simplemente provocativa: pretendemos su dese-quilibrio, su descompensación, su Disorder. ¿Qué autoriza una afirmación semejante? Pues precisamente el reconocimiento de la adaptación, del logrado equilibrio que trae el paciente –sin ser aún un analizante– con respecto a su síntoma. Porque mediante éste, tal como lo señala Lacan, la pulsión logra su cometido, su satisfacción: se satisface, sólo que el precio pagado para ello es muy elevado, porque se toma excesivo trabajo a tal fin. Y tan sólo esta circunstancia legitima y solicita nuestra intervención como psicoanalistas.10
En resumen: tal como dijimos, es solamente el durcharbeiten, el trabajo de la transferencia, quien permitirá el abandono de esa vía sintomática permeada de goce.

1. G. Bachelard, La formation de l’esprit scientifique, Vrin, Paris, 1970, p. 13/22.
2. J. Lacan, «Proposition du 9 octobre 1967 sur le psychanalyste de l’École», en Scilicet : 1, Seuil, Collection Le champ freudien, Paris, 1968, p. 29.
3. Lacan, «Du ‘Trieb’ de Freud et du désir du psychanalyste », en Écrits, Seuil, Collection Le champ freudien, Paris, 1966, p. 853/854.
4. S. Freud, «Die Zerlegung der psychischen Persönlichkeit», en Studienausgabe, Fischer, Frankfurt, 1982, v. I, p. 496/516; Standard Edition, Hogarth Press, London, 1964, v.XXII, p. 56/80.
5. S. Freud, Beyond the Pleasure Principle, Standard Edition (cit.), v. XVIII, p. 22.
6. S. Freud, “Neurosis and Psychosis”, Standard Edition (cit.), v. XIX, p.151.
7. R. Harari, Las disipaciones de lo inconsciente, Amorrortu, Biblioteca de psicología y psicoanálisis, Buenos Aires, 1997, p. 127/144.
8. R. Harari, «Épistémologie de la psychanalyse ou psychanalyse de l’épistémologie?», en Une pratique de discours en psychanalyse, Point Hors Ligne, Collection Freud Back from America, Paris, 1988, p. 41/59.
9. M. Foucault, Histoire de la sexualité 3- Le souci de soi, Gallimard, NRF, Paris, 1984, passim.
10. J. Lacan, The Four Fundamental Concepts of Psycho-Analysis, Penguin, Middlesex, 1987, p.166.
 
 
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