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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Nuevas tecnologías reproductivas y enigmas del padre
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
Los enigmas en torno a la paternidad –pese al empeño que se pone en ello– no pueden ser desalojados por los saberes tecnocientíficos que prometen certezas. Aún cuando tenemos el 98% de certeza “científica” sobre la paternidad biológica, persiste el enigma en torno a la “función paterna”. Sí se puede rastrear en el ADN, pero, del lado del nombre, del lado nominante, permanece una incógnita no totalmente despejable: ¿qué de aquél cuyo lugar posibilita el soporte de filiación y genealogía en tanto encadena al sujeto a una historia que lo inscribe en la serie generacional?

El saber tecnocientífico no puede despejar ese enigma de la paternidad, el cual, por lo contrario, no ha hecho más que complejizarse ante el avance indiscutible, por otra parte, de nuevas formas de procreación y de lazos parentales.
Corresponde interrogar por qué el padre en psicoanálisis no puede ser abarcado por ninguna operación de constatación definitiva –más allá de todo test de ADN–. La función paterna, en tanto artificio de filiación, es enigmática, una incógnita imposible de despejar totalmente... Siempre habrá, en torno al padre, un no-todo significable y descifrable.

Las nuevas tecnologías reproductivas hacen posible la procreación artificial y el alumbramiento de un hijo. Basta la reunión de un gameto femenino y un gameto masculino para engendrar un hijo pero, ¿el padre puede reducirse a un gameto masculino? Sabemos que no.
El lugar del padre no puede dejar de ser incierto para tornarse certissimo gracias a la testificación del ADN, porque la cuestión del Nombre no pierde su valor simbólico, más allá de lo que intenta demostrar la tecnociencia.
Lacan, ya en 1957, demuestra la inadecuación entre el genitor y la función del padre. Refiere una noticia que le llega de América. “Tras la muerte de su marido, una mujer, comprometida con él por el pacto de un amor eterno, se hace hacer un hijo suyo cada diez meses” (Seminario 4, lección del 9/6/57). Relata que la inseminación artificial fue posible porque la previsora mujer, ya durante la enfermedad del marido, hizo almacenar una cantidad suficiente de semen para prodigarse a gusto. Lacan considera que esto no despeja sino que pone, una vez más, sobre la mesa el enigma de la paternidad. Y es que en este caso algo se recorta del padre real, pero también, y es lo más importante, se corta la palabra del padre, la palabra del ancestro que tiene que inscribirse en el niño y tiene, además, que instituirlo como sujeto en el mundo simbólico.

Si la institución de la vida social y jurídica va más allá de lo biológico ¿cómo plantear entonces la cuestión del padre? Lacan se encamina, para responder esta pregunta, a la afirmación de Goëthe: “la paternidad es una cuestión de confianza...”. Diríamos, una cuestión de creencia y de confianza. Porque si “en la experiencia analítica el padre no es más que referencial” (Seminario 18, lección del 16/6/71) es porque la sanción del padre remite a lo simbólico.
Si el padre es un referencial en torno a una creencia, ¿cómo confundir al semen, al espermatozoide, al gameto masculino con el padre? Padre es el que dona la vida en tanto legislada, y en ese acto de donación se desliza siempre un deseo y un enigma.

Un texto de Pedro Lipcovich titulado “El verdadero padre” (Página 12, 7/07/2004) relata mejor que nada esto que venimos diciendo y que, además, hoy escuchamos con frecuencia de nuestros pacientes. “Tenemos, por ejemplo, siete años. Papá ha ido esta tarde a buscar el análisis de paternidad por ADN. El resultado fue que ‘no tiene relación biológica’ con nosotros. Papá llega a casa, abre la puerta. Nos mira […] Su mirada baja hacia nosotros. Todavía no sabemos qué hará, pero debemos saber que ningún análisis de ADN lo eximirá de su responsabilidad ante nuestro llanto”.
Y es que así se anuda la paternidad: ningún test lo exime de su responsabilidad de padre ante el sufrimiento de esos hijos a los cuales ha inscripto su paternidad, ni exime a esos hijos de interrogar por la confianza y la creencia otorgada a la palabra de ese padre. Como dice el autor de la nota, “la pregunta por quién es el padre del hijo, como otras, no se contesta en sí misma, ya que expresa una pregunta por el propio ser: señala el punto en que cada ser humano depende de una verdad que sólo puede darle otro ser humano que, a su vez, aunque quiera, no puede garantizarle una certeza. Esta vulnerabilidad extrema está en la raíz de la condición humana y ningún dictamen de laboratorio podría suprimirla”.

Hay, sin duda, en la función del padre una gran vulnerabilidad, la misma que ronda a la humanidad y al deseo que nos habita, pero no por vulnerables los abandonamos en el camino, a pesar de las certezas que ofrece la tecnociencia. El lugar del padre no se arma en un laboratorio, se construye en un acto de creación y, como toda creación, el artificio de la paternidad genera enigmas. Esos con los que llegan los analizantes a nuestros consultorios habiendo pasado o no por el laboratorio.
 
 
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