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   Las fobias en el siglo XXI

Fobias de ayer y de hoy
  Por Raúl Yafar
   
 
I. El campo de la angustia y de la fobia es muy amplio y su reconsideración ha sido creciente en los desarrollos posteriores a la enseñanza de Lacan. Un tema presente en casi todos los textos es si la fobia es una tercera estructura neurótica –hay referencias en Lacan para pensarlo así– o si no lo es –también las hay–. Creo que la orientación actual, coincidente con la mía, es que sí lo es y con pleno derecho y especificidad.
Es más, es necesario encontrárselos, pues la constatación clínica de la importancia de las fobias –conforme avanzamos en su mejor intelección– crece cada día. Y uno de los puntos cruciales: las relaciones entre la fobia y la fantasmática del sujeto han ido variando en su presentación, acelerando el desdibujamiento de la posibilidad de la transferencia y haciendo de las neurosis que Freud llamaba “actuales” casi algo cotidiano. Las fobias no son lo que eran en tiempos del “pequeño Hans”.

Voy a describir ahora ciertos aspectos comunes dentro de este campo clínico antes de reflexionar sobre mis hipótesis centrales:
1) Si el Yo puede ser pensado como un objeto, conformado como superficie, debiera tener rasgos específicos que lo distingan en cada cuadro clínico. En la fobia el yo del sujeto presenta invariablemente cierta falla en la nitidez de sus bordes. Así como el yo del obsesivo es un yo fortificado, el de la histérica es uno evanescente; así como en la paranoia se nos presenta el yo desatado –que parece, tal que “otro yo”, haberse salido del espejo, y multiplicado, comenzar a perseguir al sujeto–, aquí se trata de un yo desenfocado o distorsionado. Siempre encontramos estos fenómenos de desarticulación de la transparencia yoica, como en una fotografía cuando colocamos mal el foco.

2) Me parece que el deseo del Otro materno tiene un matiz muy específico. No hablaría de deseo “perverso”, pero algo en él resuena cercano a lo renegatorio. Ha acontecido alguna, podemos decir, “perversidad”. El velo fálico que el deseo del Otro constituye para ese sujeto, es decir, la significación fálica, no se articula bien porque el deseo ha sido demasiado, diríamos, descarnado.
Hagamos una digresión. Lo que caracteriza la perversión es que el sujeto “escupe” la división subjetiva sobre el partenaire, es decir, el que se angustia es el otro, el prójimo, aquel que se confronta con el perverso. Se caracteriza por un manejo de la angustia que hace que ésta caiga sobre el semejante, ubicándose el perverso por fuera de la subjetividad, en posición de objeto angustiante, y obteniendo allí el goce de su acto. El que se barra subjetivamente es otro… que siempre es un neurótico. No hay pareja perversa. Todo esto es para decir que así como Freud supone que las mujeres no pueden sublimar tanto como los hombres –aunque muchas veces se ha destacado que sus procesos creativos se despliegan intensamente en el seno de la maternidad–, también se ha dicho que en la mujer no hay cuadro de perversión. ¿Tal vez algunos elementos de perversidad podrían encontrarse en los aconteceres de la maternidad? Tema a discutir.

3) Me parece que este tipo de deseo clava al sujeto en el lugar de la angustia. El deseo materno se precipita con aspectos obscenos, sin velos. Las madres de estos analizantes han rozado los puntos de angustia más exquisitos de la subjetividad infantil. Han lanzado su propia división subjetiva sobre los hijos, con lo que esos sujetos terminan sintiéndose atormentados al atravesar cada una de las escenas del deseo. En otros términos, no se arma con solidez el rombo del fantasma. O podríamos decir, está mal constituido el falo, que debería mediar entre el objeto de la angustia y el sujeto, para que así este pueda aprehenderse como sujeto de una pulsión. El sujeto queda entonces ubicado en el lugar de la diferencia absoluta, de la pura barradura subjetiva, sin poderse lanzarse a la suposición de un segundo significante. Tiene, no obstante, un registro constante de aquello que no termina de ocurrir, que lo liberaría de su prisión, arrojándolo a la metonimia del deseo.

4) Al estar mal constituido el falo, al estar el yo desenfocado, la fantasmatización adquiere una característica que me gusta llamar titilante –el lector habrá observado cómo las estrellas se prenden y se apagan rítmicamente–. Estos sujetos, o bien no tienen la más remota idea de cuál es su deseo, o bien parecen saber qué es lo que quieren, pero tras un lapso breve, se desdibuja su interés. Parece que el deseo amaneciese y volviese a hundirse, como implotando hacia adentro. No saben quiénes “son”, allí donde “están”. Como no terminan de alienarse en ningún campo específico de lo simbólico, suelen tener muchas aspiraciones fluctuantes, pero es típico de esta clínica que en los objetivos prácticos no llegan demasiado lejos en su producción, no se “compenetran” en ella.

5) Este desenfoque del yo produce además formas de identificación muy específicas, que son de una permeabilidad insoportable. Cuando se acercan a aquello con lo que podrían entrar en transferencia, si estos sujetos apuestan (cosa rara, no obstante), se sienten absorbidos desenfrenadamente. Pero también se tornan absorbentes del otro. Ese sujeto que se presentaba aparentemente muy distante y separado, incapaz de acercarse a nadie, al aproximarse, es un “pegajoso”. Los pacientes se refieren a la vivencia de que alguien los habita: ellos tienen a su prójimo “dentro” de su ser. Recíprocamente se sienten custodios de otros, a los que “ansían”, a veces, hasta demencialmente. Creen que los prójimos están constantemente tramando invadirlos y contrariarlos, y usarlos y maltratarlos, por lo que, para hacer algo bien hecho y en su propio beneficio, el sujeto tiene que hacerlo él solo. El otro, suponen, está dedicado a inmiscuirse en su fantasma personal intentando abolirlo. Este clima persecutorio, dado que el sujeto se siente asediado por todo y por todos, obliga al diagnóstico diferencial con los verdaderos paranoicos.

II. Ahora prolongaremos el hilo que va desde la angustia, pasando por la fobia, acercándonos a las manifestaciones más crudas del sufrimiento, lo que ahora se nombra como pánico, es decir, una palabra que acentúa el carácter disruptivo del fenómeno.
En 1893 Freud comentaba que la neurosis de angustia aparecía en dos variedades: un estado permanente y como ataque de angustia. Después describía el ataque de angustia masivo como aquello que irrumpía en la conciencia sin ser “evocado” por el curso de las representaciones. Podía aparecer con variantes: un sentimiento de la angustia separado de todo otro contenido o mezclándose con la representación más obvia de aniquilación de la vida. También asociado a la idea de caer fulminado por un síncope o la amenaza de volverse loco. A veces adosado a sensaciones corporales inespecíficas: inermidad, abatimiento, imprecisión del malestar. Vemos que la temporalidad simbólica se ve absolutamente evaporada.
Freud asegura que todos los componentes de la neurosis de angustia se relacionan directamente con la misma y son sus derivados. Es más, son equivalentes o rudimentos de ataques de angustia potenciales.

Descriptivamente encontramos siempre un quantum de angustia libremente flotante, irritabilidad general, hiperestesia auditiva combinada con insomnio, expectativa negativa con su nota de “concepción pesimista de las cosas”, deslizamiento frecuente hacia un hipercuidado por la salud –de tono hipocondríaco, luego aislado por Freud en otro cuadro–, parestesias generalizadas. Cuando irrumpe de pronto en la conciencia es que lo denomina directamente “ataque”. Las alteraciones de las funciones corporales son amplísimas: respiración, actividad cardíaca, inervación vasomotriz o actividad glandular. El predominio de uno u otro campo migra: ora el paciente se queja de un espasmo cardíaco, ora de falta de aire, o bien de oleadas de sudor o hambre insaciable; tal vez temblores y estreme­cimientos o diarreas, vértigos locomotores, también congestiones y parestesias. A veces terror nocturno, náuseas, urgencia de orinar. Cada uno puede ser en sí mismo un ataque camuflado o un rudimento del mismo. Y cada uno suplementarse con otro, pero siempre bordeando el mismo origen.

La descripción contemporánea destaca los mismos aspectos: aparición súbita sin motivación aparente alguna, así como brevedad de su duración. Signos repetidos: vértigo con o sin desmayo, taquicardia, sudoración, temblores, disnea, dolor torácico, náuseas, sensación de despersonalización, pérdida del control del cuerpo con hormigueos en las extremidades, escalofríos o, a la inversa, oleadas de calor, y fundamentalmente, pánico a una muerte inminente.
Pasemos a algunas de mis intuiciones teóricas: si distinguimos la variedad de los afectos clínicos a considerar, no tenemos sólo los clásicos: el miedo, la angustia y el susto –descritos por Freud–, sino una variedad mayor a discernir con respecto al pánico. Citaría tres: 1) el terror, 2) el horror y 3) el pavor. Si el pánico se refiere a una claudicación del Otro, sólo que actuada corporalmente más allá del mero afecto vivenciado; podemos decir que el terror encuentra en la política su consumación hegeliana; el horror es el más cinematográfico –o sea que implica escenografía–; y el pavor está cerca del miedo, aunque es más inespecífico y traumático –como muestra Lacan en el seminario décimo–.

¿Qué podemos agregar? Así como la fobia pone en juego la mirada del Otro, que reina sin límites exacerbando las penurias del sujeto, creo que en el ataque de angustia puro, en su vertiente de pánico “mortal”, se juega algún elemento del silencio superyoico, en el sentido de la Voz como objeto a. El pánico remite a la hondura del silencio de las pulsiones de muerte en su realización más plena, a lo innombrable de su purificación más desembozada. Allí donde el Goce del Otro obliga al sujeto a desvestir su palabra para mostrarle su des-identidad más abismada. La afonía del sujeto es lo opuesto a su pregunta en análisis, de allí que, si el neurótico para Lacan es una pregunta, la dirección de la cura debería modular la intensidad de la angustia hasta aproximar al sujeto a alguna palabra desde la que pueda empezar a expresar esa inermidad en sus orígenes. Ya no es el Yo el que brinda su señal, sino el cuerpo mismo en su organicidad el que se hace presente ante el analista. Alarido silencioso, donde el cuerpo se “comporta” sin actuar. Es decir, yendo más allá del acting-out y el pasaje al acto, aunque estos puedan ser a veces vías de resolución de esos sentimientos insoportables.
Nos queda señalar las conexiones entre el dolor psíquico y el pánico como uno de sus disfraces pues, como el desamparo y la desesperación, son sólo atavíos de lo que cuesta llegar a nombrarse: grito mudo universal de intentar significar ese imposible que es la condición humana. Real con el que convivimos gracias a los velos del falo, aquellos que en estas manifestaciones se muestran en permanente claudicación. Velos que reducen –con suerte– los alaridos primordiales hasta ser sólo esos susurros significativos que llamamos mensajes.

Una última reflexión, relativa a un tema que decidimos no tocar: ¿en qué se ha transformado nuestra vida pulsional que los relatos que describen hoy nuestros analizantes se pueblan sólo de desamparo, del sobresalto de no poder terminar de caer, despertar, incluso morir, de ser engullidos por un real puro no personificable? ¿Qué nos ha pasado que nuestros obscenos y seductores demonios nos han abandonado? ¿El Goce del Otro ya no está encarnado? ¿Ya no es goce y ni siquiera hay Otro, sino el desierto de la egocéntrica y petrificada “individualidad”? ¿Ya no hay “qué” temer, pues ya no hay nada que entregar?
Todo tiene hoy la misma chata significación: el tiempo de la constitución del sujeto no es un acontecimiento. El sexo y la muerte subjetivados ya no interpelan la vida del neurótico. Es mucho peor, sólo se dibujan en el horizonte los huecos de una miseria, que por aparentemente posmoderna y opulenta, no deja de ser una hilera de imágenes narcisistas vaciadas.
 
 
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