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   Colaboración

La novela de Lacan (Décima entrega)
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
“Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez se trata de algo por completo diferente. Tal vez las revoluciones son el manotazo hacia el freno de emergencia que da el género humano que viaja en ese tren”.
Sobre el concepto de historia, Walter Benjamin

Jacques Lacan no pudo contener la risa cuando el histriónico François Perrier le habló, en la primera entrevista, de sus fracasadas ambiciones de inventar una inyección para la locura. Se trataba naturalmente de otra historia de cerdos, como las del capítulo anterior, esta vez promovida desde la clínica Sainte-Anne. “En esa época, hacia 1951 –precisó Perrier–, el italiano Cerletti buscaba en el líquido céfalo-raquídeo la sustancia activa que podría explicar el éxito del electrochoque en la melancolía y en diversas afecciones psiquiátricas. Decidí, entonces, ir a los mataderos de Nantes para practicar el electrochoque iterativo con los cerdos antes de que los carnearan. Luego recogía cuidadosamente la hipófisis para hacer un liofilizado inyectable. En cuanto a lo clínico, en Sainte-Anne ocupaba mi tiempo punzando los enfermos sometidos a electrochoque. Una punción lumbar antes y otra después. Me dieron la medalla de bronce por esa tesis; pero jamás logré aislar lo que Cerletti llamaba acroagoninas.”

La risa de Lacan sonó nostálgica y alarmada. Conocía bien el asunto. Cerletti hablaba aparatosamente de «acro-agoninas» porque suponía una «lucha-extrema»: después de atravesar la experiencia próxima a la muerte de la convulsión inducida por el electrochoque, el cuerpo desesperado debía, como último recurso, ceder al torrente sanguíneo néctares de resurrección. Las acroagoninas eran el nombre profético de esa panacea. Por cierto, Freud había acariciado la imagen de un reconstituyente oncológico que suponía el correlato material de la pulsión de vida. Hasta procuró animarlo sometiéndose a una vasectomía. Sin embargo, esto era distinto. Los avances del electrochoque, primero, y de la psicofarmacología, después (la entrevista de Perrier fue en 1955), instalaban la guerra total entre la terapéutica y la semiología clínica. Los nuevos médicos residentes de Sainte-Anne no contaban más con la ineludible visita al invernadero de los delirios y de los amaneramientos de la historia natural de la locura. Ni siquiera para convertirse en sus carceleros, como denunciara André Breton. En la nueva era de la locura sacudida, había poco que ver y escuchar. Todo, “la melancolía y diversas afecciones psiquiátricas”, se confundía en una misma bolsa; a todo se le daba con el mismo palo. El tren de la terapéutica atropellaba el castillo de naipes de la nosología que, a lo largo de un siglo, habían levantado clínicos con minucia de entomólogos. La «paranoia de autopunición», disecada por la tesis de Lacan de 1932, era un aporte controversial (la categorizaba como “psicosis del superyó”…) pero todavía interno a la tradición nosográfica. ¡Jacques Lacan, el último psiquiatra del siglo diecinueve! Si Jean Delay –pensó– sigue como maquinista del tren de Sainte-Anne, los residentes se convertirán en punzadores de cuerpos convulsivos y recetadores para sujetos neuroleptizados.

La nueva terapéutica descosía la encuadernación y ajaba las páginas de la Novela de la que hablaba de Clérambault. Gaëtan Georges Gatian de Clérambault, a quien Lacan sucesivamente tachó como ex jefe innombrable y admitió como su único maestro, llamaba Novela (escrita así con mayúscula) a la trama y el contenido del delirio para separarlo, despectivamente, de lo que consideraba la psicosis propiamente dicha. La Novela no era, en sus lecciones, más que un producto secundario generado por el centro material incuestionable, aunque todavía recóndito, de una lesión histológica. El escalpelo con que de Clérambault separa delirio de psicosis lo afila en la evidencia de los delirios colectivos y las alucinaciones grupales: era sabido que alrededor de un psicótico siempre puede haber una corte de delirantes inducidos. En la folie à deux, observaba: “La construcción de la Novela comporta todos los modos y todos los grados posibles de interacción [entre el auténtico psicótico y el inducido]; por lo general, rige una división del trabajo. Los delirios (las convicciones y los sentimientos) se contagian, pero no la psicosis (los mecanismos genéticos).” Además, subrayaba, el psicótico vive desquiciado por un ruido de fondo que no contagia a ninguno de los caídos bajo su influencia, el ruido de un automatismo de desconfianzas sin objeto, de ecos e interceptaciones mentales, de parloteos incoherentes.

A primera vista, el arrasamiento convulsivo o medicamentoso de esa producción novelesca parásita –considerada, en cambio, axiomática por los psicoanalistas–, no tendría por qué inquietar a los discípulos de de Clérambault. “¡Esa Novela importa tanto como una novela!”, subrayaba el maestro, previniendo cualquier malentendido. Sin embargo, la desazón fue más extendida de lo que puede imaginarse. Los meticulosos retratos dibujados a pluma, que de Clérambault había dedicado al automatismo psicótico, se convertían en una acuarela borrosa cuando se les derramaban encima los nuevos elixires. Los signos clínicos de lo intransferible y lo presuntamente basal de la psicosis no oponían mucha más resistencia que los adornos intrascendentes del delirio. La nueva terapéutica traía consigo, parafraseando a Foucault, la muerte de la clínica de la mirada y la de la clínica de la escucha. Y eran muchos los deudos en ese entierro.

¿Pero no ocurre siempre así?, se argumentaba. Tomemos, por ejemplo, la pérdida de vigencia de las exquisitas clasificaciones de las demencias luéticas, una vez que logró interrumpirse la evolución de la sífilis en el estadio del chancro, ¿qué médico, en su sano juicio, lamentaría el cierre del espectáculo de aquellos locos paralíticos? Sin embargo, tampoco debían desatenderse los abusos del furor curandi y los embustes del biologismo militante. Apremiado por calmar las algias histéricas de Bertha Pappenheim, Breuer había convertido a la joven en una morfinómana. En un momento de increencia en el inconsciente, Freud había enviado a Emma Eckstein al quirófano de Fliess, resultado: no cedieron las dolencias y la mujer casi falleció por septicemia… Por eso, la confrontación entre terapéutica y semiología era, ante todo, una guerra interna. Una inquietud de apuestas y de pálpitos luchaba en cada cual ante la disyuntiva de convertirse en una pieza de museo o en cómplice de una nueva barbarie. Lacan jugó públicamente su carta el 28 de septiembre de 1946 en el Coloquio de la clínica de Bonneval. La invitación a la partida la recibió de Henri Ey, director de Bonneval, la tarde en que internó allí a Dora Maar.

No vaya a creerse que Lacan estaba completamente libre de incertidumbres; sin ir más lejos, durante el traslado de Dora de Sainte-Anne a Bonneval, se cuestionó vivamente si, más allá de la orden judicial, era necesario confinarla unas semanas más en una internación a puertas cerradas. Aunque no disimularé que antes de calar en lo más hondo de este diálogo interior, lo distrajo la pasión por los automóviles. Era la primera vez que subía a un Hispano-Suiza tipo 68, uno como el del Sha de Persia, el príncipe de Mónaco o Alfonso xiii. Aunque el vehículo pareció nunca haber arrancado, el paisaje comenzó a avanzar aceleradamente. A poco de dejar París, Dora y Pablo Picasso quedaron dormidos en los mullidos asientos de cuero de atrás, dándose la espalda. En la extraña atmósfera del silencio absoluto del motor, el balanceo ideal de la suspensión y los floreritos decorativos del Hispano-Suiza, a Lacan se le antojó que estaban muertos. Por un buen rato, sacando partido del sitio del copiloto (las estadísticas francesas de accidentes lo llamaban la place du mort) interrogó al chofer enguantado: Picasso nunca aprendería a manejar por temor a lastimarse las manos; por prevenido, había incluso cometido la extravagancia de no encargar la capota convertible. El tipo 68 tenía doce cilindros en V, siete cojinetes de bancada, aceleraban de 0 a 100 km/h en 14 segundos, y alcanzaba los 175 km sin vibrar. Pasada Chartres, una buena propina hizo que casi lograran esa marca sobre una ruta arruinada por las huellas todavía cortantes de los tanques de guerra. Satisfecho el entusiasmo tecnológico, reaparecen los desvelos que nos importan.
Aún sin haberla entrevistado concienzudamente, Lacan estaba persuadido de que Dora sufría una poussé delirante pitiática; sin embargo, cabía la duda. Pablo estaba aterrado desde que ella se proclamara reina del Tibet y declarara la existencia de un duque que la festejaba día y noche. Cuando atinó a pedirle detalles sobre el asunto, escuchó: “¡Ahora no es más duque, fue nombrado conde!” Tal como figura en la entrada del 18 de mayo de 1945 del diario de Brassaï (uno de los maestros de fotografía de Dora), a Picasso le pareció una imbecilidad que Jacques Prévert tomara esos comentarios bizarros por el lado de lo poético maravilloso y le repuso: “¿Estamos en una comedia fantástica o vivimos una pesadilla? ¿Dónde se sitúa el límite entre la imaginación y el delirio?”

Lacan se volvió nuevamente para contemplar a la pareja. Seguían inmóviles en la misma pose. ¿Y si Dora era una variante punitiva del caso Aimée? Aimée, la paciente estrella de su tesis, había atravesado un corto tiempo de erotomanía aristocrática, tomándose por objeto amoroso del Príncipe de Gales, justo antes de figurar en la primera plana de los diarios por intento de asesinato de una artista. Con aires de novelista del género policial, había escrito en el informe del caso: “A medida que nos acercamos al término fatal, se va precisando un tema: el de una erotomanía que tiene por objeto al príncipe de Gales.” ¿Y si el romance poético maravilloso con el duque-conde preanunciase el término fatal del asesinato de Pablo Picasso? Los diarios de todo el mundo pregonan la noticia, destacando cómo un tal doctor Jacques Lacan había sacado a la loca de una clínica segura para recostarla en un diván cuatro horas por semana. ¡Ah, Lacan –recuerdan los colegas–, ese que se doctoró con la tesis que se burlaba de un certificado de de Clereambault sobre una paranoica que disparó a la cabeza del marido! ¿Recuerdas, Jacques, que no escribiste el nombre de tu jefe como si al no hacerlo le perdonaras la vida? “El certificado de internación fue redactado por el experto psiquiatra que, debido al interés que ha sabido provocar en torno a la concepción del delirio pasional, puede ser considerado como el especialista en la materia”. Sí, una pesadilla bien posible... Dos poblados antes de entrar en Bonneval, tenía decidido que, llegado el caso, no retrocedería.

Las malas lenguas cuentan que Henri Ey dejó de lado el psicoanálisis porque amedrentaba a los pacientes con su vozarrón; las interpretaciones traspasaban la madera de la puerta y se convertían en el hazmerreír de la sala de espera. Conforme también a esa escala pantagruélica, tenía a su favor una legendaria disposición para la lectura, el trabajo asistencial y la organización. Ey recibió a Lacan en un salón inmenso. El escritorio estaba situado en el espacio en que, antes de la expropiación republicana, había funcionado la cocina de la abadía benedictina de San Florentín. Se abrazan por lo que habían sido, compañeros de residencia de Sainte-Anne, coautores de más de un artículo y aliados ocasionales en la disputa psiquiátrica (alarmado, a su manera, ante los peligros de un “verdadero asesinato nosográfico”, Ey había luchado, en el congreso de Limoge de 1932, contra la tesitura de que habían estigmas constitucionales en la personalidad previa de los delirantes paranoicos); también estaba presente el extenso elogio que Ey había publicado, en L’encéphale, cuando salió la tesis de Lacan. Dos horas más tarde se limitaron, en cambio, a despedirse con un deportivo apretón de manos.
Es que, una vez superada la tramitación del ingreso de Dora, a Henri se le ocurrió sincerarse con Jacques a propósito de lo que pensaba de su tesis y del caso Aimée. No lo sorprendió. Era algo que había llegado a oídos de Jacques, porque Henri se había pronunciado al respecto en las últimas conferencias parisinas de los miércoles. Esta era la crítica: el caso Aimée no sería precisamente una psicosis paranoica, sino una rara avis de delirio sin el trasfondo ni la evolución esperados de sintomatología negativa de perturbaciones de la conciencia que, según Ey, ponían a cielo abierto el origen orgánico de las psicosis. Luego, nada sería más errado que la pretensión de Lacan de juzgar ese trasfondo de automatismos con la misma vara que al delirio (“Sería un gran error –había escrito– considerar a priori las primeras identificaciones sistemáticas del delirio como puramente secundarias de esos fenómenos”). No, Aimée no era un paradigma generalizable, sino la excepción que confirmaba la regla. Además, se trataba de una excepción consabida: “Tu Aimée padeció, ni más ni menos, lo que Fridman llamaba «paranoia atenuada» y Gaupp, «paranoia abortiva». O, si prefieres, lo que la 8va edición del manual de Kraepelin y el Zeistschrift für Nerurologie de Lange de 1924 admitieron como una variedad de «paranoia psicógena y curable». Paule Petit consagró una tesis particularmente interesante en 1937, Los delirios de persecución curables, que deberías consultar, está en Le Francois.” Naturalmente, la réplica no se demoró.

Un buen rato después, los esgrimistas interrumpieron el duelo por la impaciencia de Picasso. Pero el campo de batalla había quedado bien trazado, era el del problema de la causalidad en la psicosis. Convinieron proseguir en las Jornadas de Bonneval de septiembre del siguiente año. Distinguido como orador principal, Jacques Lacan contaría con dos horas, una para atacar la posición de Ey, otra para exponer y defender la suya.
 
 
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