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   Colaboración

Embarazados
  Por Florencia Fracas
   
 
Quisiera hablarles de un paciente embarazado, un paciente hombre embarazado, y lo que es más raro aún, embarazado por mi propio embarazo.
A “E” lo atendí en una institución de formación psicoanalítica, cursando mi último año; el tratamiento duró un año entero. Terminó con la aparición del embarazo, lo cual me lleva a preguntarme si éste (el embarazo) puede ser una salida –como algunas veces es el pasaje al acto– del análisis, para este caso.

Pero no solamente voy a hablarles del embarazo, sino también de la construcción que este paciente hizo en torno a su deseo.
“E” consulta instalado en una gran angustia, donde el curso de su vida estaba en jaque: “me estoy replanteando todo, mi carrera, mi trabajo, mi relación de pareja”. Su replanteo aparecía como una tremenda demanda que no lo dejaba casi vivir; por lo pronto sin un lugar subjetivo, sus otros se enmarcaban en ideales, próceres, estatuas llenas de una fría moral. La novia, por ejemplo, era “una mujer admirable”, a la que pone a prueba casi un año, en que él desaparece por el país para encontrar su lugar. Responder a lo que quiere el otro, de modo casi sacrificial, es moneda corriente, como si habitase el piso de abajo del grafo del deseo; indivisamente todo era responder. Sin embargo algo se desata cuando es la novia quien lo deja, luego de él insistir hasta el hartazgo con sus dudas.
El trabajo (de preceptor) es abandonado ya que “tenía miedo de volverme loco… sentía que no podía cumplir con todo”. Este trabajo está íntimamente relacionado con la figura materna, y con un personaje, “el rector”, que aunque admirado, le era imposible de complacer.
En su carrera no podía soportar la terrible exigencia, “autoimpuesta”, de tener que sacarse más que meros nueves. Lo que comenzó a visualizarse como una voz superyoica, detenida en la madre, descubriendo que “siempre hay una tensión en su voz, algo que transmite agresividad”, “siempre me exige más a mí, no sé por qué.”
Hijo de padres separados, viviendo en la casa materna sin hallarse, el antes y el después fue gracias al acercamiento a su padre. Consiguió otro trabajo: comenzó a trabajar con su padre, “estoy contento porque tengo más conversación con mi padre”, y además se mudó para vivir con él.

Apareció el registro de otros más barrados, como el hermano, o tíos de los que antes no tenía mucha noticia y a los que no estaba dispuesto a perder.
Incluso una veta artística, trabajaba esculturas, cuyo material era principalmente el hierro, y el hecho de estar creando con sus propias manos lo llevó a decir: “ahí estoy yo”.
En los últimos dos meses “E” se presentaba a las entrevistas de forma intermitente; el comienzo de estas ausencias es a partir de un hecho que el paciente nombra como significativo: “mi hermano más chico dejó embarazada a su novia, me cayó re mal, por eso no pude venir, me enfurece”.
El embarazo es tal vez un viaje de nueve meses, que surcan el analista y su paciente, pero en este caso el viaje se redujo a solo un día, para el paciente, porque fue recién al sexto mes de embarazo que se dio cuenta, y eso fue el final; lo dijo de un modo casi irónico, pidiendo permiso: “¿te molesta que fume?”
—No… –Respondo, pero me molestaba.
Él insiste: —“¿de verdad no te molesta?, digo, como parece que… ¿estás embarazada no?” Y agrega: —“¡¿cómo no me di cuenta antes?!”
Tenía motivos para no darse cuenta, uno de ellos, y no el menor, es que mi paciente es neurótico, y el mecanismo de la negación parece funcionarle; otro es que su hermano acababa de embarazar a su novia, como ya dije, y esto había despertado en él una furia sorda; demasiados embarazos. Pero lo particular era que él sabía alojarse en el justo medio entre dos polos: sus dos padres, las dos carreras a las que concurría en ese entonces, los dos embarazos; ¿o debería decir tres?, pues él también se presentó embarazado: tomado por el surgimiento de deseos que lo acercaban más a su propia castración, respondía queriendo ser él un sujeto deseante, pero se aferraba a la barra del sujeto más que a su deseo.
Si hay algo que el embarazo de la analista presentifica es quizás la castración, a través de una ligera completud muestra lo contrario: si está embarazada es porque algo hizo, y en ese sentido, algo faltaba. Presentifica una falta, en uno de sus tantos modos: está habitada por un deseo.

Pero para el paciente esa falta no es otra que la propia barra subjetiva, sobre la que se parapeta, como dice Lacan, al costo de quedarse sin la posibilidad de seguir con su palabra, al costo de no encarar una pérdida: “no quiero perder nada, estar en el medio me hace no tener que elegir”, dice el paciente.
Son varias las analistas a las que escuché que les había pasado algo similar: estar embarazadas y que sus pacientes noten la panza cuando ya no hay duda de que eso no es otra cosa. Se habla de la presencia del analista, como un elemento fundamental en todo análisis, pero esta presencia indica una pronta ausencia, es algo significativo, que a la vez incluye el cuerpo.
En mi paciente el cuerpo estaba silenciado, anestesiado (no como en otros momentos donde tuvo que recurrir al uso de drogas, para perderse por el norte de la Argentina), estaba inhibido… pero, algo de lo pulsional había hecho su entrada sin más, sustrayéndose del continuo pensar, algo que ya se había esbozado con la escultura: “si yo tuviera una cosa que me satisfaga enteramente, por ejemplo si tuviera a la música, como un músico, tal vez sería menos difícil, creo que ahí podría sentirme satisfecho”.

Lo más interesante es que por primera vez me realiza una pregunta directamente a mí: “¿Vos tenés algo, alguna cosa que te satisfaga enteramente?” No me lo dijo en cualquier sesión, sino en aquella donde registra el embarazo. Estaba claro que esa “cosa que me satisfaga enteramente” remitía al embarazo, al mío, pero también al de él, donde sí, se satisfacía en su goce; algo que lo complete, una completud supuesta como la de la música al músico; “algo por lo que dar la vida”, como el padre lo hacía por ellos en su trabajo, como él lo haría por su padre: “mi padre siempre trabajó doce a trece horas por día, siempre se mató por nosotros… tal vez de ahí venga lo mío… ¡yo haría lo que fuera por él!” Claro que “hacer lo que fuera”, tan cerca de la hazaña neurótica, lleva al sujeto a un sacrificio sin término. “No hay nada que me motive, nada por lo que dar la vida”, dice el paciente, ya que de encontrar algo que lo motive, la vida estaría ya empeñada.
Encontrar un deseo es tal vez como un final del juego, donde todo acaba, y no un elemento vital. El neurótico se sustrae del deseo, del encuentro, lo transforma en demanda, o bien lo tamiza con una actitud siempre beligerante, dispuesto a la agresión. Pero este caso me ha hecho pensar que quizás encontrarse con un deseo es además construir al mismo. Creo que en un punto se unen el encuentro con el embarazo y la pregunta sobre el deseo; y no necesariamente de forma negativa o terminante; desde ya este no fue un fin de análisis. Una partida sin parto en lo inmediato. Se fue con una pregunta donde antes había solo demandas: la pregunta sobre el deseo.
 
 
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