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Acerca de lo "prehistórico" en Freud
  Por Gabriel Belucci
   
 
Una obra como la de Freud puede recorrerse en distintos planos y direcciones. Tanto como abarcar sus grandes líneas de fuerza, o explorar sus nudos y preguntas principales, es posible —y, a veces, necesario— detenerse en algún concepto “transversal”. Desde hace años me ha interesado una idea que insiste en el texto freudiano, en virtud de su potencia clínica y teórica. Esbozaré, entonces, en estas líneas, una lectura sobre las diferentes dimensiones que el término “prehistórico” connota en Freud.

Resulta inevitable alguna referencia al paradigma científico y filosófico en el que esta idea hunde sus raíces, que no es otro que el evolucionismo. Ignorarlo es un gesto de desconocimiento que no se justifica por nuestra adhesión al concepto de estructura. Es en el marco de las teorías evolucionistas —a partir de Darwin y Spencer, pero también de Morgan— donde esta referencia cobra sentido.
Hay, en primer lugar, una distinción metodológica: aquella que separa el saber apoyado en fuentes escritas de aquel que toma su evidencia de monumentos, objetos y restos óseos. Esa distinción dio paso a una segunda, ésta ya “ontológica”: la que propone los “estadios” del salvajismo, la barbarie y la civilización1. Los dos primeros se caracterizan por su exclusión del registro escrito. Por último, un supuesto: que los rasgos atávicos sobreviven en estado larvario o “reprimido” en el hombre civilizado. Este supuesto no alcanza sólo al hombre bárbaro o salvaje, sino a las especies no humanas que lo precedieron. El mito de la bestia en el hombre supo ficcionalizar esta idea.
Y bien, encontramos en Freud una primera vertiente de lo prehistórico cuya genealogía puede trazarse hasta ese pensamiento evolucionista. Se trata, vía Haeckel, del modo en que la filogénesis impacta en la ontogénesis. Esta tesis, oriunda de uno de los discípulos de Darwin, puede leerse, también en Freud, como la transmisión (biológica) del patrimonio de la especie y de determinados caracteres familiares, en una época —no hay que olvidarlo— en la que los experimentos genéticos de Mendel no habían tomado estado público. No obstante, Freud no desdeña —como tampoco el propio Darwin— la lectura “lamarckiana” según la cual lo adquirido por cada miembro de la especie es transmisible a su descendencia. Allí la vía de transmisión se vuelve menos clara. Dos grandes temas freudianos lo ilustran bien.

En las Conferencias de introducción al psicoanálisis, en las que Freud expone sus concepciones ante un público universitario, conjetura que a las grandes preguntas de todo sujeto humano —el propio origen, la diferencia sexual, la entrada en la sexualidad— la “herencia de la especie” responde con ciertos marcos argumentales que organizan las diversas respuestas particulares. Estos grandes argumentos —las “protofantasías”— corresponden así a un tipo de herencia que no es fácilmente trasladable a un plano biológico. En todo caso, el planteo de Freud deja abierta la cuestión: ¿cuáles son, en la especie humana, las vías por las cuales las nuevas generaciones reciben la herencia de sus antepasados? Allí donde la ciencia antropológica invocará a su tiempo la “herencia cultural”, Lacan encontrará la incidencia subjetivante del campo del lenguaje.

Volviendo a Freud, un problema similar —aunque distinto— es el involucrado por el concepto de pulsión. Desde su introducción como noción en los Tres ensayos..., la pulsión es presentada como inaugural en relación a la complejidad del “aparato psíquico”. Ese carácter inicial establece el puente entre el desarrollo de la especie y el de cada uno de sus miembros. Nuevamente, parece tratarse de un plano biológico. Esta lectura es reforzada a partir de 1920, cuando la introducción del Todestrieb viene a marcar toda pulsión como esencialmente conservadora y empeñada en un movimiento de retorno, cuyo horizonte último es lo inanimado. Más allá de la historia humana y subjetiva, la pulsión apunta entonces a un “ya ahí” que le sería previo. ¿Se trata en esto de la materia inorgánica, o hay que avanzar nuevamente en otra dirección, para leer en eso previo la estructura misma del lenguaje? Como quiera que se lo piense, esta primera dimensión de lo prehistórico sitúa un tiempo anterior a toda historia posible, tiempo en un caso de los acontecimientos no historizables, tiempo cero de la estructura en el otro.

Pasemos ahora a una segunda vertiente de lo “prehistórico”. Ya no está en juego aquí la herencia de la especie, sino la forma en que la historia de las generaciones anteriores funciona como anclaje de la neurosis de cada quien. En particular, importa el modo en que la historia de los padres se constituye en el trasfondo lógico sobre el que el drama de la historia infantil y adulta tendrá lugar. Basta leer los historiales freudianos para encontrar en ellos el modo ejemplar de su demostración. Así, hallamos en Dora que “la persona dominante era el padre, tanto por su inteligencia y sus rasgos de carácter como por las circunstancias de su vida, que proporcionaron el armazón en torno del cual se edificó la historia infantil y patológica de la paciente”2. Indicación ésta llevada hasta sus últimas consecuencias en el historial del Hombre de las ratas, en el que Freud deconstruye con precisión de relojero los engranajes por los que los ejes de la historia del padre hacen a la determinación de la neurosis.
Que en ambos casos se trate del padre basta para advertirnos que no son los acontecimientos como tales, sino su ensamble lógico, lo que hace de esa historia previa un nudo, legible sólo desde las contingencias de la propia vida, a las que Freud bautizara con la feliz expresión de “anudamientos vitales”3. Por supuesto, y más allá de cómo cada neurosis re-anuda historias previas, resta la consideración debida al movimiento de pasaje entre las generaciones. Tal movimiento es, en definitiva, condición de posibilidad de la neurosis, o suelo en el que el accidente de la psicosis va a producirse, por nombrar dos destinos posibles.
Queda aún una tercera dimensión, aquella que Freud caracteriza como la “prehistoria personal”. El uso que hace Freud de esta expresión apunta fuera de toda duda a situar una anterioridad al Edipo, o bien —lo que no es por completo equivalente— elementos o instancias psíquicas que exceden su legalidad. Así, encontramos referencias al “padre de la prehistoria personal”, a la “ligazón-madre preedípica” y aun a las raíces preedípicas del superyó, por no considerar aquí el complejo capítulo que lo primario seguramente merece. No hay que olvidar que fue en los tratamientos de neuróticos adultos donde Freud recortó estos elementos, por entender que no se ordenaban según la lógica edípica. Ahora bien, ¿qué es esa lógica?

Por supuesto, ella involucra el juego ternario madre-padre-hijo, al que la lectura lacaniana de Freud restituirá en el falo su cuarto término. Sin embargo, el Edipo funciona ante todo como la otra escena de toda historia posible y es, así, matriz de la historia. Si el juego de dos (escenas, representaciones) cuyo intervalo sostiene el movimiento del análisis funciona, es porque encuentra en el Edipo su anterioridad. Ausente esa escena infantil, el tiempo ahistórico de las psicosis da cuenta del fracaso de una escritura. El Edipo es, entonces, el grado cero de la historia, a partir del cual la cuenta se inicia. (Por supuesto, no es sin la instancia del complejo de castración, en la que la eficacia del padre hace nudo).
Si el Edipo es el punto de partida de la historia (y referencia, entonces, de los diversos relatos y versiones fantasmáticas) habría que distinguir dos puntos con respecto a la amnesia de los años infantiles. Hay, por una parte, el resultado de la represión, que afecta aquello que fue inscrito (y que tiene en el Edipo su marco). Aquí la cuestión es la historización en análisis de esas marcas, cuyo estatuto significante no es sin su relación con determinadas escenas. Hay también —y Freud fue muy sensible a esta diferencia— la dimensión de lo no historizable —porque nunca fue escrito—. La “amnesia”, si de tal hablamos, significa aquí la imposibilidad del recuerdo (imposibilidad lógica y no fáctica). Esta vertiente de lo prehistórico hace precisas otras operaciones en el punto en que la historia halla su tope. La propuesta freudiana de la construcción, lejos de cerrar la cuestión, no hace más que abrirla.
Si las dos primeras vertientes marcan en qué movimientos se sostiene una historia, la tercera, en cambio, interroga sus márgenes y sus excesos. Señala, así, el hiato entre Edipo y estructura. Un análisis no se reduce —incluso en Freud— a una interpretación del Edipo. Será cuestión, más bien, de leer su posición en un ensamble que lo excede y en el que ha venido a ocupar su lugar. Que esto esté claro desde Freud provoca asombro, y convoca de nuestra a parte el pensamiento y la escritura... allí donde eso era.

1. Distinción hecha en el siglo XIX por el ya citado Morgan.
2. Cf. FREUD, S., “Fragmento de análisis de un caso de histeria”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. VII, p.
3. Concretamente, en el mencionado historial de Dora, sin retomar nunca esta expresión.
 
 
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